Battlestar Galactica nos habla de nosotros mismos

A ver, dicho en fácil, alto y claro (¿están todos escuchando?), aquí va: Battlestar Galactica es la mejor serie de ciencia ficción de toda la historia conocida, sin duda. El capitán Kirk puede ir al bar a llorar en compañía de Darth Vader y el Doctor Who, porque lo que es aún peor, Battlestar Galactica (BSG de ahora en adelante) no sólo ocurre en una galaxia “far, far away” llena de naves, lasers, guiones espectaculares y androides cyborg, sino que ha ido “dónde ningún otro ha ido antes” en complejidad, dramatismo y temática. Ahí donde otras series se preocupan del traje de lycra y el aparatito intercomunicador, BSG se interesa en las dinámicas internas de una tropa atravesada por el dolor y el heroísmo, la bajeza y la cobardía. Finalmente la ciencia ficción asumiendo el papel que mejor sabe hacer: fondos y aparatos alucinantes, dejando que la historia se desarrolle en términos dramáticos, sin ataduras, sin condicionamientos, como si ocurriera en un acorazado de la Guerra del Pacífico o en un batallón de tanques en Stalingrado. Triunfando, a fin de cuentas, donde todas las series de ciencia ficción fallaron siempre: su nulo humanismo. Ahí BSG triunfa, como un trozo de lo mejor y lo peor de la humanidad flotando dentro de una caja de metal en el espacio, como en el más salvaje de los reality-show.

¿Por qué ha tenido tanto éxito una serie tan despiadada? Quizá porque es la serie que, en la mejor tradición de esa ciencia ficción que se plantea como metáfora de la realidad, mejor ha sabido tocar el nervio del mundo post 11-S. Porque hoy la gente agradece que le digan la verdad después de tanta mentira oficial, que le digan que las decisiones de un gobierno no están guiadas por una ética incombustible, que el ser humano puesto al límite es una bestia capaz de vender a toda su raza, que un militar puede mandar a su subordinado a una misión suicida, que el héroe de la historia puede actuar como un imbécil y que el tótem moral que guía a todo el grupo puede ser además un alcohólico torturado. Que la realidad es terrible, que la felicidad es un lujo en un mundo duro por la que hay que luchar duramente día a día. BSG es un “reality” limítrofe de la sobrevivencia y la calidad humana puesta a prueba.
Y para seguir transmitiendo como el más entusiasta de los fans, puedo decir que además es muy entretenida y ágil. Las escenas de batallas espaciales que tanto nos gustan son impecables, poco cinematográficas y muy “reales”, casi documentales. Porque en BSG la estética es de submarino, de hacinamiento, de óxido y tecnología análoga que falla y se cae. La gente se afeita, se emborracha, se equivoca (y mucho), se enamora y engaña. ¡Los protagonistas mueren! No hay cómo no sentirse parte de esa caravana desgarrada que atraviesa el espacio, porque todos de alguna manera hacemos un viaje similar a través de nuestra vida, buscando desesperadamente algo que quizá ni siquiera exista.

Mucho se habla de los paralelismos de la historia con figuras religiosas judías y cristianas, y la imagen del pueblo elegido huyendo del exterminio a través de un tipo de desierto, guiado por un líder mesiánico y en busca de la tierra prometida es algo obvio. Pero si nos detenemos en ese punto sólo estaremos en otra de las capas superficiales de la serie. Lo realmente importante es su capacidad de hablarnos de nosotros mismos. La serie ha generado polémica tras polémica en EEUU justamente por su peso en realidad. Los guionistas han apostado a que los teleespectadores no son zombies sin cerebro y han propuesto una serie inteligente con temas duros: en medio de las primeras crisis en Iraq, BSG lanza un capítulo en donde los prisioneros de guerra aparecen encapuchados y sometidos a tortura. El propio tema de los cylons como “los otros”, los inmigrantes, los “diferentes”, los que piensan distinto y el temor que ello despierta. BSG, además ha planteado temas como el aborto, la justificación de la tortura, la discriminación al “distinto”, el fanatismo religioso, el uso del ataque terrorista como cuestión válida, la corrupción gubernamental y la inmoralidad del poder. El hombre, puesto en una situación límite, no se diferencia mucho de su enemigo.

El espíritu de la serie es múltiple, la puedes ver como una entretenidísima novela coral acerca de una serie de personajes íntimos y muy bien construidos, o como la epopeya espacial de una civilización en riesgo de desaparecer, o como el contenido espeso de nuestras propias miserias en estos días de guerra global, confusión y desconcierto acerca de la probidad de nuestros gobernantes. BSG es un espejo violento. Finalmente, nosotros también somos una raza encerrada en una nave espacial de nombre Tierra, perseguida por fantasmas y viajando hacia ningún lado.

En mayo de este año visité Londres y tuve la suerte de coincidir con la famosa London Convention para fans. Aparte de ver tipos disfrazados de stormtroopers, Alien, Saint Seiya o Koji Kabuto, pude estar en la presentación de parte del elenco de BSG. Ahí estaban Edward James Olmos (Almirante Adama), Gaeta y Chief Tyrol. Me tomé fotos con un cylon de la serie original de 1978 y con un escuadrón de pilotos Viper, por supuesto. Respondieron amablemente las preguntas más ñoñas del mundo (incluyendo la mía) y las más profundas también. Nadie se imaginaría a un fan de Star Wars preguntándole a David Prowse (Darth Vader) por su posición política, sin embargo los fans se sintieron muy cómodos preguntándole a James Olmos por las elecciones de este año en EEUU. El discurso y el manejo político que desplegó ante la audiencia fue soberbio. Habló en duros términos acerca de la política internacional norteamericana y se dio tiempo para explicar cuáles eran los cambios que él consideraba era necesario implementar en su país para acercarse a un concepto básico de justicia social…¡en una convención sobre una serie de ciencia ficción!

Nunca me quedó más claro por qué me gustaba tanto BSG, la serie de televisión más multilayer que haya existido jamás, la serie que hizo que mi mujer (que odia la ciencia ficción al mismo nivel que el dolor físico) fuera incapaz de perderse un sólo capítulo y que estuviera en primera fila en Londres intentando tomarse una foto con Adama como la más groupie de las groupies. “Dios te bendiga”, le dijo Adama después de un abrazo, un saludo a Chile y un beso muy amable. Yo habría preferido un “So say we all”, pero habría sido demasiado para mi corazón de ñoño.

Publicado originalmente en Revista Vive, Enero 2009.

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