La Ciudad

Primero fueron los perros.

Al principio todos guardaron silencio. Pero con el correr de los días sus aullidos comenzaron a cubrir la ciudad. Era como un clamor general lanzado desde los más secretos rincones. Era como si estuviesen llamando a sus amos, los que tuvieron, otros simplemente se unían al coro. Los callejeros deambulaban por las calles y de vez en cuando tomaban un cuerpo y saciaban su hambre. Los que estaban en los departamentos simplemente quedaron encerrados hasta morir de inanición. Los que estaban en casas y jardines, corrieron hasta el cansancio y luego aullaron hasta perder las fuerzas y con el tiempo también sucumbieron.

Los callejeros fueron los amos de la ciudad. Caminaban por las calles sin temor al atropello, entraban en lugares donde antes no eran bienvenidos, robaban en los supermercados y dormían en camas. Pronto empezaron a agruparse en jaurías y a disputarse territorios. En pocos meses eran millares los que se podían contar deambulando por las calles. Las batallas eran feroces. Había días en los que una sola escaramuza perdían la vida más de mil en una sola esquina. ¿Por qué? sólo por lograr el dominio del lugar. Se quedaban ahí hasta que eran desplazados y despedazados por otros…

Las matanzas eran observadas en silencio desde los techos de las casas por los gatos.

Al principio la pasaron mal. Eran cazados sin tregua por los perros. El hedor de los cuerpos en descomposición ahuyentaba a los pájaros y debieron remitirse, durante un tiempo, sólo a las sombras y a la noche. Furtivamente entraban en las casas y robaban algo de comida. Casi no se les veía. Eran espectros y sus pasos acolchados daban vida a las casas muertas. Caminaban entre los utensilios como en un ballet delicado pero a veces se equivocaban y movían algo, surgía un ruido y los perros llegaban a formar alboroto.

Al parecer fue en una de esas ocasiones cuando se desató el incendio. Comenzó en los barrios más pobres y se extendió hacia el oriente. Duró semanas y consumió casi la mitad de la ciudad. Se expandió hacia los cerros hasta que fue sofocado por una lluvia de abril.

Lo que quedó en ruinas en ese sector fue patrimonio exclusivo de las ratas.

Con el fuego salieron de sus escondrijos e inundaron el resto de la ciudad, como una marea marrón cargada de pestilencia, enfermedad y muerte. Ni los gatos ni los perros pudieron contra ellas. Eran demasiadas. Habían consumido los cadáveres de los antiguos habitantes por meses y habían crecido en número y tamaño, y para entonces ya eran más grandes que los mismos gatos.

El combate duró meses y todos perdieron. Los perros de mayor tamaño se beneficiaron de su fuerza y lograron mantenerse con vida. Los gatos más habilidosos se salvaron trepando y perdiéndose por los recovecos de las alturas. Las ratas yacían muertas por cientos de miles. Pero triunfaron.

Así como llegaron desde las sombras huyendo del fuego, un día se hundieron en las cenizas del sector calcinado de la ciudad y sólo salían de noche para cazar. Eran superiores en envergadura y número. Se sabían poderosas en su sector de sombras y sus ojos brillaban con otro fulgor bajo la luna.

Ahora las ratas se miraban y se hablaban.

Hablaban en lenguaje de ratas, pero hablaban.

Algunos perros empezaron a ver señales en las pocas paredes en pie. Pero no tenían el intelecto suficiente para comprender ese lenguaje de manchas y rasguños. Los gatos tampoco, pero su intuición los hizo comprender que nada bueno se acercaba y huyeron lejos de la ciudad.

Aquella noche no quedó ningún perro vivo y ninguno de los pocos gatos que no entendieron las advertencias. La ciudad, una vez más, llenó sus calles de sangre como en un relámpago. En sólo unos minutos el ataque se llevó a cabo y no hubo tiempo siquiera para lanzar un aullido.

La ciudad, finalmente, era de las ratas.

Acostumbradas a vivir en la basura, históricamente sometidas en la periferia, al disponer de toda la ciudad sus costumbres cambiaron. Comenzaron a limpiar, el sector calcinado se convirtió en un basurero y con inéditos esfuerzos de coordinación fueron capaces de mover los escombros y despojos de mayor tamaño. Los huesos de los antiguos habitantes fueron llevados hasta el basural y arrumbados. Al cabo de un tiempo, de los antiguos hombres solo quedaba un montón de huesos secándose al sol en lo que antes había sido un estadio de fútbol.

Ahora las calles estaban limpias.

Las ratas se organizaron. Hubo comités y oficios. Habían clases sociales y hasta partidos políticos, hubo incluso algunas que intentaron adueñarse de la ciudad por la fuerza pero fracasaron…

* * *

- Pero abuelo, ¿en qué parte nosotros nos hicimos cargo de la ciudad?

El abuelo sacude sus antenas con inquietud y mira a uno de sus casi cuatrocientos nietos y con voz paternal le dice.

- Ya llegaremos a esa parte pequeño, pero ya sale el sol y es hora de dormir.

El fulgor sobre la cordillera indicaba que un nuevo día nacía y como era la costumbre entre las baratas de hacia millones de años, se fueron a sus refugios huyendo de la luz que comenzaba a iluminar los edificios más altos de la ciudad.

Silenciosa, una paloma surcaba el aire y observando atentamente la ciudad. Algo en su cabeza le indicaba el inicio de un plan que había empezado hacía siglos, un plan ideado para dominar la ciudad.

Imagen: my lovely city @devianart

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