
Título: Poliedro 3, relatos chilenos de fantasía y ciencia ficción.
Autor: Luis Saavedra, Patricio Alfonso, Sebastián Gúmera, Sergio Alejandro Amira, Soledad Véliz, Daniel Guajardo, Armando Rosselot, Pablo Castro.
Fecha: Viernes 14 de noviembre de 2008.
Lugar: Biblioteca Nacional (Sala Ercilla).
Hora: 19:00 hrs.
A continuación va un fragmento de la presentación del libro, a cargo de Pily B., de NGC 3660:
[...] Este proyecto, cuya denominación de origen es única y claramente chilena, ofrece, desde sus inicios, un amplio abanico de posibilidades imaginativas: una clara referencia de lo que es el fantástico en Chile. Y es que en este país el género se mueve. Y lo hace con fuerza, con gracia, con extraordinaria provocación [...].
[...] Éste es el significado de poliedro: se trata de una bella figura geométrica conformada por mentes inquietas y luchadoras: páginas plagadas de fantasía, terror, de ciencia ficción chilena. En definitiva, volúmenes compuestos de sueños en tres dimensiones que quieren continuar materializándose.
Ahora, yendo brevemente a lo que esta tercera forma geométrica del fantástico nos ofrece, diré que sus caras, muestran claramente los géneros antes mencionados y tan queridos por mí: el terror fantástico, la ciencia ficción… Sus aristas, nos trasladan a los reinos del caos, de la oscuridad, indiferentemente en el futuro o en el pasado. Sus vértices, los componen lógicamente sus bravos autores y sus nuevas locuras: estas últimas, enviándonos seres alienígenas perdidos. Vivos luchando contra la muerte y lo que ésta supone para ellos. Muertos que se niegan a estarlo. Razas que pretenden absorber emociones. Criaturas desde siempre temidas que vuelven a hacer acto de presencia de otra forma; muy cercana, pero siempre desde la oscuridad. Futuras ciudades Santiago sufriendo asimismo la locura de sus futuros ciudadanos. [...]
BONUS TRACK: Extractos de Poliedro 3
Todos nosotros, zombies, de Luis Saavedra
—Compañero, ya váyase. Esto no tiene nada que ver con usted. —El hombre le tomó por sorpresa viniendo desde detrás. Era de su misma altura y podía ver directamente en sus ojos. Castaños, con una sombra de duda—. No piense que no le voy a disparar solo porque se queda ahí. Es mi misión hacerlo.
Entonces retrocedió y alzó el arma: —Voy a contar hasta tres y usted se va a desconectar, ¿sí?
Uno. La boca del arma era una nueva sensación en su vida. Había llegado hasta acá buscando eso: algo de qué acordarse en la muerte, pero esto era aún mucho mejor. Dos. ¿Otro suicidio coleccionable? Aunque técnicamente era un homicidio. Por otro lado, ninguna de sus muertes había sido real. Tres. Escuchó una mesa destrozándose y luego una rápida carrera. Vio al androide pasar a su lado, arrastrándolos a los dos al suelo. Hubo un forcejeo, un par de tiros, pero no alcanzó a definir las consecuencias. Cuando recuperó la orientación, tenía una alerta de daño en una mano –la marioneta había perdido los dedos meñique y del corazón– y era arrastrado por el androide entre las mesas que iban tumbando. Llegaron hasta el gran ventanal y como en un sueño lo atravesaron junto a millones de cristales en una caída de ocho metros hasta el borde del río. No hubo tiempo para quejarse del aterrizaje forzoso, la fortaleza del androide anulaba su voluntad. Consideró desconectarse y dejar que su sexta marioneta se perdiese, pero no tenía tiempo saltando y corriendo automáticamente, sintiendo las balaceras detrás. El androide se metió en la boca de una tubería de desagüe y lo siguió. Una ráfaga arrasó los pasos que habían dejado y luego un tono distinto de tiroteo le respondió. Alguien tenía munición de más calibre. Las sombras de dos patrulleras stealth pasaron zumbando hacia Borde Río II y un momento después escucharon una explosión que sacudió las aguas e iluminó la noche con un gran flash. Alcanzó a ver el perfil contrastado del androide y luego la cálida oscuridad.
—Necesito… desconectarme un rato —fue lo que alcanzó a decir Camilo Santelices.
El último fuego de artificio, de Patricio Alfonso
Al fondo de mi cartera hay un llavero de diseño italiano que quiero mucho, y otras cosas, incluyendo un frasco medio vacío de perfume francés. Programo el reloj para las nueve y veinticinco y lo acomodo allí, entre los otros objetos. Alfredo me pasa a buscar a las ocho, y llegamos a la villa a las ocho y cuarenta y cinco. Hay mucha gente, y han traído a un DJ que cuando no está pinchando discos se va a beber whisky a la cocina. Alfredo también bebe whisky, pero yo me limito a agua mineral y un canapé de caviar. A las nueve voy al baño, cierro la puerta con llave, dejo la cartera sobre el estanque y me retoco el maquillaje frente al espejo. Luego abro la puerta otra vez y salgo, pero en el último momento me arrepiento, vuelvo atrás y saco el llavero italiano de la cartera. Vuelvo al salón, y veo que ahora hay mucha más gente, y que a cada momento llegan invitados nuevos, asediados en la entrada por los fotógrafos y los periodistas. Me digo que esto será un éxito. A las nueve y quince le hago señas a Alfredo para que nos vayamos. Parece muy entusiasmado, bebiendo champaña junto a una llamativa rubia, pero se despide y me acompaña hasta el auto. Arranca con rapidez, y salimos a la carretera. Por el retrovisor veo que han encendido las luces exteriores de la mansión, y han comenzado a lanzar fuegos artificiales, mientras en la dirección contraria a la nuestra vienen más y más vehículos. Un éxito, me repito. Miro la hora en mi Cartier Bresson de pulsera. Las nueve y veinticinco. Como la mujer de Lot, vuelvo la cabeza una sola vez.
El rapto del odio, de Soledad Véliz
Cavas se acomoda la máscara y algo del aire sulfuroso de la ciudad se adhiere a sus labios. Lo saborea distraído mientras a varios metros por sobre su cabeza, una de las plataformas de la ciudad se desplaza. Con la forma y movimiento de una gigantesca ballena azul se dirige a su acostumbrado acoplamiento con la plataforma principal. Éste asemeja un enorme árbol de raíces insondables con ramas mecánicas y esqueléticas. A medida que avanza la tarde la enorme fila de ballenas en espera de refugiarse entre las ramas se alarga como una sola sombra. A esa hora de la tarde había tráfico en todas partes. En las calles, en el cielo, entre las plataformas de la ciudad. Cavas se pregunta cómo es que un organismo tan atrofiado como Santiago se las arregla para seguir vivo. Desde que perdió su calidad de capital, Santiago no es más que una plataforma contenedora de vida humana, flotando a cientos de metros y construida en niveles móviles, tal como el concepto de país o nación. Todos los recursos naturales o artificiales necesarios para alimentar ciudades como Santiago se producen en la tierra, en sociedades de no más de mil miembros y autocráticas. Santiago fue una de las 2 ciudades elegidas en Latinoamérica para elevarse y desintegrarse en 12 plataformas densamente pobladas moviéndose en órbitas regulares alrededor del árbol principal, destinadas a concentrar el capital humano en tareas administrativas y meta-sociales.
Cavas tiene la idea de que Santiago está vivo y todas sus venas están a punto de reventar, atoradas con basura orgánica. Esta hora de la tarde, el movimiento ciego e imbécil de las manadas de gente en las calles, los miles de autos orgánicos trepando el cielo y las ballenas cruzando la atmósfera, despiertan sus ansias asesinas. El tumor que duerme en su garganta se despereza lentamente y Cavas comienza a sentir que la ira le endurece el cuello. Aquello que Cavas llama “el odio” despliega todas sus púas y se estira apoyándose en su faringe. Cavas no sabe qué es lo que lo activa.
Tu necrópolis, mi sueño, de Daniel Guajardo
Entre los muertos apareció su hermano aplaudiendo sin emitir sonidos. Puso sus manos muertas sobre los hombros de Julio sin tocarle y éste aguantó la respiración para no ponerse a toser.
Al parecer esa muerta no era un espectro común y corriente. Julio comenzó a sentirse asustado.
—No te preocupes —dijo su hermano—. Para cuando se recupere del golpe que le has propinado, te habrá olvidado completamente.
—¡Pero me reconocerá de todos modos apenas me vea, sea dentro de diez años o de mil!
—Relájate, no podrá saber por qué te recuerda. —Su hermano y los demás muertos desaparecieron entre los nichos y el suelo, entre árboles y lápidas, aún sonriendo. Julio se quedó solo.
Una bandada de pájaros cruzó el cielo en silencio y se apoderó de un árbol cercano. Pájaros muertos que no cantan. Perros muertos que cruzan las calles y se quedan a esperar que un automóvil los lleve a otro mundo mejor. Gatos que se instalan sobre los tejados, negándose a dejar sus casas. Leones y osos que caminan libres por parques y bosques, saltando sobre las personas, hambrientos.
Es lo único que les queda después de morir, un hambre que no pueden saciar.
Madejas, de Armando Rosselot
La plaza por la que siempre pasaba ardía profusamente y la Vicky estaba muerta, desmembrada sobre la escala. El sacerdote reía en un carro de Metro inundado y le indicaba el norte. José no era José y con sus ocho patas tejía un gran telar sobre el océano repleto de seres humanos muertos. Sawee, lo ayudaba del otro extremo y le hablaba sobre el que recoge el telar y lo guarda como una madeja. Los otros venían a matarlo a él y a los suyos. Los niños tienen que ir sobre las frías aguas y no dejar que los del cielo los devoren. Están aquí bajo este techo que no es más que un espejismo en la coda de este tiempo. El otro, el que viene de lo alto hay que tejerlo. Matar a los devoradores. Ellos guardan sus madejas en un baúl monstruoso, matar a los devoradores como ellos nos matan, matar para vivir, matar para existir. Mato, luego soy…
“Soy tu mensaje y tu faro, la conexión con las realidades, soy el interruptor, la continuación, el animal o la máquina, soy la que despediste cuando niño. Soy lo que tú deseaste. Ahora me has liberado de la ponzoña y vuelvo. Si mueres vivirás nuevamente, si vives morirás junto a mí”.
La historia de los muertos, de Pablo CastroEntramos. El baño parecía una cabina telefónica. No tenía espejos, tal como le habían indicado a la familia, pero podían verse los bordes marcados sobre la muralla. Juan se lavó las manos y se las secó rápidamente. Miró las paredes y luego se acercó a una caja de mimbre. La abrió y entre medio de una toallas sacó un espejo pequeño. Me sonrió con algo de malicia. Luego se miró durante unos minutos y comenzó a tocarse las marcas de las heridas.
El reflejo en el espejo sonreía de una manera extraña, casi fascinada. Luego Juan cerró sus ojos y se tocó el corazón.
—Es raro estar muerto. No lo siento latir —dijo.
—A veces no se escucha. ¿Cómo supiste?
—Lo escuché en el hospital. Y el Santo me ladró. El Santo le ladra a los muertos. También te ladró a ti.
—Imagino que le ladra a mucha gente. Oye, Juan, tu familia no tiene idea que tú sabes que estás muerto. ¿Entiendes?
—Sí.
—Tenemos que seguirle el juego, ¿ya?
—¿Cuándo voy a morir de verdad?
—Falta todavía. Yo te aviso.Salimos del baño, justo en el momento en que traían una torta.
Coloso
1 year ago
Las portadas de los Poliedros son geniales!
Sergio Alejandro Amira
1 year ago
Featuring el arte de Sole Véliz y el diseño de portada de Jorge Baradit.
guayec
1 year ago
Oh, hubiera quedado mejor una portada de Teobaldo Mercado.
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Je.
guayec
1 year ago
Por cierto, falta un artículo o enlace o declaración de principios de Tau sobre el asunto éste: http://www.ctrlz.cl/2008/10/22/se-acaban-los-piratas/
jorge baradit
1 year ago
Felicitaciones al Team de POLIEDRO!!!!
sacar un libro por año es la cagada, se pasaron.
La ilustración de portada es de Sole Véliz, el diseño de portada es mío, la diagramación…I don`t know.
A.C.C.
1 year ago
Quiero leer “P3″ !!!
Nycteris
1 year ago
Buenisimo, ahi estaremos para el lanzamiento ;)
Sergio Alejandro Amira
1 year ago
I don’t know es nuestra “Magdalena”.
hermanaojo
1 year ago
:D
GuajaRs
1 year ago
Allá nos vemos, cauros!
Y con respecto a lo de la nueva ley de derecho de propiedad intelectual, que nos comenta Guayec, de salir aprobada, la SCD se convertirá en el nido de ratas que es ahora su homóloga española, plagado de divas y cabrones con egos que se salen de sus cuerpos (y ansias de más dinerro, quiridi).
¿Cómo nos afecta a nosotros, autores independientes que usamos el creativecommons, por ejemplo? De ninguna manera, aunque al parecer la ley manda a las pailas el CC y argumenta que un libro mío en internet, aunque sea de libre distribución, si alguien lo tiene podría estar infringiendo la ley (corríjanme si me equivoco).
Mi postura es que si yo no gano plata por ello, ningún cabroncillo se la va a ganar a costa mía.
¡He dicho!