Estaba tan cerca de la desesperación como sólo un joven de diecisiete años puede estarlo.
-Pero tú oíste lo que dijo el profesor –gimió-. Se acabó todo. No hay nada más que hacer.
El joven habló en alemán, por supuesto. Y yo tuve que traducirlo al Sr. Wells.
Wells sacudió su cabeza –No puedo entender por qué tan estupendas noticias han trastornado tanto al muchacho.
Le dije al joven –Nuestro amigo Británico dice que no debieras perder las esperanzas. Quizás el profesor está equivocado.
-¿Equivocado? ¿Cómo puede estarlo? ¡El es un hombre famoso! ¡Un noble ¡Un barón!”
Sonreí. Un día sería mundialmente famoso el terco desprecio de aquel joven por las figuras autoritarias. Pero eso no era evidente en aquella tarde de verano de 1896 D.C.
Estábamos sentados en un café en la acera, con una magnífica vista del Danubio y la ciudad de Linz. Deliciosos olores, de salchichas cocinándose y masa de pan, flotaban desde la cocina del local. A pesar de la cálida luz del sol, me sentía entumecido y débil, drenado de la escasa fuerza que conservaba.
-¿Dónde está la maldita camarera? –se quejó Wells- Hemos estado esperando una hora, por lo menos.
-¿Por qué no se relaja y disfruta de la tarde, Señor? –sugerí cansado- Es la mejor vista de toda el área.
Herbert George Wells no fue un hombre paciente. Sólo había tenido un pequeño éxito en Inglaterra con su primera novela y había decidido tomarse unas vacaciones en Austria. Tomó esa decisión bajo mi influencia, por supuesto, pero no se había dado cuenta todavía. A la edad de 29, el tenía un aspecto delgado y hambriento que se suavizaría sólo gradualmente con los años venideros de prestigio y prosperidad.
Albert tenía la cara redonda y todavía tenía encima su grasa de bebé, a pesar que había comenzado a dejarse un bigote, como la mayoría de los quinceañeros lo hacía en esos días. Era un bigote delgado, negro y despoblado, ni cerca del escobillón blanco en que un día se convertiría, si todo iba bien con mi misión.
Me tomó una gran cantidad de manipulaciones hacer que Wells y el quinceañero estuvieran en el mismo lugar al mismo tiempo. Esfuerzo que casi había agotado todas mis energías. El joven Albert había venido a ver con sus propios ojos al Profesor Thomson, por supuesto. Wells había sido más difícil. El quería visitar Salzburgo, la ciudad natal de Mozart. En vez de eso, le había llevado a Linz, asegurándole que el viaje valdría la pena.
El no dejaba de quejarse de Linz, por la falta de belleza de la ciudad, el olor amargo de sus calles estrechas, la incomodidad del hotel, la carencia de restaurantes donde comprar una comida decente –lo que para él quería decir carne de cordero quemada. Ni siquiera le gustaba el Linzertorte, con justicia famoso. –No tan bueno como un decente trifle- Refunfuñó-, ni la mitad de bueno.
Yo, por supuesto, conocía varias versiones de Linz incluso menos placenteras, incluyendo una en la cual la ciudad no era más que escombros radioactivos carbonizados y un Danubio tan contaminado que brillaba en la noche en todo su trazado hasta el Mar Negro. Me estremecí por aquella visión y traté de concentrarme en la tarea a mano.
Por poco tuve que usar la fuerza para hacer que Wells diera un paseo, cruzando el Danubio por sobre el antiguo puente de piedra hasta Pöstlingberg, y a este pequeño café en la acera.
Tenía mucha rabia cuando partimos desde nuestro hotel ubicado en la plaza de armas de la ciudad, y estuvo resoplando fuertemente mientras subíamos el cerro empinado. A mi también me faltaba el aliento por el esfuerzo. Años más tarde un tranvía haría el ascenso, pero en esta tarde en particular nos vimos obligados a caminar.
Se sorprendió un poco de ver un joven caminando con dificultad la empinada calle, a no más que unos pasos delante de nosotros.
Reconociendo esa desordenada mata de cabello negro en la audiencia de la charla de Thomson de esa mañana, Wells invitó graciosamente a Albert para que viniera a tomar un trago con nosotros.
-Nos merecemos una cerveza o dos, después de esta maldita subida- Dijo, mirándome disgustado.
Jadeando por la subida, traduje a Albert – El Sr. Wells… te invita… a tomar una bebida… con nosotros.
Es joven estaba lastimosamente agradecido, a pesar que él no ordenaría nada más fuerte que un té. Era obvio que la lectura de Thomson lo había dejado muy afectado. Nos sentamos en unas incómodas sillas de fierro fundido y esperamos – ellos por los tragos que habían ordenado, y yo por lo inevitable. Dejé que la tibia luz solar me empapara y esperé recuperar al menos parte de mi fuerza.
La vista era poco menos que impresionante: el soñoliento castillo sobre el río, el Danubio mismo corriendo suavemente y realmente azul al brillar bajo la luz solar, los lagos más allá de la ciudad y las cimas de nieve blanco-azulinas de los Alpes Austriacos cerniéndose en la distancia como fantasmales pétalos de una inmensa flor de otro mundo.
Pero Wells se quejó –Ese debe ser el castillo más horrible que haya visto.
-¿Qué dijo el caballero? –preguntó Albert.
-Está impresionado por la vista del Castillo del Emperador Friedrich –Contesté dulcemente.
-Oh, sí. Tiene una cierta grandeza. ¿No lo cree?
Wells tenía toda la impaciencia de un periodista frustrado.
-¿Dónde está la condenada camarera? ¿Dónde está nuestra cerveza?
-Buscaré la camarera –dije, levantándome inseguro de mi dura silla de hierro. En mi rol de guía turístico, tenía que mantenerme en ese papel un poco más, no importando cuan cansado me sintiera. Pero entonces vi a quien había estado esperando.
-Miren –apunté hacia abajo de la calle empinada -. Ahí viene el mismísimo profesor.
William Thomson, Primer Barón Kelvin de Largs, venía cruzando el pavimento a trancos con más elasticidad y energía que la mostrada por ninguno de nosotros. Tenía 71 años, sus cabellos grises plateados más finos que su impresionante barba gris, delgado al punto de parecer frágil. Y sin embargo había subido la cuesta, que había hecho que mi corazón me retumbara en los oídos, como si estuviera paseando tranquilamente a través de los prados del campus.
Wells se levantó y se apoyó en la barra de hierro del café –Buenas tardes su señoría-. Por un momento pensé que se darían un cabezazo.
Kelvin le miró con los ojos a medio cerrar –Estuvo en mi audiencia esta mañana, ¿No es así?
-Si, señor. Permítame presentarme: soy H.G. Wells.
-¿Es usted físico?
-Escritor, Señor.
-¿Periodista?
-Hace tiempo ya, ahora soy un novelista.
-¿De veras? Qué fantástico.
El joven Albert y yo también nos pusimos de pie. Wells nos presentó formalmente e invitó a Kelvin a que nos acompañara.
-Mas debería decir –Murmuró Wells mientras Kelvin daba la vuelta a la barrera y tomaba la silla libre de nuestra mesa-, que el servicio deja mucho que desear.
-Oh! Tienes que aprender a lidiar con el temperamento teutónico- Dijo Kelvin jovialmente mientras todos nos sentábamos. Golpeó con la palma de sus manos en la mesa tan fuerte que nos hizo saltar a todos. –Mozo –Bramó- ¡Necesitamos atención!
Milagrosamente, la camarera apareció por la puerta y se acercó fríamente a nuestra mesa. Parecía muy infeliz; de hecho malhumorada. De mala cara cetrina, ojos marrones y boca arqueada. Movió hacia atrás un mechón de cabello que estaba sobre su frente.
-Hemos estado esperando por nuestras cervezas- Le dijo Wells.
-Y ahora éste caballero se nos ha unido.
-Permítame señor –dije. Después de todo era mi trabajo. En alemán le pedí a ella que nos trajera tres cervezas y el té que Albert había ordenado y que lo hiciera rápido.
Nos miró a nosotros cuatro como si fuéramos traficantes o criminales de algún tipo. Sus ojos se posaron brevemente en Albert, entonces se dio vuelta sin una palabra y sin siquiera asentir con la cabeza y retornó al café.