El fin del mundo se acerca

El 28 de marzo de 2008 siete mujeres de la secta Verdadera Iglesia Ortodoxa Rusa decidieron deponer su autoencierro en una cueva al Sur de Moscú. El enclaustramiento había durado cinco meses, y aún quedaba una treintena de personas que rehusaba abandonar el lugar. ¿La razón? La misma que motivó su ingreso allí: según el grupo, el mundo se acabaría en mayo de 2008. Un autoproclamado profeta les había anunciado este evento basándose en su personal decodificación de la Biblia.

Estos anuncios no son un fenómeno nuevo. Cada año alguien en algún lugar del mundo cree saber más allá de cualquier discusión que el mundo se terminará en una cierta fecha. Tengo en mi colección de libros uno de Boris Cristoff que anuncia esta catástrofe para el año 1983, y que fue un éxito de ventas. Luego, como el mundo no terminó, el mismo autor publicó otro libro (¿igualmente un éxito de ventas?) explicando por qué la catástrofe no había ocurrido. Una búsqueda en Internet revela muchas otras anécdotas similares.

¿Por qué la gente sigue creyendo estas falacias? Falta de ciencia. No se trata de despreciar las creencias religiosas de nadie, sino más bien de vivirlas integrando una cuota de pensamiento crítico. “Un poco de ciencia aleja de Dios, pero mucha ciencia acerca a Él”, decía Louis Pasteur. La lectura literal de la Biblia se riñe con los hallazgos científicos, pero es aún más cuestionable su uso como material adivinatorio. Tome por ejemplo el caso de “El Código de la Biblia” de Michael Drosnin. Según este autor, existe un método matemático por el cual la Biblia puede predecir el futuro. Y parece persuasivo. Se ingresa un nombre famoso, digamos Kennedy, y el código responde con una sopa de letras en que pueden hallarse palabras como “asesinato” o “tragedia”. Esa es la historia que conoce todo el mundo. Lo que no conoce todo el mundo es que lo mismo puede lograrse con cualquier otro texto del mismo largo que la Biblia. Esto fue probado posteriormente por matemáticos que repitieron el experimento usando el texto de Moby Dick. Naturalmente esto no quita valor a la Biblia como texto sagrado, sino que la salva de quienes tratan de ponerla al nivel de juegos sin poder predictivo como el tarot o la ouija.

Pero después de todo es cierto que el fin del mundo (precisemos: de la Tierra) se acerca. En unos cinco mil millones de años el Sol, nuestra estrella, llegará a una etapa de su vida que conocemos como fase de gigante roja. Se volverá una estrella más fría, a unos 4000 grados Celsius, comparado con los casi 6000 de ahora, pero mucho más grande. Puede que se trague la Tierra, la que sería literalmente incinerada. Si el planeta logra escapar a ese destino, de todos modos el Sol evaporará el agua de los océanos y elevará la temperatura a niveles insoportables para cualquier forma de vida. Estas predicciones científicas no son antojadizas. Están respaldadas por millones de observaciones que nos han permitido construir una teoría sobre el ciclo vital de las estrellas, incluyendo, por supuesto, la nuestra. Mejor aún, vienen con garantía: cada año cientos de estudios son publicados, cada uno intentando al mismo tiempo hallar errores en esa teoría y desarrollarla un poco más. Si nos equivocamos, todo el mundo lo sabrá, pues esa información es pública.

Posts relacionados