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	<title>TauZero &#187; Guayec Perdomo</title>
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	<description>Ficción / Fantasía / Ciencia</description>
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		<title>Anatema, Neal Stephenson</title>
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		<pubDate>Thu, 18 Feb 2010 18:55:58 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guayec Perdomo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Guayec Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Libros]]></category>

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		<description><![CDATA[&#8220;La evolución de nuestras mentes a partir de fragmentos inanimados de materia es más hermosa y extraordinaria que cualquier milagro catalogado por todas las religiones del mundo en cualquier época.&#8221; &#8211; Fra Paphlagon Anatema es básicamente el diario o bitácora escrito por un fraile en un monasterio futurista (aunque con muchas características medievales) de un [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><a href="http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/thumb/5/5d/Neal_Stephenson_Anathem_Discussion_at_MIT.jpg/800px-Neal_Stephenson_Anathem_Discussion_at_MIT.jpg" target="_blank" rel="lightbox[3879]"><img src="http://www.tauzero.org/files/blog/stephenson-1.jpg" alt="" /></a><em>&#8220;La evolución de nuestras mentes a partir de fragmentos inanimados de materia es más hermosa y extraordinaria que cualquier milagro catalogado por todas las religiones del mundo en cualquier época.&#8221; &#8211; Fra Paphlagon</em></p>
<p>Anatema es básicamente el diario o bitácora escrito por un fraile en un monasterio futurista (aunque con muchas características medievales) de un planeta (Arbres) similar a la Tierra, mientras va descubriendo que todo lo que consideraba rígido y seguro se tambalea (en todos los niveles posibles, desde el más personal al más cósmico).</p>
<p>Eso, básicamente.</p>
<p>Pero el <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Criptonomicón" target="_blank">Criptonomicón</a> es básicamente la historia de un matemático y un soldado durante la Segunda Guerra Mundial, y sus descendientes en la actualidad. Cualquiera que lo haya leído sabe que hay mucho más, terabytes de información y tramas y subtramas. Y aquí pasa lo mismo.<span id="more-3879"></span></p>
<p>No es una seudonovela río como el <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Ciclo_Barroco" target="_blank">Ciclo Barroco</a>, donde hay tantos protagonistas como en <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Final_Fantasy_VI" target="_blank">Final Fantasy VI</a>, pero ser más lineal no la hace menos densa en contenido. Stephenson se tomó cuatro años para escribirla, y se nota. Armar un mundo completo que no parezca simplón o esté lleno de cabos sueltos es difícil (desde los <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Pulp_(revista)" target="_blank">relatos pulp</a> de los 50 a la <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Polythemis#Pandora" target="_blank">luna Pandora de James Cameron</a>, la ciencia ficción está repleta de civilizaciones de cartón piedra tipo Star Trek). Aquí, incluso usando de modelo a la Tierra, la tarea es colosal.</p>
<p>Cada nombre o suceso histórico tiene una contrapartida en Arbres, hasta el punto que buena parte del tiempo el lector se pregunta si no será simplemente el planeta Tierra, pero tan extrapolado en el tiempo que los nombres, como cualquier otra cosa, han mutado hasta ser casi irreconocibles. Cada principio matemático, postura filosófica y mito religioso terrestre aparece en Anatema sin demasiado camuflaje (el Platonismo es uno de los más reconocibles y fundamentales). Algunos símiles saltan a la vista, y en varias ocasiones, sobretodo durante el primer cuarto, se me hizo difícil no comparar esta obra con <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/El_nombre_de_la_rosa" target="_blank">El Nombre de la Rosa</a> (lo de siempre, una mezcla de influencia, homenaje e ideaspace): Adso de Melk es Fra Erasmas, Guillermo de Baskerville es Fra Orolo, La Navaja de Occam es el Brazo de Gardan, por ejemplo. Y por supuesto, hay un misterio, que no voy a destripar aquí, pero a eso de la página 200 está más o menos claro por dónde van los tiros (después de todo, el número de argumentos cf es limitado: aliens, viajes en el tiempo, dimensiones paralelas, control mental-alucinaciones, parques temáticos-reconstrucciones y un par más).</p>
<p>Aparte de los guiños, las referencias, la trama, la narración y los diálogos, Anatema está lleno de gadgets hipertecnológicos y técnicas suprabiológicas del estilo post-singularidad que parecen a la vez perfectamente posibles y lamentablemente inalcanzables, algo así como las máquinas y dispositivos cuasidivinos (o derechamente divinos) de las sagas más famosas de Dan Simmons. Cosas que aunque te hagan soñar o divagar no te despistan, sino que encajan perfectamente en el consistente y coherente escenario pintado por Stephenson (mucha de la tecnología mencionada es más real de lo que parece, y en la sección de Referencias hay una lista de títulos bastante larga que puede ayudar al profano a darse cuenta de que la realidad suele superar a la ficción).</p>
<p>Y desde luego, el tema central es el mismo que en las demás meganovelas del autor, desde <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/La_era_del_diamante" target="_blank">La Era del Diamante</a> en adelante: el conocimiento científico, cómo se origina, para qué se usa, los cuestionamientos éticos que conlleva y todo eso.</p>
<p>Pero como ya dije, en Anatema se trata otro montón de cosas, como si fuese una red de ensayos diferentes enlazados mediante conversaciones y descripciones cienciaficcionescas. Ciertamente el autor no es Umberto Eco, pero el tema de la sintaxis y la semántica, el símbolo y el significado, el continente y el contenido se encuentra presente continuamente, no sólo en el fondo sino en la misma forma (rizar el rizo, que le dicen): términos y vocablos nuevos que evocan viejos sentidos. Ese jueguito rolero de pensar cómo hubiera llamado una civilización distinta a los mismos artefactos que usamos nosotros, a Stephenson le sale muy bien (y al traductor de Stephenson también, porque esta novela la lei en castellano). Un motucaptor es una videocámara; un astrohenge es un observatorio; las artes marciales se conocen como vallelogía. Hay todo un glosario al final del libro que es otro punto a favor, porque me encanta que la fantasía y la ciencia ficción incluyan cosas así.</p>
<p>También hay una cronología al principio, pero yo no la estudié hasta terminar la novela: como dice el mismo autor en la nota de entrada, es divertido ir descubriendo las cosas solo. Por ejemplo, uno se va dando cuenta de a poco que más que un monasterio, el lugar donde transcurre el primer tercio del libro es una universidad aislada, y los monjes son más bien científicos, separados del resto del mundo a causa de quién sabe qué viejo cataclismo (del tipo que temen los que quieren destruir el LHC). Lo que cuadra bastante bien con la realidad de la Edad Media, después de todo, y la paradoja de un cristianismo a la vez idiotizante y reservorio del conocimiento.</p>
<p>En fin, <strong>si te gusta Neal Stephenson, léelo, de cabo a rabo, glosario, agradecimientos y referencias incluidas</strong>. Puede que no tenga todas las secuencias de acción ni megaparrafadas sarcástico-humorísticas del Criptonomicón o el Ciclo Barroco (es la primera vez que deja la narración omnisciente a cambio de un estilo en primera persona), y desde luego, aunque Fra Erasmas es un gran personaje (un Waterhouse, diríamos), no hay un Jack (ni ningún otro Shaftoe) al que adorar. Pero es un libro brutalmente genial, que desde luego incluye exposiciones físico-matemáticas a las que cualquier fan del autor debería estar acostumbrado.</p>
<p>Es en realidad una tontería hacer un ranking, porque excepto los que escribió con su tío (Interfaz, por ejemplo, que sin ser mala es completamente diferente a sus obras en solitario: una especie de thriller <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Michael_Crichton" target="_blank">crichtoniano</a> con varios defectos <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Robert_J._Sawyer" target="_blank">sawyerianos</a>), el resto de la bibliografía stephensoniana es maravillosa.</p>
<p><strong>Lo que sí puede valer la pena es entrelazarlos en una misma metacronología, y en tal caso, léase en este orden: Ciclo Barroco, Criptonomicón, La Era del Diamante y Anatema.</strong></p>
<p>Ahora, si no ha leído a Neal Stephenson, Anatema es tan buen inicio como cualquier otra de sus obras. Sobretodo si a usted le gusta:</p>
<ol>
<li>la ciencia ficción que no se toma demasiado en serio a sí misma y además tiene elementos hard,</li>
<li>la filosofía en general, la epistemología en particular, y la historia toda de la humanidad,</li>
<li>El Nombre de la Rosa o</li>
<li>una combinación de las anteriores</li>
</ol>
<p>Eso sí, como ya nos tiene acostumbrados, <strong>es una novela kiloplánica, no un cuentito asimoviano</strong>, así que déle tiempo.</p>
<p><strong>Imagen</strong>:  <a href="http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Neal_Stephenson_Anathem_Discussion_at_MIT.jpg" target="_blank" rel="lightbox[3879]">Neal Stephenson Anathem Discussion at MIT</a></p>
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		<title>Nunca he visto una araña</title>
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		<pubDate>Wed, 03 Feb 2010 03:24:09 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guayec Perdomo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Guayec Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[apocalipsis]]></category>
		<category><![CDATA[lhc]]></category>

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		<description><![CDATA[A veces, cuando estoy triste, vuelvo a escuchar las conversaciones. Es un arma de doble filo, porque cuando se acaban el silencio es más asfixiante que nunca, la soledad casi insoportable. Son grabaciones viejas, de hace diez años, incrustadas en preciosa cinta magnética, y cada vez que pongo una a correr me estremezco al pensar [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tauzero.org/files/blog/spacesta-1.jpg">A veces, cuando estoy triste, vuelvo a escuchar las conversaciones. Es un arma de doble filo, porque cuando se acaban el silencio es más asfixiante que nunca, la soledad casi insoportable. Son grabaciones viejas, de hace diez años, incrustadas en preciosa cinta magnética, y cada vez que pongo una a correr me estremezco al pensar que pueda ser la última, que la cinta se rompa y toda una tarde de Sami hablando se esfume para siempre. Todo lo demás, la música y las películas, los libros y protocolos y fotografías, todo esta archivado y rearchivado y respaldado hasta la saciedad en las cajas de datos de la estación, pero la voz de Sami, su risa, sus suspiros, las palabras que saltaron el vacío hasta aquí, eso está en las cintas. Viejas cintas de cuando la estación fue inaugurada. Mucho antes del Fin.<span id="more-3773"></span></p>
<p>Sami está muerto. Lleva muerto una década, pero todos los días apunto los platos a su búnker y abro todos los canales, y hablo como una tonta y escucho como una idiota. Llamo una y otra vez hasta que Francia desaparece o me pongo a llorar, lo que pase antes.<!--more--></p>
<p>Las plantas crecen de una forma extraña en gravedad cero. No es que yo las haya visto en vivo y en directo, claro, ni siquiera con el telescopio, pero se lo que es el geotropismo negativo y he leído los libros de botánica y bueno, he visto cientos de horas de metraje amateur y profesional así que sí, se cómo es un árbol y un campo de trigo y puedo distinguir entre una enredadera y una planta rastrera.</p>
<p>Aquí arriba los tallos tienden a retorcerse y achatarse y formar espirales. Es natural. También crecen mucho más rápido. No hay estaciones, sólo filtros solares, y no tienen que gastar energía en llevar el agua tronco arriba. El jardín es más bien una pequeña jungla, y probablemente la parte de la estación que más atención requiere.</p>
<p>Papá siempre se quejaba de lo insípido que era todo lo que crece ahí, comparado con las frutas y verduras de verdad. Papá distinguía constantemente entre nuestro pequeño mundo de plástico blanco y el mundo de verdad, y eso molestaba muchísimo a mamá. Una de las pocas cosas que recuerdo de Gupta, porque se fue cuando yo aún era pequeña, tiene que ver con la actitud de papá. Según Gupta, lo que la falta de gravedad le hace a las plantas también se lo hace a nuestra mente. Es posible, pero cómo voy a saberlo. La psicología nunca ha sido lo mío y esto es todo lo que conozco.</p>
<p>Si puedo confiar en los archivos, una de las pesadillas más comunes tiene que ver con el miedo a caer.</p>
<p>No tiene ningún sentido para mí. Mi vida es una caída continua.</p>
<p>A veces me acurruco como un feto y dejo que la estación gire a mi alrededor. Apago todas las luces y me quedo muy quieta, abrazada a mí misma, y soy el centro del universo, un pedacito de algo blando y tibio rodeado de nada, y en el silencio y la oscuridad siento que crezco y que soy tan grande como una estrella. Alargo un brazo como una llamarada solar y sólo hay vacío. No hay nada allá afuera.</p>
<p>Las lágrimas se aferran a mis ojos. Aprieto los párpados y las dejo ir como planetas de hielo.</p>
<p>Cuando cumplí doce, Sami me cantó feliz cumpleaños. Las cosas son distintas aquí arriba, del día a la noche en sesenta minutos, pero en general nos guiamos según el calendario terrestre.</p>
<p>Nos guiamos. Yo y todos los fantasmas.</p>
<p>El punto es que cada año vuelvo a tocar esa cinta, cada seis de septiembre, mientras el mundo se llena de lluvia y yo busco paraguas en los monitores. Es mi canción favorita. Es algo estúpido, porque es tan simple, una rima tan idiota, y sin embargo ninguna otra me conmueve tanto. Cumpleaños feliz.</p>
<p>Hubiera hecho lo mismo por Sami pero nunca supe la fecha. Al principio, después de su muerte, me dio por cantarle todos los días, y poco a poco la costumbre agarró fuerza y se convirtió en la firme determinación de cantar feliz cumpleaños 365 veces seguidas. Al menos una de las veces sería la correcta. Es obvio que a Sami ya no le importaba, pero de alguna forma me ayudó a sobrellevar aquella horrible temporada. A veces me atormentaba pensar que Sami hubiera nacido un 29 de febrero. ¿Pero qué probabilidades hay de eso?</p>
<p>De todos modos fue año bisiesto dos años más tarde, y por las dudas, canté de nuevo.</p>
<p>Gupta era un hombre pequeño y silencioso, y recuerdo que sus ojos me daban miedo, con esa aureola oscura típica de los indios, pero nunca me hizo daño alguno, aparte de llevarse el último trasbordador de la estación.</p>
<p>En ese entonces yo era muy chica para querer ir a ninguna parte, me aterrorizaba pensar en salir de la estación y mucho más ir a la Tierra. Es normal, creo, porque todo lo que veía u oía de la Tierra tenía que ver con el Final.</p>
<p>Supe más tarde, porque mamá me lo dijo, que Gupta tenía cáncer y que su viaje no tenía ningún objetivo real. No iba a buscar o averiguar nada, sólo quería morir abajo.</p>
<p>Si me guiara por los periodos de luz y oscuridad, dormiría una hora de cada dos, más o menos. Vivir aquí es como ser una ficha en un tablero de ajedrez e ir saltando al espacio adyacente cada cincuenta minutos. Pero la consolidación de la memoria requiere entrar en sueño REM y para eso se necesita tiempo, así que mi rutina es parecida a la de un terrestre promedio.</p>
<p>Creo.</p>
<p>Nada de alcohol. Nada de drogas. Esto es una estación espacial y soy el último ser humano en el universo. Aquí arriba, la descompresión es la hermana gemela de la depresión.</p>
<p>En los archivos la Tierra siempre es verde y azul, con el blanco de las nubes aquí y allá y en los casquetes polares. Es más o menos igual desde la escotilla. Resulta que no importa demasiado que no haya gente, a trescientos cincuenta kilómetros de altura todo se ve igual.</p>
<p>Al principio, durante los primeros años, todo era gris, ceniza y nubes de tormenta y nada más. De vez en cuando el telescopio captaba el suelo a través del ojo de un huracán, pero en general la Tierra era casi tan aburrida como la luna o el resto del sistema solar. Mamá podía pasarse días enteros mirando el oleaje atmosférico, cambiando los filtros de visible a ultravioleta o infrarrojo, calculando el grosor de la capa de nubes y la dirección del viento como si de alguna manera importara. Para mí era sólo una bola de algodón sucio, y prefería ocupar mi tiempo viendo documentales del mar.</p>
<p>Hay una cosa que deben entender. El canibalismo dejó de ser una opción hace muchos años. Antes de suicidarse, papá escribió una carta de despedida, y una de las cosas que decía era que no desperdiciáramos su cuerpo. Gupta se había ido cuando todavía había provisiones de sobra, y antes de él el cadáver de Charlie, a quien nunca conocí, fue lanzado al espacio tras una breve y emotiva ceremonia. Papá decía que ya había pasado el tiempo de ser románticos, era hora de ser pragmáticos.</p>
<p>Yo tenía cinco años y muy pocos tabúes. Mamá procesó y almacenó el cuerpo y esa fue nuestra principal fuente de proteínas durante los siguientes veinte meses. Resultó que la carne era mucho más sabrosa que la de los ratones.</p>
<p>Mamá nunca me mintió al respecto. Un lustro más tarde me enseñó el procedimiento paso a paso, y aunque tal vez podría haber vivido un par de décadas más, decidió que era mejor una persona bien alimentada que dos personas desnutridas. Además, pasados los cincuenta el cuerpo empieza a encogerse, y mamá quería dejarme una buena provisión.</p>
<p>Murió con una sonrisa.</p>
<p>A veces pienso en el cuerpo de Sami, allá abajo, pudriéndose en alguna caverna francesa, y espero que los gusanos le hayan sacado provecho. Porque si no, qué triste desperdicio.</p>
<p>Cada cien días me pongo el traje y salgo veinte minutos. Odio salir. El vacío se extiende en todas direcciones, y tengo miedo de la Tierra, azul y blanca y hambrienta. Se que es una tontería pero imagino la gravedad tirando de mí, dedos invisibles rasguñándome las botas, palpándome el casco. La Tierra me odia porque estoy viva. Susurra muerte y silencio. Me aterroriza con sueños de hielo y de piedra y de huesos rotos.</p>
<p>Odio salir pero es necesario. Hay que cambiar los filtros y revisar los paneles y de vez en cuando parchar una placa o aislar un cable. El universo entero juega a matarme.</p>
<p>Quiere completar el trabajo.</p>
<p>Un mes y medio después del nacimiento, una hembra de Mus musculus está lista para embarazarse. Veinte días más tarde, voilà, media docena de ratones. El postparto inmediato es el mejor momento para volver a aparearla, y en general las sacrifico tras un máximo de cuatro camadas, a menos que sea especialmente productiva.</p>
<p>Sea como sea, nunca como más de un ratón al día. Rara vez hay de sobra, pero cuando los hay los congelo. Espacio para almacenar alimentos es lo único que de verdad abunda en la estación.</p>
<p>He leido muchos libros sobre computación, y sin embargo nunca me he enfrentado a un virus informático, excepto tal vez los que he escrito yo misma. Me encantan las novelas y películas sobre inteligencia artificial, pero son sólo tonterías. Nada me gustaría más que tener alguien con quien hablar, pero si no sucedió en tiempos de internet no va a suceder ahora. Ceros y unos, nada más.</p>
<p>Mamá, papá, Sami, Gupta. Todas las personas que he conocido en mi vida.</p>
<p>Uno de mis cuentos favoritos es Todos vosotros, zombies. Yo soy yo y mis circunstancias, y mis circunstancias no me han hecho un animal social. Tiendo al solipsismo.</p>
<p>A veces pienso que no soy humana en lo absoluto. Mis músculos son débiles y media atmósfera bastaría para romper mis huesos. Sé que nunca visitaré el fondo del mar. No viva, al menos. Lo otro sigue siendo una opción.</p>
<p>Pero más allá de la carne, hay tanto que no comprendo.</p>
<p>Todo es tan repetitivo. Tan predecible.</p>
<p>Sami vivía en una especie de búnker francés. Una enorme instalación subterránea cerca de la frontera con Suiza, donde físicos y filósofos intentaban desentrañar los misterios del universo haciendo chocar partículas elementales entre sí. A mí el universo no me parece muy misterioso, pero todo el mundo necesita hacer algo.<br />
Según Sami, el refugio era bastante grande, pero el frío y la oscuridad hacían inhabitable casi todas las habitaciones, por no hablar de los varios kilómetros de túneles. En general dividía su tiempo entre una pequeña sala de estar y una enorme despensa.</p>
<p>Yo tengo al sol casi seis horas de cada diez, pero para Sami no era tan fácil. Incluso en un templo de la ciencia los generadores necesitan combustible, y un colisionador de hadrones no es un pozo petrolero.</p>
<p>Cuando por fin consiguió hacer llegar su antena a la superficie, después de desatascar un tubo de ventilación, ya había consumido tres cuartos de las provisiones y decenas de latas de gasolina. Eso fue como doce años después del Fin. Al principio eran cuatro, pero los otros tres murieron antes de aquel fantástico 8 de marzo en que su saludo llegó a la estación.</p>
<p>Lo escuché otras veinte veces hasta que pude responderle, tres días más tarde.</p>
<p>Me lo sé de memoria.</p>
<p><em>¿Hola? ¿Hay alguien ahí afuera? Mi nombre es Samuel. Samuel Monteverde. Soy ingeniero eléctrico del programa SCARF, en Francia. ¿Todavía existe Francia? Según mi calendario hoy es 15 de marzo del 2024, pero puedo equivocarme. Aquí abajo los días son todos iguales. Hay&#8230; ¡je! Hay como veinte relojes de pared en el complejo pero ninguno tiene pilas. ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? Tal vez es de noche. ¿Hola? ¿Hola?</em></p>
<p>Y eso fue todo, la primera vez. Sami siguió hablando pero la estación perdió la señal al pasar sobre las Bahamas, y no la recuperó hasta dar media vuelta a la Tierra, cuando Sami ya se había vuelto a callar.<br />
No era de noche, por cierto.</p>
<p>Murió el 31 de octubre, 2027, aunque se despidió de mí mucho antes. Quería hacerlo bien. Casi nunca escucho esa cinta, y no voy a hacerlo ahora.</p>
<p>Siguió transmitiendo todos los días, pero su voz se fue llenando de muerte. Lo último que dijo fue &#8220;cierra las ventanas, Violeta, está entrando el frío&#8221;. Deliraba, supongo, por el hambre o la falta de aire. Luego, un suave crujido de estática radial, prolongándose por cuatro días hasta que las baterías se agotaron. Y después nada. Silencio.</p>
<p>Pasas toda la vida pensando en algo ingenioso que decir al final, y cuando llega el momento no hay tiempo. Tu cerebro te juega una mala broma. Una sinapsis de menos y dices algo estúpido, recuerdas a alguien sin importancia, balbuceas algo sin sentido.</p>
<p>La enfermera de Einstein no entendía alemán. Sus oídos se comieron las últimas palabras del genio y eso fue todo.</p>
<p>Al menos yo estuve ahí para escuchar a Sami.</p>
<p>No habrá nada ni nadie cuando me llegue el turno.</p>
<p>Voy a dejarlo todo en modo automático, en un año o un mes, cuando me canse. Cuando ya no pueda convencerme de seguir esperando por ti.</p>
<p>Seas quien seas, si estás escuchando esto, llegaste demasiado tarde.</p>
<p>Voy a dejarlo todo encendido y la antena seguirá lanzando estas cosas a la Tierra, hasta que el sol se apague o algo se rompa. Tal vez alguien atrape mi voz un día. Quizás incluso comprenda, y mire al cielo nocturno y vea una estrella moviéndose, una estrella llena de historia. Toda la historia del mundo en una chatarra flotante. O tal vez no.</p>
<p>Los dinosaurios nunca volvieron. ¿Por qué debería volver el hombre?.</p>
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		<title>Viejo papel amarillento</title>
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		<pubDate>Wed, 13 Jan 2010 01:06:31 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guayec Perdomo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Guayec Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[time travel]]></category>

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		<description><![CDATA[Cuando termine esta carta voy a matarme. Ya llevaré muerto un tiempo cuando empieces a leerlo. Aquí o en otra época, pero muerto. Mucha gente odia a los suicidas, y casi todo el mundo odia a los asesinos. Yo soy ambas cosas, pero no desperdicies tu odio en un muerto. El odio es para los [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tauzero.org/files/blog/carta-1.jpg">Cuando termine esta carta voy a matarme.</p>
<p>Ya llevaré muerto un tiempo cuando empieces a leerlo. Aquí o en otra época, pero muerto.</p>
<p>Mucha gente odia a los suicidas, y casi todo el mundo odia a los asesinos. Yo soy ambas cosas, pero no desperdicies tu odio en un muerto. El odio es para los vivos.</p>
<p>Discúlpame. Tener ochenta y tres años y ser un viajero del tiempo me han vuelto confuso y fragmentario. Empezaré por el principio.</p>
<p>Nací en 1979. En 1994 descubrí que soy capaz de viajar al pasado. Sólo hacia el pasado. Cierro los ojos y eso es todo, cuando los vuelvo a abrir estoy en el mismo lugar, un minuto o un año o un siglo antes. El viaje de regreso tengo que hacerlo un día a la vez, como cualquier hijo de vecino. No me pregunten los detalles, nunca me he encontrado conmigo mismo. De todos modos sólo una vez salté a una fecha en que estaba vivo.<span id="more-3721"></span></p>
<p>Orden, orden.</p>
<p>Lo de 1994 fue un impulso. Kurt acababa de morir y yo era adolescente. Dos más dos cuatro. Pero no sirvió de nada, no pude salvarlo. Tenía sólo 30 horas y estaba a diez mil kilómetros de distancia. Su cerebro volvió a estallar en Seattle. </p>
<p>No volví a intentarlo hasta 1999. Vaya pedazo de imbécil. Si hubiera sabido que no volvería a ver a mis padres no lo hubiera hecho. En ese entonces estaba muy metido en la ciencia ficción. Lo que más me interesaba eran las ucronías, y dentro de eso, la posibilidad de un mundo sin insectoides.</p>
<p>Claro que no sabes lo que son los insectoides. Eso al menos deberías agradecérmelo.</p>
<p>En 1929 un grupo de idiotas europeos abrió un portal intergaláctico y permitió la llegada de los insectoides a nuestro mundo. La guerra duró treinta años y la ganaron los malos, y mis primeros veinte años de vida los pasé en un planeta dominado por alienígenas. Tenían su panal en la luna y nos dejaban vivir más o menos normalmente. No era nada realmente del tipo morlocks y eloi, sino más bien una dictadura estalinista. No es que haya mucha diferencia. </p>
<p>Yo no supe qué era una dictadura estalinista hasta bien entrados los cuarenta. Después de convertirme en homicida.</p>
<p>Lo siento, pierdo el hilo. </p>
<p>Sospecho que mi habilidad para viajar al pasado se la debo a los insectos espaciales. Pero ya nunca lo sabré. Tendría que volver a saltar hacia atrás y no creo que un viejo tenga muchas posibilidades de sobrevivir a la guerra contra los invasores.</p>
<p>Me interesaba la idea de un mundo sin extraterrestres, decía, así que estudié los libros y las películas y todo lo que los monstruos lunares no habían censurado y luego cerré los ojos y pensé en ello. Aparecí en 1909, y después de unos días de llorar por un presente que no volvería a ver, me concentré en hacer lo que había ido a hacer.</p>
<p>Para asegurarme de que el portal no fuera construido, tuve que matar a más de cincuenta personas. Seguramente hubiera bastado con dos o tres, pero no quería arriesgarme. Algunos eran niños de menos de diez años. Esos fueron a la vez los más fáciles y los más difíciles. Es tan sencillo matar. Tuve que hacer pequeños saltos temporales y matar a algunas personas dos o incluso tres veces.<br />
Piensa lo que quieras, pero si no lo hubiera hecho, ahora te daría miedo mirar a la luna.<br />
De algún modo creo que la Segunda Guerra Mundial fue mi culpa. Si no es una cosa es otra. Borras a un monstruo de la historia y aparecen cinco. Los nazis mataron más gente que los insectoides, y el mundo en el que he envejecido me parece peor que el mundo en que crecí. Pero soy un viejo de mierda y todos los viejos añoran el pasado.</p>
<p>Mi pasado está en un futuro perdido. </p>
<p>Tengo ochenta y tres años y ni siquiera sé si mis padres existen.</p>
<p>Pero esta noche un hombre caminó sobre la luna por primera vez. Una luna sin insectos.</p>
<p>Pienso que podría saltar otra vez, sólo un día, sólo unas horas, y volver a verlo en la televisión. Mirar los ojos de la gente, sus caras apuntando hacia el cielo, pensando en Armstrong y los demás. Pero tendría que volver a escribir esta carta.</p>
<p>Y las cosas repetidas no son tan buenas como la primera vez.</p>
<p>Estoy seguro de que Kurt volverá a hacerlo.</p>
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		<title>El Proyecto</title>
		<link>http://www.tauzero.org/2009/07/el-proyecto/</link>
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		<pubDate>Tue, 21 Jul 2009 14:00:13 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guayec Perdomo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Guayec Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[time travel]]></category>

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		<description><![CDATA[Josh se había sentido raro toda la mañana. Mejor dicho, toda la semana. Desde que habían hecho aquella última prueba en el laboratorio. Se sentía extraño. Ausente. Como si su vida fuera un déjà-vu constante. Le parecía haber visto antes al tipo de traje gris que les hablaba, pero claro, era un ejecutivo, y todos [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tauzero.org/files/blog/meeting-1.jpg" border="0">Josh se había sentido raro toda la mañana. Mejor dicho, toda la semana. Desde que habían hecho aquella última prueba en el laboratorio. Se sentía extraño. Ausente. Como si su vida fuera un déjà-vu constante. Le parecía haber visto antes al tipo de traje gris que les hablaba, pero claro, era un ejecutivo, y todos los ejecutivos que conocía usaban el mismo traje gris planchado y el mismo peinado engominado.</p>
<p>- Señores, lamento informarles que la junta directiva ha decidido no aprobar el presupuesto. El proyecto ha sido cancelado.<span id="more-2240"></span></p>
<p>Por el tono de voz del secretario ejecutivo quedó claro que no sólo no lo lamentaba en absoluto, sino que para él no se trataba de “el proyecto”, sino de un proyecto como cualquier otro. Empezó a guardar sus papeles en el maletín plateado que lo acompañaba a todos lados, mientras un silencio atónito se propagaba por la sala de reuniones como una nube radiactiva brotando de los pulmones estáticos de los otros dos hombres. Por fin, al cabo de varios segundos, uno de ellos consiguió decir algo:</p>
<p>- Pero&#8230; Pero&#8230; –articuló el doctor Cabot, e inmediatamente su camarada, el doctor Querubine, volvió a la vida para ayudarlo.</p>
<p>- ¿Por qué? –preguntó Querubine, mientras la sangre recomenzaba a llenar los capilares de su rostro. Aunque por alguna razón no estaba sorprendido del todo, se sentía igualmente contrariado por la decisión de la junta-. ¿Por qué lo cancelan? ¿Acaso no quedaron convencidos? Todo está en esos informes. La Sociedad de Física Cuántica acaba de aceptar el manuscrito. Van a publicarlo en dos semanas. ¿Qué dudas pueden quedar?</p>
<p>Sebastián Cabot, que había transitado en esos pocos instantes de una desesperada incredulidad a una rabiosa incomprensión, se puso en pie bruscamente e inclinándose sobre la brillante superficie de la mesa, prácticamente gritó:</p>
<p>- ¡Podemos viajar en el tiempo!¡Podemos viajar en el tiempo!¡Es el mayor maldito logro de este siglo!¡De todos los siglos!¿Y van a cancelar el proyecto?</p>
<p>El secretario ejecutivo no era un principiante. Había lidiado muchas veces con gente como el doctor Cabot. Gente que se obsesionaba con una idea hasta el punto de ser capaces de perder una familia o hipotecar una casa. Eran como drogadictos. El doctor primero lo increparía y lo insultaría con la esperanza de intimidarlo y obligarlo a retractarse. Luego, cuando eso no funcionara, trataría de razonar con él. Hablaría y hablaría sobre la importancia de su descubrimiento y los beneficios que traería a la humanidad. Los beneficios monetarios que le traería a él mismo si convencía a la junta de no retirar el financiamiento. Intentaría sobornarlo ofreciéndole parte del crédito y la fama. De eso se trataba todo, al fin y al cabo, de la fama. Los científicos siempre buscaban la fama. El reconocimiento mundial. Premios y fotografías en libros y revistas. Pasar a la historia.</p>
<p>Pero como el secretario ejecutivo ganaba más del doble de lo que Cabot podría ofrecerle, su intento de soborno no llegaría a buen puerto. Así que finalmente, rogaría. Apelaría a la piedad y al asco del emperchado leguleyo.</p>
<p>Bueno, no tenía tiempo para nada de eso. Tenía que asistir a dos reuniones más esa mañana. Con medida calma se puso en pie, cerró el maletín, y arreglándose la corbata dijo:</p>
<p>- No van a cancelar el proyecto, doctor Cabot. El proyecto ya ha sido cancelado.</p>
<p>- ¡Pero podemos viajar en el tiempo! –gritó Cabot, aferrándose a lo único que le parecía sólido en aquel mundo, un mundo que de pronto se había vuelto absurdamente intangible.</p>
<p>La respuesta del secretario ejecutivo fue lapidaria.</p>
<p>- Eso no es del todo cierto, doctor. Pueden viajar al futuro. Pero tras cuatro años de investigación y una extensa lista de gastos, no han conseguido viajar ni medio segundo hacia el pasado. A la junta se le ha acabado la paciencia. Las utilidades de un viaje al futuro sin posibilidad de retorno son insuficientes para siquiera considerar la continuidad del proyecto. En mi opinión, los últimos dos años han sido un completo desperdicio.</p>
<p>Se encaminó a la puerta sin mirar atrás. Notó la afilada mirada del doctor Querubine clavándosele entre los omóplatos. Eso no le agradó. Decidió darse un pequeño gusto antes de irse, así que se dio media vuelta y dijo con una mueca de burla:</p>
<p>- Es irónico, ¿no? Si hubieran usado esa dichosa maquinita suya hace dos años, hubiesen sabido que la junta no aprobaría el presupuesto, y no habrían desperdiciado su tiempo y nuestro dinero.</p>
<p>No le interesaba la lógica del comentario. Era contradictorio, pero él no era físico. Era abogado contable. La fama no le interesaba, sólo el dinero. Y cualquiera que le hiciera perder dinero (a él o a la empresa), se merecía todos los comentarios hirientes que pudieran ocurrírsele.</p>
<p>La puerta se cerró tras el hombre de gris.</p>
<p>Josh Querubine puso una mano sobre el hombro de su colega y colaborador. Notó que el anciano estaba temblando. Iba a empezar a consolarlo cuando se dio cuenta de que el viejo premio Nobel no temblaba a causa del llanto o la tristeza. Temblaba de rabia. Sus pómulos y su frente estaban tan rojos que creyó que le daría un ataque allí mismo, pero desechó esa idea de inmediato, al recordar que el corazón del doctor Cabot era una eficiente máquina de bombeo hecha de plástico orgánico y cables de cobre.</p>
<p>Aun así, Querubine se preocupó. Si no calmaba a su amigo, alguna arteria terminaría por reventarle en la cabeza, ahogando a las neuronas en un mar de sangre. Sería una pena perder un cerebro tan brillante.</p>
<p>Sin embargo, la preocupación que sentía era más por compromiso social que por miedo real. Tenía la impresión de que ya había pasado por aquello innumerables veces, durante los últimos tiempos.<br />
Sebastián no moriría ese día.</p>
<p>- Tranquilo, doc –dijo, haciendo un enorme esfuerzo por no empezar a lanzar las sillas contra las paredes. Él también había dedicado los últimos cuatro años al proyecto, y se sentía tan desolado como su antiguo tutor-. Tranquilo.</p>
<p>Pasaron unos minutos. Unos minutos silenciosos y sombríos en los que cada uno repasó su vida a lo largo del último lustro: el entusiasmo inicial, los logros tempranos, las comilonas y las conferencias, los repentinos y repetitivos fracasos, las discusiones, los sacrificios, las rupturas, el último y desesperado experimento de hacía una semana. Y al final, esto. Un hombre de traje gris tirándolo todo a la basura.</p>
<p>La respiración del doctor Cabot se había tranquilizado.</p>
<p>Sin mirar a su compañero, se dirigió a la puerta y salió de la sala de reuniones.</p>
<p>Josh conocía bien a Sebastián. Había pasado con él la mayor parte de aquellos 4 años. A veces se quedaban a trabajar hasta tan tarde que cenaban y desayunaban juntos. Durante los últimos, frenéticos siete meses del proyecto, era muy raro que pasaran más de un día entero sin verse. Josh había terminado aprendiéndose de memoria el rostro del viejo físico. La ubicación de cada cana y lunar, el significado de cada gesto. Había visto aparecer arrugas donde antes la piel era lisa, y manchas azuladas donde era blanca como la leche. Conocía a ese hombre casi mejor que a su propia esposa, a la que no veía hacía casi dos semanas.</p>
<p>Por eso supo que el doctor Cabot planeaba algo. Y supo qué era lo que planeaba.</p>
<p>Lo encontró en el laboratorio de pruebas.</p>
<p>- Sabes que no puedo dejarte hacerlo, Sebastián –dijo, un poco afligido (no quería humillar a su amigo impidiéndole llevar a cabo su desesperado plan) y un poco inseguro (él mismo sentía cierta curiosidad al respecto)-. No de nuevo.</p>
<p>El doctor Cabot no le prestó atención. Ensimismado, continuó apretando botones y enchufando cables, jalando una palanca aquí y allá, hasta que el sonido de los ventiladores y el bip-bip de los computadores llenó la estancia.</p>
<p>Josh sabía que no tenía sentido discutir.</p>
<p>- Está bien, lo haremos a tu modo. Una última vez, la definitiva.</p>
<p>Sebastián lo miró por fin, y aunque su rostro seguía fijo en una máscara de feroz determinación (y una sombra de furia), Querubine vio un destello de agradecimiento, la punta del iceberg de la amistad que los unía. Por esa misma amistad, Josh no estaba dispuesto a dejar que aquel anciano arriesgara así su vida. Dijo:</p>
<p>- Pero lo haré yo.</p>
<p>- ¡No! –gritó el doctor Cabot, deteniéndose un instante. Luego repitió, más tranquilo-. No, Josh. Esta vez seré yo. No puedo someterte a esto dos veces en una semana. Y esta vez pretendo aumentar la permisividad.</p>
<p>Ambos sabían muy bien lo que eso significaba. La cápsula podría explotar. De hecho, la cápsula casi había estallado en el experimento de la semana anterior, cuando habían instaurado una permisividad de sólo 6 minutos. Varias baterías se habían fundido y la temperatura de la cabina había bajado tanto que Josh estuvo a punto de morir de hipotermia.</p>
<p>Era un secreto entre ellos. Nadie más sabía que durante los últimos meses su desesperación y ansiedad habían crecido hasta el punto de utilizarse a sí mismos como conejillos de indias.</p>
<p>Después de demostrar la posibilidad de los viajes al futuro, utilizando materiales radiactivos de baja vida media primero, y roedores más tarde, la junta directiva les había encargado investigar las posibilidades de los viajes al pasado. Eufóricos, el doctor Cabot y el doctor Querubine se pusieron manos a la obra: era sólo cuestión de cambiar un par de coeficientes en las ecuaciones, mantener un registro constante de las coordenadas (lo que por ahora restringiría cualquier posibilidad de viaje a un punto dentro de los últimos catorce meses) y contar con la maquinaria adecuada, cuyo costo de manutención era superior al PIB de casi cualquier país del hemisferio sur (o a varios de ellos en conjunto).</p>
<p>Primero trataron de hacerlo con los mismos materiales radiactivos que tan útiles habían resultado durante la primera etapa del proyecto. No funcionó.</p>
<p>Luego, se esforzaron con los ratones. Pero tampoco tuvieron éxito.</p>
<p>O tal vez lo habían tenido. ¿Cómo saberlo? Las mediciones de los parámetros habituales no tenían ningún sentido en este caso. Necesitaban un animal de pruebas que fuera consciente de la variación temporal a la que se vería sujeto. Lo hicieron con monos.</p>
<p>No funcionó.</p>
<p>Los simios cooperaban todo lo que podían. Ingresaban a la cápsula y hacían lo posible por no orinarse de miedo cuando la temperatura comenzaba a descender y la visión se les tornaba difusa. Luego Cabot apretaba el botón de lanzamiento. Pero no pasaba nada.</p>
<p>Tenían una idea sobre qué esperar. Cuando enviaban cosas al futuro, el objeto simplemente desaparecía de la cápsula, y volvía a aparecer segundos, minutos u horas más tarde, dependiendo de las coordenadas de ingreso y la energía administrada. Era sencillo. Casi como la criogenia, pero mucho más cómodo (el objeto en sí no pasaba esos segundos, minutos u horas congelado.<br />
De hecho, el objeto no pasaba esos segundos, minutos u horas, en absoluto). También era mucho más caro, como les habían hecho notar los de la junta directiva.</p>
<p>El viaje al pasado debía ser diferente. La cápsula era la misma, y para todos los efectos físico-matemáticos, era considerada como el centro del universo. El objeto debía desaparecer, y aparecer unas millonésimas de segundos antes.</p>
<p>Para los científicos del pasado, el objeto debía aparecer de la nada en el interior de la cápsula, la cual llevaría varias horas encendida y lista, a la espera de cualquier envío desde el futuro.</p>
<p>En realidad, los viajes que intentaban eran a tan baja escala (la cienmillonésima parte de un segundo, generalmente), que la aparición/desaparición (en ese orden) era casi instantánea.</p>
<p>No habían obtenido resultados muy convincentes.</p>
<p>Estaban desesperados.</p>
<p>Por eso hacía apenas una semana, Josh Querubine se había metido completamente desnudo en la cápsula, la misma en la que ya había hecho unos cuantos viajes al futuro inmediato, y había estado a punto de morir.</p>
<p>- Sebastián, sabes tan bien como yo que no soportarías ni dos segundos ahí dentro. ¿Recuerdas hace tres años?</p>
<p>Hacía tres años, el doctor Cabot había probado su propia invención para viajar dos minutos hacia el futuro. Precisamente por eso ahora llevaba un corazón de plástico entre los pulmones.</p>
<p>- Además, no hemos hecho los arreglos para los electrodos de cobre que llevas ahí dentro. Y en cambio mis datos están en la computadora. Son de hace ocho días y no costará nada actualizarlos.</p>
<p>Volvió a tener la sensación de que todo aquello era innecesario. ¿Para qué hablar tanto? Cabot aceptaría, porque no era estúpido. Aceptaría y Josh volvería a meterse a la cápsula, pero esta vez con una permisividad casi diez veces mayor. Tal vez él sí era un estúpido.</p>
<p>Cabot se resistió un poco más, pero finalmente cedió.</p>
<p>Cinco horas más tarde, estaban listos para el que tal vez fuera el último experimento de sus carreras. Tal vez el último de mi vida, pensó Querubine.</p>
<p>La temperatura empezó a bajar en el interior de la cápsula. Josh empezó a sentirse mareado, otra vez, como hacía una semana. La visión se le puso borrosa. Afuera, Cabot apretaba botones y tecleaba coordenadas en la pantalla de la computadora. A través del grueso cristal, Josh Querubine vio a su amigo y camarada echarle un último vistazo antes de apretar el botón de lanzamiento.</p>
<p>Y no pasó nada.</p>
<p>Excepto, claro, que el frío le hizo desmayarse y una luz roja comenzó a parpadear en el interior de la cápsula.</p>
<p>Apenas estaba consciente cuando Cabot consiguió sacarlo de allí, enfundándolo en un traje térmico. A través del plástico del traje Josh pudo ver que varias baterías se habían fundido (eso también había pasado antes, ¿no?) y saltaban chispas de varios cables. Poco a poco, se fue quedando dormido.</p>
<p>Despertó seis horas más tarde, con un terrible dolor de cabeza y una extraña sensación de déjà-vu. Inconscientemente tomó la decisión de no volver a intentar viajar al pasado nunca más.</p>
<p>Sebastián entró en la enfermería con un café caliente y un bocadillo. Su cara lo decía todo: fracaso, desilusión, miedo, culpa.</p>
<p>- Lo lamento –dijo Josh.</p>
<p>- No, no –dijo el otro, como disculpándose-. Yo lo lamento, amigo mío.</p>
<p>- Supongo que aquí se acaba todo, ¿no?</p>
<p>- Bueno, Josh, todavía queda una posibilidad. Veremos qué dice la junta directiva la próxima semana. Tal vez aprueben el presupuesto.</p>
<p>- Sí –dijo Josh, cansado-, tal vez lo aprueben.</p>
<p>Pero, por alguna razón, no creía que fueran a hacerlo.</p>
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		<title>El productor de suicidios</title>
		<link>http://www.tauzero.org/2009/05/el-productor-de-suicidios/</link>
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		<pubDate>Thu, 21 May 2009 05:52:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guayec Perdomo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Guayec Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[idealismo]]></category>
		<category><![CDATA[suicidio]]></category>

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		<description><![CDATA[La última vez que lo vi chupaba con desesperación el cañón amargo de un revólver, finalmente decidido pero incapaz de apretar el gatillo por segunda vez. La sangre se acumulaba en su oreja y formaba un charco negro en el suelo, del que todos se alejaban más con asco que con compasión. La primera bala [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tauzero.org/files/blog/suicidio-1.jpg">La última vez que lo vi chupaba con desesperación el cañón amargo de un revólver, finalmente decidido pero incapaz de apretar el gatillo por segunda vez. La sangre se acumulaba en su oreja y formaba un charco negro en el suelo, del que todos se alejaban más con asco que con compasión. La primera bala había esquivado el cerebro como había podido, arañando sólo el lóbulo parietal derecho y haciendo astillas el hueso al salir del cráneo. Sus ojos permanecían abiertos, pero no creo que viera algo más que las baldosas azules y blancas del piso del comedor. Con la lengua enroscada en torno al <span id="more-2769"></span>cilindro del arma, manoteaba convulsionadamente como un pez ahogándose fuera del agua. Nadie quería acercarse: el revólver aún estaba cargado, y en cualquier momento podía escupir otra bala, incluso sin la ayuda de los espasmódicos y retorcidos dedos de Robert.</p>
<p>Un morboso silencio se había adueñado del comedor de la universidad. Decenas de espectadores esperaban ansiosos el desenlace. ¿Lograría Robert acabar con su patética demostración de lo que no debe ser un suicidio? ¿Llegarían antes los guardias y los enfermeros? En ese momento caí en la cuenta de que nadie entre los muchos estudiantes y profesores allí presentes había movido un dedo para llamar a una ambulancia. Reticentemente dejé de observar al muchacho despatarrado y eché una ojeada a mi alrededor. Pude ver que uno de los auxiliares de la universidad hablaba nerviosamente por teléfono, y supuse que al otro lado de la línea una abúlica funcionaria del sistema de salud hacía preguntas tontas y prometía la pronta llegada de los paramédicos.</p>
<p>Pasó otro minuto entero. Poco a poco, los movimientos de Robert se fueron haciendo más lentos. De pronto se detuvo por completo, permaneciendo quieto como una estatua muy blanca y grotesca sobre un pedestal de sangre coagulada. Robert murió entonces, y una mano invisible alzó el manto de silencio que nos había cubierto a todos. Algunas personas empezaron a gritar histéricamente, mientras otros se acercaban solícitos y eficientes a un cuerpo que ya no los necesitaba. Un profesor de medicina comenzó a dar indicaciones sobre la mejor manera de contener la hemorragia. Los alumnos más aplicados, y aquellos que querían dar una buena impresión, se apresuraron a seguir sus órdenes, aunque la sangre hacía tiempo que había dejado de manar del boquete craneal.</p>
<p>La figura de Robert se perdió bajo un mar de brazos, piernas, rostros y voces. Yo tomé mis libros y me alejé de allí pensando en lo mal que pueden salir las cosas.</p>
<p>Robert había preparado un buen espectáculo. Había dado un bonito y poderoso discurso antes de meterse el revólver en la boca y fallar estrepitosamente. Su lenta y aparatosa muerte le había quitado toda la fuerza a sus últimas palabras. Con el tiempo, nadie recordaría su inflamada oratoria. Sus uñas arañando las baldosas ensangrentadas y sus labios proyectándose como los de un chimpancé para aferrar el cañón del arma&#8230; eso quedaría para siempre grabado en la memoria de todos los presentes.</p>
<p>Fue entonces, aproximadamente, que decidí convertirme en productor de suicidios. Conocía a varios universitarios, profesionales y jubilados que se encontraban hacía tiempo al borde de la autoeliminación. Sólo necesitaban un pequeño empujón, una insignificante palmadita en la espalda, para precipitarse definitivamente al vacío de Tánatos. Yo me propuse hacer de sus inminentes decesos acontecimientos útiles a la apagada y amoral sociedad de principios de siglo, o cuando menos espectáculos memorables que no despojaran al suicida de su escasa dignidad, como había sucedido con Robert.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Mi primer cliente fue Francis. Era amigo mío desde la infancia, y portador del VIH desde hacía tres años. Ambos sabíamos que no podía quedarle mucho tiempo antes de que el SIDA empezara a hacer estragos en su enflaquecido cuerpo. Lo peor es que el pobre muchacho era virgen. El virus había llegado a su sangre a través de una aguja, no de una vagina&#8230; ni de un pene, ya puestos. Sin dinero para pagar un abogado, y en contra de un cohesionado cuerpo médico y una serie de complicadas leyes y estatutos de más de cien años de antigüedad, Francis vivía su vida lo mejor que podía (o sea, bastante mal) a la espera de un milagro. La gente lo evitaba, los trabajos lo evadían, la familia cercana lo compadecía, la lejana sospechaba otras causas de contagio, los fondos escaseaban, los medicamentos subían de precio, y los días se agotaban.</p>
<p>Planeé algo sencillo (era mi primera vez). Algo no muy original, pero de probada efectividad. En este caso, efectividad significa: a) una muerte segura, porque no hay nada peor que vivir con la vergüenza de haber sido salvado, de haber ocupado el tiempo y las fuerzas de otra gente que te recordará todos los días que les debes la vida, además de estar obligado a ver la cara destrozada y triste de tus amigos y familiares, o peor aún, quedar en estado vegetal y ser un recipiente de acusadora compasión; y b) lograr el máximo impacto en la población, algo que los haga pensar, algo que les demuestre a todos que no eres solamente un loco o un adolescente con penas de amor, algo que le tape la boca a los políticos y los sacerdotes, y que ponga de tu lado a la mayor cantidad de gente posible.</p>
<p>Por lo mismo, descarté de inmediato los atentados explosivos estilo musulmán, donde muere gente que no tiene nada que ver contigo, y las quemas a lo bonzo, que demasiado a menudo resultan no ser letales y te dejan lleno de cicatrices horribles y dolorosas.</p>
<p>Opté por un tradicional salto desde el puente, pero para permitir a la ciudadanía contemplar el cadáver, decidí que la muerte fuera causada por asfixia o dislocación cervical, lo que ocurriera antes al arrojarse al vacío con una resistente cuerda de cáñamo anudada al cuello. Habría un mensaje escrito con tinta roja en su camisa blanca, y una carta llena de nombres y fechas enviada al periódico local.</p>
<p>Lo más complicado fue fijar la hora. Si lo hacíamos durante la noche, alguien daría el aviso y la policía retiraría el cuerpo antes del amanecer. Si lo hacíamos durante el día, habría transeúntes que sin duda intentarían salvar a Francis.</p>
<p>Lo solucioné de una forma un tanto chapucera. En uno de los laboratorios de la universidad conseguí una solución de cianuro, y le dije a Francis que se la bebiera en el instante anterior al salto. La cuerda la atamos a una de las vigas inferiores del puente, de tal forma que fuera complicado, si no imposible, para cualquier peatón alcanzarla e izar el cuerpo del joven. Eso lo hicimos durante la madrugada, cuando hasta los gatos duermen. Dejamos uno de los cabos amarrado a la barandilla, y luego yo me fui. Él se quedó allí mientras amanecía. Yo dejé la carta en un buzón. Hacía frío, pero la suerte había disipado la impenetrable niebla de los días pasados. El día sería claro; la atmósfera, transparente.</p>
<p>Todo salió bien, para alivio de mis erizados nervios. El cuerpo de Francis estuvo colgado del puente más de dos horas, balanceándose como un péndulo a cuatro metros del río. El suicidio apareció en primera plana en varios periódicos nacionales, y la carta de rabiosa crítica fue publicada en innumerables sitios de internet. Varios funcionarios del hospital fueron despedidos, y hubo una avalancha de nuevas denuncias durante las siguientes semanas.</p>
<p>Ese primer trabajo lo hice gratis. Era una prueba, y podría haber salido mal. Además, Francis no tenía dónde caerse muerto, si me comprenden.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p><em>Conduzco una cucaracha de acero y voy a matarlos a todos. Voy a matarnos a todos y sólo quedarán los huesos negros y amarillos del taxi. Seré las entrañas del monstruo. Al diablo los niños y al diablo con ella. Siete años en este jodido asiento. Nueve años dando clases a esos idiotas del instituto, con sus corbatas azules planchadas por sus madres idiotas. Nueve años escuchando sus bromas tontas y sus risas vacías. Los sobrenombres y el desprecio y los aviones de papel. No recordarán mi nombre. No recordarán nada de lo que les enseñé. Al diablo con ellos y con este trabajo de mierda. Al demonio con el taxi y sus propinas inocuas, y con el hambre de los niños y con el llanto de ella. Apago las luces como un cazador. Voy a morir esta noche y me llevaré a un incauto conmigo. Conduzco una cucaracha asesina. Es el final.</em></p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Después de Francis me tomé un par de semanas. Por una parte, me asustaba un poco haber hecho algo mal, haber dejado alguna pista que hiciera que los detectives se aferraran a la idea de homicidio en lugar de al más sencillo caso de suicidio. Pero tuve suerte. Francis estaba desahuciado, iba a morirse de todas formas, así que el estado no se preocupó de investigar sus últimos días (más bien se concentró en repeler las cada vez más numerosas críticas al sistema público de salud). Mejor aún, la familia de Francis, empobrecida por el largo tratamiento, no tenía con qué contratar los servicios de un detective privado, y además, por mucho que doliera la pérdida, se habían quitado un molesto peso de encima. Ahora podrían dedicarse a recordar lo bueno y simpático que era Francis sin tener que ver su rostro demacrado y la sentencia de muerte gravitando sobre su cabeza.</p>
<p>Por otra parte, mi receso me permitiría idear un suicidio diferente, original, televisivo.</p>
<p>Faltaba un mes para el festival internacional de cine. La ciudad, rebosante de celebridades, invadida por la prensa del espectáculo, sería el escenario perfecto y el perfecto catalizador. Poco a poco empecé a darme cuenta. Si hacía bien las cosas, la producción selectiva de los suicidios adecuados, aplicadamente infiltrados por mis propias ideas y reivindicaciones, me permitiría al fin lograr mi tan añejo y ansiado propósito.</p>
<p>Cambiar el mundo.</p>
<p>La muerte de Francis me había demostrado que era posible. A medida que los enfermos terminales y las víctimas del sanguinario modelo neoliberal multiplicaban sus ataques, sus ánimos inflamados por la irrevocable decisión de mi primer cliente, personajes más y más importantes veían amenazado su acomodado estilo de vida. Dos semanas después del salto final de Francis, el subsecretario de salud estaba al borde de la renuncia.</p>
<p>Empecé a pensar a lo grande&#8230; Algún senador&#8230; ¡Tal vez incluso el presidente! O mejor aún: ¡el presidente de un país importante!</p>
<p>Pero eso me llevaría tiempo. No tenía amigos ni conocidos con tendencias suicidas que fueran cercanos a ninguna personalidad pública.</p>
<p>Dejé de lado la idea y me concentré en el festival de cine y en Sofía.</p>
<p>Sofía era una adolescente gótica. Estas dos condiciones, si bien la señalaban como alguien increíblemente fácil de manipular, atentaban contra la trascendencia que yo quería imprimirle a mi trabajo. Una noche, bien entrada la sombra y el frío, mientras nos fumábamos los últimos despojos de un alijo pequeño y sabroso, le hablé de mi idea. Fue una imprudencia, lo sé; pero creí que nadie le haría caso si, debido a su juvenil y solitaria necesidad de cariño y atención, se lo mencionaba a alguien más, sobretodo teniendo en cuenta el THC y el alcohol en su organismo. Sin embargo, alguien tomó en serio sus palabras, y le dijo a la pálida muchacha que quería concertar una cita.</p>
<p>Y así fue que conocí a Carmina, mi segundo cliente.</p>
<p>Mi trabajo más difícil.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p><!--next--></p>
<p>Carmina era su nombre artístico. Su verdadero nombre era Gabriel. A simple vista no parecía un hombre, sin embargo, y sólo una vez deje de pensar en ella como en una mujer. Se había operado un par de veces, pero afortunadamente sin los grotescos resultados que impúdicamente muestran tantas furcias en la pantalla chica. Carmina lucía un buen par de tetas firmes pero blandas, un cuello grácil, largo y delgado, y unas manos de dedos finos y juguetones. Tenía labios sensuales y una espalda un poco demasiado ancha, algo sospechosa, algo intimidante, pero en ningún caso desagradable. Sus piernas gozaban de una adecuada proporción entre músculo y grasa. En general, era una mujer hermosa.</p>
<p>Con pene y testículos.</p>
<p>Claro que yo no me enteré de eso hasta la noche anterior a su muerte.</p>
<p>Pero me estoy adelantando demasiado.</p>
<p>Carmina y yo nos encontramos por primera vez en un pub, y conversamos y reímos y filosofamos estúpidamente como hace todo el mundo en los pubs, según la graduación alcohólica de los cócteles y la saturación decibélica en el ambiente. A la luz temblorosa de una de esas velas minúsculas y económicas que compran por cientos los gerentes del trasnoche, usamos nuestros mejores y más viejos elementos de seducción, mezclando frases inteligentes e intelectuales con guiños, roces y risas apropiadamente comedidas. Yo le hablaba al oído, y ella se humedecía los labios con casual indiferencia.</p>
<p>En plena madrugada, a esa hora imprecisa en que la mitad de la gente se ha ido a la cama (por cualquiera de varias razones) y la otra mitad se dispone a continuar la juerga en la discoteca de turno, Carmina puso por fin las cartas sobre la mesa.</p>
<p>- Quiero que planees mi suicidio -dijo, al límite de lo audible, y su boca fue un embudo para mi paciencia. La besé con la valentía y el descaro del whiskey, y ella me correspondió. Intercambiamos saliva y nos manoseamos expertamente, pero sin cruzar nunca la frontera del decoro. No todavía. Luego separamos nuestros rostros para tomar aire, y ella repitió:</p>
<p>- Quiero que prepares mi muerte, en serio.</p>
<p>Hice ademán de volver a besarla, pero ella me contuvo, como me contendría tantas otras veces. Ahora sé que lo hacía por miedo, miedo al rechazo, al asco, a la culpa. Y tenía razón, por supuesto; yo la hubiera rechazado, asqueado, si lo hubiera sabido entonces. Al final la rechacé de todas formas, pero mi asco estuvo teñido de tristeza en lugar de rabia.</p>
<p>Ideamos su suicidio en cuatro días. Tuve que aprovechar nuevamente mis contactos en la universidad, mientras ella hacía lo suyo para conseguir un pase liberado para el festival. El plan era bueno, pero requería tanta coordinación, disciplina y suerte que estuve a punto de abandonarlo varias veces. Pero Carmina quería seguir adelante.</p>
<p>Por fin, la noche anterior a la última jornada festivalera, todo estuvo listo, y pudimos darnos un descanso&#8230;</p>
<p>Una especie de despedida.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Estábamos en su departamento, besándonos. Era claramente hora de cruzar la frontera del decoro. Le quité la blusa y acaricié sus pechos con falsa suavidad, demasiado aturdido por la excitación para notar la excesiva dureza de sus tetas artificiales. Eran las primeras tetas siliconadas que yo tocaba, de todas formas, así que no tenía con qué compararlas. Había otras pistas a las que no presté atención: los pezones eran demasiado pequeños, y las zonas erógenas parecían estar equivocadas. Nada de eso importó cuando me bajó el cierre y se puso de rodillas.</p>
<p>Después de un rato quise hacer lo mismo por ella, pero se negó con dulzura. La maldición lunar, dijo, pero no muy convencida. Yo no quería irme así. Era nuestra última noche juntos, y la última noche de su vida. Por supuesto, tampoco quería darle alguna idea romántica a la que aferrarse. La preparación nos había costado demasiado como para echarse atrás. Pero un polvo de despedida&#8230; Un polvo de verdad, aunque fuera sólo para sacudirnos de encima los nervios ante la inminente prueba final y un posible y vergonzoso fracaso.</p>
<p>Le dije que podíamos ducharnos juntos, que usaría condón, y otro par de opciones más que obviarían la incómoda situación menstrual. Después de insistir un par de veces, aceptó.</p>
<p>En esa posición ridícula y canina tan del agrado de las masas, a punto de adentrarme en las tibias profundidades de su intestino, noté el bulto furtivo que con tanto ahínco Carmina trataba de ocultar.</p>
<p>Es difícil que un hombre deje de pensar en el sexo cuando aún no ha sido saciado, pero el ver aquella blanda protuberancia enrollada surgiendo de su entrepierna como la cabeza de una equidna desde su madriguera, produjo en mí el mismo efecto que unas decenas de baldes de agua fría electrificada.</p>
<p>Medio escondiendo mi propio y desconcertado miembro, retrocedí asustado en busca de mis pantalones. Gabriel no combatió mi silencio. Sólo bajó la vista y ya no volvió a mirarme a los ojos. Cubrió su impertinente anatomía con lentitud, y poco a poco, prenda por prenda, fue transformándose nuevamente en Carmina. Yo no podía sentirme culpable&#8230; No todavía, con la terrible presencia de su aparatosa y traicionera sexualidad acechando desde algún rincón impreciso más allá de la realidad.</p>
<p>Terminamos de vestirnos sin decir nada. Luego me fui.</p>
<p>Ahora creo que ella lo hizo a propósito, en parte al menos. Yo pretendía usarla para tranquilizarme, desquitarme un poco con el mundo follándomela con la certeza de no tener que volverla a ver, alcanzar por fin la cima de un jueguito de talentuda seducción. Pero me engañaba. La verdad es que la quería. Y ella usó mi temor y mi desprecio como un trampolín, como el impulso necesario para hacer reventar su pantagruélica autocompasión. Usó mi miedo y mi asco y el abandono final para alimentar su desolación y atreverse a morir.</p>
<p>Yo fui la gota que colmó el vaso.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p><em>- ¿Qué hay del taxista?<br />
- Pff. Nada grave. Un par de costillas rotas y un esguince cervical. Estará bien en dos días.<br />
- No parece que eso te guste.<br />
- No, no me gusta. No me parece justo que se salga con bien después de lo que hizo.<br />
- ¿Lo que hizo? No estarás suponiendo que fue a propósito&#8230;<br />
- Sea como sea, la chica está muerta, y lo mismo su hijo.<br />
- Mmm. Sí, escuché que estaba embarazada. Una pena.<br />
- Y el chico está muy mal. No creo que aguante mucho sin un trasplante.<br />
- ¿Los pulmones?<br />
- Sólo uno, el izquierdo. Pero el pulmón es lo de menos: el corazón es el verdadero problema.<br />
- Buff. Vaya putada. ¿La familia ya lo sabe?<br />
- El padre del muchacho estuvo aquí hace unas horas. Parece que no sabía lo del embarazo. Parece que nadie lo sabía, en realidad. Tenía sólo dos meses.<br />
- ¿Dónde está ahora?<br />
- ¿El padre? Se fue hace un rato. Estuvo tratando de convencer al doctor Lenti de hacer un intercambio de corazones con su hijo. Quería donarle un pulmón, también. Sería un suicidio. El doctor dijo que no, por supuesto.<br />
- Por supuesto.</em></p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>La última noche del festival fue memorable, ruidosa y sangrienta. Mientras se llevaba a cabo la premiación, televisada en vivo y en directo por varios canales menores, yo miraba al techo blanco de mi dormitorio, acostado en la cama presa de una confusa catatonia sentimental.</p>
<p>Días más tarde vi una grabación de lo ocurrido.</p>
<p>Un tipo famosillo sobre el escenario leyó un discurso copiado de alguna parte, lleno de citas célebres y rimbombantes consejos; luego una mujer muy bien vestida se acercó al micrófono con un sobre. Lo abrió y leyó el nombre de una película rusa, pronunciándolo mal a pesar suyo y de su apariencia culta e infalible. Un hombre rosado y calvo de ojos muy claros subió al estrado y dio las gracias a casi todo el mundo conocido durante diez minutos, como si realmente creyera que aquel premio le importara a alguien a más de diez kilómetros de la ciudad.</p>
<p>Después todos bajaron y las luces comenzaron a apagarse para la proyección de la película. Pero entonces una figura esbelta y pomposa avanzó por el pasillo entre las butacas, y la oscuridad demoró su llegada. Carmina había convencido o sobornado al encargado, aduciendo una glamorosa sorpresa cinematográfica de último momento.</p>
<p>Se plantó en medio del escenario, frente a la pantalla, y con un rápido gesto de la mano se metió algo en la boca. Los organizadores del festival apenas habían empezado a notar que algo iba mal cuando Carmina explotó.</p>
<p>Hasta ese momento yo había tenido mis dudas respecto a la píldora de nitroglicerina. Pese a que habíamos hecho una prueba dos días antes, metiendo una píldora similar en el buche de una paloma, y habíamos tenido éxito (todavía escupía una pluma de vez en cuando), yo temía que la dichosa pastillita explotara en el bolso o la mano de Carmina. De hecho, según dijo la prensa, ilustrada por el amarillismo forense tradicional, la explosión se produjo a la altura del corazón, y no en el estómago como era nuestro propósito. Inicialmente habíamos escogido el intestino, y en vez de una píldora, un supositorio, pero por un asunto de rapidez y manipulación hubimos de desechar la atractiva idea de hacer llover la sangre mezclada con excrementos sobre el asombrado auditorio. El bolso de Carmina estaba lleno de bolsas de hielo seco enfriado convenientemente para mantener estable la nitroglicerina. Nos bastó realizar un par de experimentos en un sótano revestido de cartones de huevos, y revisar unas cuantas páginas en internet, para calcular el tiempo que la nitro necesita para volverse inestable.</p>
<p>A la temperatura del cuerpo humano, el tiempo resultó ser 2 segundos y medio.</p>
<p>El video censurado muestra, a cámara lenta, un surtidor de sangre brotando entre los senos plásticos de Carmina. En la tele parecía como si le hubiera reventado una sandía encima. Luego la cabeza, el cuello y los hombros se elevan un poco, y la sangre comienza a cubrir a la primera fila de espectadores. Después el torso se parte en dos, las piernas se flexionan y lo que queda de Carmina se arrodilla sobre un charco de sangre. Trocitos de pulmones, esófago, diafragma, corazón, y algún que otro diente gravitan sobre la multitud, dividida entre histéricos y pasmados.</p>
<p>Finalmente, todo cae.</p>
<p>Fue magnífico.</p>
<p>Hubo otro video, claro, uno donde Carmina, sentada frente a la cámara, acusó de violación a su padre y al amigo de su padre, ambos poderosos empresarios. El video fue acompañado de pruebas suficientes como para volver a hundir la Atlántida. De alguna forma la marea de protestas, justo cuando parecía estar a punto de remitir, cobró fuerzas. Homosexuales, lesbianas y travestis salieron a las calles. Las denuncias de abusos sexuales plagaron la prensa, pero esta vez no había políticos ni periodistas manipulándolas: era la plebe, la gente común, la que acusaba, la que exigía, la que, asustada ante la posibilidad de tener que recurrir a la extrema solución de Carmina, optaba por soportar los trámites y la burocracia del sistema judicial.</p>
<p>Por supuesto, hubo inocentes tras las rejas, uno que otro linchamiento público, etcétera. Pero mi propósito era revolver las aguas, y lo estaba logrando.</p>
<p>Sin embargo estaba triste.</p>
<p>Carmina se había ido.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Sin el rostro de Carmina para echarle en cara mi recién redescubierto miedo a la soledad, Sofía se convirtió en mi válvula de escape. Yo estaba rabioso. Odiaba a Carmina por haberme mentido y abandonado; odiaba a aquella manada de cobardes invertidos que nunca habían conocido a Carmina y sin embargo se aprovechaban de su éxito y de su muerte para colmar sus ansias de aceptación social y sus exigencias antidiscriminatorias, como si el mundo les debiera algo por el simple hecho de haber salido del ropero; odiaba a los jueces y abogados que mantenían a los asesinos y los violadores en las calles; odiaba a los periodistas que se alimentaban de la sangre en el asfalto y las lágrimas en la pantalla; odiaba a los políticos de todo tipo, a los policías, a los sacerdotes&#8230; odiaba a todo el mundo, a la gente en general. Odiaba al sistema. Pero sobretodo me odiaba a mí mismo.</p>
<p>Pero como no pensaba matarme de ningún modo, enfoqué mi rabia contra la pequeña perra gótica que le había ido al tragicómico travesti con el cuento de un cínico determinista que organizaba suicidios con impacto social.</p>
<p>Si la profesión de productor de suicidios tiene algo parecido a un código moral, alguna especie de freno ético o altavoz de la conciencia, esa vez, con Sofía, lo pasé por alto. Porque ella no quería suicidarse verdaderamente. Aquella niña tonta enfundada en mil capas de redes y gasas, gabardinas y corpiños, con su mirada de indiferente sabiduría plagiada de Hesse, las falsas ojeras estilo Poe, una decadencia victoriano-positivista producida en masa para las jovencitas de 13 a 16 años y un ankh egipcio colgado al cuello como un cencerro, aquella niña era sólo una persona en vías de formación, perdida entre las sombras de la adolescencia y sin un mapa o una linterna con la cual encontrar el camino de salida.</p>
<p>Sin embargo, alguien debía morir.</p>
<p>Para no sentirme del todo culpable, y compensar en parte la facilidad del trabajo, ideé un suicidio más efectivo de lo normal.</p>
<p>Claro que, para que fuera un suicidio y no un asesinato, Sofía debía estar al tanto de todo. Así que la convencí. Fue sencillo. Su edad y las estupideces que leía me ayudaron bastante. Los jóvenes viven de sensaciones: son todo vísceras, nada de cerebro. Si consigues hacerles ver el mundo como un revoltijo de física cuántica e interacciones de van der Waals, se vienen abajo. Se agarrarán con uñas y dientes al odio y al miedo, lo más básico de todo, pero hasta eso puede ser explicado en base a electrones yendo de un lado a otro, sin intervención divina alguna. Y cuando las sensaciones han perdido su valor, todo lo que queda es un cascarón vacío, un simulacro de ser humano desinteresado dispuesto a hacer cualquier cosa que se le pida sin pedir nada a cambio.</p>
<p>Lo que yo le pedí ni siquiera requería un mayor esfuerzo.</p>
<p>A un par de kilómetros de la ciudad había una planta procesadora de no se qué demonios, causante al parecer de uno de los peores desastres ecológicos de la última época. Yo no estaba muy informado: sólo leía los titulares tendenciosos en la prensa y escuchaba las manifestaciones ocasionales en las calles. Pero me pareció un buen blanco. Una empresa enorme que se embolsaba unos cuantos millones por minuto tendría más enemigos que amigos, y yo tenía cada vez más claro, disculpen el idealismo, que una multitud de debiluchos puede acabar con una pareja de poderosos.</p>
<p>Inscribí a Sofía en un grupo de excursión río arriba, y yo mismo me incluí usando un nombre falso e inventando la información anexa (nadie corrobora los datos cuando se paga en efectivo). Partimos en cuatro canoas a primera hora del día. Yo ya le había dicho a Sofía lo que debía hacer. Parecía ensimismada, indiferente a la fría belleza de los vapores de la madrugada y los primeros bocinazos de las aves acuáticas. Eso significaba que todo iba bien.</p>
<p>A media mañana llegamos a la zona escogida. Se trataba de un estrecho ramal poco profundo, pero de aguas impenetrablemente turbias, lodoso y lleno de vegetación. Era lo más cerca que estaríamos de la planta procesadora y sus polémicos ductos de desecho.</p>
<p>Debo decir que Sofía procedió de una forma magistral. Yo había temido que se echara atrás en el último instante, o peor aún, que su innata torpeza y estupidez la hicieran actuar precipitadamente, mostrando a todo el mundo lo que debía ser un secreto. Pero nadie se dio cuenta, ni siquiera yo mismo, cuando sacó de su bolsillo el tubo plástico que yo le había entregado horas antes. Tampoco vio nadie cómo se lo llevo a la boca y se tragó su contenido.</p>
<p>Después, de una manera un tanto forzada, he de admitirlo, se las arregló para enredarse con un arbusto y actuar como una desesperada, hasta que metió una pierna en el agua. De ahí en adelante todo fue muy rápido. Sus botas se inundaron, la ropa mojada comenzó a arrastrarla hacia las profundidades, y comenzó a ahogarse.</p>
<p>Los encargados de la expedición también fueron rápidos. La sacaron del agua antes de que sus pulmones se llenaran de fango, pero aún así hubieron de darle respiración boca a boca. De todas formas su suerte estaba echada. La solución que había bebido contenía una adecuada mezcla de metales pesados y toxinas biológicas, exactamente del tipo que, se rumoreaba, vomitaban los desagües de la planta procesadora, acabando con bichos de todo tipo, desde vacas a ditiscos.</p>
<p>Sofía no recuperó la conciencia, y murió dos horas más tarde. Según los médicos entrevistados más tarde por los morbosos periodistas, fueron dos horas de agónico dolor, hemorragias internas e indescifrables balbuceos. Lo de los balbuceos indescifrables fue un alivio para mí. Sofía no había podido identificarme ni develar el secreto del elixir de la muerte, aunque hubiera querido hacerlo. Por otra parte, lo de su dolorosa muerte no me produjo la satisfacción que esperaba. Tuve que esperar hasta que la planta fue clausurada, dos semanas más tarde, para sentirme bien conmigo mismo y superar el &#8220;impasse Carmina&#8221;.</p>
<p>El día en que cerraron la fábrica salí a la calle junto a otras diez mil personas a gritar consignas ecologistas, vitorear a los activistas, pensar en un mundo mejor, etcétera. Fue una noche de fiesta en la ciudad, excepto para los ejecutivos despreciados por la ciudadanía y los mil y tantos obreros cesantes.</p>
<p>Yo participé de todos los actos y celebraciones, excepto de una.</p>
<p>No guardé el minuto de silencio por Sofía, la mártir del santuario.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p><!--next--></p>
<p><em>Una luz difusa y un color rosado. ¿Estoy flotando? Una sensación extraña, como un adormecimiento. Abro los ojos: todo es blanco. Paredes blancas y sábanas blancas, y vendas blancas cubriendo heridas rojas. Veo un crucifijo de madera. El sol brilla tras las cortinas blancas. Hay un olor a cloro y hay un goteo constante. No pienso en ella. Todavía no. Bajo los párpados todo es un caos. Nada está en su lugar. Me cuesta encontrar los nombres, los rostros, los hechos. Es más fácil descansar con los ojos abiertos. Refugiarse en el orden blanco y austero de la habitación del hospital. Alguien entra. ¿Es ésta mi madre? Recuerdo a mi madre. Esta mujer se le parece. Pero sin carne. Tiene la piel llena de manchas y la cara inflada bajo dos ojeras negras. Es mi madre aguantándose el llanto. Dos labios finos apretados. Me besa, me abraza. Se pone a llorar y me habla. ¿Qué está diciendo? ¿Qué son estas cosas extrañas y terribles que salen de su boca? De repente pienso en ella. ¿Dónde está Julia? Me duele algo. Alzo una mano entubada y me palpo. ¿Qué es esta cicatriz en mi pecho?</em></p>
<p><em>¿Quién me ha hecho esto?</em></p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Después de Sofía vino una racha buena.</p>
<p>Primero estuvo aquella pareja de ancianos. Resulta que después de pasar una semana gastando los ahorros con que Carmina y Sofía habían pagado mis servicios, algo que yo más bien veía como una herencia, fui a dar a un bar húmedo y destartalado en no sé qué callejón de mala muerte. Eran las últimas monedas de una pequeña fortuna trocada por alcohol y cigarrillos. Apenas me quedaba lo suficiente para una caja de vino y un par de colillas sueltas, pero a esas alturas ya había perdido el sentido del gusto. Por desgracia, la nariz todavía me funcionaba bien.</p>
<p>En aquel cuchitril conocí a Don Bruno, un viejo flaco y fibroso con enormes bolsas bajo los ojos. Le calculé unos doscientos años. Se acercó a mí y se puso a hablar como si su vida hubiera sido interesante. Yo apenas escuché algo de lo que dijo, porque por principio trato de no prestar atención a los ancianos, y menos a los ancianos borrachos. Estaba claro que aparte de marearme con sus batallitas rancias, lo que quería Don Bruno era llenar su vaso con mi vino.</p>
<p>Seguimos bebiendo hasta que nos echaron, a eso de las cinco, y nos fuimos abrazados hasta su casa. No fuimos abrazados porque nos quisiéramos, aunque Don Bruno decía a gritos que yo era un verdadero amigo y otras sandeces por el estilo, sino para no caernos. La técnica demostró ser una estupidez, porque cuando él tropezó con una bolsa de basura me arrastró consigo y ambos terminamos llenos de barro. Al menos estábamos demasiado ebrios para sentir dolor o frío. No sé muy bien qué pasó después.</p>
<p>Desperté en un sillón cuyos cojines tenían el espesor de un folio. Pude ver que en la habitación de al lado (la cocina-living-comedor, como diría un eufemista entrenado) una señora muy mayor y muy pequeña preparaba una cazuela a base de papas y cebollas. No olía a carne por ninguna parte.</p>
<p>Doña Gracia y Don Bruno se habían casado cincuenta años antes, y no habían tenido hijos. Mientras tragaba aquel agua aceitosa con sabor a cebolla, me contaron su vida. Era una vida de mierda, así que no los aburriré con los detalles.</p>
<p>Eran pobres desde siempre, aunque habían visto tiempos mejores, o eso decían. Yo creo que dinero nunca tuvieron, pero cuando uno es viejo todo resulta peor, y a eso se referían. Al viejo lo habían despedido hacía un año del matadero. Lo más triste era lo de los hijos. Él decía que ella tenía algo malo en el estómago, y que por eso no podía dar a luz. Ella decía que el problema era él, tesis apoyada por el hecho de que ninguna de las mujeres y mujerzuelas con las que Don Bruno había estado había quedado embarazada. Claro que por otra parte, las putas se saben cuidar, y Don Bruno no era precisamente la clase de hombre a quien se trata de amarrar concibiéndole un descendiente.</p>
<p>En definitiva, estaban tan mal que daba pena. No a mí, claro. A mí me daba asco.</p>
<p>Seguimos comiendo, o bebiendo, aquella insípida cazuela, y como me preguntaron a qué me dedicaba, y como no me pareció que fueran un peligro para mi trabajo, les dije que planificaba suicidios mediáticos. Como modo de protesta, como forma de liberación, les dije.</p>
<p>Don Bruno entró en seguida en el juego. A Doña Gracia le costó un poco más, pero no había más que mirar un poco alrededor para convencerse. Apenas les alcanzaba para vivir mal. Me compadecí y les dije que no les cobraría.</p>
<p>Al final estuvieron de acuerdo. Les pedí algunas referencias, les di algunas indicaciones, y salí de la chabola satisfecho, y algo nervioso, como siempre. Ojalá todo saliera bien, me decía. Con los viejos nunca se sabe. Pueden morirse antes.</p>
<p>Pero todo resultó a la perfección.</p>
<p>Planeé el suicidio prestando atención a dos cosas fundamentales. Por una parte, el impacto en la población. No quería perder de vista mi propósito final, mi megalomaníaca y en cierto modo filantrópica intención de cambiar el mundo, revolver el fondo del estanque, podar el árbol. Ya saben, hay muchas metáforas mejores, lo siento. Por otra parte, Don Bruno y Doña Gracia no habían tenido hijos. Sería un lindo gesto de mi parte, ya que dios no había tenido tal deferencia, cumplir el deseo del matrimonio y de todos los seres humanos de perdurar. Genéticamente hablando, desde luego, no sería lo mismo. Pero si la teoría de la resonancia mórfica era cierta, entonces habría algo de aquellos ancianos en el mundo aún mucho después de que su olor agrio y sus profundas arrugas se hubieran ido.</p>
<p>El suicidio de los ancianos fue el más peligroso. Tuve que estudiar durante varios días el horario de trabajo del matadero. Tuve que conseguir algunos planos. Tuve que aprender sobre normas de salud y estándares de producción. Y tuve que hacerlo todo solo, porque el trabajo de producción de suicidios seguramente está penado por la ley. Pero gracias a internet y a los años de experiencia de Don Bruno las cosas no resultaron tan difíciles como podrían haber sido.</p>
<p>Semana y media más tarde, la decrépita pareja y yo nos escabullimos en el matadero. Fuimos directamente a la zona de la trituradora industrial. Don Bruno y Doña Gracia, apoyándose mutuamente con frases cariñosas u oraciones, se desvistieron y se metieron en uno de los contenedores llenos de enormes pedazos de cerdo. El olor era repugnante. Les di una solución de barbital y las buenas noches, y salí pitando de allí.</p>
<p>Mientras me alejaba del matadero, repasaba las precauciones que habíamos tomado. Las uñas lo más cortas posible, el estómago vacío, el pelo rapado. Esperaba que los dientes fueran lo suficientemente escasos para no llamar la atención hasta que fuera demasiado tarde. La sangre podría ser un problema en las primeras etapas, pero había bastante carne y huesos de cerdo para que el color se diluyera en el característico tono rosado del paté.</p>
<p>El único problema podía ser el barbital, si era detectado más tarde en la carne procesada.</p>
<p>Pero no lo fue.</p>
<p>Dos semanas más tarde el escándalo fue mayúsculo. No se necesitó ninguna carta de despedida. Estaba claro que los viejos se habían matado porque apenas tenían para sobrevivir. Los pobres que llegan a viejos no tienen mucho que esperar en un país como éste. Así que, por una parte, la avalancha de reformas sociales continuó. Fue el turno del seguro de cesantía y el apoyo a la tercera edad.</p>
<p>Por otra parte, hubo gran cantidad de gente que se volvió vegetariana. Un efecto colateral no deseado de mi estrategia. Estoy seguro, sin embargo, de que con el tiempo la gente volverá a comer carne.</p>
<p>Yo, para ser fiel a la verdad, debo decir que ésta es la mejor hamburguesa que he probado nunca.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>En el caso de Samanta pasaron varias cosas.</p>
<p>Primero, sentí una satisfacción especial. Sammy era la esposa de un oficial militar, y tenía las mismas características que su marido: un envidiable estado físico y casi ninguna idea propia. A mí los militares y las fuerzas del orden no me caían muy bien en ese entonces. No es que eso haya cambiado mucho, en todo caso. Así que hacer sufrir a un alto rango del ejército al sacar de su miseria a su mujer me parecía una perspectiva agradable.</p>
<p>La miseria de Sammy, por cierto, era bastante rebuscada. Supongo que es verdad eso de que los ricos también lloran. Vaya hijos de puta.</p>
<p>En segundo lugar, fue un verdadero golpe de suerte. La muerte de Sammy resultaría realmente muy útil. Pensaba hacer que su suicidio pareciera un asesinato. Ya se sabe que los únicos crímenes que se resuelven son los que afectan a las autoridades. Por eso dejaría pistas que condujeran a su lerdo esposo a un objetivo bien definido. Sería incluso gracioso, de algún modo. Policías contra pandilleros. Una lacra de la sociedad acabando con otra.</p>
<p>Por último, tendría que involucrarme un poco más. Planear un suicidio desde el escritorio es una cosa. Hacer que parezca un brutal homicidio es otra. Y no podía confiar demasiado en Sammy. Era una rica tonta que se creía infeliz. Como mucho, su parte del trabajo sería embriagarse y obedecer mis instrucciones.</p>
<p>Pero por si acaso, y porque no soy tonto, la hice grabar un video donde confesaba que se suicidaba porque su marido era un capullo que la golpeaba. Eso también era cierto, y serviría en su momento. No le dije a Samanta que antes de hacer que su esposo subiera a la palestra pública lo utilizaría para barrer a los drogadictos armados de los barrios pobres.</p>
<p>La conocí en un chat. Es el problema de las esposas sin hijos que no tienen nada más que hacer que esperar a sus maridos mientras vacían una botella de vino tras otra y buscan amantes en internet.</p>
<p>Fui a su casa un viernes por la noche, aprovechando que el coronel estaba fuera de la ciudad. Ejercicios de guerra cordillera arriba, o algo así. Fui con guantes quirúrgicos y mascarilla, por si acaso. Aquí los detectives no son como los de CSI, pero mejor no tentar a la suerte.</p>
<p>Estuve a punto de tirarme a la señora. Ella ya estaba borracha y dispuesta. Y bastante buena, además. Pero dejar rastros de sudor, piel, pelo o semen no me apetecía, aun cuando mi código genético no signifique nada para los idiotas de Investigaciones.</p>
<p>Primero salimos al jardín y le hice romper un vidrio con una piedra. Le dije que se pusiera unos guantes de cuero y abriera la puerta desde afuera. Entramos y fue haciendo caso de todo lo que le decía. Rompe esto. Tira aquello. Derrama un poco de eso. Me sentí por unos momentos como un director de cine.</p>
<p>Luego se quitó los guantes y se desnudó a medias. Rompió un par de prendas de ropa. Se cortó los muslos y los brazos con un trozo de la botella de tequila que se había tomado. Creo que también se había drogado, porque no dio muestras de sentir dolor.</p>
<p>Hizo varias cosas más, todas desagradables y adecuadas. Se metió cosas por la vagina y manchó de sangre el suelo, los sillones y las cortinas. Tenía complejo de actriz, la pobre.</p>
<p>Escribió un mensaje en la pared con spray. Yo había averiguado el nombre de una de las bandas de asesinos y ladrones más peligrosas de la ciudad. No era el crimen organizado, pero era algo. Firmó. Yo me llevé el spray.</p>
<p>Luego vino la parte difícil. Tuvo que amarrarse sola a la cama y pegarse un tiro. Ahí fue donde tuve que meter mano. Pero fue un suicidio, lo juro. Ella se disparó en la cabeza y yo sólo retiré la pistola y ajusté un nudo.</p>
<p>Fue un trabajo osado. No niego que tuve algo de miedo. Salí de allí lo más lentamente posible para no cometer errores. Claro que antes le saqué un fajo de billetes de la cartera. A modo de pago.</p>
<p>Dos días después llegó el esposo, y tres días después ya había resultados.</p>
<p>La banda afectada se defendió acusando a una banda rival. Hubiera sido estúpido de su parte firmar semejante bestialidad, decían, así que debían haberlo hecho los otros. La policía fue a por ambas. Y a por otras. También hubo escuadrones de la muerte formados por militares retirados ansiosos de venganza. Fueron unas semanas sangrientas en que gran parte de los maleantes de la ciudad sufrieron en carne propia una dosis de justicia. También murió uno que otro vagabundo, y alguien más. Cuando se prende una mecha como ésa ya no se puede controlar el fuego.</p>
<p>Pero yo no quería controlarlo. Yo quería incendiar Roma hasta los cimientos.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>A mí nadie me llama. No conozco a casi nadie y a la gente que conozco le importa un carajo lo que pase conmigo. Por eso me sorprendí cuando sonó el teléfono. Supuse que sería un número equivocado o una de esas llamadas promocionales de algún candidato a la presidencia. Dejé que sonara un par de veces antes de levantar la bocina y dejar fluir mi escondida elocuencia:</p>
<p>- ¿Sí? -pregunté.</p>
<p>Me respondió una voz llorosa. Parecía la voz de una mujer de unos cuarenta años, pero luego supe que tenía apenas treinta. No tiene importancia, en realidad. Esas cosas le pasan a mujeres de cualquier edad. Menos a las menopáusicas, claro. En todo caso ella no dijo nada por un rato. Sólo suspiró un poco y se sorbió los mocos, a juzgar por los sonidos. Yo repetí:</p>
<p>- ¿Sí? -y añadí-: ¿Diga?</p>
<p>Lo siguiente me tomó por sorpresa.</p>
<p>- ¿Crees en Dios? -preguntó la voz. Estoy seguro de que era Dios, con d mayúscula. La gente que no cree en dios no llama a desconocidos a las dos de la mañana para molestarlos con ese tipo de preguntas. Y la gente que cree en dios siempre anda por ahí hablando de Dios, con d mayúscula.</p>
<p>Lo más normal hubiera sido colgar el teléfono, porque aquello tenía pinta de ser una estupidez religiosa. ¡Lo que faltaba!, pensé, ¡ahora quieren venderme La Atalaya por teléfono! Pero los testigos de jehová no suelen llorar al teléfono. Ellos gritan en las plazas o te despiertan los sábados a las diez de la mañana tocando el timbre con insistencia fanática. A veces, cantan.</p>
<p>- ¿Qué? -dije.</p>
<p>Y ella dijo con su desmayada voz:</p>
<p>- ¿Crees en Dios?</p>
<p>Y yo no supe qué responder, la verdad, porque aquello era muy raro. Pero las cosas se fueron aclarando, porque a continuación la mujer se explayó, entre hipidos y suspiros.</p>
<p>- ¿Va a castigarme Dios si lo hago? -¿si haces qué?, pensé, y debe haberme oído, porque dijo-: No me importa. No importa lo que pase conmigo. ¿Pagan los niños los pecados de sus padres?</p>
<p>Ajá, eso era. Estaba clarísimo. Pero para asegurarme le pregunté:</p>
<p>- ¿Qué pecados?</p>
<p>- La muerte -respondió, y supe que iba en serio. Los suicidas de verdad dan respuestas cortas. Están ansiosos por matarse, no por llamar la atención. Las respuestas largas son para los falsos suicidas y los asesinos de la televisión. Así que le di lo que quería. Dije:</p>
<p>- Dios no existe.</p>
<p>No eran exactamente las palabras que ella esperaba. Seguramente ella quería algo como “no te preocupes, tu hijo nonato no va a irse al infierno contigo”. Pero yo no estaba de ánimos para charlar. Un simple “dios no existe” tendría que servir. Y sirvió, porque su voz sonó más aliviada cuando dijo:</p>
<p>- Gracias.</p>
<p>Lo dijo dos veces y colgó, dejándome de nuevo solo en la oscuridad.</p>
<p>Dos días más tarde pude leer el desenlace en el periódico. El titular decía &#8220;Joven embarazada se lanza al río&#8221;. Lucía Sepúlveda tenía 29 años y esperaba el hijo de un tal R.A.G., 42 años, casado y con tres hijos. Una pequeña columna relataba la trágica suerte de la madre suicida. Para los fundamentalistas era la madre homicida, desde luego, y pagaría su doble crimen eternamente en el infierno, un par de pisos más abajo de donde se castiga a las que abortan, en alguna celda ardiente llena de agujas.</p>
<p>No salía ninguna foto de Lucía. Tampoco decía cuántos meses de embarazo tenía cuando se ahogó. Yo tenía muchas preguntas. ¿Había sentido algo el feto cuando la barriga de su madre se estrelló contra el agua? ¿Y era un feto? ¿O un embrión? ¿O un par de células aglomeradas con forma de gusano? ¿Y quién se había ahogado antes, la madre, o el niño? ¿Y se robaron mutuamente el oxígeno en el último instante?</p>
<p>Sé que estrictamente hablando yo no planeé el suicidio de Lucía, pero me gusta pensar que si no hubiera sido por mí, ella no lo hubiera hecho.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p><!--next--></p>
<p><em>Desde la muerte de tu padre nada ha sido lo mismo. Has cambiado, hijo, y no puedo seguir yo sola. Te quiero, te quiero mucho, pero no puedo soportar más tu actitud. Tienes una parte de papá dentro de ti. Sabes que eres más frágil que antes. Sabes que no eres el único que sufre. Sabes que yo también quería a Julia. No puedo&#8230; No quiero seguir viendo cómo malgastas la vida que te dio tu padre, la vida que te dio dos veces. No tienes derecho a portarte así. Tú no tuviste la culpa de la muerte de Julia. Fue culpa del taxista. Y no tuviste la culpa de la muerte de tu padre. Fue su propia decisión. Pero ahora no sé dónde estás. Me has abandonado. Lo siento hijo mío. No puedo más. Me has dejado sola. Esta vez sí es tu culpa.</em></p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>La noche antes que lo soltaran no pude dormir. Era difícil creer que hubieran pasado cinco años. Pasé buena parte de la noche tratando de recordar de qué color era el pelo de Julia o cómo sonaba la voz de mi padre.</p>
<p>Luego me puse a pensar en todas esas cartas. Le había escrito una a la semana. Eso hacía cincuenta y dos cartas al año, durante cinco malditos años. Un nuevo sobre blanco cada lunes por la mañana, sin remitente. Un buzón distinto. A veces, un sello de otro país. Y en el interior del sobre siempre un método diferente, nunca el mismo.</p>
<p>Le di más de doscientas maneras distintas de matarse y el muy capullo ni lo intentó. Le escogí los suicidios más rápidos y efectivos. Los menos dolorosos. No me interesaba verlo sufrir. Sólo quería verlo muerto. Borrarlo de una vez. Borrarlo del todo.</p>
<p>Pero seguía vivo, y yo no podía dormir. Había matado a mi novia, a mi hijo, a mi padre y a mi madre. Había destrozado mi vida y después de cinco años tras los barrotes la ley decía que había pagado su deuda.</p>
<p>A veces iba a su casa. Me asomaba a las ventanas como un cazador furtivo. Miraba a su esposa, gorda y llena de arrugas. A sus hijos sucios y malcriados y chillones. A menudo quería matarlos a todos. No sólo a ellos, sino a todo el mundo. Después de la llamada anónima de Lucía, y a medida que se acercaba el día de la liberación de Vincent (así se llamaba el desgraciado), empecé a ver las cosas de manera diferente.</p>
<p>Se acercaba el final.</p>
<p>Había estado esperando cinco años. Había hecho que se matara mucha gente. El mundo está mejor sin ellos, en todo caso. Pero yo no. Yo no me sentía mejor. Esa noche no pude dormir pensando en que al día siguiente estaría de nuevo libre. A mi alcance.</p>
<p>Algunos de los otros prisioneros hicieron buen uso de las cartas que le envié. En los cinco años se habían matado por lo menos ocho. Casi todos emplearon la técnica del cigarrillo remojado.</p>
<p>Se le extrae el tabaco a un par de cigarros y se deja remojar en una taza con agua durante tres días. Se cuela todo y se descarta el líquido. Deberían quedar unas dos cucharadas de una pasta marrón. Se mezclan con una bebida cualquiera, para facilitar la ingesta, y listo. 150 miligramos de nicotina pura tendrán el mismo efecto.</p>
<p>Un gendarme murió por ese mismo truco. Debía de ser un imbécil para aceptar un trago de un recluso.</p>
<p>Esa fue la última noche en que deseé verlos a todos muertos. Pensé en salir a la calle con la pistola que aún guardaba del asunto de Samanta. Matar a un par de punkies. Hacerme matar por un policía. Nunca estuve tan cerca del suicidio como esa noche, un día antes de que Vincent saliera libre. Creo que tenía miedo de enfrentarme a él, volver a verlo en vivo y en directo. Recordar lo que había hecho. Había estado guardándolo todo en el fondo de un oscuro cajón y temía que saliera a la luz de repente, como uno de esos desagradables payasos con resorte que acechan dentro de algunas cajas de juguete.</p>
<p>Pude haber muerto esa noche. Tirar del gatillo no es complicado. Puede incluso pasar por error. Pero no tenía las agallas. No todavía. Si las hubiera tenido no me hubiese dedicado a producir suicidios para los demás: los hubiera matado yo mismo.</p>
<p>Pero estaba claro que era hora de dar el siguiente paso. No podía pasar toda mi vida ayudando a la gente a tomar la decisión de acabar con las suyas. Hay demasiada gente que debería estar muerta, pero son muy pocas las personas que lo saben y están dispuestas a dar el corte final.</p>
<p>También pensé esa noche, pero sólo por unos instantes, que estaba jodidamente loco y debería internarme en el psiquiátrico.</p>
<p>Pero había una poderosa razón para no hacerlo, la misma razón que me impedía acabarlo todo con un balazo en el paladar: no podía permitir que Vincent se quedara tan tranquilo.</p>
<p>Así que pensé que si el bastardo no se había suicidado durante aquellos cinco años, es que le había vuelto a tomar el gusto a la vida. Tal vez para él su lustro carcelario había sido una especie de purgatorio y redención. Seguramente lo habían violado y golpeado y acuchillado y todas esas cosas que pasan en las cárceles públicas. Seguramente tenía ganas de volver a ver a su gorda mujer y sus apestosos hijos y empezar una nueva vida desde cero, como si nada de esto hubiera pasado.</p>
<p>Después de todo sí salí esa noche. No llevé la pistola.</p>
<p>Ahora, deben entender que para mí la esposa y los hijos de Vincent no eran personas, sino los apéndices carnosos y sin mente del taxista cuyo suicidio frustrado se había convertido en un homicidio cuádruple, según el punto de vista. En la cadena alimenticia que había desarrollado, estaban varios pisos por debajo de mis clientes.</p>
<p>Eso quiere decir que no sufro de remordimientos. Sus vidas eran inútiles y, sin duda alguna, miserables.<br />
Entré a la casa sin problemas. Todos dormían en el segundo piso, menos el gato, que descansaba hecho un ovillo en el sofá. Tuve la tentación de cambiar la foto familiar, donde aparecían Vincent y su prole, cinco años más jóvenes, por una foto de mi propia familia, Julia incluida. Pero luego pensé que mi abogado podría usarla como prueba para declararme loco, salvándome de la condena a la que yo aspiraba. Por eso deseché la idea.</p>
<p>Abrí todas las llaves del gas que encontré y recé (es sólo una expresión) para que hubiera suficiente gas en la bombona para asfixiarlos a todos en una o dos horas. Me aseguré de que las ventanas estuvieran bien cerradas, y salí de allí con el gato en mis brazos.</p>
<p>No me entregué de inmediato. Esperé escondido junto a una pandereta a un par de casas de distancia.</p>
<p>Tuve suerte. Vincent salió de la cárcel a las 8 de la mañana y llegó a su casa a las 8:30. Desde donde estaba pude escuchar sus gritos. Luego los vecinos empezaron a aparecer con sus miradas de curiosidad y esa morbosa emoción a flor de piel. Sólo les faltaba llevar palomitas y una coca cola. Yo volví a mi casa.</p>
<p>Dormí como un tronco.</p>
<p style="text-align: center;">* * *</p>
<p>Y bueno, aquí estoy. Me matarán en una semana.</p>
<p>La pena de muerte es el último de mis logros. Dije al principio de esta narración que lo que me había impulsado a convertirme en productor de suicidios era, en parte, un afán por cambiar el mundo. Nunca dije que quisiera cambiarlo para mejor.</p>
<p>Creo que ha quedado demostrado que después de todo, un hombre, un solo hombre puede hacer la diferencia.</p>
<p>Ése será mi pequeño, insignificante legado a este mundo de mierda.</p>
<p>No es ni de lejos tan satisfactorio como haber hecho pagar a Vincent por la muerte de mi novia. Pero supongo que en un panorama general de las cosas, mi venganza es una nimiedad opacada por la escala de las reformas sociales que provocaron mis suicidios. He llegado a considerarlos &#8220;mis&#8221; suicidios. No es que me importe mucho. En serio, el crédito ya no vale nada. En siete días estaré muerto. Mi nombre aguantará un tiempo antes de ser olvidado, de eso estoy seguro. He vendido los derechos de este diario a una editorial medianamente famosa, y sé que se venderá como pan caliente al menos durante unos meses. No sé qué harán con el dinero. Lo más probable es que los editores se compren un par de autos nuevos o un chalet en la costa.</p>
<p>Tal vez ambas cosas.</p>
<p>Me da lo mismo.</p>
<p>Un par de cosas, antes de terminar.</p>
<p>Vincent se mató tres días después de ser liberado. Nunca supo que yo había causado la muerte de su familia. Eso me facilitó mucho las cosas. No sé qué hubiera hecho si hubiésemos estado cara a cara.</p>
<p>El mismo día en que se mató, me entregué a la policía. Confesé el asunto y colaboré lo menos posible con el abogado que me asignó el estado. Los carabineros y los gendarmes me dieron más de una paliza. Traté de no quejarme mucho, porque sé que me lo merecía.</p>
<p>La condena es casi enteramente mérito mío. Primero amenacé con seguir matando gente, y con eso conseguí la cadena perpetua. Luego me adjudiqué la muerte de Samanta, dando lujo de detalles. Incluso dije que la había violado. Recordarán que era esposa de un militar. Bueno, eso puso en marcha el proyecto de ley para restaurar la pena capital.</p>
<p>Cuando los empresarios amigos del padre de Carmina se enteraron de que yo podía poseer más información incriminatoria, se sumaron a la iniciativa para acabar conmigo de una vez por todas. Hubo hasta recolección de firmas. La idea fue agarrando fuerza. Una cosa llevó a la otra y ahora van a matarme.</p>
<p>Supongo que se veía venir. Los últimos cinco años he estado más muerto que vivo, de todas formas. El mundo me aburre. La gente me da asco.</p>
<p>No sé si podré aguantar otra semana. [fin]</p>
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		<title>Jaula para Marmotas</title>
		<link>http://www.tauzero.org/2009/01/jaula-para-marmotas/</link>
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		<pubDate>Fri, 30 Jan 2009 03:30:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guayec Perdomo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Guayec Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[11-S]]></category>

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		<description><![CDATA[El 21 de julio del año 2003, una joven secretaria se dirigía como todos los días, a su trabajo en las oficinas del consulado italiano en Boston. Junto a los escalones de la entrada, una baldosa suelta llamó su atención. Al percatarse de que bajo el mármol había un paquete oculto, se puso muy nerviosa. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tauzero.org/files/blog/911-1.jpg">El 21 de julio del año 2003, una joven secretaria se dirigía como todos los días, a su trabajo en las oficinas del consulado italiano en Boston. Junto a los escalones de la entrada, una baldosa suelta llamó su atención. Al percatarse de que bajo el mármol había un paquete oculto, se puso muy nerviosa. Pensó que se trataba de un nuevo atentado terrorista. Avisó inmediatamente a la policía y pronto todo fue un caos.</p>
<p>Pero no era una bomba: en el interior de una caja metálica envuelta en plástico, los expertos del escuadrón antibombas encontraron varios cuadernos llenos de notas, algunos recortes de <span id="more-2773"></span>libros y periódicos, y un sobre que contenía el mensaje siguiente, en inglés:</p>
<p>&#8212;&#8212;-</p>
<p>10 de Septiembre de 2001</p>
<p>Mi nombre es Sebastian Cabot. Tengo 95 años. He decidido morir mañana, pero esto no es una carta de despedida. No es una crónica de mi vida. Es una petición de ayuda.</p>
<p>Es una plegaria que abandono en un presente desgastado por las repeticiones, un grito de auxilio que lanzo al viento con la esperanza de que sea escuchado por alguien en un futuro que no sé si existe, o si existirá alguna vez. Una oración cuyo destinatario no es dios, sino tú, fantasma del porvenir.</p>
<p>Si estás leyendo esto en algún momento posterior a las nueve de la mañana (horario de la Costa Este) del 11 de Septiembre del año 2001 de la Era Cristiana, entonces todavía existe una salida. Todavía puedo escapar de esta prisión.</p>
<p>Por favor, lee estas páginas, tómalo como el último deseo de un condenado a muerte&#8230; Aunque eso no es del todo cierto. Es más bien el único deseo de alguien que ha sido condenado a vivir.</p>
<p>Estoy atrapado.</p>
<p>Ayer murió Alí&#8230; por trigésimosexta vez. Se llevó consigo a 6 israelíes.</p>
<p>No me importó. No me importó lo más mínimo. Volverá a suceder, sin duda alguna. Ha sucedido 36 veces ya, ¿qué importancia tiene una más?</p>
<p>El acontecimiento más horroroso pierde intensidad tras tantas repeticiones. No hay sorpresa alguna, o posibilidad de cambio. Yo lo sé: he intentado cambiarlo.</p>
<p>No existe una manera sencilla de explicar mi problema. Puede que me tomes por un loco, por un bromista o por un escritor de ciencia ficción. No importa. Si estás leyendo esto me doy por satisfecho, y te ruego que sea cual sea tu decisión, sin importar lo que puedas o no puedas hacer por auxiliarme, le comuniques estas palabras a tus amigos, a tus familiares, a tus colaboradores, a todo el mundo. Alguien debe poder hacer algo. Si no ahora, tal vez más tarde. Si existes, si hay un presente después de mí, habrá otros, y tarde o temprano alguien descubrirá la manera de sacarme de aquí.</p>
<p>Mientras tanto esperaré. Seguiré esperando mientras recorro interminablemente el siglo XX.</p>
<p>Nací el 8 de marzo de 1906, en Venecia. Fallecí en 1943, en Nápoles, de un balazo americano.</p>
<p>Entonces nací el 8 de marzo de 1906, en Venecia. En 1912 empecé a recordar por primera vez cosas que ya había vivido, pero que nunca habían sucedido. Sabía cosas. Sabía dónde estaba mi hermano aquella noche que no volvió a casa. Les dije a mis padres que Bruno había caído en un canal, junto a la Plaza San Marcos. Resultó que era verdad. Mi madre lloró mucho esa noche, otra vez. Pero fue peor que la primera: de alguna forma, la muerte de Bruno era mi culpa. Preferí callar desde entonces, y tratar de solucionar los problemas que recordaba antes de que se presentaran.</p>
<p>No funcionó.</p>
<p>Descubrí que podía variar mi propio comportamiento. Tomar nuevas decisiones. Incluso aprovecharme de los acontecimientos para lograr fortuna, pero no podía afectar demasiado la suerte de los demás. De una manera o de otra, pese a los pequeños cambios y las leves variaciones en el patrón de su conducta, el resultado era siempre el mismo. Podía disminuir el caudal de los ríos, pero no detener su flujo. Podía hacer más pronunciados sus meandros, pero no impedir que llegaran al mar. Sin embargo, seguí intentándolo.</p>
<p>Esa vez no estuve en la guerra.</p>
<p>Esa vez llegué hasta 1970, y hasta la costa americana. Tuve hijos, y una esposa, y un perro llamado Buck Rogers. La mafia rusa de Nueva York escuchó mi acento italiano, me dio una golpiza y me lanzó al Hudson metido en un saco.</p>
<p>Nací el 8 de marzo de 1906, por tercera vez, en Venecia, y decidí que sería rico. Inmensamente rico.</p>
<p>Dejé de relacionarme con la gente. Empezaba a aburrirme de tener que escuchar siempre las mismas cosas. Era agotador tener que conocer de nuevo a cada amigo. Sofía, mi primera novia, era la misma, igual de hermosa, igual de risueña, pero no encontraba ningún reto en conquistar su corazón, ninguna novedad en meterme entre sus piernas. Sin embargo, me acosté con ella.</p>
<p>Su padre me mató a garrotazos cuando se enteró de que estaba embarazada. Fue en 1922.</p>
<p>Nací de nuevo. Volví a perder los primeros cinco o seis años. Siempre es así, hasta que los recuerdos empiezan a llegar. Entonces comencé a estudiar. Leía y aprendía todo lo que podía, y seguí haciéndolo durante varias vidas más, hasta que todo el conocimiento que era posible extraer de los libros del pasado, y de los de mi particular presente, estuvo encerrado en mi cabeza. De vez en cuando hacía nuevas amistades, pero, convencido de que mi relación con esas personas no cambiaría de ningún modo su destino final, no fueron relaciones duraderas, ni profundas.</p>
<p>A veces vivía mucho tiempo, hasta que mi cuerpo arrugado y cansado decidía que era hora de empezar todo de nuevo. Otras veces moría demasiado pronto, generalmente producto de algún accidente o de la temeridad inherente a una situación como la mía, en la que la muerte no significa nada.</p>
<p>29 veces he sobrepasado la barrera de los 100 años, gracias sobretodo a los beneficios de una vida sana, un detallado conocimiento de la medicina tradicional oriental y los avances tecnológicos de finales de los noventa.</p>
<p>He sido absurdamente adinerado, arrolladoramente famoso, patéticamente pobre y terriblemente cruel. He sido altruista como ningún otro. He matado en innumerables ocasiones. He sido amado, odiado, temido&#8230; Incluso me he enamorado, aunque fue algo extraño: las drogas y el electroshock me convencieron de que estaba loco, de que mis vidas pasadas e iteradas no eran más que una fantasía esquizoide, de que sólo existe un tiempo y una vida, de que cada persona pasa a nuestro lado una sola vez&#8230;</p>
<p>Ella también estaba loca. Éramos internos del mismo sanatorio, por allá por los 50, en España.</p>
<p>Decía que su vida era un sueño, que era realmente un ser de energía pura flotando entre las estrellas que había caído dormido al atravesar una nube de polvo cósmico lanzado al espacio por una araña galáctica y que sólo podría despertar al destruirse a sí misma.</p>
<p>¿Quién sabe?</p>
<p>Se suicidó cortándose las venas con los dientes, pero creo que me dolió más a mí que a ella.</p>
<p>Después de mucho tiempo, aunque ha sido siempre el mismo tiempo, repetido una y otra vez hasta la saciedad: los mismos errores a mi alrededor, las mismas guerras, la misma sangre corroyendo el planeta como el peor de los ácidos&#8230; empecé a cansarme.</p>
<p>Inicié una búsqueda que aún hoy continúo. Una búsqueda que me lleve a desentrañar el misterio de mi maldición. Una empresa que me libere del insufrible solipsismo al que me veo sometido cada vez que se acerca el final de mi existencia.</p>
<p>¿Es el tiempo real e independiente de mí mismo? ¿Hay un futuro detrás del segundo que siga a mi muerte? ¿Cuántas veces volveré a nacer? ¿Estaré por toda la eternidad condenado a atravesar los mismos sucesos una y otra vez, limitado a un período de tiempo que ya me ha enseñado todo lo que tiene para enseñar, obligado a convivir con un reducido conjunto de personas que ya conozco como la palma de mi mano? ¿Soy el único prisionero del tiempo? ¿Hay otros? ¿Hubo otros antes de mí, cautivos de otras épocas que, también eternamente y en ciclo sin fin, viven interminablemente atrapados en otros siglos, ansiosos de respuestas, anhelando la ayuda que provenga del futuro o la clemencia de los dioses?</p>
<p>He estudiado física e historia, matemáticas y biología, química y psicología, astronomía y astrología. Me he apoyado en la ciencia y en la superstición. He sucumbido a todas las religiones y he pertenecido a todas las sectas secretas. He leído todo y no he encontrado nada. Nada que me ayude a salir de este bucle. Desespero.</p>
<p>Este es, o eso me gustaría creer, mi último intento.</p>
<p>Si existe un mañana, y tiendo a pensar que así será, puesto que ya en otras oportunidades he atravesado la barrera de los cien años, como dije, y sé que al menos existen acontecimientos suficientes para rellenar unos diez años más, entonces existirá un pasado mañana. Y otro día, después de aquél. Y confío en que un día, dentro de muchos cientos, miles, tal vez, alguien descubrirá la solución, alguien encontrará la forma de viajar a su pasado, que será presente o pasado mío, y pondrá término a esta agonía circular.</p>
<p>Si, pese a todos mis intentos, no he conseguido cambiar ni una sola vez la fecha de una sola muerte, si está fuera de mi alcance el provocar cambios relevantes en la historia, entonces puede ser que haya un futuro escrito, estático, que se extienda más allá y que nunca cambie, donde alguien encuentre esta carta y me tienda una mano&#8230; Pero si el futuro es invariable, nunca antes, y por lo mismo ya nunca después, la encontraron ni la encontrarán, y no hay escape posible para mí. No lo sé. Si puedo cambiar mi propia vida, si mi vida puede ser cambiada por mis coetáneos, debe poder serlo también por los habitantes del futuro. ¿Qué hay de las vidas que surgieron de mí? ¿Qué hay de las que yo trunqué? ¿Nacen, en otras ocasiones, producto del amor de otros? ¿Son abolidas por otras manos?</p>
<p>Demasiadas preguntas. Ninguna respuesta.</p>
<p>En esta vida he decidido no hacer amigos. Por eso no les dejo esto a ellos: no quiero que piensen que estoy loco, y no quiero que sufran cuando se enteren de la forma en que morí&#8230; No, no es cierto. En realidad pensaba dejarle todo a Lorentz. Él me creía, o intentaba creerme. Pero sólo lo conocí en esta vida, y él murió hace tres meses. Tenía 38 años. No quiero esperar más.</p>
<p>Si pese a todo, mañana vuelvo a nacer en 1906, intentaré dar con Lorentz antes. Y si no, desearía al menos que en mi próxima vida, que pretendo se extienda al menos hasta el año 2002, me sea posible encontrar esta carta. Eso demostraría, de algún modo, que no todo empieza desde cero cada vez. Pero lo encuentro poco probable&#8230;</p>
<p>Todo el conocimiento relevante que he acumulado lo encontrarás junto a estas páginas. Úsalo como mejor te parezca, y ponlo a disposición del mundo.</p>
<p>Que todos sepan que alguien vive prisionero en el siglo XX.</p>
<p>Que todos sepan que hay un hombre que persigue a la muerte y no consigue alcanzarla.</p>
<p>Salvadme.</p>
<p>Es el 10 de septiembre del año 2001. Estoy en Boston. Mañana tomaré el primer vuelo a Los Ángeles.</p>
<p>Adiós.</p>
<p>Sebastian</p>
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		<title>Pulp science fiction</title>
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		<pubDate>Fri, 23 Jan 2009 02:46:21 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guayec Perdomo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Guayec Perdomo]]></category>
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		<description><![CDATA[Nik sabía que ya iba siendo hora de salir a cazar algo. Los restos del último saqueo eran un triste recordatorio de lo mal que estaban las cosas. Entre él y la mujer que mantenía encadenada en la habitación del segundo piso, ya habían repasado tres o cuatro veces todas las bolsas, las latas y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tauzero.org/files/blog/giantspider-1.jpg">Nik sabía que ya iba siendo hora de salir a cazar algo. Los restos del último saqueo eran un triste recordatorio de lo mal que estaban las cosas. Entre él y la mujer que mantenía encadenada en la habitación del segundo piso, ya habían repasado tres o cuatro veces todas las bolsas, las latas y las botellas recolectadas en las casas vecinas durante la última semana.</p>
<p>Nik odiaba salir de la casa. No le asustaba tanto ser atrapado y comido vivo por las arañas como regresar y encontrar su casa invadida por <span id="more-2242"></span>algún otro sobreviviente. Era una buena casa, espaciosa y resistente, cómoda y bien ubicada. Era fácil defenderla contra un saqueador solitario como él mismo. Si alguien más llegaba en su ausencia y se declaraba nuevo propietario de la mansión, Nik no tendría otra opción que alejarse con el rabo entre las piernas. Tal vez incluso dormir a la intemperie por algunos días. Además, estaba la mujer. Encontrar compañía era muy difícil. Encontrar compañía del sexo opuesto, atractiva y manejable, era casi imposible. Si la chica se ponía a gritar cuando él saliera a buscar alimento, como ya había hecho anteriormente, podía llamar la atención de cualquiera de la media docena de sobrevivientes con que compartía aquella parte de la ciudad. Tendría que amordazarla, lo que con seguridad la enfurecería, levantando otra barrera entre ellos y dificultando aún más los deseos de Nik de entablar una relación amistosa con ella. Más allá de la primera noche que habían pasado juntos, Nik no había logrado disfrutar del sexo tanto como hubiera querido. Estaba claro que ella lo despreciaba, tomándolo como una violación. Pero Nik era el que traía la comida, arriesgando el cuello cada vez que salía a recorrer las calles grises llenas de escombros. Ella no hacía nada, sólo pasaba los días dando vueltas en su habitación como un perro, leyendo o pretendiendo leer los libros que él encontraba en las casas abandonadas. A Nik le hubiera gustado poder liberarla. Ella podría defender la casa mientras él cazaba, y luego preparar un estofado caliente con la carne de las ratas y los gatos, o unos muslos de paloma asados. Después le leería una novela junto al fuego, aunque él no entendería una sola palabra. Al anochecer irían a acostarse, y ella gemiría de placer en vez de apartar la mirada y apretar los labios mientras él la penetraba. Ojalá hubiera podido confiar en ella. Pero sabía muy bien que si la soltaba, la muchacha huiría y atraería el peligro. Muy posiblemente trataría de matarlo ella misma. Era mejor no arriesgarse por el momento.</p>
<p>Subió al segundo piso con cuidado. Abrió la puerta de la habitación y esquivó expertamente la patada que la mujer le lanzó al rostro. Después de forcejear un rato, consiguió inmovilizarla en el suelo. Le ató las manos lo más suavemente que pudo sin comprometer la integridad de los nudos, y luego la amordazó, teniendo cuidado de no perder un dedo entre los hermosos y afilados dientes de la joven. Nik le calculaba unos 25 años. No hablaba su idioma, así que no sabía mucho de ella.</p>
<p>- Volveré pronto -le dijo-. No intentes nada estúpido, ¿de acuerdo?</p>
<p>La chica le echó una mirada furiosa. Una mirada de ésas hubiera sido suficiente para matar una rata de dos kilos, y Nik volvió a evaluar la posibilidad de llevarla con él. Pero luego se pasó la lengua por la dentadura y notó un par de huecos recientes, recuerdos de una pelea especialmente intensa, y decidió que mejor no.</p>
<p>Bajó al primer piso y se dispuso a salir. Afuera estaba lloviendo, lo que era bueno por una parte, porque no habría que preocuparse de las arañas, pero era malo por otra, porque aumentaba las posibilidades de toparse con otros saqueadores. Cualquiera que hubiese sobrevivido tanto tiempo habría aprendido una o dos cosas sobre los extraterrestres. Dos de las más importantes eran éstas: el fuego no les hacía ningún daño, y detestaban el agua.</p>
<p>&#8212;&#8212;-</p>
<p>Salió empuñando la katana como si fuera un bate de baseball. En realidad era poco más que un tubo de hierro aplastado. La había comprado en un local chino o koreano, no podía recordarlo. No era una espada sagrada capaz de cortar limpiamente los cuerpos apilados de tres o cuatro prisioneros. No tenía ninguna inscripción, ni había sido forjada como una katana de verdad. Era sólo una larga y oxidada hoja que de todas formas tenía punta y pesaba lo suficiente para intimidar a quien quiera que se acercara demasiado.</p>
<p>También llevaba un casco de motociclista. Le impedía un poco la visión, pero no tanto como la lluvia, y además le daba una ligera sensación de seguridad. No estaba seguro de si el casco detendría la bala de un francotirador, pero era mejor que ir por ahí con la cabeza al descubierto.</p>
<p>El resto del equipo era el usual. Vestía el uniforme de campaña que le había quitado al cadáver de un militar. Lo mejor eran las botas, totalmente impermeables y con suelas todoterreno, aunque le quedaban un poco grandes y había tenido que ponerse tres pares de calcetines para mantenerlas en su sitio. Llevaba un cuchillo de monte, unos alicates, guantes para la nieve, una caja de fósforos, una linterna, unas cuantas pilas medio agotadas, una botella de 2 litros llena con agua de lluvia recién recolectada, ocho metros de cuerda de escalada y un botiquín bastante patético consistente en un rollo de gasa, algo de algodón, un poco de alcohol, aguja e hilo.</p>
<p>Por último, bien enfundada bajo la chaqueta, podía sentir el peso reconfortante y peligroso de una beretta, en cuyo vientre quedaban aún siete relucientes y hambrientas balas de 9 mm.</p>
<p>Además de la casa y la mujer, y una caja de herramientas oculta en la inservible nevera, lo que llevaba encima era todo el patrimonio de Nik Tirma. Lo había cosechado pacientemente a lo largo de los siete meses que habían transcurrido desde la llegada de las arañas. Primero, mientras la gente saqueaba los supermercados y el ejército combatía a los invasores, Nik había robado las tiendas de caza, pesca y deportes. Eso le había permitido apañárselas bien durante las primeras semanas, oculto en los bosques y los campos de sembradío mientras el combate se concentraba en las ciudades. Luego los sobrevivientes empezaron a abandonar sus casas para huir a las afueras, y Nik aprovechó el momento para regresar a las calles de la ciudad y revisar las ferreterías y las farmacias. En aquellos primeros días todavía podía encontrarse algo de comida fresca si uno buscaba bien. Vegetal, casi todo. La carne sólo empezó a abundar cuando las ratas y los perros se agruparon para llevar a cabo su propia, sangrienta y vengativa invasión.</p>
<p>A veces Nik encontraba el cadáver fresco de otra persona, o incluso un moribundo deshauciado. Pero pese a la adversidad, todavía no se había convertido en un caníbal. Pensaba que el día en que se acabara la comida en la ciudad volvería al campo, donde sin duda encontrar un lugar seco y caliente sería más complicado, pero donde podría encontrar árboles frutales, huevos y tal vez incluso alguna vaca. Después de todo, las arañas no parecían atacar deliberadamente a los animales, así que debía de haber un montón de vacas, ovejas, cerdos y caballos sueltos, listos para ser desollados, trozados y cocinados.</p>
<p>&#8212;&#8212;-</p>
<p>Uno de los peores problemas de combinar el hambre con la soledad es que uno se pierde en ensoñaciones estúpidas. Nik a menudo podía pasar horas pensando en la manera adecuada de despellejar una vaca, o en el apropiado mantenimiento del rifle necesario para matarla de un solo tiro, o dónde conseguir una mira telescópica o un silenciador, o cómo almacenar 500 kilos de bovino y evitar la descomposición. Eran pensamientos estúpidos porque Nik no había visto una vaca de verdad en meses, ni tenía un rifle ni sabía nada sobre la conservación de los alimentos.</p>
<p>Ponerse a pensar cuando uno está sentado en la oscuridad, protegido por cuatro gruesas paredes y dos resistentes techos, no es algo que Nik se reprocharía. Pero ponerse a soñar despierto mientras merodeas entre las ruinas de una ciudad abandonada, buscando una comida que puede saltarte al cuello en cualquier momento, y tratando de evitar toparte con alguien tan nervioso y desconfiado como tú&#8230;</p>
<p>Nik notó el movimiento demasiado tarde. Si lo hubieran atacado con un pedazo de cañería o un bate de madera, el casco hubiera amortiguado el golpe lo suficiente para permitirle contratacar o, al menos, defenderse. Pero usaron la parte posterior de un hacha bastante grande, así que lo mejor que pudo hacer el casco fue romperse como un huevo y evitar que a la cabeza de Nik le pasara lo mismo. Pese a todo, Nik cayó inconsciente entre los escombros.</p>
<p>Cuando despertó, dos horas más tarde, estaba en calzoncillos. Una rata del tamaño de un canguro lo estaba mirando, evaluando la dificultad que podría presentar matarlo sin ayuda. Nik estaba seguro de que lo atacaría. Buscó entre la suciedad hasta que sus dedos aferraron algo con forma de garrote, y lo alzó a modo de advertencia. La rata pareció hacer una mueca de desconcierto, como si dijera &#8220;¿de verdad pretendes asustarme con eso?&#8221;. &#8220;Eso&#8221; era parte del eje delantero de un Citröen. El monstruoso roedor dio dos pasos y quedó a un metro de Nik, que no sabía si estaba tiritando de frío o de miedo. Seguramente era por ambas razones.</p>
<p>No tenía realmente miedo de la rata. La rata moriría en el duelo o escaparía sin un rasguño. Seguía siendo sólo un animal horriblemente feo y grotescamente enorme. El problema era que no había modo alguno de tratar la infección que podría provocarle una mordida o un rasguño. Aquellos dientes amarillos serían sin duda la causa de una muerte lenta y estúpida, provocada por la rabia, la gangrena o cualquier otra tonta enfermedad tercermundista. En aquel momento, claro, todo el planeta era tercermundista.</p>
<p>La rata, sin embargo, justo antes de saltar y hundir sus afilados incisivos en la carne de Nik, levantó la cabeza y husmeó el aire. Luego echó una última mirada de desprecio al hombre que hubiera sido la cena de su manada, y huyó saltando entre las montañas de basura. Nik sabía que eso significaba que las cosas acababan de empeorar.</p>
<p>&#8212;&#8212;-</p>
<p>Cuando la gente huyó de las ciudades, todo aquél que tuviese un perro como mascota lo dejó dentro de la casa, con comida y agua suficiente para dos semanas. La mayoría esperaba que para ese entonces el ejército ya habría conseguido acabar con o expulsar a los invasores. En el intertanto, los perros cuidarían de las posesiones más pesadas o voluminosas, que sus dueños no habían podido llevar consigo a las afueras. Mucho antes de las dos semanas empezaron los saqueos. Muchos ladrones se encontraron con peludas y desagradables sorpresas babeantes y llenas de colmillos, y los que alcanzaron a escapar de las fauces guardianas olvidaron cerrar las puertas y ventanas de las casas violentadas, de tal forma que una buena cantidad de hambrientos asesinos caninos salieron a las calles en busca de alimento. Allí se reunieron con la ya de por sí enorme población de perros callejeros, y formaron jaurías de entre diez y treinta individuos, casi siempre guiados por un ejemplar de raza, musculoso, psicótico y entrenado por sus antiguos amos para descuartizar a cualquier intruso.</p>
<p>Dado que el territorio de estos perros era en realidad toda la ciudad, consideraban intruso a cualquiera que encontraran en la calle.</p>
<p>El primero que encontró a Nik era un explorador. No era un perro grande (apenas del tamaño de la rata recién desaparecida), ni parecía peligroso. Tenía un cuerpo raquítico y una cabeza demasiado grande, con gigantescos ojos protuberantes a cada lado, como los de un chihuahua. Nik no perdió el tiempo observando los detalles. Empezó a correr como un loco entre los restos de automóviles y los vidrios rotos. El rastro de sangre que iba dejando no le preocupaba: estaba perdido de todas formas. El explorador empezó a ladrar, avisando al resto de la banda, y a lo lejos se escuchó un murmullo gutural coronado de vez en cuando por un aullido.</p>
<p>Como aquélla era una zona suburbana, había pocas casas de más de un piso, y no hubiera tenido ningún sentido buscar refugio en ninguna de ellas, puesto que tarde o temprano los perros derribarían la puerta o romperían las ventanas, en caso de que aún hubiera puertas y/o ventanas que derribar y/o romper. Nik ya se estaba resignando a pasar sus últimas horas subido a un cerezo cuando vio su salvación.</p>
<p>Surgió de la nada al doblar una esquina. Amarillo y brillante como un sol rectangular o un lingote de oro gigante, el autobús escolar parecía lo bastante alto para impedir la escalada a cualquier mamífero cuadrúpedo, excepto tal vez una cabra montés. Nik corrió hacia él sintiendo el jadeo de las gargantas y el chasquido de las mandíbulas cada vez más cerca. Se metió en el autobús y no perdió el tiempo tratando de cerrar la puerta. De todas formas hubiera sido imposible, ya que el cadáver descompuesto de una linda quinceañera ocupaba, por partes, casi toda la escalerilla. Salió al capó por el parabrisas roto, cortándose los dedos, y de allí trepó al techo, oxidado y resbaladizo por la lluvia y el moho.</p>
<p>En calzoncillos y sangrando por un millón de cortes similares a los que se podría haber causado afeintándose borracho, observó llegar a la jauría del infierno.</p>
<p>Contó diecinueve perros. El líder era básicamente la versión reducida de un búfalo. Aun a aquella distancia y bajo la lluvia, Nik podía ver claramente las gruesas cuerdas de músculo temblar bajo la piel, como si en realidad el perro estuviera lleno de furiosos mirmidones dispuestos a convertir Troya en cenizas. No babeaba como casi todo el resto de la manada, ni tenía la expresión idiota y ausente de la pareja de pastores ingleses que parecían ser sus segundos al mando. Tampoco daba saltitos histéricos como los mestizos flacuchentos que llenaban la calle con sus alaridos. Aquel perro, que en realidad era una perra, un magnífico ejemplar de pitbull, no necesitaba babear, ladrar, gruñir o morder a nadie para que el resto le rindiera pleitesía. Ningún otro animal se acercaba nunca a más de un metro de ella. Su postura era un espasmo continuo, una advertencia, una afrenta contra las leyes naturales que rigen la contracción muscular.</p>
<p>La perra no lo miraba directamente (seguramente no lo consideraba suficientemente digno), pero estaba claro que sabía que él estaba allí. En cierto modo, eso era aún peor.</p>
<p>De repente, pasó a la acción. Un momento estaba totalmente quieta, y al momento siguiente estaba junto a la rueda delantera del autobús. Nik no sabía si había saltado, si había aprovechado el instante en que él había parpadeado, o si simplemente había detenido el tiempo y se había dado un lento paseo hasta la puerta del vehículo. Después de todo, era difícil imaginar cómo podrían moverse los huesos de aquel mastodonte, dado que cada articulación debía estar rodeada por varios kilos de tendones, músculos y acero.</p>
<p>El animal se metió al autobús, y casi instantáneamente volvió a salir por el parabrisas. Todavía le costó un poco llegar al techo, tiempo que Nik aprovechó para planear una estrategia. Estaba claro que no saldría entero, pero en su lista de prioridades salir vivo era más importante.</p>
<p>Cuando el can del infierno saltó, Nik le entregó el antebrazo izquierdo sin pensarlo dos veces. Los colmillos atravesaron la piel como si fuera una fruta podrida. Nik oyó el hueso partirse antes incluso de sentir el dolor. Por un segundo, pareció desvanecerse. Su mirada se nubló y su cabeza dio vueltas, como cuando uno se pone en pie demasiado rápido después de haber estado acostado ayunando por tres días. Luego el dolor superó la escala, alejándose tanto del umbral que desapareció tras un horizonte de insensibilidad. Los dedos de su mano izquierda colgaban flácidos, y las astillas del radio se peleaban con las del cúbito en una cruel competencia por desgarrar las arterias.</p>
<p>Pero Nik no pensaba en su brazo roto o en morir desangrado. No intentó alzar o derribar a la perra, que pesaba más o menos lo mismo que él. Atacó directamente la nariz y los ojos. Primero le reventó el ojo izquierdo. Necesitó un par de puñetazos y se hizo bastante daño al estrellar los nudillos contra el cráneo de hierro del can, pero al final lo logró. Claro que no fue suficiente. Esos perros habían sido inventados por alguna malévola divinidad que odiaba a los toros, y estaban hechos para permanecer por horas anclados a los gruesos cuellos de bestias mucho más grandes, peligrosas y resistentes que Nik Tirma. Así que Nik metió el pulgar en la nariz de la maldita zorra y empujó con todas sus fuerzas, que no eran muchas, más toda su rabia y su frustración, que era bastante, y con ayuda de la adrenalina que secreta toda criatura antes de morir, le arrancó el sanguinolento hocico al animal, que soltó su presa con un alarido.</p>
<p>Nik no era un sobreviviente novato, así que no bajó la guardia. Continuó esgrimiento su brazo deshecho como un escudo, por si acaso el animal volvía a la carga.<br />
Pero no lo hizo. Se revolcó y se contorsionó y al final cayó al suelo, donde no pasó mucho tiempo antes de que el resto de la jauría la rebajara de la posición de líder a la de comida. Fue una buena rival por algunos minutos, y le sacó un buen pedazo de cara a uno de los pastores ingleses, pero al final resultó vencida, descuartizada y devorada por sus antiguos camaradas.</p>
<p>&#8212;&#8212;-</p>
<p>Nik Tirma no vio nada de eso, porque estaba huyendo.</p>
<p>Casi completamente desnudo y con el brazo izquierdo convertido en un espinoso muñón irreconocible, se las arregló para descolgarse del autobús usando un cable del alumbrado público. Empleando el inservible vehículo como una enclenque barrera amarilla, al otro lado de la cual la reina trataba aún de no ser devorada por sus súbditos, Nik se alejó dejando un rastro rojo oscuro entre los escombros. Su piel se había vuelto más pálida de lo habitual, y sus labios comenzaban a ponerse azules debido a la gélida lluvia y la pérdida de sangre.</p>
<p>Al menos la cercanía de la manada asesina mantendría alejados a las ratas y cualquier merodeador humano. Las arañas no serían un problema mientras siguiera lloviendo, así que Nik sólo tenía que llegar a algún lugar seguro antes de que la musculosa pitbull hubiera sido completamente digerida por su jauría rebelde, es decir, unos cinco minutos.</p>
<p>Eso, claro, si conseguía mantenerse en pie los cuatro minutos y cincuentaynueve segundos precedentes.</p>
<p>No había perdido del todo la orientación, y sabía que su propia casa debía encontrarse en un radio de dos o tres cuadras. Encontró una pequeña vivienda vacía en cuyo descuidado jardín se alzaba el esqueleto de un manzano. Expeliendo chorros de sangre semejantes al surtidor de agua en el lomo de una ballena, trepó por el tronco y alcanzó el techo. Allí, visto que no contaba con nada más, se quitó los calzoncillos e improvisó un torniquete que selló temporalmente la herida. Luego, se desmayó.</p>
<p>&#8212;&#8212;-</p>
<p>Despertó por dos razones. Por una parte, sentía una incomodidad creciente en el brazo izquierdo. Cuando abrió los ojos descubrió que no se trataba del esperable adormecimiento o cosquilleo de una extremidad muerta e hinchada. Había un enorme y horrendo gallinazo picoteándole los tendones seccionados, y cada vez que arrancaba un pedazo de músculo, todo el antebrazo se alzaba unos centímetros y volvía a caer sobre las láminas de zinc.</p>
<p>Como pese a todo Nik era un sobreviviente, no espantó al pájaro enseguida, sino que le dejó saborear su carne un poco más mientras movía lentamente el brazo derecho y se preparaba para atrapar al pequeño buitre.<br />
Cuando el negro saco de plumas volvió a sumergirse en la maraña de arterias, venas, tendones y huesos, Nik pasó a la acción, y en menos de diez segundos le partió el cuello a su cena.</p>
<p>O lo que sería su cena si llegaba vivo a casa, porque la otra razón que lo había despertado era la sensación de que faltaba algo. El continuo tamborileo del agua sobre los tejados había desaparecido.</p>
<p>Había dejado de llover, y en algún lugar detrás de la capa de nubes grises el sol había empezado a esconderse tras el horizonte.</p>
<p>&#8212;&#8212;-</p>
<p>Tenía que apresurarse, y no desperdiciar la poca luz que iba quedando. Desde el tejado en que se encontraba observó el perfil de las calles circundantes. No fue difícil localizar su refugio, sobresaliendo con sus dos pisos en el pequeño océano de casas chatas y destartaladas. Lanzó el gallinazo al lodo del patio trasero y, tras ajustarse el torniquete, se descolgó por el manzano muerto, tiritando y usando una sola mano.</p>
<p>Pudo recorrer sin inconvenientes (más allá de estar desnudo, empapado y al borde de la muerte) las pocas decenas de metros que lo separaban de su fortaleza.<br />
Generalmente, era al anochecer cuando salían las arañas, así que no era raro que el resto de los sobrevivientes, ratas, perros y personas, prefirieran permanecer ocultos en sus respectivas madrigueras, cubiles y cuchitriles. Por un instante, al doblar una esquina, Nik tuvo la impresión de ver desaparecer por una ventana la pata negra y quitinosa de un extraterrestre. La poca sangre que le quedaba se le heló en las venas. Apresuró el paso y sólo al perder de vista la calle se permitió volver a respirar. La cabeza le latía como si contuviera el corazón en lugar del cerebro. A medida que se acercaba a la seguridad del hogar todo empezaba a dolerle más y más.</p>
<p>Medio muerto, se metió en el túnel de escombros que era la entrada a su guarida. Tuvo que esforzarse hasta lo indecible para apartar la lavadora que hacía las veces de puerta, pero después de un rato y la pérdida de unos decilitros de sangre lo consiguió.</p>
<p>Estaba tan agotado que ni siquiera le sorprendió ver a la mujer en el primer piso, libre de sus ataduras y armada con un martillo. Apenas sintió el golpe que le destrozó el cráneo.</p>
<p>Publicado originalmente en <a href="http://dreamers.com/alfaeridiani/" target="_blank">Alfa Eridiani #9</a><br />
<strong>Imagen</strong>: <a href="http://escama.deviantart.com/art/Terror-Of-The-Mutant-Spiders-106728204" target="_blank">escama</a></p>
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		<title>¿Vivimos en un holodeck?</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Jan 2009 02:26:17 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guayec Perdomo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Ciencia]]></category>
		<category><![CDATA[Guayec Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[principio holografico]]></category>

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		<description><![CDATA[Si alguien me dijera que los alemanes tienen un interferómetro láser de 600 metros de longitud escondido en alguna parte de la campiña al sur de Hannover, probablemente me asustaría un poco. Sobretodo porque no sé que diablos es un interferómetro láser, pero es un nombre inquietante (más aún uno de 600 metros de largo). [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tauzero.org/files/blog/holodeck_01.jpg">Si alguien me dijera que los alemanes tienen un interferómetro láser de 600 metros de longitud escondido en alguna parte de la campiña al sur de Hannover, probablemente me asustaría un poco. Sobretodo porque no sé que diablos es un interferómetro láser, pero es un nombre inquietante (más aún uno de 600 metros de largo).</p>
<p>Desde luego, exagero. Sé lo que es un <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Interferómetro" target="_blank">interferómetro</a> láser, lo que no sé es cómo funciona. Pero el punto es que el mundo a nuestro alrededor está lleno de <a href="http://www.tauzero.org/tag/lhc">cosas enormes</a>, brutalmente ingeniosas e incluso <span id="more-2602"></span> absurdas, moviéndose de formas extrañas y peleándose a muerte con interrogantes científico-filosóficas sin que nos demos cuenta.</p>
<p>El proyecto <a href="http://geo600.aei.mpg.de/" target="_blank">GEO600</a> es un experimento británico-alemán (hablando de asociaciones improbables) cuyo propósito es la detección de ondas gravitacionales (pliegues en el espacio-tiempo causados por objetos astronómicos super-densos como los agujeros negros y las estrellas de neutrones). El GEO600 no es ni el más grande ni el más reciente detector construido (USA tiene dos, y en Europa hay otro en Italia, por ejemplo), pero es con mucho <a href="http://geo600.aei.mpg.de/general-information/technical-principles/specifications/">el más sensible</a>.</p>
<p>Durante los últimos 7 años, este primo lejano del <a href="http://www.ecuadorciencia.org/blog.asp?id=4267" target="_blank">oloroscopio</a> ha estado olfateando el espacio profundo sin detectar una sola onda gravitacional. Sin embargo, <strong>puede que inadvertidamente haya realizado el descubrimiento físico más importante de las últimas décadas</strong>, según el artículo &#8220;<a href="http://www.newscientist.com/article/mg20126911.300-our-world-may-be-a-giant-hologram.html?full=true" target="_blank">Our world may be a giant hologram</a>&#8220;, publicado por New Scientist, y cuya traducción absolutamente libre va a continuación.</p>
<p><strong>Nuestro mundo podría ser un gigantesco holograma</strong></p>
<p>Por muchos meses los miembros del equipo GEO600 se han estado rascando la cabeza intentando dar con una solución al ruido de fondo que contamina todas sus observaciones. Tal vez seguirían así si no fuera por Craig Hogan, un físico del <a href="http://www.fnal.gov/" target="_blank">Fermilab</a> que había predicho la existencia de este molesto ruido antes incluso de saber que estaba siendo detectado por el equipo teutón. Según Hogan, el GEO600 se ha topado con el límite fundamental del espacio-tiempo, el punto en el que el espacio-tiempo deja de comportarse como el fluido continuo descrito por Einstein para disgregarse en &#8220;granos&#8221;, del mismo modo que una fotografía en el periódico se disuelve en puntos a medida que acercamos la vista.</p>
<p>La idea de que vivimos en un holograma probablemente suena absurda, pero es una extensión natural de nuestra comprensión de los agujeros negros, y tiene una base teórica bastante firme. Los hologramas que encontramos en las tarjetas de crédito, por ejemplo, están grabados en láminas plásticas bidimensionales. Cuando la luz rebota en ellos, recrea la apariencia de una imagen en 3D. En los 90&#8242;s, los físicos Leonard Susskind y Gerard&#8217;t Hooft sugirieron que el mismo principio <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Principio_Holográfico" target="_blank">podría aplicarse al universo</a> como un todo. Nuestra experiencia diaria podría muy bien ser una proyección holográfica de procesos ocurriendo en una distante superficie en 2D (¿como la Matrix de Flatland, me pregunto?).</p>
<p>Por supuesto, no es una idea fácil de aceptar. Es difícil creer que las cosas que hacemos son causadas por acontecimientos en las fronteras del universo. Nadie sabe realmente qué implicaría que viviéramos en un holograma, pero aun así los científicos tienen buenas razones para pensar que muchos de los aspectos del <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Principio_Holográfico"  target="_blank">principio holográfico</a> son ciertos.</p>
<p>La sorprendente idea de Susskind y &#8216;t Hooft fue motivada por el trabajo de Jacob Bekenstein, de la Universidad Hebrea de Jerusalem, y Stephen Hawking, de la Universidad de Cambridge, sobre los agujeros negros. A mediados de los 70&#8242;s, Hawking demostró que los <a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Radiación_de_Hawking" target="_blank">agujeros negros emiten radiación</a>, lo que causa su eventual desaparición. El problema es que la radiación descrita por Hawking no conlleva ninguna información sobre lo que sucede dentro del agujero. Cuando el agujero mismo se desvanece, toda la información sobre la estrella que colapsó en primer lugar se ha esfumado igualmente, lo que contradice el principio de que la información no puede ser destruida (a menos que trabajes para la CIA). Esto es lo que se conoce como la paradoja de la información de agujeros negros.</p>
<p>El trabajo de Bekenstein dio algunas pistas al respecto. Bekenstein descubrió que la entropía de un agujero negro (AN de aquí en adelante), que es lo mismo que su contenido de información, es proporcional a la superficie de su horizonte de eventos (la superficie teórica que oculta el AN y marca el punto de no retorno de cualquier materia o luz que cae en él). Desde entonces, los físicos han demostrado que ondas cuánticas microscópicas en el horizonte de eventos pueden codificar la información que hay dentro del AN, de tal forma que no existe esa misteriosa pérdida de datos cuando el AN se evapora.</p>
<p>De lo que se deduce que la información 3D sobre una estrella precursora puede ser completamente codificada en el horizonte 2D del agujero negro subsiguiente. </p>
<p>Susskind y &#8216;t Hooft extrapolaron esta idea al universo completo sobre la base de que el cosmos también posee un horizonte&#8230; la línea desde la cual la luz no ha tenido tiempo de alcanzarnos en el lapso de 13.700 millones de años de vida del universo. Lo que es más, el trabajo de varios estudiosos de <a href="http://xkcd.com/171/" target="_blank">la teoría de cuerdas</a>, notablemente Juan Maldacena del Institute for Advanced Study en Princeton, ha confirmado que la idea está bien encaminada. Maldacena mostró que la física en el interior de un universo hipotético de 5 dimensiones y con la forma de un tubo es idéntica a la física de un universo tetradimensional, como el nuestro.</p>
<p>Por mucho tiempo, los físicos teóricos han creido que los efectos cuánticos causan fuertes convulsiones en las escalas más diminutas del espacio-tiempo. A este aumento, el tejido del espacio-tiempo se vuelve granuloso y está básicamente compuesto de unidades individuales ínfimas (como los píxeles que componen una pantalla), pero cien billones de veces más pequeñas que un protón. Esta distancia (10E-35 mts) se conoce como la longitud de Planck, y se encuentra más allá del alcance de cualquier experimento concebible, así que nadie se había atrevido a soñar que la granulosidad del espacio-tiempo podría ser discernible&#8230; al menos, no hasta que Hogan comprendió que el principio holográfico lo cambia todo. Si el espacio-tiempo es un holograma granuloso, entonces se puede pensar en el universo como una esfera cuya superficie externa está parcelada en pequeños cuadrados de aristas de 10E-35 metros, cada uno conteniendo un pedazo de información. El principio holográfico establece que la cantidad de información en el empapelado exterior debe coincidir con el número de &#8220;pedazos&#8221; contenidos en el volumen del universo. Puesto que el volumen del universo esférico es mucho mayor que su superficie externa, ¿cómo puede ser cierto esto?</p>
<p>Hogan entendió que para poder tener el mismo número de trozos de información tanto en el interior como en los límites del universo, el mundo adentro debe estar formado por granos mayores que la longitud de Planck. &#8220;O, para decirlo de otro modo, un universo holográfico es borroso&#8221;, dice Hogan.</p>
<p>Esto son buenas noticias para cualquiera que intente investigar la unidad más pequeña del espacio-tiempo. Porque mientras la longitud de Planck es demasiado pequeña para ser detectada experimentalmente, la &#8220;proyección&#8221; holográfica de esa granulosidad podría ser mucho, mucho más grande, de alrededor de 10E-16 metros. &#8220;Si vivieras en un holograma, podrías saberlo midiendo la <a href="http://www.wordreference.com/sinonimos/borrosidad">borrosidad</a>&#8220;, dice el físico.</p>
<p>Cuando Hogan se dio cuenta de esto por primera vez, se preguntó si algún experimento sería capaz de detectar la borrosidad (<em>blurring</em>) holográfica del espacio-tiempo. Ahí es donde entra el GEO600.</p>
<p>Los detectores de ondas gravitacionales como el GEO600 son esencialmente reglas fantásticamente sensibles. La idea es que si una onda gravitacional pasa a través del GEO600, estirará el espacio en una dirección y lo comprimirá en otra. Para medir esto, el equipo GEO600 dispara un único láser a través de un espejo semiplateado que divide la luz en dos haces, los cuales recorren los dos brazos perpendiculares del instrumento y rebotan de vuelta. Los rayos de luz que regresan se unen en el beam splitter (divisor del haz) y crean un patrón de interferencia según las ondas de luz se cancelen o se refuercen mutuamente. Cualquier cambio en la posición de las regiones de luz y oscuridad resultantes permite saber cómo ha cambiado la longitud relativa de los brazos, a niveles inferiores al diamétro de un protón.</p>
<p>Entonces, ¿serían capaces de detectar una proyección holográfica de un espacio-tiempo granular? De los cinco detectores de ondas gravitacionales que hay en el mundo, Hogan se dio cuenta de que el GEO600 debía ser el más sensible para lo que tenía en mente. Predijo que si el beam splitter es abofeteado por las convulsiones cuánticas del espacio-tiempo, esto se trasladará a los resultados de las mediciones (Physical Review D, vol 77, p 104031), explicando el molesto ruido que tenía locos a todos.</p>
<p>Hogan envió sus predicciones al equipo del GEO600, y se sorprendió cuando éstos le informaron del extraño e inesperado ruido. Karsten Danzmann, del Instituto Max Planck para la Física Gravitacional en Potsdam, y uno de los principales investigadores de GEO600, admite que el ruido excesivo, con frecuencias entre 300 y 1500 Hz, había estado molestado al grupo por mucho tiempo. Le mandó a Hogan un gráfico del ruido, que coincidía exactamente con las predicciones de éste.</p>
<p><strong>Nadie (ni siquiera Hogan) ha afirmado todavía que GEO600 haya encontrado evidencias de que vivimos en un universo holográfico. Aún es demasiado pronto para decirlo, y la fuente del ruido podría terminar siendo tan mundana como un montón de gente practicando step en un gimnasio cercano.</strong></p>
<p>Los detectores de ondas gravitacionales son extremadamente sensibles, y quienes trabajan en ellos deben ser más cuidadosos de lo normal para eliminar el ruido. Deben preocuparse de las nubes, el tráfico distante, los temblores y otro montón de variables. Por el momento, no existen candidatos claros que expliquen el ruido experimentado, lo que, confiesa Danzmann, no es agradable, pero tampoco muy preocupante.</p>
<p>Si GEO600 ha descubierto realmente ruido holográfico causado por las convulsiones del espacio-tiempo (¡OMFG el universo es epiléptico!), los investigadores de ondas gravitacionales se enfrentan a un arma de doble filo. Por un lado, el ruido afectará sus intentos de detectar las ondas; por el otro, podría representar un descubrimiento mucho más importante.</p>
<p>Una situación que tiene precedentes en la física. Los detectores gigantes construidos para buscar una forma hipotética de radiación en la que los protones se desintegran nunca hallaron tal cosa. En vez de eso, descubrieron que los neutrinos pueden cambiar de un tipo a otro, algo discutiblemente más relevante porque nos podría decir cómo es que el universo terminó lleno de materia y no antimateria (New Scientist, 12 April 2008, p 26).</p>
<p>Sería irónico que un instrumento creado para detectar algo tan vasto como las fuentes astrofísicas de las ondas gravitacionales hubiera detectado inadvertidamente la minúscula granulosidad del espacio-tiempo.</p>
<p>Claro que todo esto es más una idea que una teoría propiamente tal, dice Danzmann, algo más cauto frente al optimismo de Hogan. &#8220;Esperemos y veamos&#8221;, aconseja Danzmann, &#8220;como poco, es un año demasiado pronto para excitarse al respecto&#8221;.</p>
<p>Mientras más le tome al puzzle ser resuelto, sin embargo, más fuerte será la motivación para construir un instrumento dedicado exclusivamente a rastrear el ruido holográfico. John Cramer de la Universidad de Washington (Seattle) concuerda. Sería un fabuloso &#8220;accidente&#8221; que las predicciones de Hogan estuviesen relacionadas con el experimento GEO600, dice. &#8220;Parece claro que se podrían montar experimentos mucho mejores si estuvieran específicamente enfocados en medir y caracterizar el ruido holográfico&#8221;. Una posibilidad, de acuerdo a Hogan, sería emplear un interferómetro de átomos. Éstos operan bajo el mismo principio que los detectores láser, pero utilizan rayos de átomos ultrafríos en lugar de rayos de luz. Puesto que los átomos se pueden comportar como ondas con una longitud de onda mucho menor que la de la luz, los instrumentos son mucho más pequeños y baratos que sus contrapartes detectoras de ondas gravitacionales.</p>
<p>Bueno, ¿y que significaría que realmente se haya encontrado ruido holográfico? Cramer lo relaciona con el descubrimiento de ruido inesperado por una antena en los Laboratorios Bell, en 1964. El ruido resultó ser la microonda cósmica de fondo, el resplandor de las brasas del Big Bang. &#8220;No sólo dio el Premio Nóbel a Arno Penzias y Robert Wilson, sino que confirmó la teoría del Big Bang y abrió un nuevo campo completo de la cosmología&#8221;, dice Cramer.</p>
<p>Más importante aún, la confirmación del principio holográfico constituiría una gran ayuda para aquellos investigadores que tratan de unificar la mecánica cuántica y la teoría gravitacional de Einstein, y que hoy en día tienen sus esperanzas puestas en la teoría de cuerdas.</p>
<p>Hogan concuerda en que si el principio holográfico es confirmado, descartaría todas las aproximaciones a la gravedad cuántica que no lo incorporan. De forma opuesta, sería un potente impulso para aquéllas que sí lo hacen. </p>
<p>&#8220;Básicamente, puede que hayamos encontrado la primera indicación de cómo el espacio-tiempo emerge de la teoría cuántica&#8221;, declara Hogan, soñando (seguro) con cierta Academia Sueca. [x]</p>
<p><strong>Fuente</strong>: <a href="http://www.newscientist.com/article/mg20126911.300-our-world-may-be-a-giant-hologram.html?full=true" target="_blank">New Scientist</a></p>
<p><font size="1">PD: ¿Qué es un Holodeck? la respuesta <a href="http://memory-alpha.org/es/wiki/Holodeck" target="_blank">aquí</a></font>.</p>
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		<title>Un mundo mejor</title>
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		<pubDate>Wed, 14 Jan 2009 13:00:15 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guayec Perdomo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Guayec Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[multiverso]]></category>
		<category><![CDATA[stargate]]></category>

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		<description><![CDATA[Le decíamos Hendrix o el premio nóbel. Vivía en el parque Stenzel, o al menos allí dormía. Íbamos allí todos los viernes a la salida del FTW, borrachos y alegres o borrachos y tristes, y nos sentábamos en el pasto a tomar como todo el mundo. El parque Stenzel era la mejor parte de mi [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tauzero.org/files/blog/vagabundonob1.jpg">Le decíamos Hendrix o el premio nóbel.</p>
<p>Vivía en el parque Stenzel, o al menos allí dormía. Íbamos allí todos los viernes a la salida del FTW, borrachos y alegres o borrachos y tristes, y nos sentábamos en el pasto a tomar como todo el mundo. El parque Stenzel era la mejor parte de mi semana.</p>
<p>Podías escuchar a las parejas follando tras los arbustos o encontrar amigos perdidos, y nadie tiraba nunca las botellas al suelo así que podías andar descalzo envuelto en el humo de los gatillos.<span id="more-2238"></span></p>
<p>Una noche lo vimos y nos gustó. Hablaba solo y gesticulaba en el charco de luz de una farola, ajeno a todo y a todos como un idiota o un genio. Poco a poco la conversación fue muriendo hasta que estuvimos todos pendientes de él, pero aunque lo escuchamos por un buen rato nadie entendió una sola palabra. Sammy se acercó y le dijo algo en como cuarenta idiomas pero el premio nóbel lo miró con sus ojos de perro, se dio la vuelta y se fue.</p>
<p>La semana siguiente volvimos a verlo y le invitamos a un trago. Estaba más sucio y más loco pero el ron amiga a todos los hombres y se sentó con nosotros. Le preguntamos quién era o de dónde o si quería un cigarrillo, pero de su boca no salió nada comprensible. Pensé que sonaba a ruso pero Sammy dijo que no. A Sebas le parecía chino y Sammy dijo que tampoco. Sammy sabía contar en veintitrés lenguas y saludar en treinta y ocho, pero no pudo entender al viejo. Estábamos intrigados y le pasamos pantalla y lápiz, y el viejo pareció escribir algo pero al final eran sólo dibujos. Garabatos y símbolos sin sentido, o eso pensamos entonces. De todos modos Sammy grabó la lámina para estudiarla otro día, y seguimos tomando y fumando gloria.</p>
<p>Una semana más tarde empezamos a inventar su historia. Todos teníamos teorías distintas. Nik era el más práctico: según él se trataba de un paciente psiquiátrico huido. Había sido un tipo común y corriente hasta lesionarse el área de broca en un accidente o algo por el estilo. Nik aprovechaba cualquier oportunidad para hablar de las partes del cerebro, pero yo nunca me acuerdo. Siempre me corregía por confundir hipocampo con hipotálamo. Como su historia era muy aburrida la mejoró añadiendo un asesinato. El viejo era el amante de la esposa de su mejor amigo y éste, al descubrirlos, les pegó un tiro a ambos y luego se suicidó. Pero el viejo había sobrevivido, aunque la bala aún se alojaba en su cabeza, entre la amígdala y la ínsula, o algo así.<br />
Sebas dijo que no, que la verdad era otra. El vagabundo había sido en otro tiempo el sicario más mortífero de un cartel de contrabando de esclavos, en algún lugar del sudeste asiático. Duro y frío como Plutón, había degollado a mujeres y niños sin un solo parpadeo, sólo para terminar enamorándose de una joven vietnamita huérfana. El drama se alargó hasta que nos acabamos la botella de Mano Negra, pero he olvidado la mayor parte de los detalles. El caso es que el viejo era buscado en el mundo entero por varios grupos de criminales y unas decenas de agencias gubernamentales, y para evitar la muerte se hacía pasar por un loco miserable que vivía en un parque.</p>
<p>Cuando Sebas terminó de hablar todos miramos nerviosos al viejo, pero luego alguien vomitó y los demás reimos y la ilusión se rompió. Un asesino profesional, sí claro.</p>
<p>A mí no se me ocurrió ninguna historia pero no importó porque a Sammy sí, y la suya fue la mejor de todas:<br />
A Jacob Hendrix le decían el Nuevo Newton. Tenía un cerebro tan brillante como el reflejo del sol en un rascacielos. Era bueno en todo pero especialmente bueno en física. Se graduó a los 18 y diez años más tarde ganó el Nóbel. En toda su vida se enamoró una sola vez, y se casó con ella a los 24. Se llamaba Rachel y tenía el pelo largo y negro como un manantial de petróleo. Pero los genios son monstruos y aunque la quiso a su modo ella se suicidó. Fue un día después de la ceremonia en Suecia; la encontró colgada del árbol que había tras la casa, balancéandose sobre la piscina como una sábana al viento. Entonces algo hizo clic en su cabeza y se volvió todavía más loco. Se retiró del mundo y se encerró en su laboratorio a desentrañar los misterios del multiverso. Su idea era buscar a Rachel en otras dimensiones y hacer por ella, por todas ellas, lo que no había podido hacer allí. Pasaron diez años antes de que alguien decidiera ir a preguntar. Tocaron a su puerta y al final la derribaron, y sólo encontraron notas tiradas como hojas de otoño y máquinas zumbando como panales, pero ningún rastro de Hendrix, excepto un pedazo de su bata blanca, incrustado en la pared en el centro mismo de un graffiti circular.</p>
<p>- Como Stargate -dijo Sebas, y todos estuvimos de acuerdo.</p>
<p>Desde entonces comenzamos a llamarlo Hendrix o el premio nóbel, y cada viernes añadíamos cosas a su historia, imaginábamos sus aventuras dimensionales y discutíamos sobre la belleza de Rachel. Sammy comenzó a escribir una novela al respecto, pero no nos dimos cuenta de cuán en serio se estaba tomando el asunto hasta que empezó a pasar más tiempo hablando que tomando.</p>
<p>Samuel era filólogo y estaba decidido a entender el lenguaje de Hendrix. Los demás ni siquiera pensábamos que fuera un lenguaje, sino más bien una mezcolanza de gruñidos y fonemas sueltos como los que suelta uno cuando está dormido o demasiado drogado. Pero Sammy era Sammy y le gustaban los misterios.</p>
<p>Un viernes, varios meses más tarde, cuando ya habíamos construido un gigantesco castillo de naipes sobre la teoría de Sammy, el premio nóbel no apareció. Lo estuvimos buscando un rato entre los arbustos y bajo los bancos del parque, y Nik hasta se asomó al desagüe del estanque que hay en el centro, pero Hendrix no estaba en ningún lado. Nos costó bastante lograr que Sammy hablara de otra cosa pero al final lo logramos, y por una noche todo volvió a ser como antes, sólo humo y alcohol y la luz dorada de las farolas sobre la hierba.</p>
<p>Al día siguiente vimos los periódicos. Encuentran a Banquero Desaparecido, Empresario Vivía como Vagabundo en el Parque Stenzel, Pordiosero es uno de los Hombres más Ricos del País, y cosas por el estilo.<br />
Apenas habíamos alcanzado a hablar de ello cuando salió la siguiente edición: Vagabundo era Estafador, Mendigo se hace Pasar por Millonario, Análisis de Sangre Descarta cualquier Parentesco, etcétera.</p>
<p>Poco a poco Hendrix fue alejándose de las portadas y sumergiéndose en columnas noticiosas más y más pequeñas. Para el jueves ya era historia. Resulta que el premio nóbel era casi idéntico al presidente del Banco Bachem, y alguno de los empleados de alguna de sus numerosas empresas se había encontrado con él en la calle y había avisado a las autoridades. Un puñado de abogados y médicos despejaron todas las dudas en poco más de cuarenta horas. Serval Bachem regresó de sus vacaciones en Tahiti y despidió al empleado soplón. Hendrix regresó al parque, afeitado y lavado pero con la misma ropa de siempre. Fin del problema.<br />
Esa semana nuestras teorías sobre Hendrix cambiaron tanto como los titulares, y el viernes todos estábamos ansiosos por discutirlas.</p>
<p>Nik dijo que era obvio que Hendrix era el mellizo de Bachem. Nos contó una historia similar a la del Príncipe y el Vagabundo y nos habló del cuco y de cuán fácil era falsear los resultados de un análisis clínico. En general estuvo bien, para tratarse de Nik, pero el pobre nunca entendió que lo que menos nos interesaba en aquellas noches en el Stenzel eran las cosas probables.</p>
<p>- Viene del futuro -dijo Sebas.- Es el Bachem de dentro de diez años que vino a disfrutar del presente porque el futuro es una mierda.</p>
<p>Todos pensamos que el presente también era una mierda pero no dijimos nada porque Sebas sabía cómo contar una histotia.</p>
<p>Yo estaba lleno de humo y dije que se trataba de un clon, creado por la mano derecha de Bachem. Señalé a Hendrix y traté de convencerlos de que era en realidad el verdadero Serval, drogado y electroshockeado. Entonces empezamos a hablar de qué drogas habrían empleado y nos olvidamos un rato del premio nóbel.<br />
Todos menos Sammy.</p>
<p>Sammy fue el único que no tuvo que cambiar nada. De hecho estaba más seguro que nunca de que Hendrix venía de otra dimensión. Fue más o menos esa noche cuando todo comenzó a irse al demonio.<br />
La novia de Sammy se llamaba Samanta pero le decíamos Sam para no confundir. Era confuso de todos modos, para quienes no los conocían. Era hermosa como una puesta de sol y en el fondo todos la amábamos.<br />
El depto de Sam y Sammy era un taller reacomodado. Un solo ambiente grande como una cancha de fútbol. Había dos puertas al final del cuarto: una daba al baño y la otra a un trastero. Fue allí donde Sammy acomodó al viejo, sin decirle nada a nadie.</p>
<p>Ella se enteró, claro. Sammy era tan listo y al mismo tiempo tan tonto. La quería mucho pero nunca pudo cambiar, y al final Sam se fue llorando una noche de lluvia y no volvieron a verse. Ya había pasado antes, la rabia, los gritos, el adiós y el portazo, pero esa vez fue de verdad la última.</p>
<p>Sammy me llamó tras la pelea y fui a su casa con whiskey y gatillos. De camino vi las luces rojas y azules y me acerqué a mirar. Incluso muerta era tan hermosa. Un policía interrogaba a un hombre y un periodista sacaba fotos. Yo me quedé quieto en medio de un charco llorando como si hubiera sido mi novia.<br />
El funeral fue triste como una película de guerra. Eran los primeros días de otoño y Sammy no estaba allí. Pasaba todo el tiempo encerrado en el garage, tratando de descifrar el lenguaje de Hendrix. Yo les llevaba comida de vez en cuando, y me quedé con una llave por si acaso. El suelo estaba cubierto de hojas y envoltorios de golosinas, y el premio nóbel había empezado a rayar las paredes con los pintalabios de Samanta.</p>
<p>Sammy decía que eran fórmulas matemáticas pero yo sólo veía jeroglíficos y pinturas rupestres.<br />
Un día ya no estaban en casa. Encendí la luz y una cucaracha huyó hacia la nevera. Esperé una hora pero no volvieron. Llamé a Sammy diez u once veces sin conseguir respuesta y ya estaba por llamar a la policía cuando vi el zapato. Primero pensé que estaba pegado pero no. Estaba incrustado en la pared. Sobresalía el talón, justo en el centro de uno de los dibujos de Hendrix. Parecía más un hexágono que un círculo pero qué se yo de geometría dimensional.</p>
<p>El portal estaba cerrado y no había otros restos. Nada de sangre ni pelos ni señales de que algo hubiera salido mal.</p>
<p>La policía se llevó el zapato y un pedazo de pared. Eso fue hace casi un año.</p>
<p>Paso al depto todos los sábados. Barro el polvo y quito las telarañas y cambio las trampas para ratones, y una vez al mes repaso las marcas en las paredes con rotulador. Incluso si llegaran a borrarse por la humedad tengo varias fotografías del portal y podría dibujarlo de nuevo. He mirado los símbolos tanto tiempo que a veces creo que voy a entenderlos.</p>
<p>Más de una vez me he quedado de pie frente al graffiti esperando algo. De vez en cuando alargo el brazo y aprieto la palma de la mano contra el muro.</p>
<p>No creo que Sammy vaya a volver. No sé si está vivo o muerto. En este mundo o en otro. A veces lo imagino con la barba enredada y una larga melena sucia, sentado en un parque y hablándole a nadie mientras la gente pasa desviando la mirada o riéndose en silencio.</p>
<p>A veces sueño que el portal se abre y Sammy aparece con Sam de la mano. He pensado en escribir una historia que termine así pero ni él ni ella van a leerla, así que qué sentido tiene.</p>
<p>Todos los sábados antes de irme abro una cerveza y brindo mirando al portal.</p>
<p>- Estés donde estés, Sammy -digo-, espero que sea un mundo mejor.</p>
<p>Porque éste es una mierda.[x]</p>
<p>Imagen: <a href="http://www.galeriade.com/silvi/details.php?image_id=262&#038;sessionid=75a7cb57f071899a3bb63ad279e2953d" target="blank">Silvina</a></p>
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		<title>Saludo Navideño</title>
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		<pubDate>Mon, 22 Dec 2008 14:14:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Guayec Perdomo</dc:creator>
				<category><![CDATA[Guayec Perdomo]]></category>
		<category><![CDATA[Relatos]]></category>
		<category><![CDATA[fanfic]]></category>
		<category><![CDATA[navidad]]></category>
		<category><![CDATA[superman]]></category>

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		<description><![CDATA[Tres meses después del matrimonio, María seguía siendo virgen. Como si ser viejo y pobre no fuera suficiente, José era no sólo estéril, sino impotente, desde que una astilla de cedro se le había clavado justo allí (una lesión más común de lo que uno creería entre los carpinteros nazarenos). Durante meses, la miserable pareja [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><img src="http://www.tauzero.org/files/blog/nav08-1.jpg">Tres meses después del matrimonio, María seguía siendo virgen. Como si ser viejo y pobre no fuera suficiente, José era no sólo estéril, sino impotente, desde que una astilla de cedro se le había clavado justo allí (una lesión más común de lo que uno creería entre los carpinteros nazarenos).</p>
<p>Durante meses, la miserable pareja había rezado fervientemente por un favor divino, y esa noche por fin sus plegarias tuvieron respuesta. Al alzar sus rostros al cielo para alabar al Dios de Israel, una brillante luz verde llamó su atención. Vieron una estrella caer a la Tierra, literalmente (también la vieron unos pastores cercanos, y, mucho más lejos, tres sabios observaron el mismo fenómeno), a sólo unos kilómetros de distancia, en las afueras de Belén.<span id="more-1969"></span></p>
<p>Sin perder un instante, José y María se dirigieron al lugar y cuál fue su sorpresa al descubrir, en el centro de un pequeño cráter humeante, una cuna de metal, y en su interior, un hermoso bebé de pelo rizado.</p>
<p>Deshaciéndose en loas y agradecimientos a YHWH, escondieron la nave y regresaron al humilde establo en que se alojaban, y allí los encontraron los pastores y, más tarde, los tres magos.</p>
<p>Ninguna estrella volvió a brillar tan fuertemente en el cielo desde entonces, porque ningún otro planeta ha explotado en dos mil años, y la historia de la mujer virgen que tuvo un hijo, un niño perfecto que con el tiempo demostró ser mucho más que humano, se hizo leyenda.</p>
<p>En estos tiempos agitados y confusos, en que todo y todos anuncian la inminente llegada del Día del Juicio Final, ese terrible monstruo gris de pantaloncillos verdes, es bueno recordar que no estamos solos en el universo, que hay fuerzas más grandes y benevolentes que nosotros, que un ser inteligentísimo y bondadoso envió a su único hijo a la Tierra y que este niño se convirtió en un símbolo de esperanza para toda la humanidad.</p>
<p>Esperamos sinceramente que en estas fechas de consumismo desenfrenado todos podamos dedicar unos momentos a pensar en Superman y lo que representa.</p>
<p>FELIZ NAVIDAD A TODOS</p>
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