¿Sueña un científico con ovejas científicas?
March 2, 2008 by rmundaca · 3 Comments
¿Huele distinto la rosa cuando la huele una científica? Hay un cuento de Julio Cortázar en que una persona compra un diario y lo lee en un banco de la plaza, donde lo que abandona ya no es un diario sino un montón de papeles. Lo encuentra alguien que aún no ha leído las noticias, de modo que convierte aquel montón de papeles nuevamente en un diario. Con el mundo pasa algo similar, pues aunque la realidad entra por los ojos, ello no es lo que vemos. Creo que fue Thomas Kuhn quien planteaba un ejemplo de esto mismo con más sabor histórico: dos personas, una de la Edad Media y otra del Renacimiento, observan un atardecer. Ambas presencian el mismo atardecer, pero mientras la persona de la Edad Media ve el Sol moverse en busca del horizonte, la persona del Renacimiento ve la Tierra rotar sobre sí misma y perder el Sol de vista. El mismo mundo se convierte de persona en persona en una ilusión, en una cárcel, una fiesta, un infierno, una empresa, un lupanar. ¿En qué se transforma cuando llega a los ojos de un científico?
Tienes en tus manos (o ante tus ojos) uno de los números más audaces de Tauzero. Aunque la revista carga un rótulo, por voluntad del Gran Ingeniero, que la anuncia como un medio que se dedica parcialmente a la “valoración de la ciencia”, en la práctica son aún pocas las personas que asocian Tauzero con divulgación científica, no importando que como referente de CF ya se halle bien consolidada en el medio nacional. Seguramente se debe a que en Chile creemos encontrar buenos medios de divulgación científica si visitamos el kiosko. Es una creencia que no comparto, pero no oso predecir qué día esto cambiará. Que el país “no está maduro” (por usar una excusa con que postergamos hacer muchas cosas que en el fondo sabemos que están bien, pero que preferimos dejar para unos 20 o 30 años más adelante, cuando en el extranjero ya sean algo añejo) para una publicación de divulgación científica que al mismo tiempo sea de buena calidad y un buen negocio, es una posible explicación del panorama que hoy encontramos; que es posible hacer ese tipo de publicación, y hacerla entretenida, es algo que este número intenta probar. O al menos es la audacia que quisimos intentar.
Así las cosas, en esta edición de TauZero, tanto los contenidos como sus autores están relacionados de una u otra forma con la ciencia. [TZ]
Eduardo Unda-Sanzana
Astrónomo
Zetética y la desmitificación científica de las supersticiones
March 2, 2008 by rmundaca · Leave a Comment
Zetética y la desmitificación científica de las supersticiones: Entrevista a Henri Broch
Por Eduardo Unda Sanzana
Traducción: Patricia Corona, Bernardita Ojeda
Henri Broch, Doctor en Ciencias, es el fundador del Laboratorio de Zetética de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Niza. Es autor de más de 150 publicaciones y 6 libros. Uno de ellos, “Conviértase en Brujo, conviértase en sabio”, co-escrito con el premio nobel de física George Charpak, fue el que nos introdujo en el concepto de Zetética, disciplina que promueve el pensamiento escéptico al analizar y desmitificar científicamente los fenónemos paranormales, pseudociencias y supersticiones de toda clase.
Para indagar más sobre la Zetética (que en griego significa búsqueda, inspección) contactamos a Henri Broch, quien amablemente accedió a responder las interrogantes que le planteamos. Sus respuestas y reflexiones, a continuación.
¿Cómo llegas a interesarte por la desmitificación científica como línea de trabajo?
Un acercamiento desmitificador de los llamados fenómenos paranormales será siempre percibido como negativo y raramente traerá la adhesión de los periodistas y del público. Es necesario entonces realizar un acercamiento positivo de la pregunta y explicar que no se busca probar que aquello no existe (lo que sería incluso una imposibilidad lógica), sino mostrar cómo funciona la ciencia, cuál es su método y cuáles son los resultados que se pueden obtener sin realizar experiencias complicadas o extremadamente sofisticadas a nivel de equipamiento.
Cuando me preguntan por qué estoy en CONTRA de los fenómenos paranormales, yo respondo que ésa es una presentación muy abusiva y negativa de mi aproximación. La invierto entonces pues, de hecho, yo estoy POR una aproximación seria, POR el desarrollo del conocimiento, POR la difusión de la verdad… Es esta aproximación positiva de la pregunta la que, según mi opinión, permite interesar a los estudiantes y a un público más amplio. Podríamos resumir mi posición diciendo que es relativamente difícil explicar qué es la ciencia y es mucho más fácil mostrar lo que ella no es. Y los llamados fenómenos o experiencias de parasicología, espiritismo, hechicería, radiestesia, astrología y otros dominios paranormales son el soporte ideal para esta empresa, que permite compartirlo con el mayor número de personas.
La idea de Zetética es poco conocida, y la aplicación que tú has hecho de esta idea es algo sustancialmente nuevo. ¿Cómo se gestó la idea de un laboratorio de zetética en la universidad dónde trabajas? ¿Fue inmediato el apoyo de la universidad a la idea?
La idea de Zetética es efectivamente poco conocida y es este aspecto el que me ha hecho escoger el término para designar la empresa que realizo. Un término poco conocido permite evitar toda connotación negativa que otro término (conocido) caracterizaría la gestión científica que podemos realizar.
El hecho de retomar la antorcha prometeica, siempre presente desde los griegos de la Antigüedad pasando por el siglo de las Luces en Francia (incluso si estuvo desgraciadamente en ciertas épocas bajo la forma de una pequeña vela en la noche) ha sido para mí una motivación particularmente fuerte. Esta motivación fue muy necesaria, ya que fue muy difícil hacer tomar conciencia a mis colegas de la necesidad de esta empresa.
La creación del laboratorio de Zetética no fue una cosa verdaderamente fácil, ¡lejos de eso! En un principio había creado en los años ’80 un método de enseñanza centrado únicamente en los instrumentos y métodos de la Física. Poco a poco esta enseñanza se fue focalizando, a nivel de utilización de ejemplos concretos, sobre los fenómenos presentados como paranormales, ya que la experiencia me ha demostrado por lejos que es el medio más eficaz para hacer comprender bien a los alumnos el verdadero sentido de la ciencia. Esta enseñanza luego se amplió al conjunto de dominios científicos (no solamente a la física), y algunos años más tarde, en 1993, creé en la Universidad de Niza la primera catédra de Zetética, esta vez con el apoyo de los responsables, ya que la demostración de la utilidad y sobre todo la eficacia de este tipo de enseñanza había sido concretamente probado en terreno.
Pero, para pasar de una catédra relevante del Departamento de Física a la creación de un laboratorio, no había en principio ningún apoyo de la Universidad e hicieron falta 5 años para convencer a los responsables que una estructura tal podía ser útil. De hecho, el elemento realmente detonador para la creación del laboratorio de Zetética ha sido el soporte financiero de mi colega belga, científico y amigo, Jacques Theodor; quien, disponiendo de recursos personales importantes y compartiéndolos completamente con mi empresa, decidió dar el golpe de gracia financiero necesario para la creación del laboratorio. Se le informó al decano de la Facultad de Ciencias que supo tomar esta oportunidad. Entonces las gracias sean dadas a Jacques Theodor por este apoyo.
¿Cuál dirías tú qué es la importancia de la desmitificación científica para una persona común, que no tiene a su cargo decisiones que afecten a grandes grupos de personas sino sólo a su familia. ¿Importa saber ciencia? ¿Importa que la gente maneje conceptos de zetética particularmente?
La importancia de una difusión de la Zetética, de la metodología científica, en resumen, de lo que yo llamo “El Arte de la Duda” a nivel de un público más amplio (y no simplemente a nivel de personas que tengan a su cargo decisiones que afecten a grandes grupos de individuos) es de una importancia crucial en mi opinión. ¿Por qué? Simplemente porque esta actitud científica y el comportamiento civil necesitan, de hecho, el mismo terreno mental-moral específico para su desarrollo. Una sociedad verdaderamente democrática presupone necesariamente ciudadanos aptos para la reflexión.
No es suficiente entonces informar a los niños y jóvenes de hechos duros o de difundir un conjunto de conocimientos. Una educación tal no sería otra cosa que un aprendizaje de rutina e iría en contra del objetivo buscado. Es necesario incitar de manera complementaria el desarrollo en el individuo de la inteligencia crítica, del escepticismo. Este objetivo clave es muchas veces olvidado. Tampoco es suficiente, para formar ciudadanos responsables, dar a los adolescentes, durante su escolaridad, el dominio de una especialidad o de una profesión. Esto es necesario, pero no suficiente. Una de las tareas principales deber ser otorgarles la posibilidad de probar sus ideas, de evaluar hipótesis bajo una forma u otra, de apreciar argumentos en su justo valor; en resumen, de hacerlos adquirir o desarrollar un comportamiento objetivo e imparcial con respecto a la información recibida.
Es necesario igualmente cuidarse de imaginar que el simple hecho de estar en una sociedad científica y técnica avanzada implica una eliminación rápida del pensamiento irracional. Al contrario, yo ya he mostrado que si no tomamos precauciones, existe el peligro que la ciencia misma sea penetrada por modos de pensamiento no raciones y penetrada con mayor razón de manera más fuerte, puesto que la técnica toma una importancia cada vez más necesaria. La ciencia moderna, por su complejidad, parece haberse vuelto casi incomprensible; sus resultados, independiente de cómo sean presentados, son tan increíbles o casi inentiligibles como los efectos de la magia y he ahí el peligro.
Existe una necesidad de encuesta popular y no solamente a nivel de profesores sino de toda la población. Es en este ejercicio de explicación sobre desarrollo y el espíritu de la ciencia que, paradojalmente, las seudo-ciencias tienen un rol positivo a jugar. Las falsas ciencias tienen un poder de resultado nulo, lo que quiere decir que no se les puede atribuir ningún progreso y, por lo tanto, podemos tener por el ejemplo mismo de su despropósito que contribuyen al progreso de la razón y a una difusión más amplia de la zetética a nivel de nuestros conciudadanos.
Ofrecer a cada persona las herramientas necesarias para una reflexión sobre lo paranormal permite una reflexión sobre lo que está en juego: las elecciones científicas y tecnológicas que marcarán necesariamente su futuro.
En Chile hemos sostenido de manera directa diálogo con personas que defienden explicaciones paranormales a ciertos fenómenos. Muchas veces estas personas afirman hacer “investigación” que no es tomada en cuenta por una “comunidad científica de mente cerrada”. Al conversar con quienes hacemos ciencia o divulgamos ciencia, el diálogo no siempre se da de la mejor manera… ¿Cómo ha sido tu experiencia al plantear explicaciones científicas a algunos fenómenos, implícitamente echando por tierra el trabajo de quienes lo investigan como algo paranormal?
Nosotros hemos lanzado hace mucho tiempo lo que se ha llamado “El Desafío Internacional Zetético” dotado en los últimos años de un premio final de 200.000 Euros. Es un “llamado a prueba” a toda persona que se pretenda dotada de un poder “paranormal”; siendo suficiente que la persona nos haga la demostración de su don en circunstancias claramente definidas desde un comienzo y de común acuerdo. Este reto ha durado 15 años, desde 1987 a 2002 y ha sido para nosotros la ocasión de establecer contacto y encontrar a numerosas personas (264 médiums en total han tomado el desafío) afirmando tener poderes paranormales.
El primer punto fuerte que se ha despejado de todos estos contactos que hemos tenido es que, en la gran mayoría de los casos, las personas que reivindican estos dones paranormales lo hacen de manera desinteresada y sobre todo creen sinceramente tener poderes que podrían demostrar fuera de los tests de prueba. Nos hemos sorprendido de ver hasta qué punto estas personas no tienen la menor idea de lo que significa una prueba, un control doble o simple ciego, etc, o incluso simplemente poder controlar la existencia del fenómeno antes de lanzarse en dar grandes teorías explicativas. Con estas personas, hemos establecido y guardado, salvo raras excepciones, un buen contacto con simpatía y las relaciones se han desarrollado en un ambiente francamente cordial y sin ningún prejuicio a priori.
Por el contrario, si consideramos, no a las personas que alegan tener poderes y que se presentan al desafío, sino a los parasicólogos que han estudiado a estos médiums o casos equivalentes, la reacción ha sido bastante virulenta y algunas veces, grosera e insultante. Pareciera que la revisión a costa de su credibilidad, de su sustento o forma de conseguir fama no es muy apreciada por el lado de los metafísicos, parasicólogos y otros gurúes. Pareciera que su reacción ha sido a la medida de nuestra eficacia; esta reacción un poco “de piel” de los parasicólogos nos ha confirmado la precisión del tipo de acercamiento que hemos emprendido. Y cuando, no teniendo ningún argumento, los parasicólogos nos señalan cosas como “la comunidad científica tiene el espíritu limitado (corto de luces)”, “los científicos tienen el espíritu cerrado a toda iniciativa innovadora”, yo respondo simplemente que, como ya lo decía hace mucho tiempo un biólogo, tener el espíritu abierto no significa abrirlo a tonterías.
¿Por qué crees que las explicaciones paranormales a un fenómeno se difunden tan amplia y rápidamente, mientras las explicaciones científicas quedan relegadas generalmente a las aulas de clase? ¿De quién es la responsabilidad?
El problema actual se plantea, sobre todo con los medios de comunicación, esencialmente en aquellos que podemos llamar “electrónicos” (radio, TV, Internet,…), que ofrecen una caja de resonancia extraordinaria a las reivindicaciones paranormales. De esta manera, contrariamente a lo que pasaba hace unos pocos decenios atrás cuando un fenómeno no tenía mas que un renombre muy local, en estos momentos es suficiente que un pequeño poltergeist empiece a hacer rabiar a una pequeña ciudad belga para que CNN entregue a todo el mundo esta información.
Es más, asistimos muy seguido en este momento a una verdadera deriva deontológica (1) en el medio periodístico, en el sentido amplio de la palabra: mentiras caracterizadas son difundidas por ciertas emisiones y ciertos responsables de los medios no dudan en sacrificar la verdad sobre el altar audiomático y… el beneficio financiero. Ciertos medios no son a este punto los portadores de luz que esperaban fueran, a menudo sus propios fundadores. Ellos no entregan a sus lectores- auditores- televidentes sino lo que estos últimos esperan, son “traductores” de una demanda. En efecto, crean esta demanda y en seguida son una mina de respuestas. No son neutrales, al contrario, acentúan la difusión de las creencias en todos estos fenómenos.
(1) Obrar de acuerdo a la ética.
Incluso el medio educativo que debería contrarrestar un poco esta deriva mediática desgraciadamente no cumple esta tarea salvo en raras ocasiones, y por ende estamos en presencia de un desarrollo de las creencias paranormales en el medio educativo. Es necesario entonces, en mi opinión, volver a cero en el nivel de la enseñanza, desde las clases más pequeñas y permitir así que se desarrolle el germen del espíritu crítico en los niños que serán los ciudadanos del mañana.
Otra razón esencial para el desarrollo de las paraciencias es que vivimos actualmente una fase particular de modificación de los procesos de adquisición de conocimientos. La expansión de la información es, en efecto, esencialmente caracterizada por una exageración de la imagen visual y de la sensación inmediata, en detrimento del símbolo escrito y del análisis detallado (demostrable). En tanto que medio de comunicación, la escritura permite un análisis detallado, construido, crítico y disponible sobre un intervalo de tiempo consecuente, mientras que los medios actuales entregan un rol creciente a la imagen instantánea y a los estímulos que activa. Y esto es independiente del sujeto tratado, ya sea que hablemos de los fenómenos paranormales o de otra cosa. Esta sustitución de la pareja símbolo escrito + análisis demostrado por la pareja imagen visual + sensación inmediata corresponde a un progresivo y solapado reemplazo de la razón por la sensación.
Hay gente que opina que quienes hacemos divulgación científica somos personas aburridas, porque le quitamos la fantasía al mundo. ¿Qué responderías a eso?
Efectivamente, uno le reprocha a menudo a los científicos el quitar el sueño y la fantasía que existe en el mundo y de ser personas aburridas. No hay nada más falso y es suficiente ver la atracción que puede ejercer sobre el público una exposición científica bien hecha y bien presentada. El científico, aunque conozcamos poco sobre su materia y aunque no tenga una presentación oral contundente, llega a hacer soñar a su auditorio, incluso si es sobre una materia científica un poco especializada o árida. [nota del editor: tómese como ejemplo el enorme éxito que tuvo la emisión de la serie televisiva Cosmos, presentada por el carismático Carl Sagan]
La ventaja que presenta el tema de los fenómenos paranormales como gancho para el público es innegable, ya que un gran número de personas tienen una atracción fuerte por este tipo de temas y es entonces, con mayor razón, más fácil de mostrar que el sueño y la imaginación se encuentran del lado de los zeteticistas (quienes conciben bonitas y simples experiencias permitiendo probar las reivindicaciones de base de los médiums, dando entonces la prueba de un espíritu realmente abierto a la novedad y siempre listo a considerar las numerosas posibilidades) y no del lado de los parasicológos (que al contrario de la presentación que ellos buscan darse, son esencialmente dogmáticos, dan vueltas a experiencias que se remontan a décadas y no han evolucionado un ápice desde sus posiciones iniciales o sus “explicaciones”). Es necesario entonces decirle al público que nosotros estamos por el sueño, por la investigación, por el progreso. En una palabra, por la Humanidad.
Un buen investigador necesita información, herramientas e imaginación. En efecto, la racionalidad científica no impide en nada la libertad de pensar o soñar y la imaginación es incluso uno de los componentes fundamentales del ser humano y se encuentra en su lugar, ya sea en la ciencia o en otra parte. Es necesario simplemente vigilar de no confundir poesía, hipótesis de salón e hipótesis de trabajo; es por esto que yo me dedico a recordar sin descanso que el derecho a soñar tiene aparejado el deber de vigilancia.
Considerando que al menos una parte de la ciencia ficción trata con mundos fantásticos, en los cuales ocurren fenómenos imposibles en el nuestro, ¿crees que este tipo de creación tiene un efecto nocivo en el entendimiento popular de la ciencia? Si no, ¿cuál crees entonces que es la relación que debe existir entre ciencia y ciencia ficcion?
No pienso que la creación de obras de ciencia ficción puedan perjudicar la popularización de la ciencia. Al contrario. Sin embargo, todo depende de lo que entendamos por ciencia ficción. Si bajo el vocablo ciencia ficción colocamos obras como los delirios de arqueología-ficción de personajes inescrupulosos como el señor Von Daniken y otros escritores que dejan entrever que lo que escriben corresponde a la realidad, estamos en presencia de escritos nocivos que perjudican ciertamente a la difusión del conocimiento científico al público.
Si, por el contrario, bajo este vocablo colocamos obras como las de Julio Verne o Isaac Asimov, ahora nos encontramos en presencia de lo que puede ser la más bella aproximación a la popularización de la ciencia. La ciencia ficción de Julio Verne está basada en las posibilidades técnicas de la época (por ejemplo, contrariamente a lo que el público piensa a menudo, Julio Verne no predijo ni el submarino ni la escafandra autónoma, que ya existían en la época como realizaciones concretas y que funcionaban perfectamente) y permite explorar algunas vías futuras, pero el interés del relato reposa esencialmente sobre la trama de la historia. Nos encontramos con un relato de exploración que presenta aspectos científicos poco conocidos al público y que entonces hace de obra de difusión del saber científico.
Isaac Asimov es a menudo presentado como el Autor (con A mayúscula) de ciencia ficción con una imaginación desenfrenada. Es reconocido casi unánimemente como escritor de este género muy específico y su faceta de divulgador científico es a menudo ignorada. Asimov nos demuestra que la ciencia ficción no es para nada incompatible con la popularización de la ciencia y podemos muy bien juntar las dos. Asimov siempre dirigió una acción en favor de la difusión del método científico, de una difusión desmitificadora de gurúes, espíritus torcedores de cucharas y otros utensilios, y esto paralelamente a sus libros de ciencia ficción y sus desfiles de robots. Todo esto mezclando imaginación, conocimientos científicos y técnicas más espíritu lógico y deductivo. Lo anterior prueba que la ciencia ficción y la popularización de la ciencia pueden hacer buen equipo. La divulgación científica puede tomar diversas formas y no deberíamos despreciar ninguna. [TZ]
Eclipse lunar, 20 de febrero de 2008
February 20, 2008 by Eduardo Unda-Sanzana · 3 Comments
Esta fotocomposición resume el desarrollo del eclipse lunar que tuvo lugar la noche del 20/21 de febrero de 2008, desde que la Luna ingresa en la zona de umbra (abajo a la derecha) hasta que ya casi ha entrado completamente en ella (arriba a la izquierda). Cuando la Luna ingresa del todo a la zona de umbra tenemos lo que se llama un “eclipse total”, el que se caracteriza por la coloración rojiza que toma la Luna. Esa tonalidad es propia de la zona de umbra (es luz del rojizo atardecer terrestre, que viaja al espacio), por lo cual ya se encuentra presente en esta foto. No obstante, la abundante luz blanca reflejada en las áreas de la Luna que se hallan fuera de la umbra impide apreciar claramente tal coloración, la que se hace evidente sólo cuando el eclipse alcanza la totalidad.
La imagen en la zona superior derecha de la foto es una toma de la Luna con zoom digital de 24X, con objeto de mostrar el grado de detalle que era posible observar a simple vista, y que es difícil destacar en las fotocomposiciones.
Imágenes tomadas en Antofagasta con una cámara digital Panasonic DMC-LZ3.
Pie Grande y el marciano
January 27, 2008 by Eduardo Unda-Sanzana · 9 Comments
Recientemente causó gran revuelo en Internet una de las imágenes captadas por Spirit, un robot que explora Marte desde 2004. La noticia, recogida por muchos medios de comunicación, es que esta imagen podría contener prueba de la existencia de vida en Marte. No vida a nivel celular sino que derechamente organismos humanoides. En concreto la imagen muestra una figura que, vista con un poco de imaginación, puede interpretarse como un organismo bípedo caminando por la superficie marciana. En realidad, seamos francos, requiere bastante imaginación, pero da igual. Llevando al límite estas interpretaciones, hay quienes han querido ver, ya bastante alicaído como mito terrestre, a un pariente de Pie Grande en esta foto.
El fenómeno de adscribir formas familiares a elementos aleatorios (las manchas de humedad, las nubes, la llama de una vela, las rocas en un paisaje desértico) es bien conocido y se llama pareidolia. Este fenómeno origina muchos comentarios sobre supuestas manifestaciones sobrenaturales, en que se han reportado rostros o escenas más complejas emergiendo, por ejemplo, en las paredes de un edificio antiguo. La posibilidad de obtener una imagen medianamente convincente aumenta mientras más imágenes se examinen, mientras más concesiones se hagan a la escala y color de la imagen, mientras más flexible seamos con su grado de detalle, entre muchos otros factores. Las imágenes enviadas por Spirit son varios miles, por lo cual no es sorprendente que en alguna nos hallemos con el ocasional marciano de mediana calidad. Eso a primera vista, claro, pero ahora que sabemos de la pareidolia, démosle una mirada más analítica a la imagen.
Como pasa a menudo con estas imágenes “paranormales” hay cosas clave que sus partidarios no informan al público. La primera es que esta foto es un pequeño detalle de una foto mucho mayor. Al examinar la foto completa vemos que ésta incluye parte del equipo de Spirit. Con esa referencia, resulta obvio que estamos hablando de algo que está a no más de un metro de la nave, ¡y que por tanto debe tener alrededor de 5 cm de alto! Ya eso me parece suficiente indicación de que se trata de una piedra, pero hay más: La cámara con que está equipada Spirit no es una cámara como las que usted compra en las tiendas de retail, con un boton que aprieta y obtiene una foto en color. Las cámaras para uso astronómico son monocromáticas, de modo que esa imagen en color es una fotocomposición de tres imágenes en blanco y negro. Veámoslo así: Spirit toma una foto con un filtro rojo, la guarda; luego toma una foto con un filtro verde, la guarda; finalmente toma una foto con un filtro azul, la guarda. Esas imágenes son combinadas en la Tierra para generar una imagen en color. El punto importante es que se toman tres fotos para obtener una, y el proceso de tomar tres fotos lleva tiempo. Si algo se estaba moviendo en ese paisaje, como sería el caso si un descuidado marciano de 5 cm hubiera decidido pasear cerca de nuestro robot, entonces se habría movido entre una foto y otra, y habríamos obtenido un retrato también movido, lo cual no ocurre.
La gran farsa lunar
April 1, 2006 by rmundaca · 6 Comments
Howard Koch recuerda en The Panic Broadcast la legendaria emisión de The War of the Worlds en 1938, que causó una reacción colectiva de pánico en USA. Para quienes no están al tanto de la historia, el resumen es que la dramatización radial de una invasión marciana resultó un punto más realista de lo deseable, de modo que millones de personas lo tomaron como una transmisión en vivo de hechos reales. El resto es fácil de imaginar. El pánico hizo que miles de personas colapsaran los caminos y los medios de comunicación, huyendo de las ciudades cercanas al sitio de la invasión e intentando alertar a sus familiares. La CBS, cadena que emitió el programa, se vio enfrentada a demandas de millones de dólares. Afortunadamente la historia terminó bien, pues no hubo personas heridas o muertas, y tras unos días la opinión pública vino a considerar que el incidente había servido para diagnosticar la mala preparación del país frente a una invasión real.
Once años más tarde, el 12 de febrero de 1949, la traducción de la obra fue emitida en Ecuador, produciendo un efecto similar hasta que fue necesaria la intervención del ejército. Mientras en USA la cadena CBS nada más debió adoptar el compromiso público de no volver a usar la transmisión de noticias como un recurso teatral, en Ecuador la Radio Quito fue incendiada y 20 personas murieron.
Uno de los aspectos que a Koch le intriga de ese recuerdo es lo sencillo que hubiera sido para cualquier persona cambiar de estación de radio y comprobar que en ninguna otra el mundo se estaba acabando. ¿Por qué la mayoría no lo hizo? Una posible explicación es que los hechos que se representaban en la obra calzaban perfectamente con las ansiedades e incertidumbres de la época (recordemos que un año más tarde comenzaría la Segunda Guerra Mundial). Esa sensación de descubrimiento, de respuesta, de “esto era”, habría sido tan poderosa que habría hecho innecesaria la necesidad de confirmar hechos, de contrastar teorías. Esto no es un fenómeno aislado y está a la base de varias teorías de conspiración que intentan dar respuesta al nuevo cuadro de ansiedades e incertidumbres que hoy vivimos. Nada malo con ello, pero si se trata de teorías de conspiración con una base científica, entonces tenemos que cambiar de estación y oír que transmiten las demás.
Un ejemplo paradigmático de una teoría de conspiración en que sus proponentes rehúsan escuchar otras estaciones de radio es la popularmente conocida como “Moon Hoax”, que podríamos traducir como “Farsa Lunar”. ¿De qué se trata? Los libros de historia señalan que en 1969 un grupo de astronautas estadounidenses llegó por primera vez a la Luna. Eso es también lo que parece sugerir la evidencia que hoy podemos examinar, desde los videos que la NASA mantiene en Internet hasta las numerosas entrevistas hechas a los astronautas, pasando por el análisis de muestras de material lunar y varios experimentos hechos desde la Tierra gracias a equipos dejados en la Luna por la misión. Sin embargo, hay personas que han avanzado una teoría disidente, una teoría que, en el contexto político de la época, tiene sentido. En los años ‘60 Estados Unidos y la Unión Soviética se encontraban en plena Guerra Fría. Ambos países competían por demostrar la superioridad de sus diferentes modelos económicos y políticos, pero al mismo tiempo competían por forjar alianzas con países no alineados con una u otra potencia. Ambos consideraban que el logro de importantes metas científicas y tecnológicas podría persuadir al mundo de su capacidad y convencer a los países indecisos de unírseles. La Carrera Espacial era la prueba emblemática en esta olimpiada política, pero la medalla estaba reservada a quien pusiera pie en la Luna. ¿Prueba de ello? Baste observar que casi nadie recuerda hoy que fue la Unión Soviética quien logró casi todos los “primeros” en el espacio (primer satélite, primera mujer, primera caminata espacial, etc.). Nuestra memoria de la Carrera Espacial está dominada por la huella de Neil Armstrong en la superficie lunar y por sus palabras “That’s one small step for Man, one giant leap for mankind.” (1). La teoría de conspiración dice, no obstante, que este triunfo se obtuvo haciendo trampa, no llegando a la Luna sino aparentando haber llegado ahí. ¿Cómo? Desde la seguridad de un estudio de televisión en que las escenas de la transmisión habrían sido falseadas. A favor de esto citan evidencia que a primera vista luce muy sólida: errores en las imágenes difundidas por NASA, fenómenos que se observaron en la superficie de la Luna y que no deberían haberse visto allí por carecer ella de atmósfera, etc. Quienes se oponen a estos planteamientos dicen que toda la supuesta evidencia puede ser explicada en términos convencionales, pero que a su vez la teoría de conspiración no es capaz de explicar otras evidencias a favor de que el alunizaje sí tuvo lugar.
¿Quién tiene la razón? Lo mejor para ello es ver directamente la evidencia que el grupo a favor de la teoría de conspiración aporta y discutirla científicamente. Pero primero algunas reglas.
Las reglas del juego
La primera regla es estar dispuest@ a reconocerse equivocad@. Esto es un requisito de cualquier discusión científica. Es importante que antes de empezar la discusión cada parte defina claramente qué es lo que la otra podría hacer o podría demostrar que la convencería de que su punto de vista es erróneo. La omisión de esta etapa es ostensible en muchas discusiones sobre supuestos avistamientos extraterrestres, por ejemplo, cuya rutina es más o menos la siguiente: una persona tiene una fotografía que considera evidencia de un fenómeno cuya única explicación (en su opinión) sería la presencia de una nave extraterrestre. Se acerca entonces a una experta con la esperanza de que ésta confirme su sospecha. Ella, sin embargo, explica la fotografía en términos de fenómenos naturales (2) La persona no cree en la explicación de la experta, y la acusa de no tener una mente abierta o no atreverse a disentir de la opinión oficial. La experta le explica que, por el contrario, en ciencia es frecuente atreverse a disentir de las ideas aceptadas pero que su fotografía no es prueba de algo extraordinario pues se puede explicar apelando a fenómenos convencionales. Ante esto la persona manifiesta sus sospechas de que la experta o la institución para la cual trabaja en realidad oculta algo y le expresa su comprensión “por no poder hablar”. Se retira con el convencimiento de que su fotografía es no sólo una prueba irrefutable de la existencia de naves extraterrestres y sino también de una conspiración de silencio al respecto.
Es interesante observar que si la experta hubiera compartido la opinión de la persona sobre la fotografía, la reacción de ésta probablemente no hubiera sido de incredulidad. Esto es característico de discusiones que no intentan descubrir la explicación de una observación, sino en que lo importante es ganar. Algunas personas que participan en discusiones con tal ánimo dicen cosas como “por supuesto que puedo estar equivocado” pero parece ser imposible descubrir cuál es la condición que permite esa conclusión. Por lo mismo es importante enfatizar que esto debe ser algo que se declare antes de discutir.
La segunda regla es reconocer que científicamente algo es aceptado cuando es capaz de responder exitosamente a la mayor cantidad y diversidad posible de ataques. No basta que una posible explicación sea muy buena para responder una pregunta en relación a un fenómeno; debe poder responderlas todas. Si la Luna se ve amarillenta, la explicación “se ve así porque está hecha de queso” responde bien a una pregunta sobre su color, pero seguramente no responde bien ninguna pregunta en relación a otras propiedades de la Luna. Aunque éste es un ejemplo burdo de una mala explicación, podría darse el caso de que, si me esfuerzo, encontrara en el mundo a algún científico o científica que opine que un modelo lunar basado en su composición de queso es correcto. Si eso ocurriera, ¿podría entonces decir que científicamente está aceptado que la Luna es de queso? No.
No basta que en la comunidad científica haya una o dos personas convencidas de algo; deben convencerse todas o al menos una aplastante mayoría. Es frecuente observar que muchas personas que investigan “lo inexplicable” mencionan que conocieron a “un científico que estaba de acuerdo conmigo”. No obstante, no pueden mencionar que conocieron a much@s científic@s que estaban igualmente de acuerdo. Me parece que estas personas visualizan a la ciencia como el dique de una verdad mantenida intencionalmente en las sombras, y a es@s científic@s disidentes como grietas en el dique. No funciona así. Como en todas las actividades humanas, por una parte ocurre que hay personas más hábiles o cultas que otras; por otra parte ocurre que no sólo hacemos ciencia sino que tenemos problemas familiares, enfermedades, apuros económicos, inquietudes políticas, etc. todo lo cual puede afectar lo que opinemos un día particular. La manera de minimizar estos efectos es hacer una ciencia de comunidad, donde el pensamiento respecto a un tema es aquel que es capaz de persuadir de manera estable en el tiempo a la comunidad completa.
La tercera regla es que debemos reconocer la experticia en aquello en que una persona es experta, pero no en menos y no en más que eso.
Aunque soy un astrónomo profesional sé muy poco de, digamos, fenómenos atmosféricos, especialmente en condiciones climáticas extremas. Si alguien se acerca a mí con una fotografía de unas luces brillantes flotando sobre una montaña y yo no soy capaz de explicarla, ¿la convierte eso en una evidencia a favor de un fenómeno sobrenatural? ¿Qué tal si luego un meteorólogo la observa y reconoce esas luces como imagen de un fenómeno común en zonas desérticas? Sin embargo, suele ocurrir que luego no es citado el meteorólogo que explicó el fenómeno, sino el astrónomo que no lo logró. Esto ha hecho que hoy en día sean muy pocas las personas de cierta educación científica dispuestas a poner algún grado de atención a fotografías extrañas, que son el inagotable recurso de quienes buscan evidencia sólida del fenómeno OVNI (3).
La última regla es que ante explicaciones igualmente plausibles escojamos la más simple o, formulado alternativamente, la que nos exija creer menos (4). Lo correcto de una explicación científica no está definido por su parecido con el contenido de un hipotético libro de soluciones sino por su coherencia con las observaciones disponibles y por la conformidad con algún criterio de discriminación entre teorías de igual mérito. La Navaja de Ockham es tal criterio.
La Navaja de Ockham debe su nombre a William de Ockham, a quien se le ha atribuido aunque en realidad no hay evidencia sólida de que él lo haya formulado; al menos sabemos con certeza que se ha popularizado con tal nombre desde el siglo XIX. Según prescribe, entre dos teorías que expliquen igualmente bien un conjunto de observaciones, se ha de escoger la más simple. ¿Qué significa “simple” en este contexto? Significa verse forzad@ a aceptar el menor número posible de afirmaciones no probadas. Naturalmente esto es a veces materia de polémica pues la “simplicidad” de una teoría o lo que entendamos por “supuesto” en un determinado problema no es tan obvio como parece a primera vista, de modo que de cultura a cultura la aplicación de Ockham podría ser distinta (5).
Cabe subrayar un aspecto importante de la Navaja de Ockham: Se trata de una regla heurística. Sabemos que en muchos casos nos orienta bien, sabemos que sería difícil argumentar a favor de otro criterio en un problema en el que no tuviéramos más guía que nuestras observaciones experimentales. Sin embargo, es posible que su aplicación correcta nos lleve a seleccionar una teoría que más adelante se revele incorrecta. Por ejemplo, basado en mis observaciones de lunes a sábado podría apoyar la sencilla teoría de que la biblioteca abre todos los días a las 9 de la mañana en lugar de una teoría más complicada según la cual la biblioteca abre seis días y cierra uno. El domingo a las 9 de la mañana me encontraría de golpe con mi error. Puesto de otro modo, las teorías científicas son siempre provisionales. No son ciertas a secas, sino ciertas hasta que se demuestre lo contrario. En lo que sigue, parto de que la teoría “Los astronautas norteamericanos llegaron a la Luna en 1969” es provisionalmente cierta, pues ajusta bien los datos disponibles. Enfrento la teoría de conspiración como un intento de refutar esta teoría. Veamos qué pasa.
¿Llegamos o no a la Luna?
Habiendo sentado las reglas, juguemos. Quienes plantean la teoría del fraude lunar esgrimen varias evidencias que a primera vista parecen persuasivas. Lo siguiente es una selección de aquellas que se repiten con más frecuencia y que tienen capacidad de confundir a un ojo no entrenado:
- A) Los ángulos de las sombras en las fotografías son incorrectos si el Sol era la única fuente de luz en la Luna.
- B) Hay una fotografía de la bandera norteamericana en que se la ve flamear. ¿Cómo es esto posible si en la Luna no hay viento?
- C) Hay paisajes que se repiten en varias imágenes, pero a veces un equipo de la misión está o no está. Esto indica el uso de escenografía.
- D) En las fotografías tomadas en la Luna no aparecen las estrellas. Al no haber atmósfera, no debió haber impedimento para que éstas fueran registradas en las imágenes.
Tomémoslas una a una:
A) Si en la Luna la única fuente de luz era el Sol, a una distancia infinita para efectos prácticos, entonces las sombras proyectadas deberían haberse visto paralelas. En cambio, las imágenes son más bien como ésta (6):
[imagen disponible en versión pdf de TauZero #18]
lo que hace evidente la presencia de reflectores (del estudio de televisión) iluminando la escena y proyectando sombras que a veces se intersectan, como se ve en la imagen.
Pienso que la mejor respuesta a esto es una foto como la siguiente, que tomé hoy antes de abordar la locomoción a mi trabajo:
[imagen disponible en versión pdf de TauZero #18]
Espero que me creerán que la única fuente de luz en esta escena es el Sol y que efectivamente las sombras son paralelas. ¿Por qué no se ven paralelas en la foto entonces? Perspectiva. Estoy proyectando a un plano (la foto) un volumen (la escena tridimensional que estoy fotografiando). ¡Al hacer esa proyección las propiedades tridimensionales no se conservan! Si trazo una vertical desde el punto en que se intersectan las líneas rojas, en algún punto de esa vertical se hallará la única fuente de luz que me permite generar todas las sombras de la imagen simplemente trazando líneas desde su posición hasta la posición de cada objeto y extendiendo el trazo hasta tocar el suelo. Por supuesto que rara vez esa fuente de luz aparece en la foto sencillamente porque es muy brillante y las fotos se velan si intentamos incluirla. Todos estos conceptos se enseñan en Artes Plásticas a nivel de Enseñanza Media y pueden ser consultados en cualquier libro sobre dibujo que enseñe nociones de perspectiva.
En un paisaje donde el terreno no es plano la situación es más compleja y menos debiéramos esperar ver sombras paralelas salvo que trucáramos la foto para que se observaran así. La ausencia de sombras paralelas, o más bien la presencia de sombras en direcciones aleatorias, apoya la noción de que las fotos fueron tomadas sin ningún preparativo especial en relación a cómo lucirían las sombras registradas. Los ángulos de las sombras no son, por lo tanto, evidencia de un montaje televisivo del alunizaje. Dadas las altísimas chances de que cualquier persona tenga en su casa una foto donde se aprecie el efecto que he ilustrado más arriba ¡este argumento más bien parece evidencia de lo poco que algunas personas parecen observar sus álbumes de fotos familiares!
B) La siguiente fotografía muestra la bandera norteamericana flameando en la Luna. ¡Pero allí no hay viento!
[imagen disponible en versión pdf de TauZero #18]
Ciertamente la bandera no flamea por la presencia de viento pues en la Luna no lo hay. ¿Pero flamea? Para cualquiera que se haya tomado la molestia de ver los videos de la misión se hace evidente un detalle que en las fotos no es tan obvio. La bandera tenía un soporte horizontal que permitía que quedara extendida al momento de tomar las fotos. Sin embargo, el género era un poco más largo que este soporte horizontal, de modo que la bandera quedó arrugada. Son esas arrugas las que le dan aspecto de bandera que flamea pero, como deja en claro el video, la bandera no se mueve en absoluto (7). El único movimiento que se observa es un ligero vaivén inmediatamente después de que el astronauta logra clavar el mástil en el suelo lunar, lo que no es una sorpresa. Si el mástil está vibrando (por el esfuerzo necesario para clavarlo) parte de esa vibración se transmite a la bandera. Por supuesto el efecto dura escasos segundos. He visto un video de más de una hora en que pude comprobar que la bandera se mantuvo perfectamente estática a pesar de que los astronautas pasaban corriendo y saltando muy cerca de ella. ¡Esto es lo contrario a lo que ocurriría en un ambiente con atmósfera!
C) Hay paisajes que se repiten en varias imágenes. Eso delata que se usaba una escenografía que, entre cientos de fotos, por error algunas veces se repitió.
Esto se trata una vez más de poca costumbre de inspeccionar las fotos del álbum familiar… Una propiedad de nuestra percepción visual es la posesión de disparidad binocular. Esto es, que lo que vemos con el ojo izquierdo es ligeramente distinto a lo que vemos con el ojo derecho. Ello nos permite estimar la distancia a la cual se encuentra el objeto que observamos. Tal capacidad es, lamentablemente, finita; de otro modo sería fácil estimar con un simple vistazo la distancia a objetos tan lejanos como las estrellas. En la práctica, sin embargo, la disparidad binocular deja de ser una propiedad útil más allá de unos pocos metros, tras lo cual necesitamos otras claves para estimar distancia; por ejemplo, sé que un vehículo está a una cuadra de distancia porque tengo una idea del tamaño que ese vehículo tendría si estuviera junto a mí. ¿Pero qué pasa con aquellos objetos que no tienen un tamaño estándar, como las montañas? Pasado el límite de disparidad binocular y sin ayuda de otras claves visuales, todo parece lejos, pero igualmente lejos. Si un vehículo está frente a mí cinco metros y una montaña está a dos kilómetros puedo estimar la distancia al vehículo pero no a la montaña. Si ahora camino 10 metros hacia adelante, de modo que el vehículo quedó a mi espalda, la montaña la veré tan lejos como antes, pero ahora el paisaje lucirá distinto pues el vehículo estará ausente. Ése es todo el misterio de esta clase de fotos de la Luna. El paisaje de fondo efectivamente se repite, con ligeras variaciones de ángulo o de distancia que son despreciables frente a la distancia total entre el astronauta y las montañas, de modo que lo que está en primer plano cambia porque el astronauta se movió unos pocos metros antes de tomar la fotografía en aproximadamente la misma dirección. A modo de experimento hice las dos fotografías siguientes:
[imagen disponible en versión pdf de TauZero #18]
Entre la primera y la segunda me moví unos 30 metros hacia adelante. El paisaje en primer plano es radicalmente diferente, pero el fondo es el mismo.
Cabe mencionar que en la Luna están ausentes algunas ayudas visuales para estimar distancia que solemos usar en la Tierra. Una muy importante es la misma atmósfera. Aquello que vemos lejos en la Tierra lo vemos también borroso, pues en la línea del horizonte encontramos muchas partículas de polvo, agua y… aire, todo lo cual dispersa un poco la luz y empobrece la calidad de la imagen. Es por ello que, en presencia de una atmósfera cargada de partículas podemos apreciar que unas montañas se hallan más lejos que otras:
[imagen disponible en versión pdf de TauZero #18]
En la Luna no tenemos esta ayuda visual, de modo que el efecto de que las colinas lunares parecen estar en un mismo plano se halla todavía más enfatizado que sólo por el límite de usabilidad de la disparidad binocular.
D) En las fotografías tomadas en la Luna no aparecen las estrellas. Al no haber atmósfera, no debió haber impedimento para que éstas fueran registradas en las imágenes.
Las cámaras fotográficas manuales permiten controlar tanto la abertura del diafragma (el componente que regula cuánta luz por unidad de superficie llega a la película) como el tiempo de exposición. Su uso es muy intuitivo. Si fotografías algo brillante, entonces querrás cerrar mucho el diafragma y usar tiempos de exposición cortos. Si fotografías algo débil, entonces abrirás el diafragma y usarás tiempos de exposición más largos. En el caso de las fotografías lunares, éstas fueron tomadas hacia objetos blancos que reflejaban gran cantidad de luz solar: los trajes de los astronautas, los vehículos espaciales, etc. Lo normal es entonces cerrar el diafragma y usar tiempos de exposición muy cortos. La foto sale bien, pero al precio de que los objetos de luz más débil en la misma escena no tienen tiempo de impresionar la película. Aunque las estrellas emitían una luz apreciable, no eran competencia para la luz que reflejaban los otros elementos presentes en las fotografías, así que sencillamente no alcanzaron a registrarse. El tiempo de exposición de las fotografías lunares fue alrededor de 0.004 s. Como comparación, quienes hacen astrofotografía saben que para que las estrellas más brillantes alcancen a verse en una imagen el tiempo de exposición debe ser de al menos algunos segundos; un tiempo de exposición típico es de 30 s, es decir, 7500 veces más largo que lo que se usó en la Luna.
Meses atrás reconozco haber alojado algo de desconcierto sobre este punto por la aparición de una astrónoma de Greenwich que decía compartir las dudas sobre la ausencia de estrellas en las fotografías. Para quien quiera leer la historia completa de mi comunicación con esa persona, puede leer mi artículo anterior sobre escepticismo. El resumen es que ella jamás dijo ni ha pensado eso, y ni siquiera es astrónoma (aunque trabaja en Greenwich). Cada vez que encuentres una publicación en que veas ese argumento, ten la certeza de que quien lo escribió no sólo tiene una mala base conceptual científica sino también periodística.
Y si no llegamos a la Luna, ¿cómo explicas esto?
Hagamos ahora el ejercicio opuesto. Tengo frente a mí la revista Sky and Telescope de noviembre de 1969. En sus páginas 358 y 359 aparecen reportes de avistamientos de la misión por parte de astrónom@s amateur. Por supuesto que para quienes proponen la teoría de conspiración esto no es ninguna prueba de que la misión tuvo lugar, ya que no deniegan que el viaje al espacio se hizo (¡espero!). Lo que rehúsan aceptar es el alunizaje. No obstante, me parece interesante comprobar que con telescopios modestos (20 cm) y enfrentándose a las malas condiciones climáticas que afectaron a USA en esos días haya sido posible observar algunas etapas de la misión desde el patio de la casa. En un momento tan crítico de la Carrera Espacial, ¿la Unión Soviética no habrá estado haciendo un escrutinio atento del desarrollo de la misión con equipos mucho más avanzados? ¿Y por qué el silencio entonces si hubieran detectado algo anómalo? Aún si no hubieran hecho nada de ese orden y la evidencia que tuvieran en sus manos fuera la misma que usan quienes proponen la teoría del fraude lunar, ¿no es raro que si hubiera algo científicamente sólido en esta evidencia la Unión Soviética hubiera callado como lo hizo?
Pero podríamos conceder que quizás tuvo lugar alguna maniobra política hasta ahora incomprensible. Aún así subsisten dos elementos de la misión de alunizaje que son ignorados por quienes defienden la teoría de conspiración. El primero es la existencia de muestras de rocas lunares disponibles tras el retorno de los astronautas. En algún sitio web pro-teoría de conspiración leí que estas muestras las habría obtenido la NASA en la Antártica. Pero en realidad esto funciona al revés: ¡son los meteoritos que se encuentran en la Antártica los que se comparan con muestras traídas por las misiones Apollo para confirmar que su origen es lunar! Más aún, los meteoritos que se encuentran en la Antártica tienen las marcas evidentes de su paso ardiendo por la atmósfera. Las muestras lunares no poseen esas marcas. Además, la cantidad (380 kg en la serie de misiones Apollo) y variedad de las muestras lunares hacen difícil considerar seriamente la idea de que éstas pudieran haber sido recogidas en la Antártica, donde sólo se han encontrado menos de 3 kg de muestras lunares en total, o, como plantea otra explicación, que hubieran sido traídas por un robot. La gran limitación de los robots es su poca movilidad, de modo que si las muestras lunares hubieran sido traídas por un robot, éstas deberían haber sido más bien uniformes, lo que no es el caso. Como comparación, los esfuerzos soviéticos por obtener muestras lunares usando robots fueron exitosos, pero sólo consiguieron unos pocos gramos.
Más difícil de ignorar es que uno de los logros de la misión Apollo 11 fue dejar en la superficie lunar un espejo que permite medir las vibraciones de la Luna. Esta medición se hace enviando un rayo láser que se refleja en el espejo, midiendo entonces su deflexión. Sabemos que el espejo está allá pues los rayos láser se reflejan. Si al alunizaje no tuvo lugar, ¿cómo es que ese espejo llegó allí? En la revista Science 166 (del mismo año 1969) J. Faller reporta el primer uso del espejo dejado por la misión Apollo 11 desde el Observatorio Lick. La posibilidad de que lo hubiera instalado una misión robotizada es muy baja pues técnicamente sería una proeza inclusive hoy. La misión Lunokhod 2 lo intentó sin éxito en 1973.
Analizando la evidencia con una base de física elemental hay otro hecho a menudo ignorado: al observar videos de los astronautas pateando el suelo lunar, o moviéndose en el vehículo lunar y levantando polvo a su paso, las partículas describen el movimiento parabólico acostumbrado antes de caer al suelo. Pero en presencia de aire, como es el caso de la Tierra, las partículas revolotean unos momentos antes de caer, desviándose del arco parabólico que predicen las ecuaciones. En la Luna no es así, y la parábola es perfecta. ¿Cómo se podría hacer esto en la Tierra? Una idea que leí en un sitio web es que la NASA habría usado unos poderosos extractores de aire para mantener el set de grabación en un vacío perfecto. La tecnología para generar un vacío de tal calidad y a tal escala no existe ni siquiera hoy.
Por supuesto que ninguna de las explicaciones dadas parecerá definitiva para alguien que quiera creer en la teoría de conspiración (8). Las rocas lunares las podría haber traído un robot, el espejo lo podría haber situado otro robot, la ausencia de estrellas en todas las siguientes imágenes enviadas desde el espacio durante décadas podrían ser parte de un acuerdo de silencio que involucra a decenas de miles de personas de todos los países… En el límite podemos encontrarnos con que quizás todo el mundo está conspirando contra unas pocas personas que están en lo correcto, de modo que la lógica misma ha sido manipulada para llevarnos a conclusiones erróneas. Pero si no llegamos a postulados tan excéntricos y concedemos que pudiera haber una, hasta ahora desconocida, manera de presentar una teoría de fraude lunar que explicara bien la evidencia disponible, cabe preguntarse, con la guía de la Navaja de Ockham, qué es más sencillo: esta gigante conspiración o el viaje. Si el supuesto móvil de la conspiración fue que USA carecía de la tecnología para hacer el viaje lunar, es paradójico que se intente probar que esta conspiración tuvo lugar recurriendo a tecnología que incluso hoy no está a nuestro alcance.
De las reglas que daba en la sección anterior, quienes defienden esta teoría de conspiración suelen ignorar casi la totalidad. Es frecuente que se consulte a una persona que no es experta en fotografía sobre tal o cual fenómeno que aparece en una imagen, o que se cite la certeza o la duda de una o dos personas como prueba de peso contra el punto de vista opuesto sostenido por el resto de la comunidad científica. Aunque quienes sostenemos que la ocurrencia del alunizaje explica bien los hechos no tendríamos inconveniente en citar numerosas pruebas que nos convencerían de que estamos equivocad@s, es difícil dar con lo que convencería a quien sostiene el punto de vista contrario de que esta equivocad@. A menudo el resultado del debate es, a sus ojos, que la conspiración es todavía más grande de lo que pensaba. Quizás yo estoy escribiendo este artículo obedeciendo órdenes de un poder secreto. Quizás la revista en que aparecerá está secretamente financiada por NASA. “¡Ojalá!”, imagino exclamar a mi editor.
Es razonable pensar que, una vez que alguien ha logrado dar una explicación a las denuncias que hace la teoría de conspiración, nuevas versiones de ésta requerirán argumentos más sofisticados. No ocurre así. Aunque cada década más o menos ve resurgir este tema, los argumentos son consistentemente los mismos. Esto provoca pérdida de interés por parte de la gente de ciencia, de manera que quienes defienden la teoría ocasionalmente disfrutan una sensación de victoria que no está apoyada en la solidez de sus argumentos sino en el aburrimiento que un debate aparentemente sin propósito produce.
¿Sirve para algo este debate?
Bien tomado, sí. El director de TauZero que perseverantemente me acosó por largos meses para que terminara este artículo lo hizo en base a mi memoria de haber usado este tema como actividad educativa en un taller para niñ@s en España. Igual que entonces, creo que el tema tiene mucho potencial para enseñar conceptos de ciencia, filosofía e historia en el salón de clases. No creo que haya algo que descubrir si nos interesa por la posibilidad de una conspiración, pero creo que un efecto positivo de este debate es que resume numerosos hechos que, en contraste con nuestra experiencia cotidiana, son contraintuitivos y cuya correcta explicación nos fuerza a aprender o repasar varios conceptos de las ciencias naturales.
Opino que es crucial para construir una sociedad justa que la ciencia no sea una especie de arte oscura que practiquen unas pocas personas iniciadas, sino algo que se inserte en la vida cotidiana, que forme parte de las herramientas de análisis con que intentamos comprender el mundo. Esto nos volverá participantes críticos y empoderados en aquellas discusiones que cada época necesita y cuya resolución finalmente nos afecta a tod@s. Así como muchas veces ha llegado alguien a mi casa tratando de persuadirme de la importancia de aceptar al dios A, B o C para salvarme, me hubiera gustado que alguna vez golpeara a mi puerta alguien que hablara de la necesidad de aprender ciencias ambientales para salvarnos de problemas climáticos globales que son inminentes. Sin necesidad de organizar un apostolado, pienso que quizás curiosidades como éstas abiertas por la teoría de la farsa lunar abren insospechados caminos por los cuales un mayor número de personas que de otro modo no se interesarían por la ciencia llegarán a saber algo de Óptica, de Mecánica, de Química, y, ¡qué necesario!, de Filosofía, particularmente de aquella que nos enseña a razonar correctamente.
Notas
(1) Que es, por cierto, una contradicción, ya que sin un “a” ante “Man” la frase se traduce como “Éste es un pequeño paso para la humanidad, un salto gigante para la humanidad”. Esta omisión ha sido reconocida por Armstrong. Años de sólido entrenamiento y una fortuna en tecnología no previnieron que las primeras palabras de un ser humano en un cuerpo planetario distinto a la Tierra fueran una incongruencia.
(2) A veces hay confusión sobre lo que científicamente se considera una “explicación”. No se trata de poder decir específicamente qué es lo que produjo cierta extraña imagen en la fotografía que tomó una persona. Científicamente, una explicación puede ser producir fotografías o grabaciones de calidad similar pero producidas en base a fenómenos naturales conocidos. El razonamiento es que si puedo producir una imagen B cualitativamente similar a la imagen A, sabiendo que la imagen B capturó un fenómeno conocido, entonces la existencia de la imagen A no es prueba de la existencia de un fenómeno desconocido. Esto se relaciona estrechamente con la Navaja de Ockham, que discuto luego.
(3) Lo cual es una pena. El común desprecio a estos tópicos por parte de quienes trabajan en el área de ciencias físicas es comprensible por la estructura parcelada del conocimiento contemporáneo, que nos fuerza a una deplorable ignorancia de áreas ajenas a aquellas a cuyo desarrollo nos dedicamos. Creo que a una persona naturalista, que fuera profundamente amante de la ciencia y el conocimiento más que sólo de la física, seguramente se le abriría un apetito voraz por todo lo que presumiblemente hay de útil para la psicología y la sociología en el tema OVNI, aún cuando dudo que haya algo de interés para una persona seriamente interesada en la búsqueda de civilizaciones extraterrestres.
(4) Aquí estoy usando la palabra creer para designar el acto de aceptar un hecho sin prueba y sin posterior cuestionamiento. La fe en cualquier dios es un ejemplo de creer, pero también lo es aceptar la validez de la lógica o el asumir algunos axiomas como base de las matemáticas.
(5) Un ejemplo dramático de esta clase de dilema se tiene en el debate entre creacionismo y evolución. ¿Qué es más “simple”: un universo que se origina en oscuros procesos físicos y químicos cuya naturaleza exacta es aún materia de especulación científica, o un universo en el cual una inteligencia creadora pone en marcha todo cuanto conocemos más o menos en el estado en el que lo vemos hoy en día? Planteado así, la segunda opción se hace atractiva y de hecho lo es para un gran número de personas. Personalmente creo que tal discusión debiera pasar previamente por el filtro de falsabilidad, que he explicado en otro artículo, y que deja al creacionismo en una categoría de teoría no científica, pues está formulada de tal modo que deja muy poco material expuesto a posibles experimentos que la refuten. Eso no la hace más correcta, sino simplemente más cercana a un artefacto lógico, el equivalente mental de una ilusión óptica. Sus proponentes de todos modos no suelen tener mucho interés en buscar formas de que su teoría sea refutada sino en persuadir a otras personas de que sus creencias son correctas sin importar la evidencia en contra. ¡Eso es lo que hace absurdo pensar que el creacionismo debiera enseñarse en ramos de ciencia como algunas iglesias han de vez en cuando propuesto!
(6) Tomada de http://www.alien-ufos.com
(7) La historia completa es que este efecto de bandera arrugada no pasó desapercibido para los astronautas, a quienes les gustó como lucía. De ahí en adelante la bandera intencionalmente la posaron para que pareciera flamear.
(8) Me encantaría ver discutir a quienes observan con tanta suspicacia las fotos tomadas por las misiones Apollo con las personas que miran con equivalente credulidad las fotos que son “prueba” del fenómeno OVNI. A pesar de que la aplicación de criterios de calidad es increíblemente dispar en un caso y otro, es interesante descubrir que en un buen porcentaje ¡son las mismas personas!
Que salga el mal, que entre el bien. Larga vida al escepticismo.
July 1, 2005 by rmundaca · Leave a Comment
por Eduardo Unda-Sanzana
Mi infancia ha ido ganando con los años un aura de realismo mágico que no era evidente cuando la vivía. A los recuerdos comunes, compartidos por much@s de mis amig@s de hoy, como el de jugar a los autitos, hacer tareas o ver televisión, sumo otros más insólitos, como el de saltar sobre un brasero en que quemábamos sahumerios (los cuales se vendían como un producto medicinal más en la farmacia, envueltos en paquetitos que traían de regalo una carta de tarot); el de hacer fumar a un eternamente sonriente ekeko cargado de saquitos cuyo contenido fue obsesión de muchas de mis tardes de ocio; o, quizás liderando el ranking de lo bizarro, el de alimentar con limaduras de hierro un imán que en casa considerábamos que estaba de alguna manera vivo (escalofriante, ¿no?). Mientras mis amig@s recuerdan que sus deberes domésticos consistían en barrer, lavar la loza, o hacer las camas, yo agrego a esa lista ítemes como fabricar un chanchito con un limón haciendo de cuerpo y unos fósforos de patas, para luego hacerlo fumar un cigarro puesto en una ranura abierta con un cuchillo. Su trompa, claro. Se entenderá entonces que cuando tuve mis primeras angustias amorosas inevitablemente pensé en usar unas cintas brasileñas que se amarran en muñecas o tobillos y que, según decía la señora que las vendía, atraían infaliblemente a la persona amada.
Algo que ahora me causa mucha curiosidad es cómo esta especie de folklore urbano se desarrolla. Esperaría que con los años la gente se diera cuenta de que estas cosas no funcionan, de que poner una escoba detrás de la puerta no tiene más efecto en que las visitas se vayan que arrancar una hoja a una rosa o guiñar tres veces el ojo izquierdo mirando hacia el norte. Esperaría que la gente observara sin ayuda que la escoba a menudo es puesta cuando las personas de la casa ya sienten que la visita ha durado mucho, y probablemente lo mismo sienten las visitas (no en vano comparten los códigos sociales propios de la cultura en que están inmersas) de modo que no es una tremenda sorpresa que al rato las visitas partan. También esperaría que la gente fuera estricta con aquello que considera evidencia a favor de la efectividad de la escoba, y que se sientan disconformes con que una vez que ésta es instalada detrás de la puerta las visitas no se retiran inmediatamente, sino que lo hacen tras un lapso impredecible. Lo cual tampoco es una gran sorpresa porque de todos modos tenían que irse alguna vez.
Y sin embargo este acervo popular vive. ¿Por qué? Porque esa clase de conocimiento no es científico, de manera que sus predicciones no requieren funcionar para sobrevivir, y sus fundamentos ni siquiera necesitan apoyarse en la observación rigurosa de lo que nos rodea. Esta posibilidad me parece respetable, mientras se presente como lo que es. No me incomoda que el conocimiento científico comparta palestra en la cultura popular con otras formas de conocimiento que brotan de maneras alternativas de ver o entender el mundo. Lo que sí me hace sentir inquieto es que muchas veces la gente parece no saber distinguir entre esas distintas formas, buscando respuestas en conocimientos que no las tienen o no las requieren, y esperando soluciones donde no existe el poder para darlas. Una persona que reza por la salud de su hija no está nada más posando una usanza típica de su país, como si bailara cueca para la foto de un turista; esa persona realmente quiere que su hija se mejore. Puede que esto ocurra, pero si el acto de rezar tuvo alguna participación en ese resultado, esto sucedió a nivel de focalización de una actitud positiva frente a la enfermedad, que sabemos que tiene impacto en la receptividad a las medicinas y los tratamientos médicos, principales responsables de la cura. Esto es similar a cuando las personas mayores dicen que las plantas se ponen bonitas cuando se tiene el hábito de hablarles; seguramente lo que las plantas disfrutan, más que nuestras palabras, es el dióxido de carbono extra que esparcimos en su dirección cuando les hablamos.
En su versión más inofensiva (aunque no por ello menos triste) fruto de esta confusión es toda una industria de productos y servicios cuya supuesta efectividad se basa en una mala lectura de la evidencia disponible. En su versión más siniestra, esta confusión trastorna nuestra visión de la política internacional, dando pie a guerras sin fundamento al costo de innumerables vidas inocentes. Pero para entender cómo de una cosa llegamos a la otra, partamos por el living de nuestra casa.
El caso de los tres elefantes
Aunque amenace con abundar en exceso la anécdota, quiero detallar un poco lo que, en el estilo de las aventuras de Sherlock Holmes, podríamos llamar “El caso de los tres elefantes”. A diferencia de otras prácticas de intención mágica que mencioné al comienzo, algunas de las cuales pueden tener un origen muy antiguo (notablemente los sahumerios y algunas de sus invocaciones datan de varios siglos) en esto de los elefantes pude presenciar su origen y desarrollo, al menos para efectos de cómo se vivió en mi familia.
Quizás ya has escuchado que tener un elefante de cerámica en casa ayuda a atraer dinero. En la mía esto lo habremos oído por primera vez cuando yo tendría unos 10 años, e inmediatamente nos aprovisionamos de una figurita, creo que de ónix. El consejo no dio ningún resultado apreciable. Aclaró entonces una vecina que el elefante en cuestión debía ser blanco. Corregimos nuestro error, pero de nuevo no observamos cambios en nuestra suerte. Alguna visita observó el elefante que manteníamos en el living y señaló expertamente que la trompa debía estar siempre apuntando hacia adentro si lo que queríamos era atraer dinero. Más precisamente (porque ¿cuál es exactamente la dirección “hacia adentro” en una casa?) la cola del elefante debía apuntar hacia la puerta. Ahora sí teníamos buenas instrucciones, pero no, nada varió en nuestras finanzas. De alguna reunión de microcentro del colegio mi madre volvió con la fórmula exacta. No bastaba con un elefante, sino que debían ser tres elefantes los que debían disponerse en caravana con las colas hacia la puerta. A pesar de introducir este cambio, e ignorando por completo nuestra persistencia, la suerte siguió dándonos la espalda (quizás remedando a los elefantes) y nuestros balances a fin de mes se mantuvieron inmutables. Para abreviar el relato, digamos que de otras fuentes vinieron sucesivamente las precisiones de que los elefantes debían tener una moneda adherida a la pata delantera izquierda, que debían tener un billete enrollado ensartado en la trompa, y que uno de ellos debía ser negro. Una variante de esta historia se podría referir con budas (1).
El caso de los tres elefantes es interesante porque, superficialmente, se parece a la actividad científica. Tenemos por una parte una teoría que resume lo que se supone ha sido una serie de observaciones de experimentos pasados exitosos y que justifica el interés en replicar tales experiencias. Por otra parte encontramos que, al constatar repetidos fallos, las personas llevando a cabo el experimento sostienen una atenta y continua revisión del aparato experimental (léase, de la orientación, color, accesorios, etc. de sus elefantes), además de una constante comunicación y cotejamiento de resultados.
Finalmente, una vez que se tienen tres elefantes blancos con billetes en la trompa perfectamente alineados en sentido contrario a la puerta, difícilmente se volverá a usar un elefante azul apuntando en cualquier dirección; en otras palabras, hay una sensación de creciente sofisticación, de progreso en esta actividad. Por si fuera poco, la divulgación de esta clase de informaciones dejó hace años de ser algo relegado a la conversación casual en el almacén de la esquina o a la visita de un tío; hoy existen revistas especializadas en tales temas, tal cual como las hay para la información relevante en ciencia.
Veamos ahora por qué nada de esto es lo que parece.
Dije que el parecido se desprendía de una mirada superficial. Un análisis más riguroso (y, me temo, despiadado) revela la basta comparación. En primer lugar es cierto que la teoría puede estar resumiendo los experimentos pasados exitosos. Una buena teoría científica, sin embargo, debiera ser capaz de resumir todos los experimentos pasados, hayan sido exitosos o no. La creencia no es “tener tres elefantes a veces atrae dinero y a veces no”, sugiriendo entonces que han habido experiencias negativas que tomar en cuenta, sino llanamente “tener tres elefantes atrae dinero”, y se citan invariablemente casos de personas a las que seguir este consejo les ha dado resultado (2). O bien todas las experiencias han sido positivas y la teoría es un buen resumen, o bien la teoría ignora los resultados negativos y es por tanto pseudocientífica. Sin embargo, a pesar de haber resultados negativos, un número sugerente de resultados positivos podría sugerir que hay algo ahí que vale la pena investigar. Poniendo atención a los reportes que circulan sobre la efectividad de los elefantes, podríamos pensar que esto es en realidad así. ¿Cómo explicar de otro modo la cantidad de experiencias positivas que es posible citar?
En los reportes exitosos que se transmiten por medios informales (sea prensa popular, las conversaciones con amistades, un programa misceláneo de televisión, etc.) suele operar un efecto de selección, el que puedo ilustrar mejor con la devoción popular a santos y santas. ¿Es probable que el primo nos cuente con entusiasmo cómo tras rezarle al padre Hurtado con mucha fe su hijo de tres meses no se mejoró? ¿Es común que la abuela le cuente a toda la familia que al poner una medallita de sor Teresita en su monedero ésta siguió igual, a veces con dinero y a veces completamente vacía? Serían historias aburridas, ¿cierto? Incluso si alguien tiene la desafortunada idea de contar una historia así durante una sobremesa, dudo que la memoria del relato sobreviva a la taza de té durante la cual se cuente. ¡Nadie va a repetir en su casa algo tan aburrido! Pero que alguien diga que rezarle a San Antonio sirve para encontrar cosas perdidas, ah, bueno, esto ya es algo que vale la pena recordar.
En los reportes sobre la efectividad de la oración no veo nada más que un fuerte efecto de selección en las historias que se refieren. Mi propia experiencia orando fue particularmente inexitosa en la década y media en que me consideré católico. Quizás se me achacará que mi fe no fue suficiente (3), pero personas que declaran tener una fe tremenda a menudo rezan por favores que no son concedidos y entonces “acatan la voluntad de Dios”. Esto hace que los resultados de la oración sean indistinguibles del simple azar y hace que Dios mismo sea indistinguible de la suerte (4).
Esto me devuelve a la crítica central del caso de los tres elefantes: Una teoría científica está siempre en la línea de fuego, preparada a morir ante cualquier resultado que muestre que sus predicciones son incorrectas o que en nada se diferencian de los resultados que podría procurar el azar. Una actividad pseudocientífica se reconoce porque nunca se atreve a correr este riesgo. Sus proponentes y practicantes la protegen con diferentes armas, desde, en su forma más bruta, negar la necesidad de observaciones bien controladas (achacando la falla del experimento al hecho mismo de que el experimento tenga lugar (5), por una cuestión de “vibraciones negativas” (6) que afectan el resultado, o de que la deidad misma ordena no tentarla, etc.), hasta, en su forma más elaborada, hacer uso de estadísticas que sólo a un ojo entrenado se le descubren como mal aplicadas (usualmente afectas a patologías de muestras pequeñas o mal seleccionadas).
El escepticismo
Mis simpatías en estos temas están con el escepticismo. Ser una persona escéptica no significa, como popularmente sugiere el término, testarudamente no creer “porque sí”. Una persona escéptica, como cualquier otra, desearía que las cosas en el mundo fueran de cierto modo, pero no suplanta la realidad con sus deseos. Al ser una persona escéptica puedo mirar cada noche los cielos con la esperanza de ver una nave extraterrestre, o desear fervientemente que descubramos una manera de curar las enfermedades transfiriendo algo a través del simple contacto de las manos. Pero porque ése sea un mundo en que a mí me gustaría vivir no desconozco que en el mundo en que yo vivo no tengo ninguna evidencia de que algo de eso haya ocurrido. Si alguien dice que eso en efecto ocurre, no quiero creer en lo que esa persona afirma sólo por lo mucho que me gustaría que fuera cierto sino en base a interrogarla mucho y que la persona pueda contestar a todas mis objeciones. Es más, una vez que lo consiguiera, desearía que fuera capaz de contestar a cualquier objeción nueva que en el futuro pudiera surgir, se me ocurra a mí o a otra persona. Sólo entonces sentiría que el mundo al que esa persona me invita, y que ahora es mucho más parecido al mundo que yo deseo, realmente existe allá afuera. Pero si no es capaz de superar esta etapa de prueba, me resisto a vivir una ilusión.
Admiro a l@s Testig@s de Jehová por su tesón y el nivel de consecuencia que exhiben entre lo que creen y lo que hacen. Valoraría mucho ver esa clase de entrega en grupos de divulgación astronómica por ejemplo, pero la realidad es que en estos últimos la participación suele ser mucho menos intensa. ¿Significa esto que l@s Testig@s de Jehová tienen una base más firme para creer en el Reino de Dios que l@s astrónom@s para creer en la estructura del Universo? He hecho un par de veces el intento de entrar en conversación con Testig@s que llegan a mi casa a hacer misión, y a menudo resulta que tras unas pocas frases llegamos a un punto muerto, pues se me pide partir la conversación aceptando argumentos extraordinariamente débiles a favor de la incuestionabilidad de los contenidos de la Biblia. Uno de antología fue el de una testiga a la cual le bastaba que en la primera página decía que el libro contenía la palabra de Dios, o que en un par de citas (de la misma Biblia) se afirmaba eso. Mi respuesta fue que yo puedo mandar a una imprenta a imprimir un libro conteniendo las palabras “lo que yo digo es cierto” y eso no lo hace cierto, por lo cual, sin afirmar que los contenidos de la Biblia sean falsos, lo que ella me estaba dando no era un argumento a favor de que sus contenidos fueran verdaderos. El intercambio, de similar calidad, continuó hasta que su paciencia se agotó y me aclaró cómo en otra vida yo iba a tener que responder de mi falta de fe. Tal vez. No digo que yo haya probado que eso no va a ocurrir. Lo que digo es que nadie me ha dado un buen argumento de que eso vaya a ocurrir, así que con similar ansiedad podría esperar que después de la muerte me voy a reencarnar en ornitorrinco o que voy a viajar a un universo donde todo sabe a jengibre.
La conversación con la testiga ilustra una importante cualidad del escepticismo. Una persona escéptica no tiene una prescripción a priori sobre lo que otra debe creer sino sobre cómo debe creer. En el Universo es imposible tener prueba de todo, de manera que en algún punto toda persona debe ejercitar su capacidad de creer. Hasta la persona más recalcitrantemente cientificista no puede negar que hay un salto de fe en admitir las leyes del Universo, las que no se explican sino que se aceptan como el funcionamiento fundamental del Universo. Sin embargo la fuerza de la creencia aumenta en la medida en que los malos argumentos son expuestos y dejados de lado. Yo creo que si la testiga lo pensara mejor, podría encontrar mejores argumentos a favor de la autenticidad de la Biblia, de manera que no bastara un par de razonamientos improvisados para echar abajo su edificio de fe. Insisto: como persona escéptica no tengo un interés determinado en que la testiga siga creyendo o deje de creer en la Biblia; mi interés es que su fe, sea lo que sea en que finalmente sienta que deba creer, se haga más fuerte por medio de tener la base más sólida posible.
¿Cómo no va a haber nada en todo esto?
Una de las más socorridas objeciones al escepticismo es cuantitativa. “Hay tantos reportes de OVNIs”, “Hay tantos libros con casos reales de fantasmas”, “Se sabe de tantos casos de personas operadas a distancia por esos médicos en espíritu de Brasil”, etc.
La respuesta, nada sorprendente, es que no importa tanto la cantidad como la calidad de los reportes. Lamentablemente, los reportes de buena calidad ponen en evidencia que algo que puede ser muy entretenido (como doblar cucharas con la mente o “ver” colores con la yema de los dedos) en realidad no lo es porque ni siquiera ocurre, y por lo tanto, como ya he expuesto, perduran mucho menos en conversaciones de sobremesa y en programas de televisión que aquellos reportes de mala calidad que, más amenamente, dicen que aquello sí ocurre, no importa que no se pueda proveer un sujeto o sujeta capaz de producir el fenómeno en condiciones controladas. En fin, el show debe continuar.
Un tiempo estuve asistiendo a la Gnosis y admito que obtuve una enseñanza valiosa. En la primera sesión me dijeron “no creas en nada que no experimentes por ti mismo”. A pesar de que en los meses siguientes escuché a conferencistas relatar experiencias de otras personas capaces de desdoblar su cuerpo, leer la mente, ver el aura, mover objetos con la mente, contactarse con seres de otras dimensiones, robar energía (¿cuál?) a distancia, etc. yo nunca viví nada de aquello. Tras una inspección más acuciosa me quedó claro que tampoco las personas que relataban tales experiencias eran ellas mismas capaces de ninguna de esas proezas. La gnosis venía a ser algo así como un juego de rol, como lo es la masonería sólo que con menos dispendio económico. El añadido filosófico tampoco valía gran cosa si se miraba con algo de rigor científico. Había todo un sistema de karmas que se pagaban por malas acciones, y ejercicios que supuestamente hacían “evolucionar la conciencia”, pero bastaba hacer unos cuantos experimentos para darse cuenta de que no había correlación alguna entre actos y consecuencias, más allá de las derivadas de las leyes o de la costumbre, lo que excluía un cierto balance cósmico operando ahí. Siguiendo la misma máxima gnóstica de la primera sesión me pareció que lo más consecuente que podía hacer era abandonar el grupo. Por supuesto esto fue una excepción, de modo que siguen habiendo agrupaciones gnósticas por todas partes, reunidas en torno a fenómenos que nadie parece haber experimentado pero que cada una de esas personas afirma a pies juntillas que existe.
Puedo hablar todavía con más propiedad de un caso en el que pude ver de primera mano operando este efecto de propagación de malos reportes. Seguramente has oído hablar del gran fraude del Apolo XI. En pocas palabras ésta es una teoría de conspiración que plantea que USA falseó el alunizaje de 1969, el que no habría sido sino sido un montaje realizado en un estudio de televisión. El móvil de esta supuesta farsa sería que el exitoso programa espacial de la Unión Soviética estaba dejando atrás por mucho al vacilante programa estadounidense. En un momento en que ambas potencias conformaban alianzas a través de todo el globo en lo que parecía un gran juego de estrategia de final impredecible, tales éxitos o fracasos tenían fuertes repercusiones publicitarias pues daban la medida de la capacidad tecnológica de los participantes. Tras una década en que la Unión Soviética se había llevado todos los primeros lugares en la carrera espacial (primer hombre y primera mujer en el espacio, solo por nombrar dos) Estados Unidos llevaba las de perder. ¿Qué hacer entonces? Para quienes defienden esta teoría de conspiración la respuesta es una sola. Trampa.
Quienes proponen la teoría citan una serie de evidencias para apoyarlas, las que son muy interesantes y ciertamente provocativas para la mente habituada a considerar sólo su experiencia en el planeta Tierra. Que la bandera se ve flameando en la superficie lunar, pero en la Luna el viento es inexistente. Que el cráter generado por los motores del módulo lunar debiera ser enorme y es prácticamente imperceptible. Que al extender las sombras de las fotos queda claro que éstas eran producidas por un reflector a pocos metros y no por el Sol en el espacio (7). Aunque los supuestos son equivocados y el análisis erróneo, es notable que, por la motivación que sea, una persona se proponga seriamente entender las leyes de la mecánica o la óptica geométrica. Si su preocupación es resolver estas aparentes paradojas, esto demuestra el enorme favor a la educación que esta teoría hace si en lugar de ignorarla se trabaja bien en la sala de clases. Y no es tan difícil. En un curso que organicé en España con niñ@s de un promedio de 13 años, la mayoría apenas requirió ayuda para deducir la respuesta correcta a los problemas anteriores y varios otros que no cito para no hacer agotadora la lectura (8).
Sin embargo, a pesar de su ingenuidad, había en toda esta historia algo que me intranquilizaba. Así como pasaba el tiempo, cada vez más escuchaba aflorar el nombre de una astrónoma de Greenwich que mantenía un punto de vista divergente, apoyando algunos puntos específicos de la teoría de conspiración respecto a la ausencia de estrellas en las fotos tomadas en la Luna. Al tener una formación científica similar, me parecía increíble que ella viera un misterio donde yo no veía ninguno, y donde en general la comunidad astronómica profesional no veía nada por lo cual inquietarse. ¿Dispondría ella de alguna información que otr@s astrónom@s no? Su nombre, con que ya me había topado en decenas de sitios a favor de la teoría de conspiración, apareció una vez más frente a mí el 2003 en un libro de divulgación de misterios contemporáneos recientemente publicado por un periodista español. Esto ya no admitía más espera, así que decidí escribirle. Mi primera sorpresa fue que Maria Blyzinsky, la supuesta astrónoma de Greenwich, no es astrónoma sino una persona con formación en museología. Efectivamente trabaja en Greenwich, pero en el Museo Marítimo. Como ella misma señala en su respuesta a mi mensaje, su rol más cercano a la astronomía ha sido el de curadora de la colección de astrolabios, relojes de sol, etc. que el museo mantiene, de modo que en ningún caso podría opinar con autoridad profesional sobre este tema. ¿Bueno, entonces por qué lo había hecho? El caso es que no lo había hecho y no tiene la menor idea de cómo partió ese rumor. ¿Pero ninguna de todas las personas que habían mencionado su nombre en su sitio web, o l@s periodistas que la citaban en recuentos del tema la habían contactado para confirmar su opinión? No. Yo era la primera persona en todos estos años que se había tomado la molestia de preguntarle si ella efectivamente pensaba aquello que se le atribuía. Aunque al comienzo intentó contener la proliferación de esta información errónea que la concernía, fue inútil. Más tenaces que sus esfuerzos fueron los de decenas, quizás cientos de diseñador@s web y articulistas poco riguros@s que reproducían y publicaban sin introducir ningún control de calidad en sus contenidos.
Ojalá esta aclaración que ahora hago en favor de Maria Blyzinsky sea leída y difundida tanto como ha sido la infamante cita que se le adscribe. Pero lo dudo. Es aburrido, así que nadie lo va a recordar y si lo recuerda no lo va a repetir a nadie más. Más probable es que este incidente pase y nada más quede una serie de textos web apócrifos que en unos años más den


