por Luis Saavedra
Para Michael Ende. El que avisa no es traidor.
Antoinette lleva un vestido largo y negro de encajes. El vestido es suave y reluce con brillos vinosos cada vez que ella hace un movimiento, la tela se extiende a sus pies hasta el infinito de la habitación y sube por las paredes, allá a lo lejos. Seguramente, cuando levantes la cabeza la verás por todo el cielo hasta donde la vista te alcance, envolviéndote. Sin embargo, hay luz como si fuera de día y eso es algo que no puedes explicarte porque no hay sol ni luna que alumbre, ni foco o incendio que arda. También corre una brisa, como de la tarde, fresca y rebosante de buenos presagios que mueve las cosas frágiles con delicadeza, mientras crecen las espigas de un pasto sin color. Si escuchas bien podrás precisar los sonidos de una gaviotas lejanas graznando y un violín murmurando una dulce melodía eslava. Hay dos sillas barrocas y esbeltas, orgullosas de su origen, de una caoba acaramelada y respaldar de cuero repujado en la figura de un dragón chino. Junto a las dos sillas hay una mesa de cristal de tres patas y en la mesa un conjunto de platería fina para tomar el té.
Tomamos el té con Antoinette.
Ella se sienta muy derecha, mirándome fijamente, esperando que yo haga alguna pregunta o responda alguna respuesta, ya no lo recuerdo claramente. No es que sea importante, pero si ustedes preguntaran cuánto llevamos en este sitio yo no sabría qué responder y Antoinette ni siquiera les miraría. En realidad, el tiempo no importa aquí puesto que no pasa como lo hace en las oficinas o en el amor; sencillamente languidece en grandes gotas escurriéndose por el vestido negro y suave y se acumula en grandes charcos que se evaporan para condensarse de nuevo. En cuánto a ella, no podría describir ser más bello. Las manos de Antoinette contrastan violentamente contra el género de su falda porque son blancas y finas con unos dedos delgados y ahusados con bellísimas y casi invisibles filigranas azules y rosadas con uñas traslúcidas, dando al conjunto una sensación de improbabilidad y desaparición. Su rostro como un gajo de uva estilizado comparte la misma cualidad de las manos y sus ojos son grandes y negros, tanto que resultan azabaches, pero no como su vestido sino con un ligero brillo de vivo fuego; en ellos es fácil encontrar tu reflejo y fácil perderte, también. Su pelo negro cae hacia atrás hasta un lugar en su espalda que no puedo ver, y solo un mechón ralo se enrosca sobre sus pechos pequeños como palomas durmientes. Tiene unos labios curvos y ligeramente rosados que dan la apariencia de una sonrisa, pero no irónica sino pacífica como diciéndote “No tengas miedo, confía en mí”. Yo acato esa orden sin ningún reparo y tú también deberías hacerlo.
Es fácil enamorarse de Antoinette.
Toma la taza más cercana y se la lleva a los labios y bebe un pequeño sorbo. Se lleva una mano al pecho como si el esfuerzo de degustar el líquido fuera demasiado; me preocupo innecesariamente porque al otro instante se recupera y ya todo está bien. Le pregunto si alguna vez ha estado fuera de la habitación y me contesta que ya esa pregunta la he hecho antes, muchas veces antes, pero yo no me acuerdo y estoy condenado a hacerlo muchas veces después. Me disculpo y le hago otra pregunta. Cuando sea necesario, me responde y sonríe e inclina la cabeza, ocultando un albur sobre sus mejillas. Siento que la amo más que nunca y yo también bajo la cabeza. Bebo un sorbo de mi taza para no tener que tomarme las manos en un gesto de impaciencia.
Antoinette tiene un bolsillo amplio.
Ella pregunta y yo le respondo que nunca ha sido así, que en realidad no me preocupa morir siempre y cuando la última imagen sea ella. Antoinette pregunta y yo le respondo que no tengo mucha fé en nada y que hace tiempo que dejé de vivir en el mundo de la gente normal y que ahora llevo una ligera melancolía encima. Ella pregunta y yo le respondo que me gustaría volver a tener 10 ó 5 ó nada de años, hasta ser solo una mota de polvo que ella respire.
A continuación, ella introduce su mano en un pliegue de su vestido y saca una esfera que flota y gira en la palma y emite un albedo que se difumina en el espacio. Ella extiende el brazo para ofrecérmelo y yo lo recibo con ambas manos ahuecadas. Me dice que las esferas son tan frágiles que el solo soplar sobre ellas las despojaría de su luz y se congelarían, de modo que la atraigo hacia mí con el mayor de los cuidados y la observo detenidamente.
Al principio solo se distingue una pálida esfera amarilla que gira sobre un eje muy inclinado, casi horizontal, y desprende una nube de polvillo como iridisado que mancha mis palmas. Antoinette me señala que mire más de cerca o me perdería los detalles. Veo campos de una hierba amarilla infinitos y vías de un agua azulenca lleno de peces de colores eléctricos. Seres parecidos a palmeras se mueven lentamente siguiendo una línea invisible, en manada, dejando tras de sí una herida en el territorio. La herida se llena prontamente de hierba y ya no hay huella del paso de los ciclópeos. Hay muchas manadas en toda la esfera que parecen converger en el mismo sitio: un edificio en forma de pirámide babilónica con incontables mesetas, descansos y escalinatas. Está tallado en una piedra blanca con vetas negras como una cucharada de chocolate disuelta en leche y adornada de estatuas de dioses de cuernos terribles, que adoptan posiciones de tal modo que el conjunto cuenta una historia muy antigua, tan antigua como el mundo amarillo. Pero cada vez que una manada entra en la avenida que lleva a la puerta de la pirámide, ésta desaparece dejando solo el paisaje de hierbas infinitas; inmediatamente aparece en otra parte de la esfera con su misma grandeza. Todas las manadas parecen darse cuenta porque al unísono cambian su dirección y toman otras líneas invisibles y convergentes; todas menos la manada que alcanzó la avenida. Yacen impávidos y desalentados se dejan morir, languideciendo, hasta que el último cae marchito. Ella dice que no hay nada más triste que el tiempo de esperar la muerte; yo no recuerdo si mi tiempo fue precisamente ese, hace mucho. Su mano danza sobre las mías y el mundo amarillo se va con ella hechizado por su belleza, y es tragado por un pliegue placentario.
Uno no puede enojarse con Antoinette.
Uno no puede, en serio. Si tú vinieras con una inmensa furia y te encontrases con ella lo único que lograrías es levantar una mano y tratar de descargársela en la cara, pero en ese momento tendrías que mirarla a los ojos y todo se volvería impreciso y ya no recordarías porqué tienes la mano alzada, ¿quizás para bailar?.. Ella toma un traguito del té y es como si fuera veneno porque arruga el entrecejo y por un momento su faz se transforma con el dolor. Pero nada, vuelve a su pacífica existencia y me regala una sonrisa, viendo mi incertidumbre. Luego dice, a veces es necesario morir un poco. Por supuesto que lo sé, le respondo. Toma una nueva esfera que reluce con una luz negra, un borde de intenso negro que casi no deja distinguir que la bola es tan pulida y sin accidentes que es como una inmensa loza de porcelana, surcada por fracturas perfectas y geométricas que forman diseños desde arriba. Sus habitantes jamás lo han sabido ni lo sabrán porque sus preocupaciones los mantienen en constante movimiento. Me acerco más a la mano extendida de Antoinette y veo una estatua blanca en el paisaje curvo: representa un héroe blandiendo una espada hacia el cielo, mientras que algunos seres, pequeños y sin rasgos definidos debido a que se mueven a mucha velocidad, se detienen un momento y le dan una oración para partir al siguiente; no vuelven más. En su base, hay una placa conmemorativa, pero el agua y el viento han suavizando tanto el bajorrelieve que ahora es difícil adivinar si aquella es una letra “A” o ésa una “K”. El mismo efecto ha tenido sobre el rostro del héroe que ahora cada oferente se imagina el rostro que más le acomoda. Sin embargo, está rodeada de racimos de flores marchitas y plegarias escritas con mano presurosa; a todo su alrededor hay monedas de todos los colores y formas y vasijas con órganos de ganado, y en el suelo han dibujado paradigmas con tizas de colores que se entrelazan unos con otros. El héroe sin rostro es esporádicamente visitado, rápidamente como la muerte en una navaja, y cuando está solo baja de su sitial y encaja profundamente la espada en la cerámica negra del suelo.
Ahora corre un viento más intranquilo con presagios de malos sueños. La luz se ha vuelto crepuscular y siento un poco de frío. Pero eso a ella la tiene sin cuidado: mientras que a mí la atmósfera me ha obligado a ponerme un abrigo y un sombrero, ella permanece inmutada y pacífica.
No hay nada malo en Antoinette.
Ella es el reflejo de las cosas y su totalidad solo puede dar como resultado algo eterno, inmutable… Ahora viene flotando hacia mí una esfera azul, sin intervención de nadie; parece haber venido de ninguna parte, pero sé que algún pliegue de su vestido se ha descorrido como un velo y la ha liberado. Ella parece no notarlo porque ahora parece ensimismada en la observación de una esfera verde que gira muy rápidamente, en su palma. La esfera azul ha tomado un aire muy sereno con un eje un poco inclinado y unas nubes se deslizan por su superficie, el azul se lo dan los mares que ocupan todo a excepción de una isla pequeña pero plagada de seres que caminan en dos patas. La isla no tiene mayor vegetación y los seres se mueven cerca de las playas donde descansan y pescan. Parecen llevar una buena vida, pero la mayoría muere violentamente ahogadas, mutiladas por enredaderas marinas y atrapadas por enormes bocas desdentadas. Sin embargo, hacia el centro de la isla hay una construcción monótona, baja y cuadrada que desentona con el color terracota del terreno. La habitación, que así la podríamos llamar, posee una única ventana sin puertas ni otros accesos y el interior no se divisa bien. Adentro, y si te acostumbras a la oscuridad, verás a un hombre sentado ante una máquina de escribir antigua que teclea lentamente palabras. Parece visiblemente desganado porque tiene los hombros hundidos, la cabeza inclinada y sus movimientos indecisos pesan toneladas. Viste una sencilla tenida de dos partes y del cuello le cuelga una pieza de tela negra y estrecha por delante. Hay silencio en la habitación, a excepción de algunos carraspeos y las teclas que disparan sonidos secos sobre el papel que hacen más alienante la atmósfera. El hombre se acomoda mejor en la silla. No le puedo ver el rostro pero puedo distinguir su complexión delgada y su piel blanca, casi mortecina. Tiene el pelo de un color castaño desvaído que cae en mechones simétricos. De pronto, el hombre se detiene en medio de una frase y se va irguiendo lentamente, toma la posición de alguien que escucha el rumor de un motor lejano, quizás evoca el sabor de un helado a los cinco años. Yo permanezco sin respirar siquiera y presiento que estoy importunando en su tarea, aunque sé que no es así: yo aquí soy menos que un fantasma en esta esfera. Pero la tensión continúa y me veo obligado a alejarme un poco; justo en ese momento, el hombre se voltea y me mira fijamente. Reconozco inmediatamente ese rostro, a pesar que sus ojos y boca están cerrados por unas coseduras de un hilo espartano. Husmea el aire como un topo y me localiza y espera algo de mí. Tengo un momento de revelación y después nada, pero ha sido suficiente para sentir lástima por esa criatura atada a sus trabajos estúpidos… Como no hay nada más que ver lo abandono y él vuelve a teclear en la máquina lo que desde hace eones está condenado a escribir: “Soy y no puedo ser”.
Vuelvo a mi asiento y la esfera azul comienza a retirarse hasta el borde donde el vestido de Antoinette cae en un abismo sin posibilidad de ver el fondo. La esfera cae. Me angustia saber que con la bola se va el hombre que escribe y tengo deseos de levantarme y seguir su trayectoria, pero está ella y me mira con ojos que me retienen. Sus manos están sobre sus faldas, con las palmas hacia arriba.
Si quizás tú estuvieras aquí te habrías ido con una pregunta respondida y te alejarías hasta el borde aterciopelado desde donde ya no hay nada, y te lanzarías al espacio hasta convertirte en un punto de luz. Pero ya no sirve para mí, yo no tengo memoria.
Antoinette lleva un vestido largo y negro de encajes y yo estoy con ella.
FIN
Luis Saavedra
Santiago, 07 de Enero de 2003
ficcion
cuentos
literatura
Por Stephen Hawking
Fragmentos extraídos de “El universo en una cáscara de nuez”, Capítulo 6
[...] Star Trek muestra una sociedad muy avanzada respecto a la nuestra en ciencia, tecnología y organización política [...]. En el tiempo que va desde ahora hasta entonces debe haber habido grandes cambios, pero se supone que, en el período mostrado en la serie, la ciencia, la tecnología y la organización de la sociedad han alcanzado un nivel próximo a la perfección.
Quiero cuestionar esta imagen y preguntarnos si la ciencia y la tecnología llegarán a alcanzar un estado final estacionario. En los diez mil años transcurridos desde la última glaciación, en ningún momento la especie humana se ha hallado en un estado de conocimiento constante y tecnología fija. Incluso ha habido algunos retrocesos, como en las edades oscuras posteriores a la caída del Imperio Romano, pero la población mundial, que constituye un indicador de nuestra capacidad tecnológica de conservar la vida y alimentarnos, ha aumentado incesantemente, con sólo unas pocas caídas como la debida a la Peste Negra.
[...] Otros indicadores del desarrollo tecnológico reciente son el consumo de electricidad y el número de artículos científicos publicados, que también muestran crecimiento exponencial, con tiempos de duplicación menores que cuarenta años. No hay indicios de que el desarrollo científico y tecnológico se vaya a frenar y a detenerse en el futuro próximo -ciertamente no en la época de Star Trek, que se supone que ocurre en un futuro no muy lejano-. Pero si el crecimiento de población y el consumo de electricidad siguen al ritmo actual, en el año 2600 la población mundial se estará tocando hombro con hombro, y el consumo de electricidad hará que la Tierra se ponga al rojo vivo [...]
Si se pusieran en fila todos los nuevos libros publicados, nos deberíamos desplazar a ciento cincuenta kilómetros por hora para mantenernos al frente de la hilera. Naturalmente, en el año 2600 los nuevos trabajos científicos y artísticos tendrán formato electrónico, en vez de ser libros y revistas. Sin embargo, si continuara el crecimiento exponencial, se publicarían diez artículos por segundo en mi especialidad de física teórica, y no tendría tiempo de leerlos.
Claramente, el crecimiento exponencial actual no puede continuar indefinidamente. Por lo tanto, ¿qué va a ocurrir? Una posibilidad es que nos autodestruyamos completamente provocando algún desastre, como por ejemplo una guerra nuclear. Sería una triste ironía que el motivo por el cual no hemos sido contactados por extraterrestres fuera que cuando una civilización alcanza nuestro estadio de desarrollo deviene inestable y se autodestruye. Sin embargo, soy optimista. No creo que la especie humana haya llegado tan lejos sólo para eliminarse a sí misma cuando las cosas se están poniendo interesantes.
La visión de futuro presentada en Star Trek -es decir, que se alcanza un nivel avanzado pero esencialmente estático- puede llegar a ser verdad en lo que se refiere al conocimiento de las leyes básicas que rigen el universo. [...] Podría haber una teoría última y la podríamos descubrir en un futuro no demasiado distante. Esta teoría última, si existe, determinaría si el sueño de Star Trek de viajar por los atajos de las deformaciones del universo podrá ser realizado. Según las ideas actuales, tendremos que explorar la galaxia de una manera lenta y aburrida, utilizando naves espaciales que viajan con velocidad menor que la de la luz, pero como todavía no tenemos una teoría unificada completa, no podemos desechar completamente los viajes por atajos del espacio-tiempo.
[...] Los sistemas más complicados que conocemos son, con mucho, nuestros propios cuerpos. La vida parece haberse originado en los océanos primitivos que recubrían la Tierra hace unos cuatro mil millones de años. No sabemos cómo se produjo este inicio. Podría ser que las colisiones aleatorias entre los átomos formaran macromoléculas capaces de autoreproducirse y juntarse para formar estructuras más complicadas. Lo que sabemos es que hace unos tres mil quinientos millones de años, la complicadísima molécula del ADN ya había emergido.
El ADN es la base de la vida en la Tierra. Tiene una estructura de doble hélice, como una escalera de caracol, descubierta por Francis Crick y James Watson en el laboratorio Cavendish de Cambridge en 1953. Los dos hilos de la doble hélice están unidos por pares de bases nitrogenadas, como los escalones de una escalera de caracol. Hay cuatro tipos de bases: citosina, guanina, timina y adenina. El orden en que las diferentes bases se presentan a lo largo de la escalera de caracol contiene la información genética que permite que la molécula de ADN reúna en torno a sí un organismo y se autoreproduzca. Cuando el ADN hace copias de sí mismo, se producen algunos errores ocasionales en el orden de los pares de bases a lo largo de la espiral. En la mayoría de los casos, estos errores de copia hacen que e! nuevo ADN sea incapaz o menos capaz de autoreproducirse, lo cual significa que estos errores genéticos, o mutaciones, están llamados a desaparecer. Pero en unos pocos casos, el error o mutación aumenta las posibilidades de supervivencia y reproducción del ADN. Tales cambios en la información genética serán favorecidos. Así es como la información contenida en la secuencia de las bases en los ácidos nucleicos evoluciona y aumenta gradualmente en complejidad.
Como la evolución biológica es básicamente un camino aleatorio en el espacio de todas las posibilidades genéticas, ha sido muy lenta. La complejidad, o número de bits de información codificada en el ADN, es aproximadamente igual al número de pares de bases contenidas en la molécula de este ácido nucleico. Durante los primeros dos mil millones de años, aproximadamente, la tasa de aumento de la complejidad debió haber sido del orden de un bit de información cada cien años. En los últimos pocos millones de años, la tasa de incremento de complejidad del ADN aumentó gradualmente hasta un bit por año. Pero hace seis mil u ocho mil años, hubo una novedad importantísima: se desarrolló el lenguaje escrito. Ello significó que la información podía ser transmitida de una generación a la siguiente sin tener que esperar el proceso lentísimo de mutaciones aleatorias y selección natural que la codifica en la secuencia del ADN. El grado de complejidad aumentó enormemente. La diferencia entre el ADN de los primates y de los humanos podría ser contenida en una novela sencilla, y la secuencia completa del ADN humano podría escribirse en una enciclopedia de treinta volúmenes.
Mayor importancia aún reviste el hecho de que la información de los libros puede ser actualizada rápidamente. La tasa actual con que el ADN humano está siendo actualizado por la evolución biológica es de un bit por año. Pero cada año se publican doscientos mil nuevos libros, que suponen una tasa de nueva información de aproximadamente un millón de bits por segundo. Naturalmente, la mayoría de esta información es basura pero aun así, si sólo un bit por millón resultara útil, ello supone todavía una rapidez cien mil veces mayor que la de la evolución biológica.
La transmisión de datos a través de medios externos, no biológicos, ha llevado a la especie humana a dominar el mundo y a tener una población exponencialrnente creciente. Pero ahora nos hallamos en el comienzo de una nueva era, en que podremos aumentar la complejidad de nuestro registro interno, el ADN, sin tener que esperar el lento proceso de la evolución biológica. En los últimos diez mil años no ha habido cambios importantes en el ADN humano, pero es probable que podamos rediseñarlo completamente en los próximos mil años. Naturalmente, mucha gente opina que la ingeniería genética con humanos debería ser prohibida, pero es dudoso que logremos impedirla. La ingeniería genética de plantas y animales será permitida por razones económicas, y tarde o temprano alguien lo intentará con humanos. A menos que tengamos un orden totalitario mundial, alguien, en algún lugar, diseñará seres humanos mejorados.
Claramente, la creación de seres humanos mejorados producirá grandes problemas sociales y políticos respecto a los humanos no mejorados. No es mi intención defender la ingeniería genética humana como un desarrollo deseable, sino solamente decir que es probable que ocurra tanto si queremos como si no. Este es el motivo por el que no creo en la ciencia ficción como Star Trek, donde la gente de dentro de cuatrocientos años es esencialmente igual a la de hoy. Creo que la especie humana, y su ADN, aumentarán rápidamente de complejidad. Deberíamos admitir esta posibilidad y considerar cómo reaccionar frente a ella.
En cierta manera, la especie humana necesita mejorar sus cualidades mentales y físicas si tiene que tratar con el mundo crecientemente complicado de su alrededor y estar a la altura de nuevos retos como los viajes espaciales. Los humanos también necesitan aumentar su complejidad si queremos que los seres biológicos se mantengan por delante de los electrónicos. En la actualidad, los ordenadores tienen la ventaja de la rapidez, pero aún no muestran señales de inteligencia. Ello no es sorprendente, ya que los ordenadores actuales son menos complicados que el cerebro de una lombriz de tierra, una especie no muy notable por sus dotes intelectuales.
Pero los ordenadores siguen lo que se llama ley de Moore: su velocidad y complejidad se duplican cada dieciocho meses. Es uno de los crecimientos exponenciales que claramente no pueden seguir indefinidamente. Sin embargo, probablemente continuará hasta que los ordenadores alcancen una complejidad semejante a la del cerebro humano. Algunos afirman que los ordenadores nunca mostrarán auténtica inteligencia, sea ésta lo que sea. Pero me parece que si moléculas químicas muy complicadas pueden funcionar en los cerebros y hacerlos inteligentes, entonces, circuitos electrónicos igualmente complicados pueden llegar a conseguir que los ordenadores actúen de manera inteligente. Y si llegan a ser inteligentes, presumiblemente podrán diseñar ordenadores que tengan incluso mayor complejidad e inteligencia.
Este aumento de complejidad biológica y electrónica ¿proseguirá indefinidamente, o existe algún límite natural? Del lado biológico, el límite de la inteligencia humana ha sido establecido hasta el presente por el tamaño del cerebro que puede pasar por el conducto materno. Como he visto el nacimiento de mis tres hijos, sé cuan difícil es que salga la cabeza. Pero espero que en el siglo que acabamos de iniciar conseguiremos desarrollar bebés en el exterior del cuerpo humano, de manera que esta limitación quedará eliminada. En última instancia, sin embargo, el crecimiento del tamaño del cerebro humano mediante la ingeniería genética topará con el problema de que los mensajeros químicos del cuerpo responsables de nuestra actividad mental son relativamente lentos. Ello significa que aumentos posteriores en la complejidad del cerebro se realizarán a expensas de su velocidad. Podemos ser muy rápidos o muy inteligentes, pero no ambas cosas a la vez. Aun así, creo que podemos llegar a ser mucho más inteligentes que la mayoría de personajes de Star Trek, aunque esto, en realidad, no sea muy difícil.
Los circuitos electrónicos presentan el mismo problema de compromiso entre complejidad y velocidad que el cerebro humano. En ellos, sin embargo, las señales son eléctricas en vez de químicas, y se propagan con la velocidad de la luz, que es mucho más elevada. Sin embargo, la velocidad de la luz ya es un límite práctico en el diseño de ordenadores más rápidos. Podemos mejorar la situación reduciendo el tamaño de los circuitos, pero en último término habrá un límite fijado por la naturaleza atómica de la materia. Aun así, todavía nos queda un buen trecho de camino por recorrer antes de llegar a esta barrera.
Otra manera de aumentar la complejidad de los circuitos electrónicos manteniendo su velocidad es copiar el funcionamiento del cerebro humano. Este no tiene una sola unidad central de procesamiento -CPU- que procese en serie todas las instrucciones, sino millones de procesadores que trabajan en paralelo simultáneamente. Este procesamiento masivo en paralelo será también el futuro de la inteligencia electrónica.
Suponiendo que no nos autodestruyamos en los próximos siglos, es probable que nos diseminemos primero por los planetas del sistema solar y a continuación por los de las estrellas próximas, pero no pasará como en Star Trek o Babylon 5, en que hay una nueva raza de seres casi humanos en casi cada sistema estelar. La especie humana ha tenido su forma actual sólo durante unos dos millones de años de los quince mil millones de años, aproximadamente, transcurridos desde la gran explosión inicial.
Por lo tanto, incluso si se llega a desarrollar vida en otros sistemas estelares, las posibilidades de encontrarla en un estadio reconociblemente humano son muy pequeñas. Es probable que cualquier vida extraterrestre que podamos hallar sea mucho más primitiva o mucho más avanzada. Si es más avanzada, ¿por qué no se ha diseminado por la galaxia y ha visitado la Tierra? Si hubieran venido extraterrestres, se habría notado: habría sido más como la película Independence Day que como E.T.
Así, ¿cómo nos explicamos la ausencia de visitantes extraterrestres? Podría ser que una especie avanzada conociera nuestra existencia pero nos estuviera dejando cocer en nuestra salsa primitiva. Sin embargo, es dudoso que fuera tan considerada hacia una forma inferior de vida: ¿nos preocupamos nosotros de cuántos insectos o gusanos aplastamos? Una explicación más razonable es que la probabilidad de que se desarrolle vida en otros planetas o de que la vida llegue a ser inteligente sea muy baja. Como afirmamos que somos inteligentes, quizás sin mucha base para ello, tendemos a ver la inteligencia como una consecuencia inevitable de la evolución. Sin embargo, podemos cuestionarnos esto, ya que no resulta claro que la inteligencia tenga mucho valor para la supervivencia. Las bacterias se las arreglan muy bien sin inteligencia, y nos sobrevivirán si nuestra llamada inteligencia nos lleva a exterminarnos en una guerra nuclear. Así, puede ser que cuando exploremos la galaxia encontremos vida primitiva, pero no es probable que hallemos seres como nosotros.
El futuro de la ciencia no será como la imagen reconfortante presentada en Star Trek. un universo poblado por muchas especies humanoides, con una ciencia y una tecnología avanzadas pero esencialmente estáticas. Creo, en cambio, que seguiremos nuestro propio camino, con un rápido desarrollo en complejidad biológica y electrónica. En el presente siglo, que es hasta donde podemos aventurar predicciones con más o menos fiabilidad, no ocurrirán muchas de estas cosas. Pero hacia el fin de milenio, si llegamos a él, las diferencias con Star Trek serán fundamentales.
Stephen Hawking.
eproducido en TauZero sin autorización del propietario del copyright, únicamente con fines divulgativos.
Por Carl Sagan
“El Cerebro de Broca”, extractos obtenidos del capítulo 9.
Cuando tenía diez años, decidí -desconociendo casi por completo la dificultad del problema- que el universo estaba lleno. Había demasiados lugares como para que éste fuese el único planeta habitado. Y a juzgar por la variedad de formas de vida en la Tierra […], pensé que la vida en otras partes debería ser muy distinta. Me esforcé por imaginar cómo podría ser la vida, pero a pesar de todo el empeño puesto en ello, siempre resultaba algún tipo de quimera terrestre, o alguna variación de las plantas y animales existentes.
Por aquella época, gracias a un amigo, conocí las novelas de Edgar Rice Burroughs sobre el planeta Marte. No había pensado mucho en Marte hasta entonces, pero a través de las aventuras de John Carter, el personaje de Burroughs, se me presentaba un mundo extraterrestre habitado, sorprendentemente variado: antiguas profundidades marinas, estaciones de bombeo en grandes canales y una multiplicidad de seres, algunos de ellos exóticos, como por ejemplo las bestias de carga de ocho patas.
La lectura de estas novelas resultaba estimulante en un principio, pero luego, poco a poco, empezaron a surgir las dudas. La trama de la primera novela sobre John Carter que leí se basaba en su olvido de que el año es más largo en Marte que en la Tierra. Pero a mí me pareció que cuando se va a otro planeta, una de las primeras cosas que uno haría es la de enterarse de la duración del día y del año […]. Había también otras observaciones menores en un principio sorprendentes, pero que tras una serena reflexión resultaban decepcionantes. Por ejemplo, Burroughs comenta de pasada que en Marte existen dos colores primarios más que en la Tierra. Estuve muchos minutos con los ojos fuertemente cerrados, concentrándome en un nuevo color primario. Pero siempre veía un marrón oscuro parecido al de las pasas. ¿Cómo podía haber otro color primario en Marte, y mucho menos dos? ¿Qué era un color primario? ¿Era algo que tenia que ver con la física o con la psicología? Decidí que Burroughs podía no saber de qué estaba hablando, pero que conseguía hacer reflexionar a sus lectores. Y en los numerosos capítulos en los que no había mucho que pensar, había afortunadamente, en cambio, malignos enemigos y valientes espadachines; más que suficiente para mantener el interés de un ciudadano de diez años durante un verano en Brooklyn.
Un año más tarde, di por pura casualidad con una revista titulada Astounding Science Fiction en una tienda del barrio. Una rápida ojeada a la portada y al interior me hicieron saber que era lo que había estado buscando. No sin esfuerzo junté el dinero para pagarla; la abrí al azar, me senté en un banco a menos de diez metros de la tienda y leí mi primer cuento moderno de ciencia ficción, Pete puede arreglarlo, por Raymond F. Jones, una agradable historia de viajes a través del tiempo después del holocausto de una guerra nuclear. Había oído hablar de la bomba atómica […] pero fue la primera vez que vi planteadas las implicaciones sociales del desarrollo de las armas nucleares. Me hizo pensar. Pero el pequeño aparato que el mecánico Pete colocaba en los automóviles de sus clientes para que pudiesen realizar breves viajes admonitorios por el reino del futuro, ¿en qué consistía? ¿Cómo estaba fabricado? ¿Cómo se podía penetrar en el futuro y luego regresar? Si Raymond F. Jones lo sabía, no lo estaba diciendo.
Me sentí atrapado. Cada mes esperaba impacientemente la salida de Astounding. Leí a Julio Verne y a H. G. Wells, leí de cabo a rabo las dos primeras antologías de ciencia ficción que pude encontrar, rellené fichas parecidas a las que rellenaba para los juegos de béisbol sobre la calidad de lo que leía. Muchas de esas historias tenían el mérito de plantear cuestiones interesantes, pero muy poco peso a la hora de responderlas.
Hay una parte de mí que todavía tiene diez años. Pero en conjunto soy mayor. Mis facultades críticas y tal vez también mis preferencias literarias han mejorado. Al releer la obra de L. Ron Hubbard titulada The End Is Not Yet, que leí por primera vez cuando tenia catorce años, quede tan sorprendido de lo mala que era respecto a la que recordaba, que me planteé seriamente la posibilidad de que existiesen dos novelas con el mismo titulo y del mismo autor, pero de calidad totalmente distinta. Pero ya no consigo mantener esa aceptación crédula que había tenido. En Neutron Star de Larry Niven, la trama gira alrededor de las sorprendentes fuerzas atractivas ejercidas por un poderoso campo magnético. Pero nos vemos obligados a considerar que dentro de cientos o miles de años, en la época en que un vuelo interestelar es algo común, esas fuerzas atractivas ya han sido olvidadas. Nos vemos obligados a creer que la primera exploración de una estrella de neutrones la llevará a cabo un vehículo espacial tripulado y no un vehículo espacial instrumental. Se nos pide demasiado. En una novela de ideas, las ideas han de funcionar.
Sentí el mismo desasosiego muchos años antes, al leer la descripción de Verne a propósito de que la ingravidez en un viaje a la luna sólo se producía en el punto del espacio en el que las fuerzas gravitatorias de la Tierra y la Luna se anulaban, o al toparme con el invento de Wells de un mineral antigravitatorio llamado cavorita. ¿Por qué existía un filón de cavorita en la Tierra? ¿Por qué no se precipitó en el espacio hace muchos años? En el filme de ciencia ficción Silent Running, de Douglas Trumbull, sobresaliente desde el punto de vista técnico, se mueren los árboles en amplios y cerrados sistemas ecológicos espaciales. Tras semanas de ímprobos trabajos y de una interminable búsqueda en los manuales de botánica, se da con la solución: resulta ser que las plantas necesitan luz solar (!). Además, los personajes de Trumbull son capaces de construir ciudades interplanetarias, pero han olvidado la ley del cuadrado inverso. Estaba dispuesto a pasar por alto la caracterización de los anillos de Saturno como gases coloreados al pastel, pero eso no.
Tuve la misma impresión con una película de la serie Star Trek, aunque reconozco que presupone una gran maestría; algunos amigos juiciosos me han apuntado que debo considerarla alegóricamente y no literalmente. Pero cuando los astronautas procedentes de la Tierra llegan a un planeta muy alejado y encuentran allí seres humanos en pleno conflicto entre dos superpotencias nucleares -que se denominan Yangs y Corns, o sus equivalentes fonéticos- la suspensión de la incredulidad se desmorona. En una sociedad terrestre global dentro de siglos y siglos, los oficiales de la nave son embarazosamente Anglo-Americanos. Tan sólo dos de los doce o quince vehículos interestelares tienen nombres no ingleses, Kongo y Potemkin (¿por qué no Aurora?). Y la idea de un cruce fructífero entre un vulcano y un terrestre deja por completo de lado la biología molecular que conocemos […]. Según Harlan Ellison, incluso esas novedades biológicas menores como las orejas puntiagudas de Mr. Spock y sus cejas indisciplinadas eran consideradas excesivamente atrevidas por los promotores de la película; estas enormes diferencias entre Vulcaños y humanos sólo iban a confundir al público, pensaban, y se intentó eliminar todas las características que supusiesen singularidades fisiológicas de los Vulcanos. Se me plantean problemas parecidos en aquellas películas en las que animales conocidos, aunque ligeramente modificados -arañas de diez metros de altura- amenazan ciudades terrestres: dado que los insectos y los arácnidos respiran por difusión, esos merodeadores morirían por asfixia antes de poder destrozar una ciudad.
Creo que dispongo de las mismas ansias de lo maravilloso que cuando tenía diez años. Pero desde entonces he aprendido algo acerca de cómo está organizado el mundo. La ciencia ficción me ha llevado a la ciencia. Encuentro la ciencia más sutil, más complicada y más aterradora que gran parte de la ciencia ficción. Basta con tener presentes algunos de los descubrimientos científicos de las ultimas décadas: que Marte está cubierto por antiguos ríos secos; que los monos pueden aprender lenguajes de centenares de palabras, comprender conceptos abstractos y construir nuevos usos gramaticales; que existen partículas que atraviesan sin esfuerzo toda la Tierra de forma que hay tantas que emergen por debajo de nuestros pies como las que caen desde el cielo; que en la constelación del Cisne hay una estrella doble, uno de cuyos componentes posee una aceleración gravitacional tan elevada que la luz es incapaz de escaparse de él: puede resplandecer por dentro a causa de la radiación, pero resulta invisible desde el exterior. Frente a todo esto, muchas de las ideas corrientes de la ciencia ficción palidecen, en mi opinión, al intentar compararlas. Considero que la relativa ausencia de estos hechos en los relatos y las distorsiones del pensamiento científico que se dan a veces en la ciencia ficción son oportunidades perdidas. La ciencia real puede ser un punto de partida hacia la ficción excitante y estimulante tan bueno como la ciencia falsa, y considero de gran importancia aprovechar todas las oportunidades que permitan inculcar las ideas científicas en una civilización que se basa en la ciencia pero que no hace prácticamente nada para que ésta sea entendida.
Pero lo mejor de la ciencia ficción sigue siendo muy bueno. Hay historias tan sabiamente construidas, tan ricas al ajustar detalles de una sociedad desconocida, que me superan antes de tener ocasión de ser crítico. Entre esas historias hay que citar The Door into Summer de Robert A. Heinlein, The Stars My Destination y The Demolished Man de Alfred Bester, Time and Again de Jack Finney, Dune de Frank Herbert y A Canticle for Leibowitz de Walter M. Miller. Las ideas contenidas en esos libros hacen pensar. Los aportes de Heinlein sobre la posibilidad y la utilidad social de los robots domésticos soportan perfectamente el paso de los años. Las aportaciones a la ecología terrestre proporcionadas por hipotéticas ecologías extraterrestres, como ocurre en Dune, constituyen, en mi opinión, un importante servicio social. En He Who Shrank, Harry Hasse presenta una fascinante especulación cosmológica que ha sido reconsiderada seriamente en la actualidad, la idea de un regreso infinito de los universos, en el cual cada una de nuestras partículas elementales es un universo de nivel inferior y nosotros somos una partícula elemental del siguiente universo superior.
Pocas novelas de ciencia ficción combinan extraordinariamente bien una profunda sensibilidad humana con un tema habitual de esta especialidad. Pienso en Rogue Moon de Algis Budrys y en muchas de las obras de Ray Bradbury y Theodore Sturgeon, por ejemplo. Como To Here and the Easel, de éste último, novela en la cual se describe la esquizofrenia vista desde dentro y constituye una sugerente introducción al Orlando Furioso de Ariosto.
El astrónomo Robert S. Richardson escribió una sutil historia de ciencia ficción sobre el origen de la creación continua de los rayos cósmicos. La historia Breathes There a Man de Isaac Asimov proporciona una serie de penetrantes observaciones sobre la tensión emocional y el sentido de aislamiento de algunos de los más importantes científicos teóricos. La obra de Arthur C. Clarke, The Nine Billion Names of God, incitó a muchos lectores occidentales a una intrigante especulación sobre las religiones orientales.
Una de las cualidades de la ciencia ficción es la de poder transmitir fragmentos, sugerencias y frases de conocimientos normalmente desconocidos o inaccesibles al lector común. And He Built a Crooked House de Heinlein posiblemente fue para muchos lectores la primera introducción a la geometría tetradimensional con alguna posibilidad de ser entendida. En un trabajo de ciencia ficción reciente se presentan las matemáticas del último intento de Einstein en tomo a la teoría del campo unificado; en otro se expone una importante ecuación relativa a la genética de poblaciones. Los robots de Asimov eran “positrónicos”, porque se acababa de descubrir el positrón. Asimov nunca explicó cómo los positrones hacían funcionar los robots, pero al menos sus lectores oyeron hablar de positrones. Los robots rodomagnéticos de Jack Williamson funcionaban con rutenio, rodio y paladio, constituyentes del Grupo VII de los metales en la tabla periódica tras el hierro, el níquel y el cobalto. Se sugirió una analogía con el ferromagnetismo. Supongo que en la actualidad hay robots de ciencia ficción en los que intervienen los quarks o el encanto y que proporcionan una breve puerta de entrada al excitante mundo de la física contemporánea de las partículas elementales. Last Darkness Fall, de L. Sprague de Camp, es una excelente introducción a Roma en la época de la invasión gótica y la serie de Foundation, de Asimov, aunque no se explique en los libros, constituye un resumen muy útil de una parte de la dinámica del ya lejano Imperio Romano. Las historias de viajes a través del tiempo -por ejemplo, en los notables ensayos de Heinlein, All You Zombies, By His Bootstraps y The Door into Summer- fuerzan al lector a contemplar la naturaleza de la causalidad y el devenir del tiempo. Son libros sobre los que se reflexiona mientras el agua va llenando la bañera o mientras se pasea por los bosques tras una primera nevada de invierno.
Otra de las grandes cualidades de la moderna ciencia ficción reside en algunas de las formas artísticas que pone de manifiesto. Llegar a tener una imagen mental de cómo debe ser la superficie de otro planeta ya es algo, pero examinar cualquiera de las pinturas meticulosas de la misma escena debidas a Chesley Bonestell en su primera época es algo muy distinto. El sentido del maravilloso mundo astronómico es espléndidamente plasmado por algunos de los mejores artistas contemporáneos: Don Davis, Jon Lomberg, Rick Sternbach, Robert McCall. Y en los versos de Diane Ackerman puede entreverse el anuncio de una poesía astronómica madura, plenamente en sintonía con los temas habituales de la ciencia ficción.
Las ideas de la ciencia ficción se presentan en la actualidad de muy diversas maneras. Tenemos los escritores de ciencia ficción como Isaac Asimov y Arthur C. Clarke, capaces de proporcionar resúmenes convincentes y brillantes en forma no ficticia de muchos aspectos de la ciencia y la sociedad. Algunos científicos contemporáneos han llegado a un público más amplio a través de la ciencia ficción que a través de sus propias disciplinas. Por ejemplo, en la interesante novela The Listeners, de James Gunn, se encuentra el siguiente comentario enunciado hace cincuenta años sobre mi colega, el astrónomo Frank Drake: “¡Drake! ¿Qué es lo que sabía?”. Pues resultó que mucho. También encontramos verdadera ciencia ficción disfrazada de hechos en una vasta proliferación de escritos y organizaciones de creyentes pseudocientificos.
Un escritor de ciencia ficción, L. Ron Hubbard, ha fundado un culto con no poca aceptación llamado Cientología, inventado, según me han referido, en una sola noche tras una apuesta, según la cual tenía que hacer lo mismo que Freud, inventar una religión y ganarse la vida con ella. Las ideas clásicas de la ciencia ficción han quedado institucionalizadas en los objetos voladores no identificados y en los sistemas que creen en astronautas de la antigüedad -aunque tengo reparos de no asegurar que Stanley Weinbaum (en The Valley of Dreams) lo hizo mejor, y antes, que Erich von Daniken y R. De Witt en Within the Pyramid consigue anticiparse tanto a von Daniken como a Velikovsky y ofrecer una hipótesis del supuesto origen extraterrestre de las pirámides más coherente que la que puede encontrarse en cualquier escrito sobre antiguos astronautas y piramidología-. En Wine of the Dreamers, John D. MacDonald [...] escribía: “Y existen indicios, en la mitología terrestre…, de grandes naves y carros que cruzaban el cielo”. La historia Farewell to the Master, escrita por Harry Bates, se convirtió en una película titulada The Day the Earth Stood Still [...]. La película, con sus imágenes de un platillo volante sobre el cielo de Washington, jugó un papel importante, en opinión de ciertos investigadores conocidos, en la “oleada” de OVNIs sobre Washington D.C. en 1952, apenas posterior al estreno de la película.[...]
La interrelación entre ciencia y ciencia ficción produce resultados curiosos algunas veces. No siempre queda claro si la vida imita al arte o si ocurre al revés. Por ejemplo, Kurt Vonnegut Jr. ha escrito una soberbia novela epistemológica, The Sirens of Titan, en la que se postula un medio ambiente no totalmente adverso en la luna mayor de Saturno. Desde que en los últimos años diversos científicos, entre los que me incluyo, hemos presentado indicios de que Titán posee una atmósfera densa y posiblemente temperaturas superiores a las esperadas, muchas personas me han hecho comentarios sobre la predicción de Kurt Vonnegut. Pero Vonnegut era graduado en física por la Universidad de Cornell, y por tanto podía conocer los últimos descubrimientos astronómicos (muchos de los mejores escritores de ciencia ficción tienen una base de ingeniería o de ciencias, como por ejemplo Paul Anderson, Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Hal Clement y Robert Heinlein). En 1944 se descubrió una atmósfera de metano en Titán, el primer satélite del sistema solar del cual se supo que tenía atmósfera. Tanto en éste como en muchos otros casos, el arte imita a la vida.
El problema ha sido que nuestra comprensión de los demás planetas ha crecido más rápidamente que las representaciones que de ellos hace la ciencia ficción. La reconfortante zona de penumbra en un Mercurio en rotación síncrona, un Venus de pantanos y selvas y un Marte infestado de canales son tópicos clásicos de la ciencia ficción, pero todos ellos se basan en anteriores equivocaciones de los astrónomos planetarios. Las ideas erróneas se transcribían fielmente en los relatos de ciencia ficción, leídos por muchos de los jóvenes que irían a convertirse en la siguiente generación de astrónomos planetarios -por tanto, estimulando el interés de los jóvenes, pero simultáneamente dificultando aún más la corrección de las equivocaciones de los mayores-. Pero al ir variando nuestro conocimiento de los planetas, también ha variado el contexto de los correspondientes relatos de ciencia ficción. Ya resulta poco frecuente encontrar relatos escritos en la actualidad en los que aparezcan campos de algas sobre la superficie de Venus […]. Asimismo, la idea de una “curvatura del espacio” es un viejo recurso de la ciencia ficción, pero que no nació de ella. Surgió de la Teoría General de la Relatividad de Einstein. [...]
El enorme interés que despierta en los jóvenes la ciencia ficción se refleja en las películas, los programas de televisión, los comics y en la demanda de relatos ciencia ficción en la enseñanza secundaria y superior. Mi experiencia personal es la de que tales cursos pueden convertirse en interesantes experiencias educativas o en desastres, en función de cómo se programen. Los cursos en los que las lecturas son seleccionadas por los propios estudiantes no les proporcionarán la oportunidad de leer lo que no han leído. Los cursos en los que no se intenta extender la línea argumental de la ciencia ficción para situar los elementos científicos adecuados dejarán de aprovechar una gran oportunidad educativa. Pero los cursos de ciencia ficción programados adecuadamente, en los que la ciencia o la política constituyen un componente integral, tienen en mi opinión una larga y provechosa vida en los planes de estudio.
La mayor significación de la ciencia ficción para el hombre puede darse en tanto que experimento sobre el devenir, como exploración de destinos alternativos, como intento de minimizar el choque del futuro. Esta es parte de la razón por la cual la ciencia ficción presenta interés para los jóvenes: son ellos quienes vivirán el futuro. Creo firmemente que ninguna sociedad actual se encuentra bien adaptada para la Tierra de dentro de uno o dos siglos [...]. Necesitamos desesperadamente una exploración de futuros alternativos, tanto experimentales como conceptuales. Las novelas y los relatos de Eric Frank Russell apuntan mucho en este sentido. En ellos podemos encontrar sistemas económicos alternativos imaginables, o la gran eficacia de una resistencia pasiva unificada ante un poder invasor. En la ciencia ficción moderna también se pueden encontrar sugerencias útiles para llevar a cabo una revolución en una sociedad tecnológica muy mecanizada, como en The Moon Is a Harsh Mistress, de Heinlein.
Cuando estas ideas se asimilan en la juventud, pueden influir en el comportamiento adulto. Muchos científicos que dedican sus esfuerzos a la exploración del sistema solar [...] se orientaron por primera vez hacia ese campo gracias a la ciencia ficción. Y el hecho de que parte de la ciencia ficción no fuese de gran calidad no tiene mayor importancia. Los jóvenes de diez años no leen literatura científica.
[...]
En toda la historia del mundo no ha habido ninguna época en la que se hayan producido tantos cambios significativos como en ésta. La predisposición al cambio, la búsqueda reflexiva de futuros alternativos es la clave para la supervivencia de la civilización y tal vez de la especie humana. La nuestra es la primera generación que se ha desarrollado con las ideas de la ciencia ficción. Conozco muchos jóvenes que evidentemente se interesarían, pero que no quedarían pasmados, si recibiésemos un mensaje procedente de una civilización extraterrestre. Ellos ya se han acomodado al futuro. Creo que no es ninguna exageración decir que, si sobrevivimos, la ciencia ficción habrá hecho una contribución vital a la continuación y evolución de nuestra civilización.
Carl Sagan
Reproducido en TauZero sin autorización del propietario del copyright, únicamente con fines divulgativos.
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brainstorming
Por Remigio Aras citando a Jess Nevins
Como señala el encabezado, este artículo va sobre crossovers, pero no se trata de Shakira o Enrique Iglesias triunfando en el mercado discográfico anglo sino a la reunión en un mismo título de personajes o conceptos de autores, colecciones o editoriales distintas.
El primer crossover histórico es el mito griego de los Argonautas. Este mito de origen incierto data alrededor del siglo noveno o décimo A. C. y narra las aventuras de Jasón a bordo del Argos y su búsqueda del vellocino de oro, para la cual contaría con la asistencia de 50 nobles héroes entre los que destacaban Hércules (el hombre más fuerte que jamás haya existido), Orfeo (el músico más insigne de la antigüedad, quien descendió al hades en busca de su esposa), Anfiaro (quien poseía el don de la clarividencia), Linceo (célebre por la fuerza y penetración de su mirada; veía a través de los muros, sin que hubiese para él nada oculto en el cielo, la tierra y el infierno) y los dióscuros Cástor (famoso soldado y domador de caballos), y su hermano Pólux (el mejor boxeador de sus tiempos). Cómo vemos los Argonautas eran una suerte de proto-superhéroes y no sólo darían nacimiento al cross-over sino a los grupos superheroicos tipo Liga de La Justicia, Los Vengadores o X-Men (por nombrar sólo algunos de los más populares).
Esta clase de crossover en el cual personajes de distintas leyendas se reúnen en nuevas historias se repetiría a lo largo de los siglos aunque, por supuesto, no puede equipararse del todo al crossover como se entiende hoy en día, sin duda fue su precursor. Dos ejemplos clásicos de este recurso los proporciona Jess Nevins en su texto On Crossover (http://ratmmjess.tripod.com/crossovers.html); la Aeneida de Virgilio (en la cual los fantasmas de ciertos personajes de la Iliada charlan con Aeneas) y La Historia Verdadera del escritor satírico griego Luciano de Samosata (125-192 d.C.). Esta última obra (traducida al inglés el año 1634) es de particular interés no sólo en lo que al crossover se refiere ya que también es considerada la primera novela de ciencia ficción de la historia.
Por supuesto que no debemos dejar fuera de esta revisión los varios volúmenes de las Conversaciones Imaginarias de Walter Savage Landor (publicados entre 1824 y 1829) y el Fausto del gran Johann Wolfgang Goethe. Iniciada en 1772 y publicada en dos partes (la primera en 1808 y la segunda tras la muerte de Goethe en 1832) esta obra es un verdadero desfile de personajes mitológicos, históricos y literarios entre los que se cuenta el mencionado argonauta Linceo, los personajes de Shakesperae Oberón, Titania y Puck (De Sueño de una noche de verano) y Ariel (de La Tempestad), Las Gracias, las Parcas, Helena de Troya, el centauro Quirón , los arcángeles Gabriel, Miguel y Rafael, el mismísimo Dios en persona, etc.
Tal y como menciona Jess Nevins en su texto (el cual reitero pueden encontrar en (http://ratmmjess.tripod.com/crossovers.html), el siguiente hito en la historia del crossover acontecería en 1834, <<…cuando Honoré de Balzac finalmente se decidió a que sus novelas individuales formaran parte de un todo coherente, de un universo ficticio individual. Antes de aquel año sus libros poseían consistencia interna pero no fue sino hasta 1834 cuando sistemáticamente comenzó a reutilizar personajes, con 23 de ellos apareciendo en la primera edición de Le Père Goriot (1835.) Para cuando Balzac finalizó su ciclo de novelas de La Comédie Humaine, alrededor de 600 personajes recurrentes aparecieron en cerca de 90 novelas, creando así un universo literario como no se ha logrado hasta el momento>> (Nevins en (http://ratmmjess.tripod.com/crossovers.html, no lo olviden).
El ejemplo más notable del uso de estos personajes recurrentes lo encontramos en las novelas de Julio Verne, que al igual que Balzac, Zola y Gaboriau, situó varias de sus obras en el mismo universo, citando otra vez a Nevin: <> (Nevin).
Pero será preferible no seguir citando a Jess Nevins, no vaya a ser que algún día incorpore su ensayo (http://ratmmjess.tripod.com/crossovers.html, recuerden) a un libro que bien podría titularse HEROES & MONSTERS: THE UNOFFICIAL GUIDE TO THE LEAGUE OF EXTRAORDINARY GENTLEMEN y firme un contrato con una editorial española para publicarlo y considere que se esta violando su copyrigth.
Así que me doy un gran salto hasta 1940 y al primer crossover en los cómics con los personajes de Bill Everett y Carl Burgos, Namor y la Antorcha Humana original, trenzándose a golpes en Marvel Mystery Comics #7-9. Ese mismo año, en All-Star Comics #3, Gardner Fox y Sheldon Mayer reunirían a varios personajes de distintos comics de DC -Sandman y Hourman de Adventure Comics, Flash y Hawkman de Flash Comics, Linterna Verde y el Átomo de All-American Comics, y el Espectro y el Dr. Destino de More Fun Comics- formando el primer equipo de superhéroes de la historia del Noveno Arte, la celebre JSA o Sociedad de la Justicia de América que serviría de base tanto para la Liga de la Justicia como para todos los demás supergrupos de ahí en adelante.
En lo que a Marvel Comics respecta, la inclusión de personajes “invitados”, y los crossovers en si, tienen su máximo apogeo cuando la desbordante creatividad del poderoso binomio Lee-Kirby se vio enfrentada a un mercado que no admitía la creación de nuevas series o colecciones. Por aquel tiempo la distribuidora de Marvel era nada menos que la DC, que limitaba el número de colecciones a ocho, evitando de esta forma la competencia. Fue debido a esto que se implementó la táctica de incluir personajes en series ya establecidas en el mercado, para sondear la actitud de los lectores. Si la reacción era buena, se probaba con una serie limitada del nuevo personaje y si las ventas eran mejores, se le daba al personaje colección propia. Prueba de esta técnica son los inicios de Iron-Man en Tales of Suspense nº 39 y Thor en Journey Into Mistery nº 83. Antes de clausurar una colección propia o limitada, Marvel recurría a la publicidad indirecta haciendo participar al personaje poco exitoso como invitado en títulos de mayor tiraje consiguiendo de dicha forma una publicidad indirecta Si esto no funcionaba aún podía involucrarse al personaje en una gran historia crossover que se conectara con títulos de mayores ventas obligando al lector a comprar las series de bajas ventas para no perderse el hilo de la historia. Y por último existía la posibilidad de crear un supergrupo, con colección propia, que reuniera héroes de títulos menores en una única serie. Estas prácticas comerciales llevarían en corto plazo a la creación del complicado Universo Marvel.
Para 1970 Marvel y DC se habían convertido en las editoriales más grandes y poderosas con una cantidad de lectores suficientes como para hacer de un crossover intercompañías, negocio redondo. Pese a las expectativas ni Superman vs. El Sorprendente Hombre-Araña de 1976, ni Batman vs. el Increible Hulk 1981, se vendieron muy bien, tal vez debido a lo mediocre de los guiones (eso es cierto sobretodo en el crossover de Sups y Spidey.) Al crossover de los New Teen Titans con los X-Men de 1982 le fue bastante mejor que a sus precedentes pero estuvo lejos de producir las pantagruélicas ganancias que tanto Marvel como DC esperaban, por lo que los crossovers quedaron en el tintero durante unos años. A principios de la década de 1990 Marvel y DC todavía no se recuperaban de la dura competencia que supusieron unos personajes surgidos de un cómic independiente en blanco y negro (las Tortugas Ninja), cuando aparecieron una serie de editoriales nuevas como Valiant, Image y Malibu, que respetaban el derecho de autor de los creadores sobres sus personajes y que ofrecían a los lectores una excelente calidad tanto en papel, como en color (no debemos olvidar a Darkhorse que por esa época se adjudicó los derechos de películas como Aliens, Depredador y Terminator). Cada una de estas compañías creó su propio Universo además de publicar crossovers entre ellas. Reaccionando como un bloque las “Dos Grandes” anunciaron el “crossover definitivo”: Marvel vs. DC, dos universos enfrentados en 11 peleas principales de las cuales 5 podrían ser decididas mediante la votación de los lectores. Adicionalmente se publicarían doce títulos con personajes “amalgamados” de ambos Universos (algunos de estos títulos, como Darkclaw tuvieron continuación). Esta vez Marvel y DC si dieron en el clavo y el dinero llegó a camionadas, aunque la calidad de los cómics fue, por decir lo menos, fluctuante.
exxEl último crossover de importancia ha sido The League of Extraordinary Gentleman, la acción de esta novela gráfica del archiconocido Alan Moore transcurre en una Inglaterra alternativa de 1898 en la que Campion Bond (ancestro de James Bond) del Servicio Secreto de su Majestad se embarca en la tarea de reclutar un grupo de aventureros con el objetivo de recuperar un elemento anti-gravitatorio conocido como “cavorita” (invención de H. G. Wells) de las manos del temible villano oriental Fu Manchu. Este variopinto grupo reúne a varios personajes de la literatura victoriana tales como Mina Murray de Bram Stocker, Allan Quatermain de H. Rider Haggard’s, el Capitán Nemo de Verne, el Hombre Invisible de Wells y el Dr. Jekyll/Mr. Hyde de Stevenson. A lo largo de los 6 tomos que compusieron la primera entrega hacen breves apariciones además Auguste Dupin, el Profesor Moriarty y Mycroft Holmes.
Las citas son: copyright 2001 Jess Nevins
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brainstorming
Por Pancho Drake
Con algunos momentos de obra filosófica, otros de obra de historia y otros aún de crítica literaria, no resulta sencillo comentar el libro El sentido de la ciencia ficción de Pablo Capanna (Editorial Columba, Bs. As. 1966), dado su carácter multifacético.
En su afán por definir lo que la ciencia ficción es, el autor aborda la cuestión desde diferentes ángulos:
Hace la crítica del nombre “ciencia-ficción” [s-f]; Realiza una genealogía del “género”, considerando como fundamentador a Platón, y como fundador a H. G. Wells; Historiza las características y el desarrollo de la s-f en diferentes países (Inglaterra, Francia, USA, Rusia, etc.); Cuestiona las principales definiciones que de la s-f se han dado; Se detiene en comentar la obra de varios autores destacados; Analiza las distintas formas que adopta el “genero” (space-opera, gadget story, utopías positivas y negativas, ucronías, etc.); Sintetiza, en unos pocos rasgos, el carácter del aficionado a la lectura de s-f; Llega a poner en duda la pertenencia de la s-f a la literatura, ubicándola en un platónico campo de confluencia entre el mito y la teoría. De todo este sustancioso recorrido, opino que este último punto es lo medular de su planteo y lo que hace que esta obra sobre s-f, publicada en 1966, esté destinada a no perder vigencia.
Ciencia Ficción y Mito
La s-f, según sostiene Capanna, antes que una manifestación literaria, sería un mito experimental en donde se expresaría, a nivel popular, el impacto del imperio actual de la ciencia y de la técnica en la existencia humana.
La s-f no sería literatura, en el sentido clásico, porque no predomina en ella la caracterización de personajes, a partir de los cuales se despliega una historia ambientada en un determinado contexto espacio-temporal. Lo importante no son los problemas humanos, en cuanto individuales, sino las vicisitudes que pueda atravesar el ser humano en cuanto especie: En s-f, a la inversa de la literatura convencional, cuenta más el Hombre que los hombres, el asunto que la trama, el tema que los personajes. El espíritu científico, del cual está imbuida, provocaría en el género la predominancia de lo universal, es decir, de la ley respecto del caso individual, lo que haría dudar si la s-f es propiamente una manifestación literaria o es algo que habría que ubicar entre el mito y la teoría. De ahí la denominación mito experimental.
Al hablar de “mito”, Capanna no se refiere a lo que habitualmente se conoce como tal, sino que apunta a ese recurso metodológico utilizado profusamente por Platón y que es, más bien, del orden de la “alegoría”. Se trata de recursos imaginarios que posibilitan una mejor intuición de conceptos sumamente abstractos. Así, Platón nos describe en el Critias la Atlántida como modelo de Estado, cuyos principios había establecido en la República. De forma similar, en la s-f se trataría de relatos que permitirían, al hombre común, hacer imaginables los efectos de la técnica tanto en la propia existencia como en la existencia de las futuras generaciones. Los mitos platónicos serían un modelo para toda utopía y para toda obra de s-f.
La diferencia fundamental entre el mito tradicional y el platónico, entre mitología y s-f, hace evidente una profunda diferencia entre la posición existencial del hombre antiguo y el hombre moderno. El mito arcaico manifiesta una posición existencial que implica una visión del mundo cerrada, para la cual el tiempo está ligado al ciclo cósmico, fijado en ciertas formas que remiten siempre al momento inicial de la creación. El presente debe ser recreado de acuerdo a lo establecido en el origen, estando garantida su permanencia en la fidelidad de tal recreación; y el futuro solo tiene sentido como repetición del pasado. En cambio, la s-f no parte de ninguna certeza, sino que trata, a partir de lo problemático hoy, dar cuenta de lo que nos puede suceder mañana: la resolución, incierta, queda proyectada al futuro. Diferencia entre certeza y posibilidad, entre Repetición y Progreso.
¿Qué es Ciencia Ficción?
El término “science fiction” (s-f) nace en USA con la fundación en 1926, por parte de Gernsback, de la primer revista especializada: Amazing Stories. Con él se pretendía nombrar un tipo de literatura fantástica que tomaba como tema la ciencia, los científicos y el método.
En castellano, la mejor traducción sería “ficción científica”, pero terminó por imponerse “ciencia ficción”, que llega a través de la editorial Minotauro, a imitación del francés. Término bastardo, discordante, que transforma el “science” inglés de especie o adjetivo en género o sustantivo: no es la ciencia que califica a un tipo de ficción, sino la ficción que califica a un tipo de ciencia.
Lo fortuito del nombre “ciencia-ficción” es en parte responsable de interminables discusiones sobre la definición del género. Judith Merril, compiladora de algunas de las mejores antologías, intenta desenmarañar la polémica haciendo algunas distinciones: acepta y emplea la sigla s-f (science-fiction) haciendo la salvedad de que la “S” puede significar tanto “ciencia” (science) como “especulación” (speculation) y la “F” abarca tanto “ficción” (fiction) como “fantasía” (fantasy) o “hechos” (facts).
También es de esta autora la definición de s-f que Capanna hace suya: ciencia-ficción es la literatura de la imaginación disciplinada. Desde esta perspectiva, lo específico de la s f sería cierta actitud metódica y cierta lógica consecuente, de corte científico, para tratar aun las hipótesis más descabelladas o agotar las posibilidades implícitas en una situación dada.
Lo que caracteriza a una teoría científica, en cuanto tal, no es su capacidad de explicar hechos sino, más bien, el predecir los hechos que se producirán de acuerdo con ella: el método científico se caracteriza por la predicción. Y es esta pretensión de predecir lo que emparentaría a la ciencia con la s-f que, entonces, no se definiría tanto por la cientificidad de sus temas, sino por el modo en que los trata. Lo cual marca su diferencia con otros géneros cercanos, tales como la literatura fantástica.
Es por eso que se podría hacer s-f sin necesidad de tratar temas científicos, sino simples relaciones humanas, y aún tratando temas que tradicionalmente son fantásticos. Lo cientíifico no es el contenido sino la actitud, fundada en el método científico, que exige imaginación y el empleo de una cierta lógica (por ej., los condicionales contrafácticos) y cierto método (por ej., la “extensión al absurdo” o la extrapolación lógica).
Quizás lo más interesante, y al mismo tiempo dificil de captar, es que Capanna no propone una clasificación sino una definición de la s-f que abarca muchas de las temáticas en que se ha intentado clasificar el género, e incluso muchas de las definiciones que de él se han dado. De hecho, bajo su definición, entran productos tan disímiles como la Atlántida de Platón, Utopía de Moro, Frankestein de Shelley, 1984 de Orwell, La Naranja Mécanica de Burgess… y por supuesto, todo lo que se entiende habitualmente por s-f. Y queda fuera, entre otros, la mayoría de lo que se ha denominado “space opera”, es decir novelas de aventuras ambientadas en el espacio y/o en el futuro.
Por ejemplo, dentro de este último rubro quedaría ubicada The dragon masters, novela de Jack Vance, dado que una historia que trate de guerras con extraterrestres y participen naves espaciales no significa que sea una obra de s-f. Sin embargo, alguién podría opinar que el relato pormenorizado que se hace de la cría de dragones, y del lugar que ocupa la misma en la economía de la civilización relatada por Vance, la hace merecedora de ser considerada dentro del género de la s-f.
Estamos aquí en un punto crucial: si sostenemos que el tema de la cría de dragones está tratado con coherencia y consistencia lógica, si se deriva en forma verosimil de lo que sabemos de la condición humana, y si nos permite ver desde una nueva perspectiva tal condición, entonces deberemos concluir que la novela de Vance pertenece al campo de la s-f. Según mi criterio, el tema de la cría de dragones no cumple, por lo menos, con la tercera condición.
A mi entender, la clave de lo propuesto por Capanna está en cierta lógica y cierta metodología que la s-f toma de la ciencia, y que apunta a la pretensión de predicción, ya sea con el fin de anticipar el porvenir, o con el fin de construir el escenario para una mirada crítica hacia la evolución de la humanidad. Es decir, que la pretensión de predicción, inherente a la s-f, es tal en la medida que nos incita y nos posibilita saborear con nuevas sensaciones alguna cuestión relativa a lo fáctico de nuestra existencia humana. Lo cual la diferencia netamente de la literatura fantástica.
Para finalizar, sólo me resta recomendarles con entusiasmo la lectura del libro.
Pancho Drake
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