Inspiración, de Ben Bova

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Miré de reojo a Albert. Sus ojos estaban clavados en Kelvin. Sus labios estaban separados como si quisiera decir algo pero no se atreviera. Se pasó la mano nerviosamente por su gruesa cabellera. Kelvin parecía perfectamente cómodo con la situación, sonriendo amablemente, sus manos enlazadas sobre su estómago justo bajo la barba. El era un hombre de autoridad, reconocido por el mundo como la figura científica más importante de su generación.

-¿Será posible que sea cierto? –Albert dijo desatinadamente, al fin – ¿Hemos aprendido de física todo lo que puede conocerse?

Él hablo en alemán, por supuesto, el único lenguaje que conocía. Yo le traduje simultáneamente al momento de hacer su pregunta.

Una vez que comprendió lo que Albert preguntaba, Kelvin asintió con su vieja cabeza gris, sabiamente.

–Sí, sí. Los jóvenes en los laboratorios están poniendo los puntos finales sobre las “i-es”, la raya final en las “t-es”. Acabamos de completar la física. Sabemos todo lo que hay por saber.
Albert parecía demolido.

Kelvin no necesitó de un traductor para entender la emoción del joven.

–Si estás pensando en una carrera en física, jovencito, entonces de corazón te aconsejo que lo pienses de nuevo. Para el momento en que termines tu educación no quedará nada por hacer.
-¿Nada? –preguntó Wells y yo traduje -¿Nada en absoluto?
-! Oh! Añadir unos pocos decimales aquí o allá, supongo, ordenar un poco, esa clase de cosas.
Albert había fallado en su prueba de admisión al Politécnico Federal de Zurich. Él nunca fue un extraordinario estudiante. Mi objetivo era hacerlo que postulara otra vez al Politécnico y que aprobara sus exámenes.

Visiblemente armándose de coraje, Albert preguntó –¿Pero qué hay del trabajo de Roentgen?
Al terminar de traducir, Kelvin arrugó la frente -¿Roentgen? –Oh, quieres decir el reporte sobre rayos misteriosos que atraviesan paredes sólidas, ¿no es así?

Albert asintió impaciente.

-¡basura sin sentido! –el anciano subió la voz- ¡tontería pura! Quizás impresione a algunos médicos que saben muy poco de ciencia, pero sus rayos x no existen. ¡Es imposible! ensoñaciones alemanas.

Albert me miró, con su vida entera temblando en sus ojos apenados. Interpreté.

-El profesor teme que los rayos x sean una ilusión, a pesar que no tiene todavía suficiente evidencia para decidir si es cierto o no.
La cara de Albert irradió -¡Entonces hay esperanza! ¡Aún no se ha descubierto todo!
Estaba pensando en como traducir aquello a Kelvin cuando Wells perdió la paciencia -¿Donde está la maldita camarera?

Agradecí la interrupción.

–La encontraré, Señor.

Forzándome a alejarme de la mesa, dejé a los tres, con Wells y Kelvin conversando amigablemente mientras Albert movía su cabeza de atrás para adelante, sin entender una palabra. Me dolía cada articulación del cuerpo y sabía que no había nada que nadie de este mundo pudiera hacer para ayudarme. El interior del café estaba oscuro, y olía a cerveza vertida.

La camarera estaba parada en el bar, hablando rápidamente con el grueso barman, furiosa, en un tono bajo y venenoso. El barman estaba limpiando los vasos con su delantal, y se veía serio y, una vez que notó mi presencia, avergonzado.

Tres jarrones de cerveza estaban en la bandeja al lado de ella, con un solitario vaso de té. Las cervezas se estaban entibiando y aplanando, el té enfriándose, mientras ella ampollaba los oídos del barman.

Interrumpí su venenoso monólogo –Los caballeros quieren sus tragos –Dije en alemán.
Ella se tornó hacia mí, con furia en sus ojos – ¡Los caballeros tendrán sus cervezas cuando se deshagan de ese judío del demonio!

Tomado desprevenido, miré al barman. El me dio vuelta la cara.

-No pierda el tiempo pidiéndolo –la camarera silbó como reptil-, ¡Yo no sirvo a judíos y él tampoco lo hará!

El café estaba casi vacío, ya bien entrada la tarde. Entre las sombras pude ver sólo un par de caballeros de edad, lentamente fumando sus pipas, y un cuarteto tomando cerveza, aparentemente dos parejas casadas. Un niño de seis años arrodillado al final de la barra, laboriosamente pulía el suelo de madera.

-Si es mucho problema para usted…- dije, y comencé a acercarme a la bandeja.
Ella agarró mi brazo extendido -¡No! Ningún judío será atendido en este lugar! ¡Jamás!
Pude haberla empujado. Si mi fuerza no se hubiera agotado, pude haberle roto cada hueso de su cuerpo, y también del camarero. Pero estaba acercándome al final de mi soga y lo sabía.
-Muy bien –dije suavemente –. Llevaré sólo las cervezas.

Ella me miró furiosa por un momento, y entonces retiró su mano. Saqué el vaso de té de la bandeja y lo dejé en la barra. Entonces me llevé las cervezas afuera, al calor de la tarde soleada.

Puse la bandeja en la mesa. Wells preguntó -¿No tienen té?
Albert lo comprendía mejor –Se niegan a atender judíos-, especuló. Su voz era plana, sin emociones, sin sorpresa ni tristeza.
Asentí mientras decía en ingles –Sí, se niegan a atender judíos.
-¿Eres judío? –Preguntó Kelvin, alcanzando su cerveza.
El quinceañero no necesito de traductores. Dijo –Nací en Alemania. Ahora soy ciudadano Suizo. No tengo religión. Pero, sí, soy judío.
Sentándome a su lado, le ofrecí mi cerveza.
-No, No- Dijo con una pequeña y triste sonrisa -. Sólo los enfurecería todavía más. Creo que quizás debiera irme.
-Todavía no –dije -. Tengo algo que quiero mostrarte- Busqué en el bolsillo interior de mi chaqueta y saqué un grueso envoltorio de papel que portaba desde que comenzara esta misión. Noté que mi mano temblaba levemente.
-¿Qué es? –preguntó Albert.
Hice una pequeña reverencia en la dirección de Wells –Esta es mi traducción de la excelente novela del Sr. Wells: La Máquina del Tiempo.

Wells miró sorprendido, Albert curioso. Kelvin apretó los labios y bajó su jarra a medio consumir.

-¿Máquina del tiempo? –preguntó el joven Albert.
-¿De qué están hablando? – preguntó Kelvin.
Les explique –Me he tomado la libertad de traducir la historia del Sr. Wells sobre la máquina del tiempo, con la esperanza de atraer un editor Alemán.
Wells dijo –Nunca me contaste…
Pero Kelvin preguntó -¿Máquina del tiempo? ¿Qué demonios puede ser una máquina del tiempo?

Wells forzó una pequeña sonrisa, humilde y avergonzada –Es sólo el tema de un cuento que he escrito, Señor: una máquina que puede viajar en el tiempo. Al pasado, usted sabe… o el, eh, futuro.

Kevin le miró con los ojos brillosos -¿Viaje al pasado o al futuro?
-Es ficción, por supuesto- Dijo Wells, disculpándose.
-Por supuesto-.

Albert se veía fascinado -¿Pero cómo podría una máquina viajar a través del tiempo? ¿Cómo lo explicaría?

Luciendo muy incómodo bajo la mirada cansada de Kelvin, Wells dijo dubitativo –Bueno, si consideramos al tiempo como a una dimensión.
-¿Una dimensión? –preguntó Kelvin.
-Tal como las tres dimensiones del espacio.
-¿El tiempo es como la cuarta dimensión?
-Sí, tal cual.

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