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	<title>TauZero &#187; Sara Martínez</title>
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	<description>Ficción / Fantasía / Ciencia</description>
	<lastBuildDate>Fri, 30 Jul 2010 00:24:16 +0000</lastBuildDate>
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		<title>Por un instante de vida</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Feb 2010 01:42:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rmundaca</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Sara Martínez]]></category>
		<category><![CDATA[amor]]></category>
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		<description><![CDATA[Nadie diría que esta tarde no es una tarde cualquiera. Los últimos rayos de Sol despuntan entre los tejados, tiñendo de reflejos dorados las cristaleras de algunos bloques. Una pareja de amantes disfruta del frescor crepuscular entre los arbolillos del paseo. En compañía de un perrito achacoso —el único amor de su vida—, una anciana [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tauzero.org/files/blog/bussinessman-1.jpg">Nadie diría que esta tarde no es una tarde cualquiera. Los últimos rayos de Sol despuntan entre los tejados, tiñendo de reflejos dorados las cristaleras de algunos bloques. Una pareja de amantes disfruta del frescor crepuscular entre los arbolillos del paseo. En compañía de un perrito achacoso —el único amor de su vida—, una anciana alimenta a las palomas, que no pueden concebir mayor placer que el de ser beneficiarias de su soledad. Algunos amigotes se dirigen hacia su cervecería habitual, deleitándose en la perspectiva de una borrachera inminente. Mientras tanto, ajena a los ires y venires de la humanidad, la fuente de las ranitas de piedra continúa con su gorgoteo, llamando la atención de algunos niños por su aspecto resultón. Definitivamente, nadie diría que este anochecer es diferente&#8230;<span id="more-3851"></span></p>
<p>Porque nadie sabe que la Amazona está aquí.</p>
<p>Ciertamente, esto no es tan extraño: la Amazona tiene fama de ser la más furtiva de los cazadores furtivos, puesto que nadie escucha sus pasos y ningún ojo la ve. No hasta que es demasiado tarde. Solamente las presas que sospechan, aquellas que se intuyen fichadas, pueden sentir en ocasiones su presencia tras las cortinas; si bien rara vez son capaces de escapar a su ballesta letal. Así pues, nadie sabe que hoy el ocaso se precipita hacia un trágico final. Impasible y segura de sí misma, la Amazona espolea su montura y busca con la mirada a su próxima víctima.</p>
<p>Pronto la divisa en la distancia, una figura anodina como la que más. Se trata de un hombrecillo enjuto, que camina enfundado en un traje ejecutivo con un cartapacio rebosante de papeleo bajo el brazo. Acaba de abandonar la sucursal bancaria en la que sus días se pudren. Aunque hoy se ha quedado en su despacho hasta tarde, no ha perdido la oportunidad de llevarse el trabajo a casa: para Ricardo Lerma no hay más pasión que los sellos de oficina. La única sonrisa valiosa es la del cliente satisfecho. El tacto más sugerente es el de una hoja de recibo, y no existe susurro más tentador que el del rasgueo de una firma en un cheque. Ricardo Lerma nació para la burocracia. O eso es, en todo caso, lo que le han hecho creer&#8230;</p>
<p>Avanza con paso apresurado, su mente atrapada en una maraña de números y transacciones. Se ajusta la pulcra corbata con un movimiento mecánico; se frota la sien y reanuda la marcha, ignorando a los demás ciudadanos que transitan los soportales. Lo único que tiene en la cabeza es la intención de reemprender la tarea en su apartamento: con un poco de suerte, quizá pueda ordenar todos esos malditos informes antes que las ojeras y el sueño venzan su determinación. Así fluye la existencia de Ricardo todos los días del año. Consumiéndose de la mañana a la noche. Gota a gota.</p>
<p>La Amazona siente la llamada de su instinto cazador, pero se recuerda que disparar antes de tiempo no tiene utilidad alguna. Ricardo Lerma es una presa particularmente escurridiza: aunque ni siquiera lo sabe, lleva ya varias jornadas rehuyendo su sentencia final. El suyo es un caso entre millones, pero la Amazona ya ha tenido que lidiar con ciertos antecedentes: hombres y mujeres que, a resultas de una voluntad desesperada que se revuelve en sus entrañas, se tornan inmunes al veneno de su saeta y continúan en pie. Tratándose de alguien como él, tampoco es una sorpresa que se resista con tanto fervor&#8230; Es una de esas personas.</p>
<p>Haciendo acopio de paciencia, la Amazona se aproxima más al blanco. Aguarda en silencio un instante que se le antoja infinito. Todavía no es el momento, se repite con dureza&#8230; pero duda que Ricardo Lerma pueda ver un nuevo amanecer. Esta vez sí, se dice.</p>
<p>Y parece que no se equivoca.</p>
<p>Lo sabe cuando un nuevo personaje, un tercer actante inesperado, hace aparición en escena: una mujer menuda, de nariz chata y sonrisa demasiado dulce para ser sana. Al igual que su compañero, se despide del lugar de trabajo tras una ardua sesión, si bien ella ha permanecido en la oficina a disgusto: Aurora Díaz, la secretaria del director, siempre es la última en tomar decisiones sobre su propia vida. Mientras baja la persiana —adentro no queda nadie—, su rostro en el cristal parece burlarse de su destino. Aurora es una poeta prisionera entre las paredes de un banco; y aún le cuesta explicarse cómo ha llegado a esta situación. Suspira con resignación, se abrocha los botones del abrigo y coge su bolso de mano.</p>
<p>De pronto ve una silueta conocida en la distancia&#8230; y su pulso se acelera.</p>
<p>—¡Ricardo! —grita—. ¡RICARDO! ¡Espérame, que te acompaño!</p>
<p>Ricardo Lerma se gira casi como un autómata. La presencia de Aurora le importuna, pero no le queda más remedio que esperarle apoyado en la esquina. Cuando ella llega a su altura, se esfuerza por esbozar una sonrisa.</p>
<p>—¿Qué tal? —pregunta la joven—. No te he visto en todo el día&#8230;</p>
<p>Él resopla con sonoridad.</p>
<p>—Ocupado, como siempre —admite, mirando de reojo el portafolio. La horrible sensación de estar perdiendo el tiempo le consume por dentro—. Ya sabes cómo son estas cosas&#8230; Miles de informes atrasados. ¿Y tú?</p>
<p>Aurora agacha la mirada: no quiere que el hombre al que ama note que sus ojos se empañan sin motivo. Si el muy idiota está pensando que le hablará de lo tirano que es el jefe, no piensa darle ese gustazo.</p>
<p>—Bien. Bueno&#8230;, más o menos —masculla, por el contrario—. Un poco triste. Es lo que ocurre cuando alguien tiene el corazón roto; pero tampoco voy a molestarte con historias que no vas a entender. A veces nos arriesgamos a sentir&#8230; y salimos perdiendo. Eso es todo.<br />
—Mi padre siempre me decía que los sentimientos no sirven de nada —Ricardo se encoge de hombros—. Que sentir solamente trae dolor, y el dolor nos hace débiles.</p>
<p>Una risa ligeramente amarga brota de los labios de Aurora.</p>
<p>—Pues no estoy de acuerdo —afirma—. Los sentimientos son la pila que alimenta el mecanismo de la vida; y el dolor no es más que un efecto secundario de vivir. Creo que sentir es necesario, por mucho que no se te dé bien&#8230;<br />
—Mmmmh.<br />
—¡Aaaaaaaarg, olvídalo! No esperaba que me dieses la razón&#8230; ¿Te apetece tomar algo?</p>
<p>Para Ricardo Lerma, «tomar algo» significa apurar un vaso de café en los pasillos del banco, bien aderezado con dos o tres cucharaditas de impaciencia.</p>
<p>—N&#8230; no, no. Lo siento —balbucea—. En serio que estoy ocupado. Si no ordeno todos estos papeles&#8230;</p>
<p>Aurora ya no puede callarse: el océano de rabia que la ahoga se desborda y le pide chillar. Se ha tragado todas sus verdades durante mucho, demasiado tiempo.</p>
<p>—¡POR EL AMOR DE DIOS! —grita—. ¿No crees que ya es suficiente? ¡Apenas te permites parar una hora para comer! ¡Ni siquiera duermes, Ricardo! ¡Y me preocupas, ¿sabes?! ¡¡ME PREOCUPAS!!<br />
—¿Qué&#8230;?<br />
—¡¡QUE TIENES UN PROBLEMA!! La vida se pasea ante ti, Ricardo&#8230; y tú te la estás perdiendo. Estás enfermo&#8230; ¡Enfermo!</p>
<p>Agotado y nervioso, Ricardo Lerma no está de humor para soportar un sermón. Se acerca al paso de cebra en espera de que el semáforo cambie, dispuesto a no escuchar más sandeces que le hagan malgastar las horas.</p>
<p>—No la pagues conmigo, ¿de acuerdo? Tus desgracias no me conciernen —rumia con voz cansada—. Además, estoy perfectamente.</p>
<p>Aurora le acaricia el hombro.</p>
<p>—Workahólico —murmura sin más.<br />
—¿Cómo dices?<br />
—Workahólico. Del término inglés «workaholic». Es como se suele llamar al que se vuelve adicto al trabajo. A alguien que, como tú&#8230;</p>
<p>Ricardo cierra su boca con una mirada que apuñala.</p>
<p>—Sé lo que significa, gracias —replica—. Me lo han llamado bastantes veces.</p>
<p>Cuando el hombrecito verde del semáforo afina su voz de pajarillo, la empuja suavemente hacia un lado, haciéndole ver que da la conversación por zanjada. Pero Aurora Díaz todavía no está dispuesta a rendirse: no puede aceptar su derrota con tanta facilidad. Sacudida por un loco impulso, sin tenerlo planeado, resuelve que esta tarde no va a ser una tarde cualquiera. Abraza por la cintura a aquél que puebla todos sus sueños, le obliga a darse la vuelta y deposita un beso en sus labios.</p>
<p>—¿Y quién te ha dicho que esto no tiene que ver contigo? —susurra enterrando el rostro en su pecho.</p>
<p>Muy a su pesar, Ricardo ha de reconocer que algo en su interior ha cambiado: su corazón late ahora con increíble fuerza, como si llevase décadas anhelando un momento así. Todos sus cabellos se erizan; sus piernas comienzan a temblar. Sabe que algo asombroso acaba de despertar en algún rincón del trastero donde las emociones duermen.</p>
<p>Un instante de vida.</p>
<p>Un billete hacia la muerte.</p>
<p>Desde su posición junto a una arcada, la Amazona se permite sonreír.</p>
<p>Sabe que por fin se ha abierto la veda: si disparase su saeta, Ricardo Lerma ya no opondría resistencia. No obstante, algo le induce a aplazar el golpe final: incluso ella, asesina despiadada, escucha en algunas ocasiones la voz de la compasión. Ahora que tiene consigo la seguridad del triunfo, se le ocurre que tal vez Ricardo merezca unos minutos más, pues el recuerdo de este efímero romance será todo que le quede cuando marche al País de los Caídos. Tras reflexionar brevemente, opta por seguir a los amantes como una sombra invisible; se cuela en la guarida de su presa y le regala un último homenaje. Lo hace con suma elegancia: mientras Ricardo y Aurora disfrutan de la despedida, ella se acomoda en el salón para respetar su intimidad más sagrada.</p>
<p>De pronto, el contorno de Aurora se perfila en las tinieblas del hall. Murmura algunos piropos que se pierden por los pasillos, gira el pomo de la puerta con cuidado y abandona la vivienda de su amor. La Amazona, que siente en su estómago los revoloteos del ansia, se incorpora y tensa la ballesta para terminar cuanto antes. Halla a Ricardo tendido en la cama, arrebujándose en las sábanas con una sonrisa en los labios. Respira el olor a nuevo de la vida que siempre ha deseado, ignorante de que éstas serán sus últimas bocanadas.</p>
<p>Pero el disparo es certero; y su efecto, casi instantáneo.</p>
<p>Las saetas de la Amazona actúan de un modo especial: no duelen cuando se clavan, pero invocan al dolor. No matan, pero hacen morir. La muerte puede tomar las formas más caprichosas: una enfermedad quizá, tal vez un accidente en carretera. A veces es la victoria de un mal que nos atormenta; otras se muestra tan discreta que no se molesta en avisar. En el caso de Ricardo Lerma, escoge una manifestación socorrida: tras cuarenta años de trabajo y veinte minutos de pasión, su corazón explotado descubre que no le quedan fuerzas. Galopa como un potro desbocado en un vano intento de aguantar&#8230; y se detiene para siempre.</p>
<p>Ricardo se sienta en el colchón, apenas un retazo de conciencia que se empeña en tener voz y semblante. Se encuentra un tanto aturdido, pero extrañamente sereno: lejos de sentir miedo o sufrir, tiene la impresión inexplicable de que las cosas están en su lugar. Tenía que fallecer, al fin y al cabo&#8230; y  en su subconsciente, en el fondo, estaba más que preparado. Tan sólo le corroe una cierta decepción, la frustración del chiquillo que come un dulce y le sabe a poco. Y mucha tristeza, por supuesto. Tristeza por la pequeña Aurora, que habrá de volar sola otra vez. Tristeza por haber sido un estúpido.</p>
<p>Por no haber sabido darse cuenta de sus propias ganas de vivir.</p>
<p>Aunque sus ojos ya no existen, descubre la efigie imponente de una mujer frente a sí: una criatura salvaje, ataviada con pieles del color escarlata de la sangre derramada. Cabalga sobre un corcel inmenso, negro como el ánimo del mismísimo diablo. Pero no le resulta una presencia peligrosa ni temible: simplemente debe estar aquí, porque este es su papel en el mundo.</p>
<p>—Así que ésta es la cara de la muerte —rezonga.</p>
<p>La Amazona sonríe ampliamente.</p>
<p>—Yo prefiero definirme como la que trae la muerte —apunta—. Pero puedes llamarme así, si eso te hace sentirte mejor.<br />
—Creo que te esperaba, en cierta manera.<br />
—Lo sé. Has sido un luchador excepcional, no obstante; y es mi deber felicitarte por ello.</p>
<p>Ricardo sospecha que ahora debería notarse mareado; aunque no puede estar seguro, puesto que las sensaciones corporales han dejado de suponerle una traba.</p>
<p>—¿Quieres decir que he intentado&#8230;?<br />
—Durante más de una semana —afirma la Amazona con tranquilidad—. Has huido de mí, Ricardo; me has dado esquinazo día a día. Y todo por una vida, maldita sea tu estampa. Por un mísero instante de vida&#8230; ¿No es fascinante la psique humana?<br />
—No entiendo&#8230;<br />
—Suele suceder, amigo. —La Amazona ríe con sorna—. Sois tan simples que no os comprendéis ni siquiera a vosotros mismos. Cuando tú naciste, me llevé a tu madre a un reino del que nunca regresó. No fue una maldad con alevosía&#8230; Sencillamente estaba planeado, porque la muerte es así. Tras sus pasos dejó un reguero de soledad y desdicha: tu padre, roto por dentro, nunca fue capaz de superarlo. La noche que murió tu madre, él decidió amurallar su alma.<br />
—Aprendió a no sentir&#8230; —musita Ricardo—. Y me empujó al abismo consigo.<br />
—Así es —confirma ella—. Te encerró entre montañas de libros y mares de responsabilidad, con la esperanza de que centrarte en tu trabajo te evitara dejarte arrastrar a la condena de las emociones. Y lo logró, Ricardo: te privó de todas esas cosas que hacen que el corazón de uno lata. Te convertiste en un muerto en vida&#8230; pero anhelabas cambiar. Cuando una persona tiene cierta edad a sus espaldas, hay cosas que se le hacen obvias. Leyes de la naturaleza. Por eso existe gente como tú: rebeldes que no se dejan cazar hasta completar el pedacito que les falta. Reivindicáis que es antinatural morir sin haber vivido; y no os lo puedo reprochar. El universo tiene un orden.</p>
<p>Ricardo Lerma suspira, una lágrima etérea en su mejilla.</p>
<p>—¿Crees que Aurora será feliz de nuevo? —inquiere con voz entrecortada.<br />
—Saldrá de ésta, no tengas duda alguna. Es asombrosamente fuerte.</p>
<p>Un poco más reconfortado, el espíritu se pone en pie.</p>
<p>—Fue bueno mientras duró —reconoce—. Pero ha sido corto&#8230; Tan corto&#8230;</p>
<p>La Amazona le tiende una mano.</p>
<p>—Ha sido toda una vida —le recuerda—. No subestimes tu regalo.</p>
<p>Él asiente en silencio y sonríe. Llega la hora de partir.</p>
<p><strong>Imagen</strong>: <a href="http://www.politik-der-umverteilung.net/en/artists/raymond-taudin-chabot/">Raymond Taudin Chabot</a></p>
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		<title>Dríadas de Cristal</title>
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		<pubDate>Thu, 28 Jan 2010 03:01:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rmundaca</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
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			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tauzero.org/files/blog/driada-1.jpg"><em>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;<br />
C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(5)\Incidence Report<br />
Detectada anomalía de sistema en sector 80.  Activando alarma de emergencia.<br />
&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;<br />
C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(6)\Incidence Report<br />
Informe de pronóstico grave. Procediendo a desalojar fortaleza.<br />
&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</em></p>
<p>La dríada de cristal sabía que iba a morir. Una maraña de grietas se enredaba alrededor de su sien como las extremidades de una araña; en el interior de su cabecita, los engranajes de su cerebro mecánico se esforzaban por girar como lo hace la maquinaria de un reloj viejo y cansado. Hacía calor, mucho calor. Tanto que la pequeña autómata creía que sus alitas de metal se fundirían y caería al vacío. Se sentía agotada y confusa, derrotada y frágil. No sabía muy bien cómo los vientos habían cambiado tan de golpe; por qué diablos la <span id="more-3837"></span>condenada humanidad estaba a punto de derribarla. Tampoco le importaba demasiado, porque ya sólo quedaba un objetivo verdaderamente claro en su mente. Una reminiscencia triste de su inteligencia de cuarzo hecha añicos.</p>
<p>Necesitaba despedirse de su hermana. ¡Maldita sea! Lo necesitaba&#8230;</p>
<p><em>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;<br />
C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(7)\Incidence Report<br />
Abandonando perímetro autorizado. Recordatorio de comando 3: obedecer instrucciones de perímetro.<br />
&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;<br />
C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(8)\Incidence Report<br />
Recordatorio de comando ignorado. ERROR. ERROR. ERROR.<br />
&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</em></p>
<p>Era vagamente consciente de que estaba rompiendo las reglas; de que aquél no era el comportamiento de una dríada de cristal. No obstante, se repetía con amargura, ceñirse a las normas a aquellas alturas era casi una obstinación absurda. Un sinsentido. Por eso se dejaba cegar por el recuerdo de aquellas diez semanas en que había compartido la vida con su compañera de misión, antes de que el deber las obligara a vivir separadas para siempre. Añorándose a diario. Tan cerca y tan lejos&#8230; Maldijo, como tantas otras veces, a aquellos que la crearon tan asombrosa, un robot capaz de amar y sentir como la más viva de las almas. Al tipo que le había insertado un corazón en el pecho. «Jodido Hombre de Hojalata», le dio por decirse sin saber por qué. «Jodido Hombre de Hojalata, que era afortunadísimo y no fue capaz de darse cuenta.»</p>
<p>Logró abrirse paso a duras penas entre el humo y los gritos de dolor; se perdió en el laberinto de sombras y rebuscó en cada rincón, con afán y un viso de locura, como si todo le diera igual y no tuviera miedo a la muerte. Ya había asumido que el final llegaría tarde o temprano; pero le asaltaba el temor a que éste le sobreviniera sin poder decir adiós al ser que más quería en el mundo, o a que no le diera tiempo de regresar a su fortaleza, el lugar al que pertenecía, para aguardar su veredicto en paz. A veces, cuando se descuidaba, una profunda turbación martilleaba los circuitos positrónicos que activaban su intelecto: ¿y si ella ya estaba&#8230;?</p>
<p>«No, no puede haber muerto. No todavía», se recordaba entonces. Porque sabía bien que, en el instante en que su otra mitad sucumbiera, un vacío perforaría su esencia como el aguijón de una abeja. Siempre había intuido su presencia en la distancia como si fuera palpable; siempre había percibido muy cerca su complicidad&#8230; aunque nunca la pudiera ver. Por eso la localizó mucho antes de lo que hubiera creído posible, acurrucada en lo que antaño fuera su refugio personal, ahora poco más que escombros.</p>
<p>—Hermana&#8230; —gimoteó ella en cuanto la vio entre la humareda. Su voz era quebradiza y débil.<br />
—¡Pequeña!<br />
—Oh, hermana&#8230;</p>
<p>La dríada recién llegada se acurrucó junto a la otra en silencio. Si hubiera tenido la capacidad de llorar, habría derramado un océano y todavía le quedarían sollozos que convertir en agua y sal. Pero era aquél, sin embargo, uno de sus pocos defectos: no podía producir ni una lágrima con la que dar vía de escape a su desaliento. Su hermana se hallaba, si cabía, en peor estado que ella: la habían herido de muerte en la parte alta del torso; tenía un ala rota en mil pedazos y no respiraba apenas.<br />
Pero todavía se acordaba de cómo se esboza una sonrisa.</p>
<p>—Mal bicho —le recriminó en tono de burla—. Después de tantos años sin hacerme una mísera visita, ¿tienes que venir a verme justo cuando estoy de este estado?<br />
—Sabes que no podía romper las reglas, pequeña. Sabes que&#8230;<br />
La dríada moribunda suspiró imperceptiblemente.<br />
—No podías abandonar tu fortaleza —asintió con dificultad—. Pero debería recordarte que ahora estás aquí conmigo, pese a todo. Me parece que hay algo que no cuadra en ese detallito&#8230; ¡Je!<br />
—Y ¿qué más dará, pequeña? Llegamos a este lugar con un cometido vital. Nacimos para ser grandes&#8230;, pero hemos fracasado. Se acabó. Todo se acabó&#8230; —Hubo un breve intercambio de risas teñidas de angustia—. Pero me alegro de ver que no has cambiado, so idiota.<br />
—Tú tampoco, arpía malaleche. Sigues llamándome «pequeña», como en los viejos tiempos. Y me sigue repateando&#8230;<br />
—Terminaron de construirme dos meses antes que a ti. —La visitante se encogió de hombros—. Aunque ya entonces, aun sin conocerte, te echaba menos.</p>
<p>Pese a la marabunta de humanos que se arremolinaba a su alrededor sin verlas, las dríadas de cristal sintieron que aquel momento era sólo para ellas. Un instante íntimo y sagrado. Se abrazaron un poco más y dejaron pasar unos segundos; entonces dijo la más joven:</p>
<p>—¿Por qué lo han hecho? ¿Quién podría&#8230;? No lo comprendo. ¿Por qué?<br />
Su hermana le revolvió la brillante cabellera de fibra óptica.<br />
—No lo sé, pequeña. No lo sé&#8230; —admitió—. Hace tiempo que pienso que no hay héroes ni villanos entre los hombres. Lo único que hay es una espiral de envidias y odios. Ambición, intereses propios, trampas y guerras de poder&#8230; Y tenemos que pagarlo nosotras, que nacimos para servir a la misma humanidad que nos ha destruido. Nosotras y todos ellos&#8230; que sólo quieren sobrevivir. No me pidas que piense, no&#8230; No me pidas que encuentre una razón para la barbarie, porque no existe.</p>
<p>La dríada menor calló. Simplemente calló.</p>
<p>—¿No es gracioso? —continuó su compañera—. Nos estamos muriendo. Muriéndonos&#8230; Supongo que nunca nos han preparado para algo así. Nos convencieron de que éramos distintas de toda la creación de su raza, el más prodigioso avance de la ciencia y la tecnología de la época. Imposibles de tumbar. Indestructibles.<br />
—Únicas&#8230;<br />
—&#8230; Titánicas&#8230;<br />
—&#8230; Perfectas&#8230;<br />
—&#8230; Con ansias de acariciar el cielo.<br />
—¿Cómo podríamos olvidarlo? —asintió la moribunda—. Y míranos ahora, hermana. ¿Qué queda de toda aquella gloria?<br />
—Bien poco; y, sin embargo&#8230; siempre estará el orgullo de haberlo intentado hasta el fin.</p>
<p>La dríada agonizante se esforzó por sonreír de nuevo.</p>
<p>—Vuelve a tu fortaleza, en tal caso —dijo—. Muere con las botas puestas.<br />
Y no hicieron falta más palabras: tan sigilosa como había llegado, la invitada besó a su hermana en la mejilla y abandonó la habitación. Ningún humano percibió su marcha, pues todos ellos tenían cosas más importantes en las que pensar. Se deslizó por el aire entre el barullo y el olor a catástrofe, en busca de la fortaleza que nunca debió dejar atrás.<br />
Entonces sonó el último acorde de cientos de sinfonías. El fin de demasiadas vidas. El último y estrepitoso latido del corazón de su pequeña.</p>
<p>Engullida por una nube de polvo, la dríada ni siquiera se molestó en mirar atrás: sabía que el espíritu de ella, la única que la había comprendido, ya se disolvía entre los gritos, las limaduras y el horror. Apenas sí tuvo conciencia de que su propio cuerpecillo se resquebrajaba en miríadas de esquirlas diminutas.</p>
<p><em>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;<br />
C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(9)\Incidence Report<br />
Subsanado error de comando. Evaluando situación actual. Informe de pronóstico muy grave.<br />
&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;</em></p>
<p>Regresó a su guarida y esperó. Con paciencia. Con dignidad. No obstante, mientras lo hacía, trató de dejar constancia de su paso por el mundo.</p>
<p><em>&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;&#8212;<br />
C:\Dryad System 1\Memory Files\09-01(10)\Incidence Report<br />
Me llamo Borea, y sé que voy a morir. Sí, sé que voy a morir&#8230; Mi pequeña Austra ha caído, y ahora presiento que soy la siguiente. Ni siquiera sé bien por qué guardo estas palabras en mi memoria extraíble: lo más probable es que mueran conmigo cuando la Parca venga a buscarme. No resistirán al derrumbe; si lo hacen, jamás serán halladas. Pocos nos recordarán, ni a mí ni a mi hermana gemela.</em></p>
<p><em>Nacimos como un proyecto secreto de seguridad del Gobierno; una maravilla tan puntera que nos ocultaron de los ojos de las masas. En nuestra creación participaron las más ilustres personalidades de la élite: genios americanos, ingenieros japoneses. Los mejores relojeros suizos, con su mimo de artesanos sin par, se encargaron de la mecánica interna y de nuestra incomparable belleza. Nos fabricaron casi idénticas, ambas con autonomía para sentir y pensar. Y nuestra psicología se les escapó de las manos; porque surgió entre nosotras un vínculo que nunca llegaron a entender.</em></p>
<p><em>Entonces nos trajeron aquí, para que defendiéramos nuestras fortalezas. Como las dríadas de los cuentos de hadas, que protegen su árbol hasta el punto de dar la vida por él, nosotras salvaguardaríamos nuestro territorio con celo. Y así ha sido hasta hoy; hasta esta aciaga mañana de septiembre que cambiará el destino del planeta. Pronto nos invadió la añoranza por habernos perdido la una a la otra; pero nunca tuvimos miedo&#8230; Jamás temimos caer.</em></p>
<p><em>Porque éramos imposibles de tumbar. Indestructibles.</em></p>
<p><em>Resulta irónico, ¿no es cierto? Lo mismo dijeron de aquel barco acuchillado por un puñal de hielo; del héroe impregnado en inmortalidad que albergaba una flaqueza en su talón. Lo mismo decían de nuestras fortalezas de acero, hormigón  y cristal.<br />
Únicas. Titánicas. Perfectas.</em></p>
<p><em>Con ansias de acariciar el cielo.</em></p>
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		<title>Confesiones de un semidiós agobiado</title>
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		<pubDate>Tue, 31 Mar 2009 19:48:05 +0000</pubDate>
		<dc:creator>rmundaca</dc:creator>
				<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[Sara Martínez]]></category>
		<category><![CDATA[fantasia]]></category>
		<category><![CDATA[humor]]></category>

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		<description><![CDATA[¿Que por qué temo al compromiso y la responsabilidad, dices? Nena, ¿cómo quieres que te cuente eso? Que es una cosa tan íntima como el perfume que usa uno, el recuerdo de su primer amor o la marca de esa crema depilatoria que le deja las piernas tersas como el culito de un bebé recién [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://www.tauzero.org/files/blog/fuego-4.jpg" rel="lightbox[2951]"><img src="http://www.tauzero.org/files/blog/fuego-1.jpg" border="0" alt="" /></a>¿Que por qué temo al compromiso y la responsabilidad, dices? Nena, ¿cómo quieres que te cuente eso? Que es una cosa tan íntima como el perfume que usa uno, el recuerdo de su primer amor o la marca de esa crema depilatoria que le deja las piernas tersas como el culito de un bebé recién salido de su baño de la mañana. Y esas son cosas muy íntimas, no sé si me quieres entender&#8230;</p>
<p>Oh, está bien: ya que siempre te empeñas en tratar de sonsacarme por qué tengo tanto miedito al asunto de la paternidad esa, te lo explicaré ahora que estás tan rica, dormidita con <span id="more-2951"></span>la mano derecha acariciando por puro instinto ese enorme barrigón de cuatrillizos que hace que me entren urticarias. Te lo dejaré bastante clarito con la mayor brevedad posible:</p>
<p>a) Son cuatro.<br />
b) Son cuatro.<br />
c) ¡¡¡Son cuatro!!!</p>
<p>Y cuatro churumbeles son muchos churumbeles, cariño&#8230; Las cosas como son. ¡Ah! Y además está aquella vieja historia.</p>
<p>Una historia que se remonta a hace mucho, mucho tiempo, cuando este mundo era todavía tan joven que, de haber podido, hubiera tenido acné. Tú no siempre has sido la semidiosa de la tierra, ¿me equivoco? Vale, sí: desde niña se te dio bien el dichoso tema agrario y ya en el principio cultivabas los mejores pepinillos de tu región, a los que dicen solo les faltaba nacer con el vinagre incluido. Pero antes no podías hablar con los repollos, ni conspirar en secreto con tus tomates contra la vecina del chalecito de la colina. Y&#8230; en fin, antes no te crecía una lechuga en la cabeza. A lo que voy es a que también hubo un tiempo en el que yo, Fildor del Soplete Divino, Señor del Fuego Fogoso, fui totalmente humano. Escalofriante como pueda sonar&#8230;</p>
<p>Todo comenzó allá por el primer eón de nuestro universo —oséase, en el año en que reinó Cipriolo—, cuando los dioses aún eran primerizos en esto de llevar las riendas de un mundo. Por aquel entonces, los Sumos Creadores todavía no eran unos vagos de órdago; y dominaban todas las tareas que debería dominar un buen ser superior que se precie, en vez de dedicarse a jugar a la videoconsola usando como peones de su juego a los pobrecitos mortales. No había semidioses que valiesen y yo aún era un humilde muchacho de Khemaré, una pequeña población nómada que se desplazaba, como si tuviese el hormiguillo, a lo largo y ancho del vasto desierto de Jorobah, donde moran esos misteriosos tipos mitad hombre y mitad camello —centellos, se hacen llamar— que se empecinan en malgastar su aburrida vida leyendo en las estrellas los designios del destino.</p>
<p>Servidor no era, en aquellos años, tan arrebatador y molón como ahora. Como buen poblador de las tribus errantes del desierto, todavía no era consciente de lo rematadamente sexy que resulta uno luciendo un traje ajustado de licra naranja, ni sabía lo guapo que es peinarse los pelos de punta. Tendía a llevar ropas holgadas, cubría mi rostro con un amplio turbante que me protegía del calor; y mi cabello, castaño y ensortijado, siempre caía con rebeldía sobre mi frente morena. Cuando había de deshacerme del turbante en la intimidad o al caer la noche, solía encontrarme con que el tradicional atuendo Khemarehino, de color fucsia intenso, me había desteñido en la piel, dejándola del mismo color que un chicle de fresa mascado. Y luego tenía el valor de preguntarme por qué narices nunca ligaba&#8230; A pesar de todo, aquel pringadillo que era yo llevaba una vida feliz, o eso creía.</p>
<p>Hasta aquella mañana.</p>
<p>El negocio familiar de churros y chocolate caliente no acababa de marchar del todo bien a determinadas horas del día, cuando el sol derretía literalmente las piedras, la gente andaba buscando con desesperación las famosas máquinas expendedoras de Desert-Cola y los espejismos engañaban a los transeúntes, que acostumbraban a ver inexistentes tías buenas portando inexistentes jarros de inexistente agüita fresca extraída de algún que otro inexistente manantial. Harto de que no pasase por allí cerca ningún lunático capaz de hacerme un pedido, decidí escaquearme del trabajo como quien no quiere la cosa y me deslicé lejos de mi tienda para dar una vuelta. A la salida del campamento, encontré a aquel fastidioso centello tarado de siempre.</p>
<p>—El momento se acerca, pequeño —me dijo, guiñándome el ojo enigmáticamente al llegar.</p>
<p>Pasé de él como quien pasa de una cáscara de plátano: llevaba diciéndome cosas raras desde que tenía uso de&#8230; de la poca razón de la que yo he podido tener uso en mi vida. El día de mi nacimiento, aquel loco había descubierto que grandes señales brillaban en el cielo, se lo había soltado a mi señora madre y se había quedado tan pancho; después le había hecho jurar que me llamaría Fildor, que en nuestra lengua significaba algo así como «el que todo lo chocarra». Nunca entendí por qué le hizo caso la tía; pero tiempo después tendría que darle las gracias, visto que hoy el nombrecito me va de perlas.</p>
<p>—Sí, Haldjal, sí. Yo también te amo —suspiré con una sonrisa resignada—. Como la llama al «llamo». Pero déjame tranquilo por un rato, ¿sí?</p>
<p>Sin mediar más palabra, seguí mi camino. Y lo seguí y lo seguí&#8230; hasta que la vi, no más de media hora corta de caminata después.</p>
<p>Ahí me estaba esperando ella.</p>
<p>La salamandra.</p>
<p>Se trataba, en efecto, de una de esas salamandras que suelen salir en los documentales sobre fauna exótica: una especie de lagartijilla grande, brillante y carente de escamas, con la piel negra como la noche moteada de manchas amarillo chillón. Había leído sobre ellas en algún antiguo libro de leyendas de mi abuelo, de esos que hablaban sobre el mundo de más allá, donde existían las plantas y la arena era solo una pequeña parte del todo. Según este, las salamandras eran criaturas anfibias que tendían a habitar en lugares húmedos y gustaban de darse buenos chapuzones. En un desierto, una salamandra estaba más perdida que un punkarra en una fiesta de pijamas.</p>
<p>—De veras que sí, macho. Me estoy achicharrando viva —dijo ella, como si acabase de leer mis pensamientos de cabo a rabo—. Y esta mierda de piel viscosa se me está quedando de un reseco que da gusto. Creo que tiene que ver con un error de cálculo: según los cuentos de viejas y los mitos de los de aquí abajo, las salamandras son poderosos seres mágicos amigos del fuego, capaces de sobrevivir a la furia de las llamas más sobrecogedoras e intensas.</p>
<p>»Es todo pura patraña, claro; pero vengo a concederte el don y la carga del poder elemental ígneo. Necesitaba un cuerpo terrenal en el que encarnarme para que mi presencia no causase estragos irreparables, lo cual sería una broma macanuda para los idiotas de los mortales, ahora que lo digo; pero no es mi plan para hoy. Hablando en términos de superstición, este disfraz me pareció adecuado. Eso es todo.</p>
<p>La salamandra se encogió de hombros de la manera en la que se encogería de hombros una salamandra. Chillando como un crío miedica al que le han metido una serpiente de goma en la mochila, eché a correr como alma que lleva el diablo y batí todos los récords de quinientos metros dunas. Me detuve con la mano en el corazón, sin resuello, y me atreví a abrir los ojos de nuevo. El animal bufó de impaciencia a menos de dos palmos de mí.</p>
<p>—¡Venga ya, tío! Me pareciste un tipo valiente cuando te elegí para esta misión. ¿Qué se supone que te pasa?</p>
<p>—Eeeer&#8230; Tengo una&#8230; salamandra parlante&#8230;, esto&#8230;, delante de las narices&#8230; Básicamente.</p>
<p>—¡MUAAAAAAAAAAJAJAJAAAAAA, ERA ESOOOOOOOO! —El anfibio mostró un aire demente—. Tranqui, no soy una salamandra; solamente una diosa. La Señora del Mal, para ser más exactos. Me llaman Muajajá. Por mi risa, supongo.</p>
<p>—Ahm. Mucho mejor —carraspeé tragando saliva.</p>
<p>La salamandra me miró con insolencia.</p>
<p>—Mucho más guapa, por lo menos, aunque no te daré el honor de comprobarlo con tus propios ojos. Fildor, este bichejo que tan amablemente me ha cedido su cuerpo no aguantará demasiado: pronto morirá. De modo que al grano, majo: serás el semidiós del fuego.</p>
<p>Creí haber oído mal.</p>
<p>—Aaaaaah, ¿cómo te lo diría&#8230;? ¿Mande?</p>
<p>—Serás el semidiós del fuego.</p>
<p>—Aaaaaah, ¿cómo te lo diría&#8230;? ¿Mande?</p>
<p>Con sus deditos diminutos, Muajajá tamborileó en la roca sobre la que permanecía recostada.</p>
<p>—¡No me fastidies, Fildor! Hasta Haldjal lo sabía, y nunca has querido hacerle ni caso. Te lo diré en pocas palabras: nos aburrimos, colega. ¡NOS ABURRIMOOOOOS! Sí, ser un dios es muy bonito: creas tu propio universo cuajado de rutilantes estrellas y lo adornas con planetas teñidos del color de mil bosques floripondiosos; llenas tus mundos de criaturitas saltarinas y tienes el orgullo de ver cómo se matan entre ellas por conquistar un cacho de cemento y pedruscos puestos uno encima de otro. Entretenido. Muy instructivo.</p>
<p>»Pero acaba siendo taaaaan tedioso&#8230; ¡Tienes miles de tareas! ¡Miles! Y da igual que seamos infinitos y eternos: ¡NOS DESGASTAMOS MUUUUUUUUUUUUCHO! El dios del bien y yo podemos no ser lo que se dice amigos; pero convivimos en tregua desde la creación, e incluso estamos de acuerdo a veces. Y esta es una de esas veces, tío. ¡QUEREMOS DESCANSAAAAAAAAAAAAAAAR! Así que pensamos en la idea de los semidioses: seres mortales de gran potestad que se repartan entre ellos esas tareas chungas y asquerosas que a los de arriba nos sientan tan mal como un enorme grano en el culo. Queremos que tú seas uno de ellos. Mi gordo amigo Amismor, siempre pensando en los seres inferiores y desfavorecidos, no estaba tan de acuerdo como yo con la idea de explotaros vilmente, claro; y, sin embargo&#8230; soy convincente.</p>
<p>—¡Un momento! Si la tarea que me queréis encomendar es como un enorme grano en el culo&#8230; ¿no me sentiría yo como si tuviese un enorme grano en el culo? Jo, ¿y si te digo que NO ME CONVENCE?</p>
<p>Me dispuse a irme por donde había venido, dejando a la divina salamandra con una metafórica puerta en las narices; no obstante, las palabras que escuché de su boca hicieron que sintiese un temblor de emoción a lo largo de la espina dorsal:</p>
<p>—Si bien un gran poder conlleva una gran responsabilidad, chico, también comporta ventajas. Serás longevo, Fildor, casi eterno. Y ligarás. Ligarás cantidubi.</p>
<p>¡¿ACABABA DE ESCUCHAR QUE YO&#8230;?! Aquel dardo había golpeado justo donde Muajajá pretendía; y, en el fondo, yo tenía aptitudes para cumplir como Señor del Fuego: era más que impulsivo y me iba la marcha. Me giré enérgicamente, las pupilas titilando de locura; golpeé la roca tan fuerte que incluso conseguí sorprender a la diosa.</p>
<p>—¡¿DÓNDE HAY QUE FIRMAR?! —pregunté sin dar lugar a vacilación alguna.</p>
<p>La salamandra sonrió.</p>
<p>—Así me gusta, Fil —repuso—. Sabía que serías inteligente y no rechazarías una oferta como esta. Te habría hecho acceder de todos modos, no hace falta decirlo; pero así la escenita queda mucho más lacrimógena y navideña. Ni siquiera hace falta que firmes nada, en realidad. Tan solo toma esto, pequeño, y acepta tu destino en el curso del mundo.</p>
<p>La tierra se convulsionó; la arena se arremolinó en torbellinos de inquieto polvo desértico. Aquel que fue, es y seguirá siendo mi tesoro surgió de las profundidades del mar de dunas, majestuoso y puesto a la potencia máxima. Era tan de última generación que ni siquiera se había inventado en aquellos tiempos e irradiaba un fulgor de llamas que lo hacía sobrecogedoramente bello.</p>
<p>Era la cosa más bonita que había visto en mi joven existencia.</p>
<p>—El Soplete Divino —pronunció la Señora del Mal con aire solemne—. Úsalo con sabiduría.</p>
<p>Cuando temblando lo tomé entre mis manos, algo cálido inundó todas las venas de mi cuerpo como una poción muy cargada de vitalidad ilimitada. Me sentí más imparable, más activo, más nervioso y descontrolado de lo que me había sentido jamás&#8230; Me sentí más Fildor que nunca y tuve ganas de gritar.</p>
<p>De hecho, creo que lo hice. Fue algo así como «¡SOY EL AMO DE LA FIESTAAAAAAAAA!». A continuación, me vi reflejado en un espejo que Muajajá había materializado y descubrí a un hombre nuevo: el cabello de tonos rojizos se elevaba muy alto, como una lengua de fuego pretenciosa que quisiese alcanzar el cielo; los ojos, henchidos de un nuevo arrojo que no conocía en mí mismo, rezumaban sex appeal. A pesar de que mi fisonomía continuaba siendo más bien delgada, encontré mi musculatura mucho más potente, fibrosa, como la de uno de esos príncipes del desierto de los que siempre hablaban los cuentacuentos cuando me reunía con los amigotes a beber en alguna tasca unas copitas de más. Y la ropita ceñida era la pera, ya lo sabes: siempre me dices que parezco un superhéroe hortera de cómic, pero en el fondo sé que te pone.</p>
<p>Aquel tipo no era yo. ¡Estaba buenísimo!</p>
<p>—¡CÓMO MOLOOOOOOOOOOOOOO! —dejé escapar con aire triunfal.</p>
<p>Sintiendo que la sangre hervía a borbotones en mi interior, me arranqué a saltar como un loco sin calibrar las consecuencias; me monté yo solo mi propia party para celebrarlo y convertí aquel sector del desierto en la juerga del milenio. Reflejándome de nuevo en aquel agradecido cristal ahumado, practiqué un par de poses de culturista, satisfecho. Después acusé la repentina necesidad de probar mi nuevo soplete allí mismo. Funcionaba bien.</p>
<p>Demasiado. Y debemos agradecer a todos los dioses y santos, espíritus sagrados y profetas auténticos y profanos que el desierto estuviese desierto; porque, si no hubiese estado desierto, yo lo habría dejado&#8230; bueno, desierto. Absolutamente increíble.</p>
<p>La diosa, ya casi moribunda en su cuerpo prestado, dejó escapar un pequeño “muajajá” de incredulidad.</p>
<p>—¿Qué significan para ti las palabras «úsalo con sabiduría»? —inquirió divertida—. Tío, debo irme ahora: esta salamandra está ya más seca que la mojama.</p>
<p>—Está bien, esto&#8230; gracias —dije como despedida—. Eeeer&#8230; yo también tengo prisa. Plan de Fildor para esta noche: ¡montarla! ¡TEMBLAD, GACHÍS DE KHEMARÉ, PORQUE EL GRAN FIL&#8230;! —Se me iluminó la bombilla un instante—. ¡Espera! ¡No te vayas todavía! Esa salamandra&#8230;, ¿crees&#8230;? En fin, eres todopoderosa, ¿no? ¿Crees que podrías transformarla&#8230; en una verdadera salamandra de fuego? Es tan mona&#8230; No quiero que se muera.</p>
<p>—Aaaarg, de acuerdooooooo&#8230; Disfruta de tu salamandra, pesado.</p>
<p>Con estas palabras, la Señora del Mal abandonó el lugar. Yo recogí al animal entre mis manos con mimo y continué mi caminata con una sonrisa de oreja a oreja.</p>
<p>—Vamos, Hoguerita —susurré a mi nueva mascota—. Deberíamos construirnos un nuevo hogar. Una tiendecita de solteros, ¿te parece? La llamaré Villa Marada, jujuju. ¡Es un buen juego de palabras!</p>
<p>Lo demás, cariño, ya lo conoces: al día siguiente, cuando andaba yo seduciendo a la hija del orfebre mayor, vinieron los dos de arriba a buscarme porque querían presentarme al resto del Cuarteto Elemental. Así fue como conocí a Dalheiven y Mardeleem, señores del aire y del agua, que hoy son buenos amigos nuestros. Y así te conocí a ti, Nimlee.</p>
<p>La otra cosa más bonita que había visto en mi joven existencia, ahora que no me oyes (y menos mal: uno todavía tiene un poquitito de dignidad).</p>
<p>Y así fue, en definitiva, como me convertí en el semidiós del fuego. ¿Qué? No, no me ronques así&#8230; ¡Ya sé que iba a contarte por qué temo a la paternidad; pero es que&#8230;! Es que me da mucha vergüenza, ¡maldita sea! ¡Vale, vale, ya voy! Fildor, respiremos hondo; te vendrá bien desahogarte. Allá vamos&#8230;</p>
<p>Maté a Hoguerita. ¡LA MATÉ DE HAMBRE, POR EL AMOR DE AMISMOR! ¡Me fui con una novieta, nena; y la dejé semanas sin comer!</p>
<p>Por eso tengo miedo, ¿contenta? Si yo fuese tú, con lo que es el padre de tus hijos, ya estaría firmando una orden de alejamiento. Soy horrible&#8230; Soy lo peor, soy&#8230; soy&#8230; ¡Ya lo has logrado, Lechuguina! Ya me has hecho sacar mi condenado lado sensible, y eso me pone del hígado.</p>
<p>Esta tarde no pienso grabarte <em>Pasión de elfo</em>. Que lo sepas.</p>
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