El dream team de la otra literatura nacional

En la edición del 13 de diciembre de revista El Sábado, Patricio Jara se ha despachado un interesante reportaje sobre el freak power, representado por los nuestros amigos baradit, bisama, ortega y wilson.

Este reportaje aparece una semana después de la nota de Andrés Gómez en La Tercera Cultura titulado “Arde la Crítica” (6-dic-08), en donde hubo fuego cruzado entre escritores y críticos literarios, a propósito de las reseñas desfavorables que éstos hacen de la nueva literatura. Jorge precisamente aporta su visión del tema, dada las curiosas reseñas que ha recibido SYNCO. Libro que, dicho sea de paso, a menos de un mes de ser lanzado ya había vendido más de mil ejemplares.

El usual y descarado copy&paste (ustedes saben, para tener toda la información centralizada en un blog y evitar clicks y saltos entre sitios webs) va a continuación:

La nueva literatura fantástica chilena: Freak power

Sus novelas son el síntoma de una corriente en expansión; un fenómeno alentado por autores desprejuiciados que aprovechan el apoyo editorial y las redes digitales para captar lectores como nunca antes. Todo bajo una premisa: contar las historias de un Chile improbable, aunque, mirándolo bien, peligrosamente cercano.

por Patricio Jara

Cuatro escritores se han reunido frente a la librería Ulises, en el Drugstore de Providencia. Pero no es un encuentro literario; o al menos no como podría esperarse: los cuatro se sientan en la terraza de un restaurante de pizzas de tenedor libre y que en frente haya una vitrina atiborrada de libros es mera coincidencia; un decorado que no pidieron. Aunque sus novelas podrían estar exhibidas allí, ellos se quedan afuera y comen pizza.

Álvaro Bisama, Mike Wilson, Jorge Baradit y Francisco Ortega, todos menores de 40 años, habitualmente vienen aquí porque son amigos (de ésos que primero se leen y admiran mutuamente antes de conocerse en persona) y, en lo particular de esta historia, porque los cuatro, quiéranlo o no, se han encargado de darle nuevos aires a la literatura fantástica nacional de un modo que antes resultaba imposible: con el apoyo de editoriales poderosas y aprovechando todos los recursos disponibles en la web para difundir su trabajo y llegar a los lectores sin intermediarios.

Atardece en Providencia y las mesas del restaurante encienden pequeñas velas que hacen que la conversación ocurra en penumbra, como si los señores aquí presentes fueran buscados por la policía por escribir novelas que hablan y se sitúan en un Chile distinto, ya sea en el futuro o en el pasado, pero construidas con los elementos de nuestra historia o de nuestro presente. La mayor de las veces, con los más lúgubres.

Con algo de insidia podría decirse, además, que el dream team de la otra literatura nacional, cuando come, lo hace acompañado de bebidas de fantasía. Pero es miércoles y al día siguiente deben trabajar: como profesores universitarios, como editores o como creativos publicitarios. A simple vista, están lejos de cualquier rótulo de artista: son personas normales, con barbas, anteojos y camisas normales; con familias y mascotas normales.

La excepción, quizás, la marca Jorge Baradit, que se mueve por la ciudad en motocicleta y a ratos tiene la impronta de un rockero con cancha. No por nada su estética está más ligada, si se quiere, al punk, a Dead Kennedys o a Slayer, bandas que harían salir corriendo a Harry Potter y toda su magia escolar. Porque en las novelas de estos autores, si hay ilusionismo, está hecho por las máquinas, por robots de carcasas oxidadas o por conspiraciones alambicadas en que el poder siempre será sinónimo de “El Mal”.

La consigna es clara: revolver y cuestionar sucesos pasados y apresurarse a escribir los que vienen. De manera que estos encuentros pizzeros, lejos de la solemnidad literaria, son una interminable sobremesa en la que todo es tema: desde los últimos capítulos de series de televisión como Doctor House y Héroes a narradores como J. G. Ballard, Clive Barker, Stephen King y Borges, los que conviven con cineastas como Spielberg y Kubrick y los discos de Joy Division. Son amigos y se quieren. No por nada en la pasada Feria del Libro de Santiago se presentaron mutuamente sus últimas novelas y daba la impresión de que eran una banda de rock haciendo un ciclo de conciertos. “Este es el show de los Muppets mutantes”, decían entre risas cuando subían a la testera.

–Ocurre que nuestros puntos de referencia ya no están en la literatura, ya no buscamos simular la novela canónica –explica Mike Wilson, autor argentino-norteamericano avecindado en Chile y profesor de la Universidad Católica.

A poco de llegado a Chile, Wilson entró en sintonía con sus colegas, quienes, por lo demás, reúnen otra característica aparte de la estética: no nacieron en Santiago, sino que en lugares tan disímiles como Valparaíso y Victoria.

–¿Por qué no podemos referirnos a ciertas emociones evocando una película? –pregunta Mike Wilson–. Muchos están cansados de leer sobre un chico de clase media y su historia con su novia o su papá. Eso para mí hoy es inverosímil.

Wilson publicó este año en Chile su novela El púgil, que cuenta la historia de un boxeador derrotado a quien de pronto su refrigerador le habla y exige que le implante dos tubos catódicos a modo de ojos. “¿Cuánto metal hay que tener en la cabeza antes de que te digan robot?”, se pregunta. La novela de Wilson ya está siendo estudiada en la Universidad de Montreal y recibió la aprobación del implacable crítico Camilo Marks: “Wilson sabe de lo que habla”.

–Lo que hace que nos tomen en cuenta es que no estamos haciendo, necesariamente, ciencia ficción, es otra cosa… es mezclar, es recontar, es explotar un lado de Chile que no estaba y que es el Chile asombroso… es la literatura del fin del mundo en el fin del mundo –dice Francisco Ortega, autor de El número Kaifman, novela que estuvo varias semanas en el ranking de los libros más vendidos en 2006. Francisco actualmente es editor de no ficción de Alfaguara y uno de los primeros escritores nacionales en no tener prejuicios con el calificativo best seller. “A todos nos gustan las hamburguesas”, ironizó para escándalo de sus colegas más tradicionales.

Pero en esta noche las cosas no son tan sistemáticas. Les cuesta ordenarse y llegar a acuerdos; aunque nadie ha dicho que sean necesarios. Hay tanta pasión por los temas que los mueven, que a ratos la mesa se llena de una estática cruzada por información, por frases entrecortadas, por nombres de naves espaciales, monstruos mitológicos y bandas de rock que aún merecen ser llamadas así.

–¡Lard! –dice Baradit y Bisama abre los ojos como si hubiera visto a un extraterrestre en la mesa de al lado. Sabe perfectamente qué es Lard. Entonces los siguientes cinco minutos serán, obviamente, sobre las bondades de Lard y si es o no más grande que, por ejemplo, Ministry.

Vuelve la estática; siguen las pizzas.

Somos Legión

El nuevo impulso de la literatura fantástica chilena no necesitó de un manifiesto generacional ni arengas trasnochadas arriba de una silla. Fue al revés, fue como brotan las epidemias: pequeños focos asomando en diversas zonas del territorio hasta generar un proceso irreversible. Así podría describirse el camino que en los últimos años recorren estos narradores cuyas novelas, según los entendidos, rompen los esquemas del relato realista y se instalan, con propiedad, en lo que suele conocerse como “lo fantástico”.

Si bien los hitos de este género en Chile lo constituyen la novela Desde Júpiter. Curioso viaje de un santiaguino magnetizado, publicada en 1878 por el ingeniero colchagüino Francisco Miralles, y el trabajo de Hugo Correa iniciado en los años 50, el devenir del género ha estado siempre encajado en círculos laterales. Narrativa fantástica se ha escrito mucho en el país, y generalmente con fervor (la revista digital Tauzero es un buen ejemplo). La diferencia está en que el mercado ha visto un nicho a partir de un punto de inflexión: cuando en 2005 Ediciones B decidió publicar la novela Ygdrasil, de Jorge Baradit. Un libro que, además de tener lectores que forman un pequeño ejército, llegó a España a mediados del año pasado y del que la crítica ibérica destacó “su capacidad inaudita para despertar pasiones viscerales”.

–No sé qué tenía en la cabeza en ese momento –recuerda la editora Andrea Palet, quien respaldó el libro hasta verlo impreso–. Era bueno pero no perfecto, el autor era un desconocido y tuvo un informe de lectura horrorizado, pero me recordaba los cómics punk que leía hace años; era aventura pura y, entre el delirio, había una imaginería muy bonita. Creo que fue de puro porfiada, porque no tengo prejuicios y sostengo que se puede encontrar calidad en todas partes.

Calificar a estos autores como “de ciencia ficción” o de “de anticipación” puede llamar a imprecisiones, pero sí hay claros puntos de consenso, como la falta de pudor. Cine, cómic, rock, plástica, ciencia, chamanismo, historia, robótica, biología y religión; todo vale cuando se trata de novelas en las cuales la imaginación se desborda con atmósferas y contextos futuristas, o bien cuando con el mismo ímpetu retrocede en el tiempo y levanta ucronías; es decir, versiones B respecto de hechos históricos reconocidos; relatos que abren la posibilidad de que las cosas no hayan ocurrido como las aprendimos y sean otras sus consecuencias.

Es el caso de Synco, la reciente novela de Baradit, que presenta a Pinochet frustrando el golpe de septiembre, retirado como héroe en una casa en Ñuñoa mientras Allende celebra su reelección en 1979 y con el país gobernado a través de una red cibernética; en Música marciana, la segunda ficción de Álvaro Bisama, el narrador es el hijo de un afamado pintor (que si no es Roberto Matta, pasa cerca); él repasa la muerte de sus hermanos instalado en Reñaca en un futuro no muy lejano, con el balneario convertido en un refugio para rockeros ancianos que esperan resignados el paso de un huracán que lo destruirá todo.

Pedro Pablo Guerrero, de “Revista de Libros” de El Mercurio, destaca que estos autores son representantes de una generación criada consumiendo ficción y que alcanzó la madurez junto con su independencia económica.

–Ahora son un target para la industria cultural –precisa, a la vez que agrega otro factor–: En los últimos años se ha producido cierto recambio generacional en la crítica; los nuevos comentaristas han promovido otro tipo de textos, levantando un contra-canon, redes de apoyo y nuevos circuitos de lectura y edición.

La periodista Jennifer Abate moderó una mesa redonda del reciente ciclo “Chile Fantástico (1810-2010)”, en la Biblioteca Nacional, y que contó con la presencia del Freak Power en pleno.

–Me sorprendió la conexión que ellos tuvieron con los asistentes y me hace pensar que mucho de esta explosión tiene que ver con el trabajo muy particular que hacen. Se han preocupado de mantener fresca la expectativa, de modo que la gente los reconoce.

Los Monstruos

Las luces de la vitrina de la librería ya se han apagado, pero la conversación y las pizzas no se terminan en la terraza de Providencia; como tampoco la búsqueda de nuevos argumentos y los modos de contar. Pareciera que las formas convencionales les quedan estrechas; tienen un impulso más allá de las letras y que necesita de toda la cultura a la que estuvieron expuestos, pertenecen y disfrutan sin complejos.

–Con esos elementos explico mi entorno. La infancia no es algo que haya que botar, no es algo que superar –dice Baradit–. Es un puente a los lenguajes contemporáneos, a lo que ven los jóvenes, al mundo que se está construyendo con los medios digitales, con la televisión y con el cine. Hay que sumarse a las maneras en como se cuentan las cosas hoy.

Álvaro Bisama, escogido en una encuesta internacional como uno de los autores jóvenes con mayor talento y potencial de Sudamérica, celebra las palabras de su colega y lanza otra idea clave: aquí nadie le pidió autorización para escribir ni hubo figuras tutelares; de modo que sin policía literaria ni talleres-semilleros, esto es consecuencia de la libertad absoluta para encarar la realidad.

–Yo crecí en Villa Alemana, una ciudad donde había un chico que veía a la Virgen y después se transformó en mujer –dice el autor de Caja negra y Música marciana–. ¿Crees, entonces, que me interesa el realismo tal como se conoce?

Pero el trabajo de estos narradores no sólo alberga tramas delirantes, también hay investigación, procesos de planificación meticulosa y algo más: una mirada distinta hacia el libro como objeto y producto comercial sin que por eso deba perder su dignidad.

¿Cuándo antes, para promover una novela chilena, se estamparon camisetas y se distribuyeron chapitas; cuándo se hizo un prelanzamiento de 50 ejemplares numerados o se divulgaron portadas descartadas o videos por internet a modo de sinopsis? Nunca, hasta ahora.

Es la voluntad por airear la literatura, incluyendo las formas de promoverla. Están convencidos de que un libro debe ser difundido del mismo modo que una película; y ese esfuerzo ha sido fructífero. En el caso de Baradit, él convenció a su editorial de que era necesaria una página web, un blog y una página en Facebook. Hasta ahora, ha ganado la apuesta. En la última feria de la Estación Mapocho su novela Synco llegó a vender a razón de 20 ejemplares diarios y, el día de la presentación, la sala para 150 personas se hizo chica; había gente amontonada en las escaleras y los organizadores no hallaban de dónde sacar más sillas.

–Son todavía pocos, pero influyentes, tal vez más de lo que ellos mismos suponen. Han logrado conectar la academia con la prensa y el mercado. Crean resistencia en miembros de generaciones anteriores, pero también en sus propios coetáneos que continúan la tradición realista –precisa Pedro Pablo Guerrero, aunque también se atreve a proyectar–: Ya hay escaramuzas entre ambas tendencias; el conflicto se resolverá a través de una guerra abierta por la conquista del campo literario.

Baradit no se asusta con la idea; al contrario, pues siente que aún no los han juzgado a cabalidad.

–Como que muchos quedaron perplejos con estas novelas. Cada vez que leo críticas me queda la idea de que son personas reaccionando con pánico, tratando de defenderse a palos de algo que se les viene encima…

–Como un monstruo del espacio –complementa Bisama.

Entonces Mike Wilson suelta un dato que hace que todo esto cobre sentido:

–Obama es el primer presidente gringo fan del cómic de Batman –dice.

Francisco Ortega remata:

–Obama terminó quince de sus discursos de campaña con la frase “La Fuerza está con nosotros”… ese es el Freak Power.

Traen la cuenta.[x]

Fuente: Revista El Sábado, 13 de diciembre de 2008.

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