Editorial TauZero #18

April 1, 2006 by rmundaca · Leave a Comment 

Aunque me crea tecnologizado y vanguardista en lo que a lectura electrónica se refiere y pretenda hacerme y hacer creer que la literatura publicada en Internet es lo mismo que publicación en papel, la verdad innegable es que la literatura en formato electrónico aún no posee el status ni la honorabilidad de un libro tridimensional, hojeable, con masa y volumen. Aún cuando un texto en Internet es ubicuo y puede ser publicado independiente de editoriales a un costo órdenes de magnitud menor, la mayoría de las personas invariablemente preferirán el clásico libro en papel, y confieso que yo también. La libertad de internet hace que la cantidad de basura disponible alcance niveles astronómicos y en esas condiciones lo interesante y rescatable se pierde en un mar de bagatelas olvidables.

Ejemplo cercano: año 2003, Ygdrasil en TauZero #1. Disponible en todo el mundo a un click de distancia. Fue un texto que sólo tuvo relativo éxito en listas de correo. Año 2005, Ygdrasil publicado en Chile por ediciones B. Éxito instantáneo. Baradit saltando desde su posición de turista del género al mainstream fantástico chileno.

¿Cuál es la diferencia entre Ygdrasil en formato digital e Ygdrasil en formato papel? Más allá del tema marketing y las estrategias de mercado y las infinitas variables que dejo en el tintero, la respuesta es que la gente definitivamente prefiere un libro en papel y le otorga reconocimiento a esos autores por sobre los que están en internet; probablemente esto ocurre por lo que señalaba más arriba: en la Red puede estar cualquiera, tanto si posee mérito como si no.

TauZero, en este contexto, puede ser considerado un producto más flotando en el mar digital, otra bagatela olvidable independiente de las altruistas motivaciones de quienes hacemos esta publicación podamos tener.

Por supuesto, ni yo ni los que colaboran con nosotros ni nuestros lectores piensan eso. Muy por el contrario. TauZero, como sucesor del insigne Fobos, también comienza a ser considerado un referente de la literatura de género a nivel nacional.

Pero antes de continuar, permítanme un flashback digresivo.

No sé si alguna vez lo escribí en alguna editorial, o si lo mencioné a alguien. El asunto es que cuando decidí comenzar el viaje por el género de la CF&F en este vehículo llamado TauZero, hace exactamente tres años, no sabía muy bien que puertos tendría ocasión de visitar, o que alienígenas abordarían la nave, o si se acabaría el combustible a medio camino y caeríamos en algún planeta desconocido e inhóspito… ¿llegaríamos a destino? ¿Teníamos destino? ¿Era el viaje en sí nuestro objetivo?

Han pasado tres años y aún no tengo las respuestas. Creo que tampoco las quiero ni necesito averiguar. Es como querer ver en la bola de cristal lo que hay a la vuelta de la esquina. Mejor que eso es ir y mirar. Y punto.

El viaje comenzó en forma muy entusiasta con varias personas que fueron reclutadas en la ahora extinta lista de correo utopika; pero se teletransportaron a ubicación desconocida en el segundo número. Y por mi parte, con una carrera universitaria en extremo absorbente que necesitaba terminar y que no dejaba tiempo para nada más, pues que alunizamos en un frío y lejano planetoide errante…

Pero sucedió que Sergio Alejandro Amira y Pablo Castro llegaron a sacudir mi modorra y a resucitar TauZero, huyendo de los estertores de agonía que nuestro fanzine inspirador, Fobos, comenzaba a experimentar.

Con Sergio y Pablo formamos durante algunos números una suerte de triunvirato, un poder a tres manos. Funcionó bien durante algún tiempo. Diferencias de visión y algunos asuntos personales, repercutieron en el alejamiento de Pablo de TauZero, por allá por el número cinco o seis.

A partir de ese momento, TauZero fue manejado por Sergio y por mí. Un artista visual y un ingeniero en electrónica trabajando en un proyecto literario, una mezcla tan extraña y antinatural como sería ver un campo antientrópico recomponiendo un plato roto desde el suelo y reintegrándolo en la mesa. Pero aún siendo una colaboración algo extraña y antinatural, funcionó.

TauZero nació en el seno de la lista de correo utopika, comunidad de personas que llegó a tener más de 2500 integrantes; que fue testigo de memorables discusiones y reflexiones y causante de más accidentes académicos de los que quisiera recordar… pero que, como todo en la vida, comenzó a declinar. Para entonces TauZero estaba alojado en el sitio web de Utopika, y era una situación que comenzaba a causar confusión. ¿Por qué una revista (o e-zine) que se llama “A” está alojada en un sitio web que se llama “B”?.

Una meta natural era, evidentemente, poseer un sitio web y un foro propio. La lista de correo utopika no clasificaba porque ya había cumplido su ciclo y porque estaba alojada en un hosting gratuito, yahoogroups, lo que me molestaba sobremanera por el tema de la publicidad incrustada en cada mensaje, y porque no había una forma fácil de respaldar la información emitida.

Cuando estuve en condiciones, corté por lo sano y adquirimos nuestro propio dominio en internet para TauZero, http://www.tauzero.org. Elegí el .org para hacer explícito que lo nuestro era un proyecto cultural que se alimentaba de aportes de escritores y ensayistas de cualquier parte del planeta.

Para entonces ya no sólo estábamos Sergio y yo en el proyecto. Habíamos ido sumando, de a poco, amigos que no sólo permanecían cerca, sino que aportaban con sus visiones y opiniones propias. Con las indicaciones de tod@s ell@s, se construyó el sitio web, completamente distinto a lo que habíamos tenido hasta el momento. También construimos un nuevo foro de discusión, tal como siempre quise. Finalmente, decidí deshacerme de la moribunda lista de utopika, por dos razones: 1) tratar de mover a la gente realmente interesada en hablar de género al nuevo foro y, esto era más importante y 2) cerrar un ciclo y marcar definitivamente la nueva etapa de TauZero.
Bien, antes de este flashback hablaba sobre TauZero como referente, que básicamente se traduce en que la publicación sea citada como referencia, obvio. Por supuesto, aquello ya ocurre desde un tiempo a esta parte a lo largo y ancho del mundo-CF-hispanoparlante-en-internet. Pero no habíamos sido citados en alguna publicación impresa (en la lógica de darle más importancia a lo impreso por sobre lo digital).

Y bueno, aquello finalmente ha ocurrido. Marcelo Novoa acaba de publicar con bombos y platillos su antología de literatura CF llamada Años Luz, Mapa estelar de la Ciencia Ficción en Chile. Es un estudio-recopilación de más de 400 páginas, en donde aparte de citar a TauZero como entidad, son antologados cinco autores (de un total de treinta y dos) que colaboran con el ezine.

Fuimos invitados a la ceremonia de lanzamiento, realizada el 21 de abril en Valparaíso. Novoa, ante todo un académico y un poeta, tenía entre sus invitados a personas mayoritariamente de esa área. exxSi yo fuera de esas personas que no suelen adaptarse a condiciones sociales cambiantes, probablemente me hubiera sentido incómodo. No fue este el caso y disfruté muchísimo la ceremonia. Novoa se reía muy contento y efusivo. Sin duda era su minuto de gloria: su libro, cuya fecha de publicación se retrasó en un par de oportunidades, finalmente veía la luz.

Cuando fue su turno de hablar, se le veía muy distendido, condimentanto su discurso con algunas graciosas ironías de sí mismo.

En ese mismo discurso se dio el tiempo de agradecer a todos quienes le habían ayudado, ya fuesen autores, fanzines o ezines.

Después de los dircursos y la música y el vino de honor, llegó el tiempo de hacerse una copia autografiada del susodicho libro. exxQuise ser el primero en tener el libro, pero el siempre winner Baradit me arrebató el lugar (jejeje). Minutos más tarde podía apreciar lo impecable de la edición y las referencias que tan contento me dejaron.

Fue un día muy importante para la literatura de género fantástico local. No teníamos un libro de estas características hasta este momento. De modo que agradecemos y aplaudimos de todo corazón al amigo Novoa por hacer el esfuerzo y compilar en esta antología nuestra historia fantástica y esperamos ansiosos la próxima publicación de las dos novelas anunciadas en la contrasolapa: La segunda enciclopedia de Tlön y Los hijos del cielo y de la noche.

Exerion

April 1, 2006 by rmundaca · Leave a Comment 

El niño permanecía inmóvil frente a la máquina, concentrando sus fuerzas en las manos que comandaban una palanca y dos botones de disparo. El ruido-ambiente saturaba los sentidos, pero más le preocupaban los sonidos de las naves y pájaros enemigos cayendo sobre él como sueños hostiles. Y mientras mataba pequeñas aves y destrozaba grandes pájaros de origen galáctico, sus manos aprendían a moverse rápido, a deducir los ángulos de ataque y disparar en el momento justo.

Enemigos. Uno a uno fueron cayendo. Uno a uno fueron destruidos. Y en medio del paisaje planetario de ese mundo lejano, casi sin notarlo, pudo ver de pronto como los ojos se volvían pantallas…

La primera noche fue la noche que comenzó a ser su padre.
Ahora le quedaba como una hora antes de que lo mataran y entre todas las cosas que podía hacer pensó que quizás lo más apropiado era dejar que las pantallas de la terminal se cubrieran con el paisaje de algún antiguo juego de video. Buscó uno en especial. En realidad todos eran especiales, aunque EXERION parecía el más adecuado. Lo inició, tomó uno de los comandos y bajó la luz del sótano hasta muy cerca de la oscuridad.

Parte de su cara se reflejaba en las pantallas y las luces estimulantes del juego se entremezclaban con la negrura del visor que cubría sus ojos y gran parte de su rostro. Rápidamente las luces se perdieron a medida que su vista se concentraba en los gráficos destellantes y en la pequeña nave que disparaba, esquivando enemigos.

EXERION no era un juego difícil. La nave que uno comanda se mueve por toda la pantalla, eludiendo pájaros y pequeñas naves-mariposas y naves-círculos que caen en fila, especialmente para que uno las destroce en ese orden. El disparo es opcional: tiro a tiro o una constante ráfaga automática. El único problema es que las balas se acaban, pero si te mantienes matando lo suficiente puedes ir recargándolas. Un verdadero círculo cerrado.

Como juego EXERION es definitivamente prehistórico. Hasta hace veinte años era posible emularlo, pero ya no se encontraba en ninguna parte y sólo descansaba en la memoria dura de algunos fanáticos. Además, para los adictos del gamewave EXERION no tenía ninguna gracia, como muchos otros juegos de esa época. La mayoría gastaba su tiempo combatiendo en neurored, aniquilando enemigos reales estacionados en otras regiones del globo, o sencillamente siendo víctima de una emboscada en algún suburbio de la hypernet. A veces él se dejaba arrastrar por el vértigo de estar en varias partes al mismo tiempo, combatiendo, pero se necesitaba demasiada habilidad y energía para mantenerse vivo, algo de lo que carecía constantemente.

Sin embargo, EXERION había sido, por allá en 1986, un verdadero vicio para él. Era el tiempo en que los juegos descansaban en pantallas semejantes a los antiguos televisores, puestos en cabinas negras adornadas con dibujos espaciales que representaban los distintos juegos. Bajo las pantallas había una palanca de control y un par de botones, lo suficiente para mover una nave y disparar. El juego se activaba con una ficha, que comprabas a la entrada de la galería. Después de un tiempo, que no era demasiado largo, el juego se volvía familiar y si te entusiasmabas lo suficiente podías alcanzar un puntaje sobresaliente, que permanecía luminoso en la pantalla con las iniciales de tu nombre. Entonces sabías que había algo en lo cual eras el mejor o sencillamente superior al resto.
Se volvió fanático cuando apenas rozaba los diez años. Quizás menos. Ahora tenía cincuenta y seis, de eso sí estaba seguro, aunque a veces sentía el doble. Su cuerpo descansaba casi inerte sobre un sillón hidráulico que se movía por toda la habitación, mientras su único brazo le servía de grúa. Sus piernas no tocaban el suelo, porque ya no estaban. A veces trataba de recordar cómo era sentirlas pero rápidamente volvía en sí, concentrándose en las pantallas de su terminal o en algo más llamativo. Pero sólo las pantallas parecían lo suficientemente reales, lo suficientemente activas para reanimarlo. De ellas salían cables que se unían a él a través de pequeños enlaces, puestos en su cabeza y en el muñón de un brazo que tampoco estaba. Era un sistema de conexión anticuado, pero él se sentía así.

Recordó esos tiempos cuando el juego lo agarró fuerte, tanto como después lo harían los computadores y terminales, aunque aquella sensación de recuerdo era más difícil de precisar. Bastaba, claro, activar el programa de recuperación neural y sus recuerdos volverían con formas más reconocibles, volverían a parecer un poco más claros, como sueños transparentes con algo qué decir. Pero cada vez el programa se hacía insuficiente, mientras el invisible e indestructible nanoraser devoraba rostros y lugares, cubriendo los vacíos con un vacío nebuloso y onírico que no alcanzaba para germinar alguna emoción o sentimiento que aguardaba su oportunidad. Pero estaba seguro que algo temblaba todavía en su espíritu, un lugar que el electro-borrador sub-atómico no podía alcanzar y, aunque lo hubiese hecho, quien lo hubiera programado no le había enseñado todavía a desaparecer pedazos de algo que era, por esencia, inmaterial. Bueno, eso es lo que él creía.

El recuerdo de EXERION había sobrevivido al nanoraser y a veces creía que era lo único que podía quedar en su mente. En ese momento no lo sabía (quizás nunca), pero tenía la impresión que era capaz de recordar pequeños y significativos detalles: la vez que aprendió el truco de las maniobras generales para despistar a sus enemigos; la vez que alcanzó el primer challenge stage antes que sus compañeros de colegio; el día que logró llegar más allá de donde solía morir el resto, siendo el resto adolescentes del liceo y escuelas públicas (los mejores), tipos desconocidos, universitarios y jugadores eternos. Cuando dejó por primera vez su nombre en el registro y se abrió paso entre la masa que esperaba su turno, sintió algo que podía ser felicidad o una extraña satisfacción, cómo cuando hacía un gol y sus compañeros corrían detrás de él para abrazarlo. Entonces regresó a la casa y ya no volvió a ser el mismo de antes.
Se habían llevado a su padre.

La casa estaba en desorden, como si un viento hubiese penetrado y remecido las cosas y los rostros. Su madre hablaba por teléfono, y esa voz le hacía creer recordar su rostro deformado por la angustia, asustándolo. Parecía que el rostro acogedor y cercano se hubiese perdido, o nunca existido. Luego llegaron sus hermanos, preguntando qué había pasado y tratando de calmar a su madre, mientras poco a poco llegaban otras personas para enterarse con cuidado de lo que había ocurrido. Vio rostros familiares y otras personas que sólo creía conocer a la distancia, pudo ver otras muchas cosas y también nada, pero en ningún momento creyó o sintió que era parte de ellas. Observaba una película, una película inquietante que no parecía terminar y que amenazaba con volverse todavía más aterradora. Se quedó entonces mirando, tratando de hacer algo pero sus manos eran sólo capaces de destruir enemigos en EXERION y no podían reparar lo que ocurría en casa. Sólo cuando descendió la noche su hermana lo abrazó y él sintió el llanto que deseaba emerger pero que ella retenía con dificultad. Durante muchos días observaría a cada uno de ellos caer y volverse sollozos ahogados, a medida que el tiempo pasaba y su padre se volvía una figura borrosa o extraña.

Parecía que aún sostenía en su mente algo de esas cosas. Creía recordar los rostros de su familia, sus características, aunque el recuerdo no era tan potente, volviéndose en algunos momentos un sueño. ¿Había sido así? ¿Lo había abrazado de verdad su hermana? ¿Había desaparecido la sonrisa siempre irónica de su hermano que en algo recordaba al papá? ¿Era la madre la que lo acariciaba una noche en que ambos descubrieron que no podían dormir?

¿Había jugado realmente EXERION ese día?
A veces, cuando despertaba en noches más oscuras que otras, las cosas emergían confundidas y llegaba a dudar de que alguna vez se hubiesen llevado a su padre. Quizás, pensaba, no era él, sino su madre, o tal vez sí era el papá, pero lo habían soltado y estaba todavía vivo o probablemente muy enfermo esperando morir. Tal vez ya había muerto y él no recordaba eso. Quizás, luego de una lenta agonía había fallecido y él, muy indiferente y sin sentir nada, se había puesto al margen. Entonces llegaba a estremecerse algo desesperado tratando de hacer coincidir todo y estar seguro de que nada de eso había ocurrido y que su padre de verdad no había vuelto ni su cuerpo encontrado. Era entonces cuando creía que era capaz de volver a cerrar sus ojos, pero ya los recuerdos verdaderos estallaban poderosos y debía enfrentarlos sin conciliar el sueño, mientras buscaba en la oscuridad encender las pantallas de su terminal, activando los enlaces.

Y cuando lo hacía, siempre semejaba ser la primera noche.

Dentro de media hora lo van a encontrar y lo van a matar. Cuando se dio cuenta de eso hace cinco años pensó en cómo podía escapar y salvarse. Pero luego entendió que no valía la pena y que cuando todo estuviera cerca algo se le ocurriría. Bueno, se le ocurrió lo de EXERION. No estaba mal. De seguro era algo importante. ¿Lo era? Aunque hacía tiempo el juego estaba en el disco antiguo, no se había atrevido a activarlo y jugar. No por los recuerdos, sino porque podían liquidarlo muy luego y entonces los cincuenta y seis años se volverían más reales y pesados. Tenía presente en sus ojos esa vez cuando entró a una galería y descubrió el juego en un rincón, colocó una ficha y no duró más que un par de minutos, mientras sus manos eran incapaces de maniobrar con agilidad y sus naves eran destrozadas una y otra vez con demasiada facilidad sobre el reflejo de su cara ya media envejecida y escéptica.

Pero ahora tenía tres grandes pájaros encima y mientras los llenaba de balas y sus colores cambiaban hasta que estallaban, sentía que era capaz de alcanzar los diez años.

“Lo primero era desactivar todos los enlaces”, pensó como si estuviera explicándoselo a alguien en especial. Y no sólo eso. También debía cortar el circuito eléctrico (a veces usaban una onda de detección de flujo electrónico), cubrirse con una manta dispersora de calor y rezar para que las señales de ultra sonido del satélite metropolitano se perdieran gracias a una tormenta. En realidad lo mejor era abandonar el lugar y escapar muy rápido.

Cuando activaban una alarma de IEP (Intruso en Progreso) y luego pasaba a “fuga neural” (Robo de Datos Clasificados) los tipos iban con todo, menos una orden de detección. Sabía lo que les pasaba a quiénes desafiaban los sistemas de seguridad. Desaparecían completamente. No era posible recuperarlos ni siquiera en la hypernet.

Observó la hora. Todavía le quedaba tiempo. Aún era posible llegar muy lejos en EXERION…

No supieron nunca más de él. La casa tampoco volvió a ser la misma. Y claro, tuvieron que pasar por toda la rutina ineludible de esos años: primero un espantoso miedo que los llevó a abandonar la casa, viviendo con parientes, apelotonados en una pieza. Luego abandonaron Santiago por un buen tiempo hasta que las cosas se calmaron.

Entonces emergió la rabia, expuesta en su hermano que juraba volar algún día un cuartel o liquidar a alguien, mientras su madre contemplaba impotente como el odio amenazaba con destruirlos. Tardes cuando su madre regresaba de una dolorosa revisión de listas.

Querellas sin esperanza y eternos abogados que saben mejor que uno
que no se puede lograr nada. Largos procesos. Fallos en contra que derrumban en un día lo que iba quedando de ellos. Las fantasmales fotos en blanco y negro de su padre puestas en carteles, que alejaban el recuerdo de su cara entusiasta, irónica y paternal.
Marchas en conjunto. Velas a medianoche.

Y cuando se apartó de todo aquello, cuando se aburrió y dio media vuelta se quedó solo.

Solo, pensó, justo cuando por un descuido unos misiles lo destruían. Al igual que su familia… y él sin sentir nada. Durante años se preguntó por qué, cómo había llegado a ese estado tan distante.

¿Dónde se había ido la pena, el dolor, la furia y los deseos de venganza? ¿La impotencia? Algo, algo mucho más poderoso que el nanoraser que infestaba su cabeza lo había devorado todo, todo lo que debió emerger de su corazón, dejándolo así, como un muñeco escéptico que no espera nada y que no daba nada, sólo disparos contra enemigos virtuales y noches enteras frente a las pantallas. Pero al principio había estado junto a su ellos, en los inicios de la rutina. Había expuesto su rostro triste y perdido, buscando no desentonar con los sentimientos del resto, hasta que se le hizo insoportable.

Se alejó y el resto de su familia no se lo perdonó. Nadie lo hizo. Pero estaban equivocados. Él quería al viejo. Él amaba a su padre. Pero todo había sido tan rápido, tan abrumador y aplastante que sentía que también se habían llevado su sensibilidad y la posibilidad de seguir creyendo. Esa tarde, cuando volvió a su hogar también sintió que algo dentro de él había desaparecido. Tenía la impresión que aún estaba frente a EXERION y que las fichas no se le habían terminado. Esa persona, ese niño de diez años estaba por ahí en algún lugar, y mientras destrozaba una fila de naves-círculos, pensó que durante todos esos años se había convertido en una torpe y confusa continuación o imitación envejecida de ese niño distante, simulando estar vivo y presente.

El niño siguió disparando y eludiendo naves con asombrosa habilidad.

Faltaban como quince minutos para que llegaran. No tenían nombre oficial, pero en el ambiente se les conocía como “rastreros”. Una división especial que agrupaba a personal de Inteligencia Informática de las Fuerzas Armadas Unidas (FAU). La habían creado luego que un estudiante argentino neutralizara el sistema insular de alerta temprana durante la crisis de Ushuaia. Pero con el tiempo sirvió para ayudar a la policía para detectar crímenes menores. Claro que no faltaban los tipos vivos que se daban una vuelta por los archivos militares y en eso la ley de intra-seguridad era muy clara: veinte cinco años. Claro que la orden no escrita lo era todavía más: cinco balas en la cabeza o un láser de desintegración molecular de alto poder.

Le metió unas cincuenta balas a una bandada de pájaros que lo estaban bombardeando constantemente. Las aves se volvían pedazos que luego desaparecían al instante mientras otro grupo los reemplazaba. Hizo una maniobra general, subió hasta el borde superior de las pantallas y luego esperó que lo atacaran de nuevo. No alcanzaron. Mientras descendía los fue acribillando en orden, desapareciendo.

Sonrió.

Mantenía aún tres vidas de reserva y el indicador señalaba 356 balas. A ese ritmo llegaría muy lejos. ¿Qué tan lejos se podía llegar? No tenía idea. Había un tipo en Italia que aseguraba haber alcanzado los 3.679.100 puntos. Podía probarlo. Y aunque fuese mentira, él lo creyó, pensando que alguna vez alcanzaría esa cifra, sólo con el anhelo de sentir que lo había logrado. Pero aún así, llegaba un punto en que los juegos antiguos se ponían repetitivos y cansaban como una rutina. Podías cruzar cuantas etapas pudieras y siempre era casi lo mismo.

Buscar al papá había sido siempre lo mismo. ¿Y cómo podía entender el resto que para él ya no significaba nada seguir con todo aquello? ¿Cómo podía explicarles que él no sentía nada y que no había nada peor que no poder sentir nada cuando sabes que tienes que hacerlo? Que unos hombres lleguen a tu casa, tomen a tu padre, se lo lleven a un lugar donde poco menos que lo fríen, donde se divierten interrogándolo, y luego terminan arrojándolo como un saco de papas o una bolsa de basura algún hoyo muy frío a medio hacer, al mar oscuro o… algo más terrible que no sabes, pero que tu intuición te estremece. ¿Cómo podía sentirse distante de eso?

Cuando lo contrataron como consultor táctico y les ayudó a proteger archivos y enseñarles que tan lejos se podía llegar a través de redes interactivas el porcentaje de la población que todavía recordaba el asunto no superaba el diez por ciento. ¿Eran todos tan insensibles como él? En algún momento todos olvidaron lo que pasó, lo que podía volver a pasar, lo que a veces pasaba y lo que aún no había sido enterrado, no porque fuesen malvados u otra cosa sino porque se vivía en un olvido constante. A veces observaba la ciudad y se preguntaba cuántas personas que vivían ahí no tenían a nadie o no eran nada, simulando tener una vida que nadie con exactitud sabe que de verdad existe. Cuánta gente bondadosa y especial existía caminado entre la multitud, personas que si desaparecieran no llamarían la atención de nadie. Cuántas estrellas había en esa galaxia fría que al apagarse no eran notadas por los miles de observadores escépticos. El mundo era un campo de desaparecidos. ¿No era posible recuperar algo con un poco de voluntad y algo de empatía? Como le había dicho un oficial de inteligencia de la FAU: “Con un poco de suerte se pueden recuperar nombres, edades, fechas de nacimiento, cargos públicos, militancias, fechas de detención, destinos finales, fotografías… no de todos, claro. Pero por supuesto que podrían recuperarse y conservar datos claves. La información no desaparece, sólo se transforma… Si esas personas se pudieran reconstruir, podríamos hacer que vivieran de nuevo. Sólo para volverlas a desaparecer”.

“Lo cierto, es que nada de lo que recordamos alguna vez, permanece
lo suficiente”.

Veinte minutos y estaré muerto.

La voz daba vueltas en su mente sin delinear los labios. Hacía mucho tiempo que prefirió mantener el silencio, aún cuando recordaba tardes enteras hablar con los fantasmas de otros tiempos, de todo momento. Y es así como uno comienza a comprender el sentido de la soledad. Primero le hablas a un cigarrillo, luego a las pantallas, y si no hay espacio para un perro que te escuche, entonces las palabras dan vueltas en el vacío hasta que imaginas que alguien está frente tuyo, escuchando sin responder.

Pero necesitas respuestas, necesitas delinear un pensamiento ajeno, que al principio es sólo lo que quieres escuchar para que exista un poco de diálogo, para que tus propias palabras tengan una oportunidad. Así empieza a tomar forma la personalidad de un ser que ya no existe o que no puede existir cerca de tuyo. Y así se empieza a imaginar a una persona, a partir de sus contornos, de sus ropas o de su cara. Era difícil crear un rostro, y un cuerpo existiendo al mismo tiempo. Pero vio los rostros de los familiares empapados de una última fe, vio los cuerpos cobrar vida cuando les mostraba primero un cuerpo, luego un movimiento, y al final una voz que sonaba familiar o que la necesidad convertía en algo verdadero.
Y vio las lágrimas, el dolor diluido por un nuevo amanecer para quienes la oscuridad de la pérdida era el único ambiente conocido. Devolvió la vida a muchos. Ganó dinero. Y ahora esperaba que lo destruyeran sin importar si eso le dolía demasiado.

A los lejos, escuchó la ciudad temblar. Algún satélite de la policía bombardeaba una población del oeste de Santiago. Unos pájaros bombardearon su nave, pero pudo esquivar eso, hacer un nuevo giro y hacerlos pedazos.

Si la vida fuera EXERION, serías inmortal.

La cantidad de gente desaparecida en esos años variaba de acuerdo a distintos informes. Pero su padre nunca se aferró a ninguna ideología y lo que es peor, nada tenía que ver con los partidos políticos ni con los movimientos subversivos. Entonces, ¿por qué se lo habían llevado? La familia entera denunció el caso como una persecución política, pero en secreto intuían quizás que no tenía nada que ver. Fue la necesidad de ser tomados en cuenta por los movimientos que buscaban la verdad, todas esas familias que con el retorno de la democracia fueron indemnizadas por el Estado. ¿Había sido entonces esa la razón para alejarse de ellos? Nunca se sintió de izquierda ni de derecha. En verdad, todos esos grupos le incomodaban, ya sea por un problema de temperamento o algo más oculto.

Nadie de quienes lo conocieron entendió que trabajara para los militares, los que supuestamente habían detenido a su padre. La FAU no puso problemas. Por el contrario, le interesaba que estuviera en sus filas, siendo experto en algo que recién comenzaba a inundar la estrategia militar. Les ayudó a crear sistemas de detección y búsqueda, así como también tácticas de combate. Pero no pudo evitar la búsqueda de ese hombre que llevaba su apellido. Después de todo, reprogramar los códigos de acceso que protegían la memoria de la FAU de los últimos cincuenta años, no era más difícil que jugar por primera vez a EXERION.

La primera noche hizo un simulacro de infiltración. Activó un cultivo de bacterias de división acelerada, cuyo objetivo era despertar los sistemas de alerta temprana. En paralelo, activó un sistema metástasis de escaneo evolutivo. La idea era configurar un mapa de acceso, extrapolando los niveles de entrada, y registrando cualquier sector vulnerable. El objetivo final no era, sin embargo, encontrar una puerta de acceso. Lo que buscaba era emular los sistemas de vigilancia y convertirse en uno de ellos cuando decidiera entrar. Era como colocarse el mismo uniforme para luego traicionarlo.

Un par de horas después descifró la anatomía de los alertas temprana. Ahora era cuestión de esperar. Chequear que no lo habían descubierto y concentrarse en su búsqueda.

Sería la primera noche del fin de su vida.

Los ojos comenzaban a cerrarse, pero EXERION seguía ahí. Más pájaros, más naves, sucesión infinita de enemigos que destruir. Quien diseñó EXERION nunca pensó, quizás, que hubiese alguien dispuesto a jugarlo casi eternamente.
Giorgio Bonetti. Ese era el nombre del italiano que mantenía el más alto score en el EXERION. Debió ser un gran tipo. Y George Anastasiadis, el griego que creó una página tributo en la antigua Internet. La página sobrevivió después de su muerte, como una casa abandonada en la oscuridad de la ciudad, hasta que la red desapareció en la Guerra de las Seis Horas, llevándose a la tumba todos sus registros. Cierto, nada permanece. Nada, quizás puede permanecer lo suficiente.

Y mientras acribillaba un ave alienígena, pensó que quizás había un cielo digital donde los archivos espirituales tuvieran una segunda oportunidad.

En el infierno del olvido, siguió disparando. Uno a uno los enemigos caían. Uno a uno, los recuerdos sucumbían bajo el demonio llamado nanoraser.

Los secretos militares se cruzaban con decisiones estratégicas, así como las operaciones encubiertas se confundían con actividades de rutina. Planes de batalla, informes de situación militar vecinal, desarrollo de componentes para misiles furtivos, entrenamiento de niños para control a distancia de vehículos remotos, misiones especiales, estadísticas de UFO sobre las principales ciudades del país, infiltración de satélites venezolanos… Si hubiese sido un espía, al servicio del Perú o de lo que quedaba de Bolivia, habría estallado en tensa euforia. Y sin embargo, todo parecía virtual en el vacío que dejaba el nombre de su padre.

¿Dónde estaban los archivos del pasado distante? ¿1986, 1978, 1973? ¿Los detenidos, los oficiales al mando de los interrogatorios? ¿Los encubrimientos?

Si la información había sido eliminada era mejor devolverse, mientras podía hacerlo. Sin embargo, convertido en una alerta temprana, podía engañar a los verdaderos vigilantes que seguían luchando contra los sistemas de infiltración que había introducido como señuelos. Usando un haz de visión simultánea, pudo revisar cada suburbio de información sospechoso de contener algún indicio de la verdad perdida. No tendría mucho tiempo. Si había algo que encontrar debía estar muy oculto o quizás muy distante.

De pronto apareció un fragmento que parecía un nombre. Uno como cualquier otro. Lo extraño era que no debería figurar en ese lugar: un antiguo manual de simulador de vuelo. El nombre estaba adosado a ese paquete de información, y al diluir la densidad de datos por giga/nanom pudo sumergirse entre los párrafos de especificaciones técnicas para instalación y uso. Y entre medio de palabras aéreas, números de elevación y coordenadas de ataque, emergieron frases que hablaban de ese nombre, lo suficiente para saber que era un fragmento de historia olvidada. Un tipo como cualquier otro que fue detenido, interrogado y que nunca más se supo de él.

Comprendió, entonces, que se trataba de un sistema de archivo zodiaco. Una modalidad de constelación de datos que permitía diseminar la información adherida a otros archivos que no guardaban ninguna relación. Los archivos de personas desaparecidas que buscaba eran sólo huéspedes de archivos más grandes, y eso evitaba un rastreo directo. Sabía de qué se trataba, pero le sorprendió no haberse enterado antes. Después de todo, seguía siendo un consultor táctico de la FAU.

Utilizando el registro temporal de adhesión de datos, pudo detectar otros archivos huésped. No todos habrían sido adheridos durante un único momento, por ende sería imposible encontrar todo. Sin embargo, no lo necesitaba. Al registrar una cantidad suficiente de datos-huésped logró lo más importante: configurar parte del mapa de constelación que los unía.

Se alejó a una distancia de noventa gigas/nanom. Los fragmentos de palabras e imágenes se convirtieron en destellos fugaces, iluminando la estela vacía que dejaba su presencia. Y mientras se alejaba, mientras su perspectiva cruzaba los espacios semánticos de millones de fragmentos que hubiese querido asimilar, pudo sentir simultáneamente rastros de personas, nombres y vidas que de pronto supo que nunca alcanzaría a amar. Diseminadas, estaban por lista y cada uno guardaba una ficha y su posible destino. Había distintos nombres que llevaban a distintas imágenes. Gente tan olvidada como los créditos finales de una película.

Pero sintió que el tiempo se le terminaba y su padre no aparecía por ningún lado. Probablemente descansaba en algún lugar de la constelación de archivo y en ese caso, lo mejor era registrar toda la constelación de datos. Extrapoló los enlaces de conexión, para configurar el link de entrada, que en jerga infowar se denominaba punto aries. Una vez configurado, podría escanear fácilmente toda la información relacionada y registrarla en su memoria.

Inició la secuencia y su perspectiva comenzó a retroceder nuevamente, mientras el torbellino de información comenzaba a tomar forma. Los destellos comenzaron a delinearse en un conjunto de fragmentos axiales, en millones de píxeles que dieron forma a un trazo todavía difuso, y unas letras que buscaban dar forma a un pedazo semántico.

Las letras se volvieron un nombre, y cuando la distancia fue suficiente pudo ver con claridad qué decían.

Era el nombre de su padre.

Un pájaro multicolor estalló herido de muerte antes que pudiera iniciar el descenso. Era el último del vigésimo escuadrón que atacaba y sintió remordimiento por liquidarlo tan rápido. En las pantallas no había dolor, eso estaba claro. Por eso era fácil matar.
Si había tiempo para que las personas sintieran dolor, nada tenía que ver con la muerte de los recuerdos. El dolor, comprendió, emergía cuando de una u otra forma no tenemos conciencia real de que en alguna parte existimos. Y que en ningún lugar podemos existir.
Sin embargo, la urgencia de las respuestas iba disminuyendo. Faltaba sólo él. Llegarían dentro de muy poco. Siempre lo supo. Siempre supo que llegaría la hora de morir, incluso en EXERION.

Su padre había muerto, y él también dentro de poco. Sin duda, los rastreros ya estaban borrando todo, confiscando las memorias de esos programas reflejos. La resurrección es peligrosa e ilegal en un mundo acostumbrado a morir. En un mundo donde todo debe perecer, donde nada puede permanecer.

Y si para el resto de las personas funcionaba de igual forma, entonces un recuerdo detallado, preciso, coherente desde cualquier ángulo podía ser quizás tan fuerte como algo real.

O quizás más verdadero.

Y a esa hora de la noche, minutos antes que lo mataran, EXERION era lo único real.

2 millones de puntos…
2 millones 530…
2 millones 867…
3 millones…

En algún minuto, o quizás desde siempre, el nanoraser comenzó a transformarse en el único recuerdo.

Debió saberlo. Ningún consultor táctico podía salir ileso luego de infiltrarse el punto neurálgico del sistema militar. El nanoraser estaba dentro de él un segundo después de salir de la memoria de la FAU. El nanoraser en su cabeza podía acabar lentamente con él y hacerlo desaparecer sin necesidad de cavar un hoyo o sobrevolar un mar profundo y oscuro. Cuando logró detectarlo ya había coagulado las arterias de sus extremidades y sólo pudo salvar su brazo derecho. Luego se llevaría los nombres de su familia y gran parte de sus rostros. Recuperó algo con un programa neural de emergencia, pero el nanoraser siguió ahí, transformándose en parte de su vida y de su insensibilidad. Nublando las imágenes del pasado, disolviendo su propio cuerpo, transformando su interior en un vacío infinito, hasta que ya no hubiera nada a qué aferrarse.

Por escasos momentos lograba recordar un tímida sensación de lo que había hecho. Porque un nanoraser es sólo una represalia inmediata, no una sentencia de muerte. Guarda para sí el registro de lo que está disolviendo. Si venían a matarlo, era porque nadie podía crear mundos sintéticos, ni reflejos de antiguos muertos, sin permiso. No era un asunto ideológico, ni siquiera de seguridad interior. Era sólo un mandato legal, que él había violado, y para lo cual la muerte era un destino como cualquier otro. Todos robaban datos, incluso información de defensa. Eso ya era una media sentencia de muerte, si el robo era excesivo.

Y los nombres de los perseguidos, de los muertos eran parte de un punto de entrada en la memoria de la FAU. La única razón posible de esa configuración que llevaba su apellido y el nombre de su padre era que todos estuvieran conectados a él.
“Podemos recuperar la información”, le había dicho el oficial de la FAU.

Y en algún momento, pensó, pudieron obtenerla. Pudieron saber quienes eran los que había que capturar. Pudieron configurar una lista de quienes había que interrogar.

El supo desde siempre hacia dónde había que disparar en EXERION, cómo liquidar a las naves pequeñas, cómo evadir el peligro inminente, los movimientos para sobrevivir más tiempo. Durante años sus tácticas fueron un secreto que nadie estaba interesado en conocer.

Y esa noche, cuando entendió quién había sido en realidad su padre, no perdió tiempo en compartirlo con nadie. Las historias de los delatores siempre excitan a las masas, pero lo que yace en lo profundo de la motivación de un hombre es impenetrable. No hay código de acceso que romper, no hay secuencias de infiltración que activar.

Cuando los ojos se vuelven pantallas, cuando los muertos observan desde la eternidad del recuerdo, sólo queda buscar un pedazo de redención lo suficiente para cerrar los ojos sin la angustia de la rutina.

Así que un minuto antes de abandonar la memoria de la FAU absorbió los rasgos de los desaparecidos. Se los llevó en su mente, en el archivo cuyo nombre era su padre.

Pero los rastreros vendrían esa noche a cobrar otra cuenta: los cientos de mundos y las cientos de personas desaparecidas recuperadas ilegalmente.

¿Y por qué nadie luchaba por hacerlo legal? ¿Por qué sólo existía la firme voluntad de un tipo desconocido por recuperar a los muertos?
Quizás, pensó una vez, porque esas creaciones mitigaban el dolor. Y una sociedad se sostiene económica y socialmente gracias al dolor. Y quizás también, gracias al olvido.

Una mujer viuda que había perdido a su hijo… reconstruido en forma de un programa interactivo. Tomar una foto, delinear un cuerpo, darle movimiento a partir de los recuerdos y las evocaciones. Colocar esa imagen, ese reflejo de alguien y hacerlo vivir nuevamente en una realidad algo más que virtual… Entonces una mujer podía reencontrarse con su hijo, hablar con él, abrazarlo en algún espacio que simulara un hogar ya muy lejano, el hogar que ya no existía… el momento único cuyos contornos aún temblaban en algún lugar de la memoria. Habría quizás tiempo para decirse tantas cosas, porque aunque fuese mentira – y lo era – ésta podía ser mejor que el vacío o la nostalgia dolorosa de lo que nunca fue. Habría quizás tiempo para volver a sentir al ser ya muerto. Y a través de esa resurrección pasajera, recuperar un segundo que fuese eterno en la memoria.

Buscó entonces a los parientes de las víctimas que aún vivían. Por una suma de dinero razonable les ofrecía estar de nuevo con los seres queridos ya olvidados.

Y para probar que el proyecto era posible, comenzó por él mismo y ese padre ahora muy distinto.

La primera noche cerró los ojos y buscó el recuerdo.

Las imágenes se comprimieron sin límites de tiempo y espacio, sólo sensaciones lejanas imposibles de sintetizar. De pronto comprendió que en su mente no había algo concreto a qué aferrarse, algo con forma definida que pudiera emular. ¿Y qué era entonces un recuerdo? ¿De qué estaba hecho? ¿Eran sólo impresiones vagas que la intensidad emocional transformaba en cuadros vívidos engañando la psiquis de cada persona? El recuerdo de un primer beso a la persona amada, o del proceso que la llevó a la muerte… ¿Eran algo que tuviera verdadero sentido, si ya no existían en el tiempo y en espacio? La mente no reconstruía el tiempo; lo vivido no era posible de repetir. El recuerdo parecía sólo un ejercicio de la mente para convencer a la conciencia que algo había sucedido, sin importar lo difuso, lo distante y lo ajeno que podía ser. Las emociones hacían el resto.
Siento, luego existo.

Y él no sentía nada. Y si buscaba sentirlo, no había algo seguro a qué aferrarse. Sólo imágenes sin sustancia. Lo hecho y sucedido con su padre no era más que una secuencia de episodios marcados como pautas de un suceso histórico, pero del cual comenzaba a sentirse parte. Sí, podía creer recordar. Podía creer que los hechos estaban dentro de él, pero no parecía existir ninguna imagen donde ese padre fuese tan claro y preciso. Además, no sabía qué padre recordar. ¿El que habitaba su hogar cuando niño? ¿El delator? Si pensaba reconstruirlo, debía definir quién era ese hombre, qué había dentro de él que definiera contornos y rasgos precisos. Si tenía una voz, cómo sería el tono de las palabras, la historia de ellas. Cómo serían sus ojos cuando observaban las ruinas internas de su alma. ¿Había disturbios en ellos? ¿Había distancia y melancolía cuando miraban a ese niño que jugaba frente a la pantalla?

La primera noche fue la noche que comenzó a ser su padre.

Iban a llegar muy pronto, pero no le importaba. Estaba todo listo y no podía evitarlo. Durante años calculó exactamente el tiempo en que demorarían en encontrarlo luego de que supieran quién les extrajo la información. Durante todo ese tiempo no había podido encontrar la forma para escapar y salvar su vida. Su vida, los cincuenta y seis años que llevaba en el cuerpo. ¿Su cuerpo real? Todos esos años… ¿qué había sucedido a través de ellos? ¿Era el vacío sobre los vacíos lo que diluía el tiempo y lo convertía sólo en cifras de referencia? Pensó que quizás era culpa del nanoraser que aún seguía activo que quitaba algo de aquí y que lo había dejado como muñeco mutilado. Pero muy pronto entendió que era algo más. Algo, una sensación que no se podía borrar y que era capaz de traspasar los sentidos y la memoria. Era a veces la soledad, o también una noche interminable frente a las pantallas. Era un trabajo insulso y agobiante o una noche de año nuevo observando el reloj fijamente sin moverse. Era un caminar entre la multitud inexpresiva y hostil antes que perdiera sus piernas o sólo el sillón hidráulico que a veces se atascaba. Era un corazón que se hacía cada vez más frío, que pierde su forma y color… un nombre demasiado común hundido en miles de nombres comunes, un hombre en una ciudad de diez millones de seres que saben o conocen algo que tú perdiste. Era la inutilidad de las redes que no podían llevarlo a ese pasado tan necesitado. Era un brazo que se extiende en la cama y que no encuentra a nadie, una caricia a un cuerpo que sólo imaginas y que deja su forma delineando un agónico sentir.

Entonces comprendió instintivamente que no valía la pena escapar. Después de todo, no vendrían a matarlo, ni tampoco a hacerlo desaparecer. Él ya no estaba. Quizás nunca había estado. La vida se había encargado de hacerlo desaparecer como un holograma que pierde su fuente de energía y luz, la poderosa vida que se agitaba allá afuera y de la que el resto parecía beber, excepto él.

Escapar. Una palabra emitida fácilmente… escapar de ellos no tenía sentido. No había adónde ir. Se hallaba prisionero en mundo que no tenía pasado ni futuro, sólo un presente oscuro de evocaciones que el vacío diluía. Como su padre.

Observó las pantallas. EXERION permanecía inalterable, el mismo paisaje, los mismos enemigos. Era increíble la fascinación que surgía en su interior. Era imposible no dejarse arrastrar por el paisaje y repetir los movimientos, en una indolencia casi eufórica que no lograba comprender.

No lo recordaba, pero existía una razón más allá de la simple y resignada elección, más allá de cualquier impulso adolescente e irresponsable para jugar EXERION. La intuición estremecía con rara fuerza, en silencio, como suele golpear dentro de cada ser la revelación. Había una razón para estar ahí, en medio de una oscuridad, y observando el rostro en las pantallas. Una razón certera y comprometida que hablaba de la verdadera búsqueda y fe. La fe, había sentido siempre, es poderosa cuando carece de apellido y a esa hora de la noche, faltando poco para que lo mataran no había otra cosa a la cual aferrarse.

Había una razón…

O quizás una convicción. La idea clara que al final del juego, al final del más alto score existía una puerta esperando abrirse lo suficiente. Y al otro lado, de forma irreal o soñada, un espacio con su propia forma o con sus propios contornos de conciencia y recuerdos buscando convertirse tiernamente en el paisaje que esperaba.

Si llegaba al final, si llegaba a ese score imposible… existía la posibilidad de que sólo quedaran las pantallas luminosas mil veces repetidas. ¿Qué tan seguro podía sentirse para esperar lo que siempre se ha esperado?

Lo suficiente. Al final del juego, intuía, debía existir algo. Eso era un fragmento de fe. Un pedazo infinitamente irrelevante, quizás, pero suficiente para esa noche, para la última noche.

Al final de EXERION, cuando el juego no podía soportar más puntos, o más aves derribadas, sobrevivía algo suyo. Por eso estaba ahí, disparando como si el destino de la galaxia estuviera en sus manos. No había nada más. Cuando se tiene por fronteras los límites de un cuerpo semi-destruido, cuando el espíritu parece ser sólo una materia inerte consumida por el miedo y la amargura, por el cansancio o el tiempo, sólo el pedazo de conciencia que sobrevive puede imaginar lo suficiente. Cuando no queda nada, pensar puede ser un placer y el pensamiento faltando poco del score era que el fin del juego daba paso a otra cosa.

Final del juego, código de acceso.

Fin de una vida, acceso a la eternidad de un paisaje delineado noche tras noche.

Vívido, de límites cercanos y familiares.

¿Quién juega al final del juego?

Estaban cerca. Muchos años atrás su padre también debió sentir que estaban cerca. Encerrado en una celda, o refugiado de forma anónima en un pueblo de la zona austral. Las personas pasan la mayor parte de sus vidas tratando de olvidar que se espera la muerte. Su padre nunca había vuelto, sabía demasiado para volver a la rutina, y era mejor mantenerlo furtivo en algún lugar. Encerrado, debió entender que ya estaba muerto. Era sólo cuestión de esperar el momento en que lo llevaran a un lugar elegido para que no existiera nunca más. Quizás siempre lo supo. Quizás entendió que en el plano de una vida sin nada, lo mejor era pavimentar su propia muerte.

Observó el score. Pronto llegaría a donde nadie se había asomado. Concentró entonces sus fuerzas en el juego y empezó a destruir sin vacilar, acabando con todos rápidamente. Disparó, moviéndose con demasiada habilidad, mientras los pájaros gigantes y las naves-mariposas se sucedían, volviendo a desaparecer. Y de pronto, como si no lo hubiese notado, vio que ya había pasado la marca y que fácilmente se extendía por los sobre 5.555.555 puntos. Echó su cuerpo atrás y una pequeña sonrisa rejuvenecedora que podía volverlo atrás, a 1986 o sólo dejarlo ahí, emergió, dejándolo completamente liviano, en una extraña suspensión que atraía cosas a su mente, penetraban en su espíritu y eludían al nanoraser. Era tal vez la figura de su pasado o quizás los ojos de su madre, y la sonrisa de su hermano o hermana, el cabello de ella, o sólo todos juntos en alguna fotografía o en una apacible Navidad. Quizás era sólo él, frente a una máquina, en una galería de juegos antiguos, usando sus últimas fichas, colocando su nombre e imaginando el rostro de su padre reflejado en la pantalla, viendo cómo lo había logrado, recordando el nombre del juego.

Su único brazo abandonó el comando y dejó que lo destruyeran una y otra vez hasta que las pantallas se volvieron borrosas y registraba en el ranking parte de su nombre. Entonces creyó que algo volvía. No estaba seguro, tal vez fue sólo un estremecimiento, pero era real y hacía que algo temblara aún dentro de él.

Tal vez el nanoraser titubeó o sólo era su pasado reconstruyéndose en segundos, reconstruyéndolo en partes que se reconocían y que se estrechaban en una hermosa y extraña felicidad. No podía estar seguro, quizás fue sólo un estremecimiento…

Volvió a sentir.

Sintió que se acercaba, que el paisaje alrededor cobraba otra dimensión. Una parte suya se alejó de la terminal, mientras al otro
lado de las pantallas se abría un nuevo mundo.
Las pantallas todavía parpadeaban en la oscuridad del sótano, iluminando a un extraño cuerpo que permanecía conectado aún, esperando en silencio o sólo silenciando la espera.

El sonido de las máquinas de juegos llegó hacia él como un recuerdo distante, elevando la imaginación de los sentidos. Aquí y allá se podían ver adolescentes y niños jugando u observando el ritmo de los juegos. Su cuerpo deambuló por las máquinas, echando miradas por sobre las espaldas de los jugadores y curiosos que miraban embobados las cadenas de disparo, los diferentes niveles y las tácticas para cruzarlos. Como un fantasma, su rostro deambuló por las pantallas sonoras, un reflejo crepuscular que nadie distinguía en medio del estallido de píxeles que daban forma a nuevos paisajes, insert coin y game over.

De cualquier forma, su rostro no existía. Bastaba con ser una sombra para reforzar la existencia.

Dejó que el sonido de las máquinas lo llevara a EXERION. Al principio escuchó un rumor, luego lo que parecía una caída de naves-mariposas, y finalmente el sonido inigualable del disparo ametralladora. Dejó entonces que sus ojos atravesaran el paisaje humano, y ahí, en un lugar que podía ser un rincón o el centro de todo, estaba el niño que buscaba.

No había sido difícil reconstruirse, aunque en ese momento era quizás lo menos importante. Le bastaba con saber que ese niño era él, o algo programado para ser el niño que había sido, en su versión de 1986.

Ahora caminó despacio, manteniendo la realidad. Construir un pedazo de mundo que no se derrumbe en poco segundos es la primera misión que exige la vida. Se acercó entonces lentamente, buscando la distancia necesaria.

El niño evadía los peligros, las naves hostiles, mientras el score sumaba puntos. Uno a uno los enemigos eran destruidos. Uno a uno, las manos aprendían a matar.

Durante largos minutos, la escena se repitió constantemente. Inmortal, sin miedo a la muerte, sin imaginar que existía algo así, el niño se hizo eterno en la vastedad de EXERION. Los minutos se volvieron pantallas, niveles inalterables modificados sólo por la presencia de enemigos.

Hasta que de pronto el niño fue destruido. Nadie pareció darse cuenta. Así parecía ser la vida: un paisaje inalterable, hasta quede pronto algo te vence y te destruye, en medio de un universo indiferente.

El niño permaneció quieto frente a la pantalla. Al mirarlo, sintió un impulso intenso. Pero fue el niño quien levantó sus brazos para tomar la palanca y el botón, sólo para poner su nombre en el registro del día.

Y en el primer lugar del ranking, el nombre de Víctor Morales resplandecía con fuerza propia. Sus letras se volvían trazos luminosos en el paisaje nublado.

Y antes que pudiera cerrar los ojos, antes que el paisaje terminara, pudo ver como el niño daba media vuelta. Su cara parecía no tener rasgos, sólo contornos desplegados con dolor o con un poco de ternura. La cara algo muerta, algo viva, el registro distante de una extrapolación exo-genética, fragmentos de un rostro que esperaba morir al otro lado de las pantallas.

El niño avanzó hacia él, y antes que pudiera moverse atravesó su cuerpo, como si ambos fuesen espectros.

Ahora las pantallas yacían oscuras. EXERION estaba muerto.
No quiso abrir los ojos, sólo poder recordar la secuencia completa. No era el pasado, ni siquiera el presente. La emulación y el momento que había construido era esa secuencia que ahora se mantenía constante, él y su padre, los dos en silencio, como siempre había sido. No había podido recrear ni falsear nada. Aún el intento de crear algo distinto era inútil. La verdad permanece, la esencia de las cosas no puede cambiarse.

Cada noche que reconstruyó a los desaparecidos pareció ser siempre una primera noche. Había buscado que los seres queridos tuvieran una segunda oportunidad. Que los rostros volvieran a mirarse, o sólo que los corazones volvieran a sentirse. Nunca se está solo si aún muy lejos está el ser amado. Buscaba recuperar lo que pudo haber sido, un pedazo lo suficiente para imaginar un instante, un ambiente o sólo un fragmento de extraña e irrepetible ternura. Buscaba ser otra vez el niño que con una solo una ficha y una pantalla muy luminosa podía imaginar un mundo y suficiente felicidad para todos dentro de él.

Había buscado sentirse como su padre, mirándose a sí mismo. Y en ese pedazo ficticio, sólo sintió distancia y dolor.

Hay algo que ningún nanoraser, ninguna técnica puede borrar y es el dolor que nace en cada uno de nosotros. El dolor siempre permanece, nunca se olvida, y si por alguna razón parece distante, siempre habrá forma que las circunstancias lo recuerden.

Las circunstancias convirtieron la vida en un juego eterno, un niño que se eleva para caer. Para morir en el recuerdo.

Mátenme… mátenme igual que a él.

Pensamientos como ecos imperceptibles.

Porque siento tu dolor… el dolor de tu perspectiva. Sin dolor no sabías quién eras. Disturbios en tus ojos… Hasta que el sueño vuelva a caer…

Un segundo después un láser de alto poder penetró la pared de la habitación y atravesó su cabeza. El cuerpo se desplomó inerte mientras otros disparos destruían las pantallas y la oscuridad cubría lo que quedaba del crepúsculo de la habitación.

Fui recuperado en medio de un vértigo que me costó entender, aunque ya estoy en suspensión, lo suficiente para poder ser parte de lo que sucedía más allá de las pantallas. No estaba activado. Puedo ver y me he visto a mí mismo desde hace una hora, aunque me costó reconocerme, porque no tengo forma, ni sentido. Han pasado muchos años… no estoy seguro. Aquí siempre parece ayer y mañana. Soy EXERION… soy Víctor Morales… soy también voces y ojos perdiéndose en pantallas difusas… un padre irreconocible… un
delator… un niño que juega hasta morir.

Soy NANORASER 808… suspendido, esperando que me encuentren para renacer… o desaparecer para siempre. Puedo ser un juego que termina más allá de los cinco millones de puntos donde se puede acceder a una imagen del pasado. O puedo ser una emulación que flota en una galaxia de emulaciones y que espera su oportunidad. No tengo vida, pero si alguien me activa, podría parecer vivo. Será una larga espera. ¿Quién podría querer recodar la vida un hombre y su padre muertos? ¿Quién eres tú para sentir serlo?

¿Hay alguien que haya jugado EXERION y recuerde su nombre como solía hacerlo un niño cuyos recuerdos diluidos parecen temblar en mí?

Pablo Castro Hermosilla

Pablo Castro, escritor de Ciencia Ficción

April 1, 2006 by rmundaca · 2 Comments 

Pablo Castro tiene 31 años, es cientista político y actualmente trabaja en el Ministerio de Relaciones Exteriores. Soltero, cree que su vida es “poco interesante” y está feliz por ello: “Un escritor malo es aquél cuya vida es más interesante de lo que escribe”, afirma.

Ha sido ganador de suficientes premios y publicado en varias antologías, lo que ha puesto su nombre entre uno de los pocos escritores chilenos que publican Ciencia Ficción.
Aquí nos habla de su pasado, cómo ingresó al mundo de la CF, su esperanza de que el género alguna vez logre en Chile el sitial que se merece, y nos cuenta parte de lo que podemos esperar en el futuro próximo.

LA CIENCIA FICCIÓN, HOY.

¿Qué pasa con la Ciencia Ficción en Chile?

Seamos honestos, en Chile la Ciencia Ficción es un género mal conocido, mal estudiado y lo que es peor, poco leído. Por cierto que no hablo de los seguidores del género, ni de sus lectores. Pero en Chile hablar de CF es hablar de diferentes visiones del cyberpunk y una que otra mención a Dick.

Ahora, puedes decirme que en el fondo ése no es un problema, que todo puede verse distinto si diversas editoriales se dan cuenta de las posibilidades del género, tanto en contenido como en éxito de ventas. La pregunta es si sucederá eso. ¿Están los editores interesados en publicar obras de CF que signifiquen un desarrollo literario del género nuestro país o sólo están interesados en publicar éxitos de ventas aislados?

Ya sé que muchos me dirán que a estas alturas no vale la pena defender la identidad de un concepto llamado “Ciencia Ficción”, pero afuera me tocó ver exactamente el fenómeno contrario. En Francia la CF junto a la Fantasía son parte de un gran género y la claridad de su identidad como tal ha permitido la creación de un movimiento muy lúcido y exitoso, que ha galvanizado el desarrollo de editoriales especializadas, revistas, eventos de gran nivel y mucha gente interesada. Es decir, la identidad crea una referencia, y esa referencia crea una afluencia.

¿Entonces no es posible un movimiento editorial enfocado a la Ciencia Ficción En Chile?

¿Para qué existirían editoriales especializadas si la Ciencia Ficción fuese nada más que un tipo de literatura convencional o postmoderna? ¿Para qué los festivales y eventos? Eso es lo que ha sucedido en Chile. Como casi nunca se habla verdaderamente de CF, las obras que lo son fácilmente han caído en el olvido porque se les concibe como meros experimentos o rarezas.

Si comenzáramos a hablar de CF literaria como tal, si exigiéramos a los críticos verdadero conocimiento y no simples y antojadizas referencias para el bronce, si pudiésemos configurar una visión con identidad respecto del género –y la CF es muy abierta a diversas tendencias– tendríamos quizás un movimiento, un conjunto de personas interesadas en las posibilidades literarias del género. De ahí a la publicación de escritores no sería algo muy difícil, diría que el paso lógico.

¿Y qué se puede hacer al respecto?

Hay que demoler de una vez por todas esa idea de que la Ciencia Ficción es un género apartado, valorado por un conjunto de fanáticos adictos a la ciencia y que compran figuritas de Star Wars.

Sí, la CF puede ser eso, pero mucho más. La CF no se puede estigmatizar con imágenes facilistas de ese tipo. Hay espacio para todas las tendencias. Es un género mucho más vanguardista de lo que se cree, mucho más visionario y arriesgado, pero si se va a considerar la CF literaria sólo como sinónimo de Asimov, Bradbury, para saltar a Dick, y de ahí al cyberespacio, entonces se caerá siempre en una estigmatización mediocre y equivocada.

Asimov es CF, y también Sturgeon, Heinlein, Blish, Varley, Delany, Sterling, Egan y un sin número de otros autores. Y ahí también se encuentran mujeres como Alice Sheldon o Ursula K. Le Guin, tan profundas y sorprendentes como otras escritoras destacadas de la literatura general.

Terminemos con los complejos. Dejemos de aislar a escritores como Ballard para decir que no son CF, porque Ballard es lo que es hoy en día gracias a las oportunidades estéticas, formales y conceptuales que le brindó el género. Además, existen momentos históricos respecto del género que son sorprendentes: la primera explosión nuclear fue descrita en detalle y con antelación por un escritor de CF en un cuento publicado en una revista, lo que significó que fuera vigilado por la inteligencia norteamericana y se abriera un expediente. ¿Acaso los Fresán o los Bolaño se han acercado a la realidad de esa forma? Sólo referencias clichés, vacías y casi siempre sin contenido.

Si se insiste en considerar a la CF como un referente simpático, y si los propios seguidores dejan que desconocedores y vende pomadas hablen del género configurándolo para satisfacer sus propias necesidades publicitarias y exhibicionistas, entonces es poco lo que se puede esperar.

UN VIAJE AL PASADO

¿Qué pasó con Fobos luego del Fobos Negro?

Es una buena pregunta para Luis Saavedra, creador, fundador, director, compilador, productor y distribuidor de Fobos.

Personalmente creo que se terminó en su mejor momento. Como fanzine será difícil superarlo, fundamentalmente porque era un medio impreso, algo esencial para la consagración de cualquier revista.
Fobos se inició como un proyecto personal de alcance colectivo. Durante un buen tiempo fue el único espacio visible para publicar CF chilena y la única referencia que podía citarse como tal. Eran malos tiempos, escaseaban los escritores y existía la sensación que el género estaba muerto en el país. Creo que fue importante su difusión internacional porque permitió a activistas y directores de revistas extranjeros saber algo de la CF chilena. Al mismo tiempo tuvo buena acogida ahí y creo que eso convenció a Luis para darle un nuevo aire, lo que significó editar el fanzine en su modalidad conceptual, es decir, número dedicados a un tema o concepto específico (Fobos Negro).

¿No has vuelto a colaborar en TauZero?

Participé en TauZero durante el año 2004 y fue una buena experiencia, pero me pilló en un momento complicado económica y personalmente. Creo que cuando colaboras o eres parte de una revista o proyecto debes estar tranquilo, con tu vida en orden. De lo contrario un día colaboras con mil cosas y al otro te da lo mismo si el proyecto se va a la cresta.

No volví a colaborar con TauZero porque en principio no sabía si el proyecto estaba en stand-by o seguía en pie. De hecho hace poco supe que el asunto seguía, incluso con página propia.

Este ha sido para mí un año de transición y espero volver a colaborar a medida que finiquite un par de cosas.

Cuentan las malas lenguas que Jorge Baradit (autor de Ygdrasil) estuvo en un taller literario liderado por ti. ¿Es un mito?

El año 2003 Luis Saavedra me pidió dirigir un taller que podríamos llamar literario. Me entregó una serie de nombres de personas y sus escritos, entre los cuales estaba Jorge. El cuento era “Angélica” que se desarrolla en el mundo de Ygdrasil. Bueno, después de leer y revisar los cuentos, les escribí a las personas que Luis me había señalado: Jorge, Gabriel Mérida, Marcelo Garrido, Marcelo López y Soledad Véliz contestaron, expresando interés en el la idea. Luego se sumó Sergio Amira como ayudante de campo y asesor literario.
El taller no duró mucho y creo que la razón fue que no estábamos en condiciones de desarrollarlo. Era mediados de año, una época siempre difícil y la verdad es que yo en algún momento dudé en hacerlo porque no disponía de mucho tiempo. Pero estos talleres, que son en general una oportunidad para juntarse y provocar sinergia, siempre dejan algo, o por lo menos te dan una buena razón para escribir.
En ese momento Jorge ya tenía Ygdrasil (de hecho se había publicado un capítulo en TauZero) y creo que los comentarios que hice respecto a “Angélica” no debieron ser para él una sorpresa porque estaba, y está, muy consciente del alcance y esencia de su obra.

¿Que fue de esa novela en donde se involucraba a las fuerzas armadas, en particular a la FACH?

En muchas de mis historias involucro a las Fuerzas Armadas, especialmente a la FACH. Algo tienen las Fuerzas Aéreas que las hacen muy cercana a la Ciencia Ficción. No lo sé, es una sensación personal.

La novela que mencionas llevaba por título Esperando la Noche y trataba en principio de los pilotos chilenos que esperaban la guerra en el 78’. Lo escribí en versión cuento, que luego perdí cuando murió mi antiguo computador.

Sé que tienes gran afición por la música. ¿Influye ella en tu proceso de escritura?

Tengo una gran afición por los grupos de música de los cuales soy muy fanático. Hablo de bandas como Skinny Puppy, Front 242 y Front Line Assembly. Su influencia en mi escritura es fundamental, sobre todo con Front 242 y Front Line Assembly, que son bandas cuya música, letras, gráfica y sonidos ambientes insinúan escenarios futuristas, o donde la tecnología parece ser una constante. Muchas de las imágenes que han dado origen a mis historias provienen de la música de esas bandas. Sin embargo, no es una relación causa y efecto, porque las imágenes que aparecen en mi cabeza a veces tienen poca relación con el sentido o letra de una canción.

En perspectiva, creo que esa música fue muy importante a la hora de escribir o diseñar mis primeras historias, muchas de las cuales surgieron a partir de imágenes que flotaban en mi cabeza después de escuchar horas y horas un disco o una canción en particular. Creo que hay un momento en que una canción es tan sugerente, que la única forma de estar a la altura de ella es equilibrándola con una imagen en particular. Luego esas imágenes se quedan en tu cabeza, y en ese momento no te queda otra que darle forma con una historia.

Sigo siendo muy entusiasta de la música de esas bandas, las cuales todavía continúan activas, como Front Line Assembly o Skinny Puppy. En el caso de los Front Line, se trata de un grupo que cada año saca un disco mejor que el anterior. Civilization, lanzado el 2004, es impresionante, no sólo por su textura y fondo, si no porque después de casi veinte años de trayectoria, estos tipos son capaces de escribir un disco tan potente como sus obras más clásicas. Algo similar sucede con Skinny Puppy. De las tres bandas mencionadas es la única que me falta ver en vivo.

Hay quienes piensan que Pablo Castro tiene un estilo que recuerda a la prosa de Philip Dick…

Creo que te refieres a un comentario que hizo Bruno de la Chiesa en su introducción a la antología Utopiae Si mal no recuerdo decía que Dick había hablado alguna vez de la muerte, pero nunca de la manera cómo lo hacía Reflejos, en el sentido de la muerte como producto de un mercado. No sé si Bruno seguirá viendo esa relación con Dick en otros cuentos.

¿Si mi prosa recuerda a la de Dick? No lo creo. Los americanos son de prosa muy limpia y certera. Diría que mi narrativa es más redundante.

NUESTRO PRESENTE

¿Qué te parece el fenómeno surgido tras la publicación de la novela de Baradit?

Si te refieres al gran éxito de la obra en todas sus dimensiones, me parece muy bien, porque siento que para Jorge era muy importante que se diera de esa forma.

No creo que los creadores de Matrix esperaran una taquilla aceptable con su película, sino un éxito y un fenómeno superlativo. Lo anterior es normal cuando sientes que escribes algo que en su primera mirada está más allá de la típica convencionalidad, por ende creo que el éxito de Ygdrasil es el éxito que la novela debía tener.

¿Podríamos estar ante un “boom” de la ciencia ficción chilena?

En general no lo sé. Habría que tener claro qué podemos entender por “boom”. Todavía no existe un conjunto de obras publicadas, por el momento vemos escritores como Luis Saavedra o Sergio Alejandro Amira con una presencia internacional interesante; y escritores como Marcelo López, Gabriel Mérida y tú mismo entre otros, que han destacado en publicaciones y concursos.

Ahora, si la pregunta está relacionada con lo sucedido justamente con Ygdrasil, debo decir que tengo mis dudas con un posible “boom”, pero esas dudas no tienen que ver con el merecimiento y éxito de la novela de Jorge, sino en la manera cómo es manejado y dimensionado ese éxito e impacto. Aquí hay dos posibles escenarios: o la novela se transforma en una cuña editorial que abre el interés por publicar a diversos autores de CF, o se transforma en un referente en sí mismo.

No quiero arriesgar pronósticos, y puede que esté equivocado, pero veo que el asunto se maneje tal vez por lo último señalado. Cuando veo a tipos como Fuguet que empiezan a comprar libros cyberpunk como si se hubiesen escrito ayer para ponerse a tono, cuando se han pasado la vida obviando la CF, o a críticos completamente perdidos en lo que respecta al género, no siento mucha confianza. Me molestó por ejemplo ver una reseña de Ygdrasil de Rodrigo Pinto en la que no se menciona a Fobos. ¿Eso es ignorancia o simple “ninguneo”? Cualquier posibilidad no es bienvenida.

HACIA EL FUTURO

¿Tienes algún proyecto en carpeta? ¿Hay material tuyo que podamos leer en un futuro próximo?

Estoy terminando una colección de cuentos, que espero que esté terminada a fin de año. Probablemente en el verano comenzaré una novela, pero tengo que definir algunos detalles.

Respecto a tu segunda pregunta debo decir que lo ignoro, sobre todo en el corto plazo. Tomé la decisión de enviar mis cosas afuera, fundamentalmente a Francia donde se me abrieron las puertas para publicar. Esa es mi situación actual. Bueno, imagino que debes ir dónde exista la posibilidad de publicar. A mí me gustaría publicar en Chile, me gustaría ver a otros escritores publicando obras de Ciencia Ficción.

Creo, volviendo a tu pregunta sobre el “boom”, que posiblemente existe una oportunidad histórica para que se pueda dar lo anterior. Además, hay un hecho interesantísimo al respecto: los escritores que mencioné anteriormente mantienen estilos muy característicos, pero también distintos y eso que hablamos todavía de pocos escritores comparados con otros mercados. Existe una variedad de estilos y temáticas que serían notables a la hora de existir publicaciones de esos escritores.

Pero vuelvo al concepto anterior: ¿Tendrán esto en consideración las casas editoriales? ¿Se darán cuenta los editores que pueden arriesgarse con publicar CF si ven que la gran mayoría de los autores convencionales que son publicados tienen escaso impacto y poca venta? ¿No valdría la pena apostar por algo nuevo?

LOGROS

Fixion2000

Un concurso muy importante, porque significó escribir mi primera obra de Ciencia Ficción de verdad. Ganarlo fue muy decidor en esto de meterme de lleno en escribir CF. Además “Exerion”, el cuento ganador del concurso, me ha dado muchas satisfacciones. Agradecido por siempre de René Weber quien se la jugó por organizar el concurso y el evento.

Zona de Contacto

Entré a la Zona cuando había decidido dejar de escribir. De ella estoy agradecido porque me dieron la oportunidad de publicar sin exigirme currículums ni premios ni antecedentes. Fue además la primera vez que tuve críticas y comentarios de terceras personas fuera de los amigos. Me llegaron hasta cartas, algunas muy reveladoras. Creo que tomé conciencia de que una historia escrita por ti puede significar mucho para alguien que no conoces. Además pude publicar tres historias de Ciencia Ficción, cosa muy difícil considerando el poco espacio destinado a cuentos que había en la Zona.

Terra Ignota

Fue un premio que me sorprendió, porque en su momento había olvidado mi participación en él. Me alegré sobre todo porque el cuento se había publicado en Fobos. Lamento que el concurso ya no siga.

Exilio en el pasado distante

Escribí el cuento a petición de Sergio Amira para un especial de los Transformers en el Calabozo del Androide. Siempre soñé con ser guionista de la serie y aunque había escrito algo en 1995, ahora era la oportunidad de concretarlo. Fue un cuento muy importante porque llevaba meses sin escribir, sin ideas, y “Exilio…” me devolvió las ganas y la motivación. Creo que fue la primera vez que me convertí en escritor y lector entusiasta de algo que estaba escribiendo. En la literatura eso se da poco, imagino que en la pintura o escultura es una sensación más familiar. No sé, tuve la impresión la noche que lo escribí, que estaba filmando un capítulo de los Transformers. Espero seguir haciéndolo.

Antología Cosmos Latinos

Fue un proceso que duró tres años, desde que Andrea Bell, co-editora del libro, decidiera publicarlo. Fue gracias a Luis Saavedra, quien me hizo el contacto con ella. Qué puedo decir, fue mi primera publicación importante y la primera vez que me trataron como profesional, no siéndolo exactamente. Además Andrea se portó de manera excepcional, siempre atenta a cualquier consulta e inquietud.

Bilis negra: La alegría del Alcalde

April 1, 2006 by rmundaca · Leave a Comment 

Hoy es sábado. Anoche me reuní con algunos amigos y al llegar de regreso a mi casa encendí la televisión. Luego de unos minutos, comenzó una nueva serie de animación para niños en el maravilloso horario de las 11:30 de la noche, horario imbécil para transmitir una producción infantil o la decisión genial de un Canal 13 que sabe algo que nosotros no. En fin, me encontré nuevamente frente a la maldita sensación de siempre: condescendencia. “Es buena…para ser chilena”. Esa sensación que se arrastra desde que tienes memoria. La maldición de un país nuevo y pequeño que tiene que ponerse al día con cada puto género y de las maneras más desastrosas e indignas posibles: nuestro primer misil, el RAYO, con carcasa de cholguán; nuestro primer (y único) piloto de fórmula uno, Eliseo Salazar, pasando vergüenzas cada domingo; nuestro primer satélite, el FASAT ALFA, chingado como cuete vieja; nuestra primera película de terror, ANGEL NEGRO (y la larga lista de primicias cinéfilas buscando desesperadamente agotar los géneros buscando generar alguna expectativa, hasta el puto día en que estemos estrenando “la primera película chilena de enanos pornogóticos en la Luna”); ni hablar de nuestro primer artista de Hollywood, Cristián de la Fuente. Desde siempre tengo esa sensación asquerosa saliendo desde lo más profundo de mi formación judeocristiana, que me dice “se compasivo, en Chile es difícil hacer cosas”, luchando sangrientamente contra mi Pepe Grillo sado-gore que me insulta y me cachetea diciéndome “Maldito blandengue, se objetivo… ¡la huevá ES MALA y punto!

¿Cómo solucionar este punto? ¿Piensa globalmente, pero reseña localmente?

Además de todo esto, debo decir que esta reseña está profundamente desviada y debo advertir que será más subjetiva aún de lo que cualquier otra lectura es de forma natural. Y la razón ya es inalcanzable para quienes no hayan sido uno de los cien y pico que estuvimos ese jueves de abril ahí, en la presentación oficial del cómic y frente a los autores, Fitomanga y Mario Markus.

Marcos Borcoski (Fitomanga), es un antiguo prócer del cómic chileno y quizá el primero en rescatar un género que hoy está tan enquistado en el inconsciente de los nuevos chilenos como el Playstation, Internet o los tracklist de cinco mil canciones: el manga. Desgraciadamente, al menos en términos técnicos, no parece haber otro dato trascendente que ese en su lista de virtudes. Su presentación fue titubeante, nerviosa e irrelevante para el análisis.

Distinto fue el caso de Mario Markus (ilustre visita, venida directamente desde el Instituto Max Planck, Alemania). Un verdadero tótem académico tan entusiasmado con su hijo editorial (todos encontramos bello a nuestro propio hijo) que fue incapaz de no contarnos toda la historia…si TODA, en detalle y sin contemplaciones. Aquí me detengo para explicar por qué soy incapaz de ser medianamente imparcial. Me resultó tan desagradable la actitud de Mario Markus durante su presentación, que todavía tengo un gustito raro guardado en algún lugar de mi memoria. El primer tercio fue muy didáctico y entretenido, era escuchar de primera fuente noticias acerca de la teleportación sin que el tipo estuviera vestido con traje de “la federación” y una fake “faser” colgando del cinto. Pero luego se hizo insufrible, vinieron las preguntas y afloró el “profesor” incapaz de ser amable con la audiencia que había venido a apoyarlo, incluso grosero al calificar de poco inteligente alguna pregunta y de sin importancia a otra. Lo peor vino cuando zanjó violentamente y sin posibilidad de respuesta, la incógnita más interesante de su tesis: “qué ocurre con el alma en una teleportación”. El sencillamente se negó a cualquier diálogo al respecto diciendo que de las muchas hipótesis posibles él había elegido una y punto, y que no tenía sentido discutir más porque el tema era indiscutible. Se acabó, uno de mis amigos se paró y se fue, yo me crucé de piernas y me puse a mirar las moscas. Un representante de la editorial J.C. Sáez, miraba para todos lados buscando el momento justo para darle un corte a esta larga “audiencia” que don Mario nos estaba regalando.

Pasado el mal rato regreso a mi hogar y me dispongo a leer el volumen en cuestión.

Acá quiero separar texto y dibujos en dos puntos de vista diferentes para enfrentar el análisis y esa es justamente la primera mala noticia. Es absolutamente separable el relato de las ilustraciones en si, esto en virtud de su casi absoluta disociación. Se nota demasiado que faltó un intermediario entre el cuentista y el dibujante, y el resultado final fue: dibujos con texto, mucho texto en vez de una integración entre el dibujo y lo que se quiere contar. El principio básico de cualquier traslación de la literatura a la imagen es que debes dejar de lado las frases, las voces en off y los párrafos para contar la historia básicamente con imágenes y diálogos. No es el caso de BILIS NEGRA, donde los flashbacks relatados, la voz del narrador y un fárrago de textos explicativos dan la sensación de estar leyendo un cuento ilustrado con imágenes de apoyo, retrocediendo décadas en el desarrollo de la relación entre imagen y texto.

Con respecto a la historia en sí, el primer problema es la extensión. Da la impresión que se está queriendo contar demasiado en un espacio reducido, eso también obliga al autor a agregar más textos explicativos que aclaran pero no comprometen con la historia. Aspectos que se repiten a lo largo de todo el relato; como la locura de uno de los protagonistas, por ejemplo; necesitan ser desarrollados, no sólo dichos. Eso redunda en un constante ejercicio de indolencia frente a momentos que deberían ser dramáticos y conmovedores. Es la sensación de un drama contado “por encima” y a la rápida. Nuevamente siento que no hubo mucha cabeza en el traslado de la historia a este formato en particular.

También hay problemas con los arcos argumentales. La historia alcanza su primer clímax en un momento que se percibe claramente inapropiado y culmina cuando la mano siente que restan aún hay bastantes hojas para llegar al final, creando la sensación de que debería ocurrir algo de importancia todavía, cuando sólo resta un largo epílogo que, si se piensa, son páginas que podrían haber sido utilizadas para desarrollar mejor el primer tercio, demasiado concentrado y abrupto. Hay una notoria falta de oficio para crear esa tensión que deriva en lo inevitable, ese momento en los relatos en que se comienza a acumular la tensión que desemboca en los clímax, como explosiones tan esperadas que se vuelven por ello más destructivas. En otras palabras, la historia está llena de eyaculaciones precoces antes siquiera de sacarse los pantalones.
El tema de la teleportación es interesante, pero notoriamente mal desarrollado. Su interés por la deforestación del Amazonas es enternecedor, su defensa de la medicina aborígen es rescatable; en cambio, sus cuestionamientos éticos frente al problema planteado por él mismo, son pobres, fríos e irrelevantes.

Ojalá hicieran una película, estoy seguro que andaría bien si la tomara un buen guionista y Mario Markus se hiciera a un lado para dejarle libre la pista a profesionales.

Acerca del cómic como expresión del dibujo, lo presentado es realmente penoso. Fitomanga es un pésimo dibujante. Lleva 10 años dibujando igual, sin ninguna evolución detectable. La figura humana presenta problemas serios, la perspectiva ni siquiera es un tema para él, el trabajo de plumilla es irregular y recurre al achurado cuando todo dibujante sabe que si no manejas bien ese recurso, debes abstenerte de utilizarlo. Fitomanga habla mucho acerca del Manga, pero la verdad es que su expresión gráfica está más cerca de esa modalidad neutra que utilizan los ilustradores chilenos que trabajan para la Zig-Zag, haciendo viñetas sobre la Guerra del Pacífico o folletos pedagógicos para el Estado. Una especie de estilo setentero francés recalentado. Lo único de manga es el eteeeeeerno diseño de personaje de su protagonista, un rostro que hemos visto mil veces en sus cómics y en series como Captain Tsubasa o Saint Seya, omnipresente como el rostro de Heidi. Es triste ver como, cuando se sale de ese personaje y se ve obligado a inventar otros, la irregularidad se hace presa de su pluma. Es así como tenemos 20 rostros diferentes para el segundo protagonista, Mathias, más gordo, más flaco, más redondito, o con más pómulos. Se nota que no hizo ningún modelsheet (láminas con el detalle de las proporciones y variedad de expresiones para cada personaje) porque la irregularidad es tremenda. Fito, ¡por dios, una regla de oro en el dibujo, y que el manga respeta, dice que hay un ojo de distancia entre los ojos! Aparte de todo, también decir que ningún cómic profesional del planeta es dibujado, entintado y coloreado por la misma persona. Es decir, mal dibujado, mal entintado y mal coloreado, en realidad.
Fitomanga habló mucho en la presentación acerca del aporte del manga al cómic, sin embargo casi nada de esos aportes aparece en su obra. El manga se caracteriza, entre otras cosas, por haber destruido el régimen de viñetas, haciendo del fondo de página un territorio liberado que se interpenetra con mucha soltura plástica. Imágenes del alto de una página completa conviven con viñetas apenas esbozadas, el cielo negro de una viñeta se transforma en el color de fondo donde se recorta otra viñeta blanca, etc. Nada de ello ocurre acá, donde las viñetas son bloques duros y consecutivos apenas tímidamente subvertidos, ocasionalmente, por algún pequeño desborde. Es como cine dirigido por Carlos Pinto, dónde hay dos cámaras y un eterno plano-contraplano de dos personas hablando. Le dicen “falta de recursos”.

Don Mario Markus, que es un viejito que sabrá mucho de física pero de cómic está claro que no sabe nada, de modo que hay que exculparlo de toda responsabilidad, no sabe tampoco que en Chile existe gente como Martín Cáceres o Juan Vásquez, que habrían hecho maravillas con su historia. Pero cuando se para delante de la audiencia y lanza un ingenuo “un amigo me contó que tenía otro amigo que podía dibujar mi historia”, te queda claro que no hubo ninguna búsqueda, ni concurso, ni casting, ni nada, para decidir quién iba a afrontar el desafío. Iba a ser “el amigo de un amigo”. Punto en contra para los amigos de JC Sáez Editor.

Cuando me lo entregaron para reseñarlo, lo recibí con esperanzas, pero cuando vi las primeras tres páginas me asaltó ese fantasma que tanto me persigue. “Está bien para ser chileno”, me decía el cura de pueblo que todo chileno acarrea en su interior, ese alcalde que premia los poemas de un escolar en la plaza y lo aplaude como si se tratara del nuevo Rimbaud. Desgraciadamente estamos tan cerca del resto del mundo que ese espíritu ya no es viable nunca más. El criterio es uno y punto: ¿eres tan bueno como Katsuya Terada, Fitomanga? ¿como Yoshiyuki Sadamoto? ¿como Masakazu Katsura?…¿al menos como la Vicky y la Pepi del gran grupo chileno ACUARELA?… la verdad es que ni cerca.

¿Que hay de bueno en BILIS NEGRA? La historia que contó Mario Markus ese día en el auditorio del Goethe y que ojalá algún día sea tomada por personas expertas que sepan sacarle el provecho que se merece.

¿Qué hay de bueno en este lanzamiento editorial? Sólo el hecho que se haya realizado. Sólo el enorme hecho que JC Sáez Editor se haya atrevido. Mejor ojo la próxima vez.

Jorge Baradit
©2006

La gran farsa lunar

April 1, 2006 by rmundaca · 6 Comments 

Howard Koch recuerda en The Panic Broadcast la legendaria emisión de The War of the Worlds en 1938, que causó una reacción colectiva de pánico en USA. Para quienes no están al tanto de la historia, el resumen es que la dramatización radial de una invasión marciana resultó un punto más realista de lo deseable, de modo que millones de personas lo tomaron como una transmisión en vivo de hechos reales. El resto es fácil de imaginar. El pánico hizo que miles de personas colapsaran los caminos y los medios de comunicación, huyendo de las ciudades cercanas al sitio de la invasión e intentando alertar a sus familiares. La CBS, cadena que emitió el programa, se vio enfrentada a deman