Que salga el mal, que entre el bien. Larga vida al escepticismo

Con el paso de los años, mi infancia ha ido ganando un aura de realismo mágico que no era evidente cuando la vivía. A los recuerdos comunes, compartidos por much@s de mis amig@s de hoy, como el de jugar a los autitos, hacer tareas o ver televisión, sumo otros más insólitos, como el de saltar sobre un brasero en que quemábamos sahumerios (los cuales se vendían como un producto medicinal más en la farmacia, envueltos en paquetitos que traían de regalo una carta de tarot); el de hacer fumar a un eternamente sonriente ekeko cargado de saquitos cuyo contenido fue obsesión de muchas de mis tardes de ocio; o, quizás liderando el ranking de lo bizarro, el de alimentar con limaduras de hierro un imán que en casa considerábamos que estaba de alguna manera vivo (escalofriante, ¿no?). Mientras mis amig@s recuerdan que sus deberes domésticos consistían en barrer, lavar la loza, o hacer las camas, yo agrego a esa lista ítemes como fabricar un chanchito con un limón haciendo de cuerpo y unos fósforos de patas, para luego hacerlo fumar un cigarro puesto en una ranura abierta con un cuchillo. Su trompa, claro. Se entenderá entonces que cuando tuve mis primeras angustias amorosas inevitablemente pensé en usar unas cintas brasileñas que se amarran en muñecas o tobillos y que, según decía la señora que las vendía, atraían infaliblemente a la persona amada.

Algo que ahora me causa mucha curiosidad es cómo esta especie de folklore urbano se desarrolla. Esperaría que con los años la gente se diera cuenta de que estas cosas no funcionan, de que poner una escoba detrás de la puerta no tiene más efecto en que las visitas se vayan que arrancar una hoja a una rosa o guiñar tres veces el ojo izquierdo mirando hacia el norte. Esperaría que la gente observara sin ayuda que la escoba a menudo es puesta cuando las personas de la casa ya sienten que la visita ha durado mucho, y probablemente lo mismo sienten las visitas (no en vano comparten los códigos sociales propios de la cultura en que están inmersas) de modo que no es una tremenda sorpresa que al rato las visitas partan. También esperaría que la gente fuera estricta con aquello que considera evidencia a favor de la efectividad de la escoba, y que se sientan disconformes con que una vez que ésta es instalada detrás de la puerta las visitas no se retiran inmediatamente, sino que lo hacen tras un lapso impredecible. Lo cual tampoco es una gran sorpresa porque de todos modos tenían que irse alguna vez.

Y sin embargo este acervo popular vive. ¿Por qué? Porque esa clase de conocimiento no es científico, de manera que sus predicciones no requieren funcionar para sobrevivir, y sus fundamentos ni siquiera necesitan apoyarse en la observación rigurosa de lo que nos rodea. Esta posibilidad me parece respetable, mientras se presente como lo que es. No me incomoda que el conocimiento científico comparta palestra en la cultura popular con otras formas de conocimiento que brotan de maneras alternativas de ver o entender el mundo. Lo que sí me hace sentir inquieto es que muchas veces la gente parece no saber distinguir entre esas distintas formas, buscando respuestas en conocimientos que no las tienen o no las requieren, y esperando soluciones donde no existe el poder para darlas. Una persona que reza por la salud de su hija no está nada más posando una usanza típica de su país, como si bailara cueca para la foto de un turista; esa persona realmente quiere que su hija se mejore. Puede que esto ocurra, pero si el acto de rezar tuvo alguna participación en ese resultado, esto sucedió a nivel de focalización de una actitud positiva frente a la enfermedad, que sabemos que tiene impacto en la receptividad a las medicinas y los tratamientos médicos, principales responsables de la cura. Esto es similar a cuando las personas mayores dicen que las plantas se ponen bonitas cuando se tiene el hábito de hablarles; seguramente lo que las plantas disfrutan, más que nuestras palabras, es el dióxido de carbono extra que esparcimos en su dirección cuando les hablamos.

En su versión más inofensiva (aunque no por ello menos triste) fruto de esta confusión es toda una industria de productos y servicios cuya supuesta efectividad se basa en una mala lectura de la evidencia disponible. En su versión más siniestra, esta confusión trastorna nuestra visión de la política internacional, dando pie a guerras sin fundamento al costo de innumerables vidas inocentes. Pero para entender cómo de una cosa llegamos a la otra, partamos por el living de nuestra casa.

El caso de los tres elefantes

Aunque amenace con abundar en exceso la anécdota, quiero detallar un poco lo que, en el estilo de las aventuras de Sherlock Holmes, podríamos llamar “El caso de los tres elefantes”. A diferencia de otras prácticas de intención mágica que mencioné al comienzo, algunas de las cuales pueden tener un origen muy antiguo (notablemente los sahumerios y algunas de sus invocaciones datan de varios siglos) en esto de los elefantes pude presenciar su origen y desarrollo, al menos para efectos de cómo se vivió en mi familia.

Quizás ya has escuchado que tener un elefante de cerámica en casa ayuda a atraer dinero. En la mía esto lo habremos oído por primera vez cuando yo tendría unos 10 años, e inmediatamente nos aprovisionamos de una figurita, creo que de ónix. El consejo no dio ningún resultado apreciable. Aclaró entonces una vecina que el elefante en cuestión debía ser blanco. Corregimos nuestro error, pero de nuevo no observamos cambios en nuestra suerte. Alguna visita observó el elefante que manteníamos en el living y señaló expertamente que la trompa debía estar siempre apuntando hacia adentro si lo que queríamos era atraer dinero. Más precisamente (porque ¿cuál es exactamente la dirección “hacia adentro” en una casa?) la cola del elefante debía apuntar hacia la puerta. Ahora sí teníamos buenas instrucciones, pero no, nada varió en nuestras finanzas. De alguna reunión de microcentro del colegio mi madre volvió con la fórmula exacta. No bastaba con un elefante, sino que debían ser tres elefantes los que debían disponerse en caravana con las colas hacia la puerta. A pesar de introducir este cambio, e ignorando por completo nuestra persistencia, la suerte siguió dándonos la espalda (quizás remedando a los elefantes) y nuestros balances a fin de mes se mantuvieron inmutables. Para abreviar el relato, digamos que de otras fuentes vinieron sucesivamente las precisiones de que los elefantes debían tener una moneda adherida a la pata delantera izquierda, que debían tener un billete enrollado ensartado en la trompa, y que uno de ellos debía ser negro. Una variante de esta historia se podría referir con budas (1).

El caso de los tres elefantes es interesante porque, superficialmente, se parece a la actividad científica. Tenemos por una parte una teoría que resume lo que se supone ha sido una serie de observaciones de experimentos pasados exitosos y que justifica el interés en replicar tales experiencias. Por otra parte encontramos que, al constatar repetidos fallos, las personas llevando a cabo el experimento sostienen una atenta y continua revisión del aparato experimental (léase, de la orientación, color, accesorios, etc. de sus elefantes), además de una constante comunicación y cotejamiento de resultados.

Finalmente, una vez que se tienen tres elefantes blancos con billetes en la trompa perfectamente alineados en sentido contrario a la puerta, difícilmente se volverá a usar un elefante azul apuntando en cualquier dirección; en otras palabras, hay una sensación de creciente sofisticación, de progreso en esta actividad. Por si fuera poco, la divulgación de esta clase de informaciones dejó hace años de ser algo relegado a la conversación casual en el almacén de la esquina o a la visita de un tío; hoy existen revistas especializadas en tales temas, tal cual como las hay para la información relevante en ciencia.

Veamos ahora por qué nada de esto es lo que parece.

Dije que el parecido se desprendía de una mirada superficial. Un análisis más riguroso (y, me temo, despiadado) revela la basta comparación. En primer lugar es cierto que la teoría puede estar resumiendo los experimentos pasados exitosos. Una buena teoría científica, sin embargo, debiera ser capaz de resumir todos los experimentos pasados, hayan sido exitosos o no. La creencia no es “tener tres elefantes a veces atrae dinero y a veces no”, sugiriendo entonces que han habido experiencias negativas que tomar en cuenta, sino llanamente “tener tres elefantes atrae dinero”, y se citan invariablemente casos de personas a las que seguir este consejo les ha dado resultado (2). O bien todas las experiencias han sido positivas y la teoría es un buen resumen, o bien la teoría ignora los resultados negativos y es por tanto pseudocientífica. Sin embargo, a pesar de haber resultados negativos, un número sugerente de resultados positivos podría sugerir que hay algo ahí que vale la pena investigar. Poniendo atención a los reportes que circulan sobre la efectividad de los elefantes, podríamos pensar que esto es en realidad así. ¿Cómo explicar de otro modo la cantidad de experiencias positivas que es posible citar?

En los reportes exitosos que se transmiten por medios informales (sea prensa popular, las conversaciones con amistades, un programa misceláneo de televisión, etc.) suele operar un efecto de selección, el que puedo ilustrar mejor con la devoción popular a santos y santas. ¿Es probable que el primo nos cuente con entusiasmo cómo tras rezarle al padre Hurtado con mucha fe su hijo de tres meses no se mejoró? ¿Es común que la abuela le cuente a toda la familia que al poner una medallita de sor Teresita en su monedero ésta siguió igual, a veces con dinero y a veces completamente vacía? Serían historias aburridas, ¿cierto? Incluso si alguien tiene la desafortunada idea de contar una historia así durante una sobremesa, dudo que la memoria del relato sobreviva a la taza de té durante la cual se cuente. ¡Nadie va a repetir en su casa algo tan aburrido! Pero que alguien diga que rezarle a San Antonio sirve para encontrar cosas perdidas, ah, bueno, esto ya es algo que vale la pena recordar.

En los reportes sobre la efectividad de la oración no veo nada más que un fuerte efecto de selección en las historias que se refieren. Mi propia experiencia orando fue particularmente inexitosa en la década y media en que me consideré católico. Quizás se me achacará que mi fe no fue suficiente (3), pero personas que declaran tener una fe tremenda a menudo rezan por favores que no son concedidos y entonces “acatan la voluntad de Dios”. Esto hace que los resultados de la oración sean indistinguibles del simple azar y hace que Dios mismo sea indistinguible de la suerte (4).

Esto me devuelve a la crítica central del caso de los tres elefantes: Una teoría científica está siempre en la línea de fuego, preparada a morir ante cualquier resultado que muestre que sus predicciones son incorrectas o que en nada se diferencian de los resultados que podría procurar el azar. Una actividad pseudocientífica se reconoce porque nunca se atreve a correr este riesgo. Sus proponentes y practicantes la protegen con diferentes armas, desde, en su forma más bruta, negar la necesidad de observaciones bien controladas (achacando la falla del experimento al hecho mismo de que el experimento tenga lugar (5), por una cuestión de “vibraciones negativas” (6) que afectan el resultado, o de que la deidad misma ordena no tentarla, etc.), hasta, en su forma más elaborada, hacer uso de estadísticas que sólo a un ojo entrenado se le descubren como mal aplicadas (usualmente afectas a patologías de muestras pequeñas o mal seleccionadas).

El escepticismo

Mis simpatías en estos temas están con el escepticismo. Ser una persona escéptica no significa, como popularmente sugiere el término, testarudamente no creer “porque sí”. Una persona escéptica, como cualquier otra, desearía que las cosas en el mundo fueran de cierto modo, pero no suplanta la realidad con sus deseos. Al ser una persona escéptica puedo mirar cada noche los cielos con la esperanza de ver una nave extraterrestre, o desear fervientemente que descubramos una manera de curar las enfermedades transfiriendo algo a través del simple contacto de las manos. Pero porque ése sea un mundo en que a mí me gustaría vivir no desconozco que en el mundo en que yo vivo no tengo ninguna evidencia de que algo de eso haya ocurrido. Si alguien dice que eso en efecto ocurre, no quiero creer en lo que esa persona afirma sólo por lo mucho que me gustaría que fuera cierto sino en base a interrogarla mucho y que la persona pueda contestar a todas mis objeciones. Es más, una vez que lo consiguiera, desearía que fuera capaz de contestar a cualquier objeción nueva que en el futuro pudiera surgir, se me ocurra a mí o a otra persona. Sólo entonces sentiría que el mundo al que esa persona me invita, y que ahora es mucho más parecido al mundo que yo deseo, realmente existe allá afuera. Pero si no es capaz de superar esta etapa de prueba, me resisto a vivir una ilusión.

Admiro a l@s Testig@s de Jehová por su tesón y el nivel de consecuencia que exhiben entre lo que creen y lo que hacen. Valoraría mucho ver esa clase de entrega en grupos de divulgación astronómica por ejemplo, pero la realidad es que en estos últimos la participación suele ser mucho menos intensa. ¿Significa esto que l@s Testig@s de Jehová tienen una base más firme para creer en el Reino de Dios que l@s astrónom@s para creer en la estructura del Universo? He hecho un par de veces el intento de entrar en conversación con Testig@s que llegan a mi casa a hacer misión, y a menudo resulta que tras unas pocas frases llegamos a un punto muerto, pues se me pide partir la conversación aceptando argumentos extraordinariamente débiles a favor de la incuestionabilidad de los contenidos de la Biblia. Uno de antología fue el de una testiga a la cual le bastaba que en la primera página decía que el libro contenía la palabra de Dios, o que en un par de citas (de la misma Biblia) se afirmaba eso. Mi respuesta fue que yo puedo mandar a una imprenta a imprimir un libro conteniendo las palabras “lo que yo digo es cierto” y eso no lo hace cierto, por lo cual, sin afirmar que los contenidos de la Biblia sean falsos, lo que ella me estaba dando no era un argumento a favor de que sus contenidos fueran verdaderos. El intercambio, de similar calidad, continuó hasta que su paciencia se agotó y me aclaró cómo en otra vida yo iba a tener que responder de mi falta de fe. Tal vez. No digo que yo haya probado que eso no va a ocurrir. Lo que digo es que nadie me ha dado un buen argumento de que eso vaya a ocurrir, así que con similar ansiedad podría esperar que después de la muerte me voy a reencarnar en ornitorrinco o que voy a viajar a un universo donde todo sabe a jengibre.

La conversación con la testiga ilustra una importante cualidad del escepticismo. Una persona escéptica no tiene una prescripción a priori sobre lo que otra debe creer sino sobre cómo debe creer. En el Universo es imposible tener prueba de todo, de manera que en algún punto toda persona debe ejercitar su capacidad de creer. Hasta la persona más recalcitrantemente cientificista no puede negar que hay un salto de fe en admitir las leyes del Universo, las que no se explican sino que se aceptan como el funcionamiento fundamental del Universo. Sin embargo la fuerza de la creencia aumenta en la medida en que los malos argumentos son expuestos y dejados de lado. Yo creo que si la testiga lo pensara mejor, podría encontrar mejores argumentos a favor de la autenticidad de la Biblia, de manera que no bastara un par de razonamientos improvisados para echar abajo su edificio de fe. Insisto: como persona escéptica no tengo un interés determinado en que la testiga siga creyendo o deje de creer en la Biblia; mi interés es que su fe, sea lo que sea en que finalmente sienta que deba creer, se haga más fuerte por medio de tener la base más sólida posible.

¿Cómo no va a haber nada en todo esto?

Una de las más socorridas objeciones al escepticismo es cuantitativa. “Hay tantos reportes de OVNIs”, “Hay tantos libros con casos reales de fantasmas”, “Se sabe de tantos casos de personas operadas a distancia por esos médicos en espíritu de Brasil”, etc.
La respuesta, nada sorprendente, es que no importa tanto la cantidad como la calidad de los reportes. Lamentablemente, los reportes de buena calidad ponen en evidencia que algo que puede ser muy entretenido (como doblar cucharas con la mente o “ver” colores con la yema de los dedos) en realidad no lo es porque ni siquiera ocurre, y por lo tanto, como ya he expuesto, perduran mucho menos en conversaciones de sobremesa y en programas de televisión que aquellos reportes de mala calidad que, más amenamente, dicen que aquello sí ocurre, no importa que no se pueda proveer un sujeto o sujeta capaz de producir el fenómeno en condiciones controladas. En fin, el show debe continuar.

Un tiempo estuve asistiendo a la Gnosis y admito que obtuve una enseñanza valiosa. En la primera sesión me dijeron “no creas en nada que no experimentes por ti mismo”. A pesar de que en los meses siguientes escuché a conferencistas relatar experiencias de otras personas capaces de desdoblar su cuerpo, leer la mente, ver el aura, mover objetos con la mente, contactarse con seres de otras dimensiones, robar energía (¿cuál?) a distancia, etc. yo nunca viví nada de aquello. Tras una inspección más acuciosa me quedó claro que tampoco las personas que relataban tales experiencias eran ellas mismas capaces de ninguna de esas proezas. La gnosis venía a ser algo así como un juego de rol, como lo es la masonería sólo que con menos dispendio económico. El añadido filosófico tampoco valía gran cosa si se miraba con algo de rigor científico. Había todo un sistema de karmas que se pagaban por malas acciones, y ejercicios que supuestamente hacían “evolucionar la conciencia”, pero bastaba hacer unos cuantos experimentos para darse cuenta de que no había correlación alguna entre actos y consecuencias, más allá de las derivadas de las leyes o de la costumbre, lo que excluía un cierto balance cósmico operando ahí. Siguiendo la misma máxima gnóstica de la primera sesión me pareció que lo más consecuente que podía hacer era abandonar el grupo. Por supuesto esto fue una excepción, de modo que siguen habiendo agrupaciones gnósticas por todas partes, reunidas en torno a fenómenos que nadie parece haber experimentado pero que cada una de esas personas afirma a pies juntillas que existe.

Puedo hablar todavía con más propiedad de un caso en el que pude ver de primera mano operando este efecto de propagación de malos reportes. Seguramente has oído hablar del gran fraude del Apolo XI. En pocas palabras ésta es una teoría de conspiración que plantea que USA falseó el alunizaje de 1969, el que no habría sido sino sido un montaje realizado en un estudio de televisión. El móvil de esta supuesta farsa sería que el exitoso programa espacial de la Unión Soviética estaba dejando atrás por mucho al vacilante programa estadounidense. En un momento en que ambas potencias conformaban alianzas a través de todo el globo en lo que parecía un gran juego de estrategia de final impredecible, tales éxitos o fracasos tenían fuertes repercusiones publicitarias pues daban la medida de la capacidad tecnológica de los participantes. Tras una década en que la Unión Soviética se había llevado todos los primeros lugares en la carrera espacial (primer hombre y primera mujer en el espacio, solo por nombrar dos) Estados Unidos llevaba las de perder. ¿Qué hacer entonces? Para quienes defienden esta teoría de conspiración la respuesta es una sola. Trampa.

Quienes proponen la teoría citan una serie de evidencias para apoyarlas, las que son muy interesantes y ciertamente provocativas para la mente habituada a considerar sólo su experiencia en el planeta Tierra. Que la bandera se ve flameando en la superficie lunar, pero en la Luna el viento es inexistente. Que el cráter generado por los motores del módulo lunar debiera ser enorme y es prácticamente imperceptible. Que al extender las sombras de las fotos queda claro que éstas eran producidas por un reflector a pocos metros y no por el Sol en el espacio (7). Aunque los supuestos son equivocados y el análisis erróneo, es notable que, por la motivación que sea, una persona se proponga seriamente entender las leyes de la mecánica o la óptica geométrica. Si su preocupación es resolver estas aparentes paradojas, esto demuestra el enorme favor a la educación que esta teoría hace si en lugar de ignorarla se trabaja bien en la sala de clases. Y no es tan difícil. En un curso que organicé en España con niñ@s de un promedio de 13 años, la mayoría apenas requirió ayuda para deducir la respuesta correcta a los problemas anteriores y varios otros que no cito para no hacer agotadora la lectura (8).

Sin embargo, a pesar de su ingenuidad, había en toda esta historia algo que me intranquilizaba. Así como pasaba el tiempo, cada vez más escuchaba aflorar el nombre de una astrónoma de Greenwich que mantenía un punto de vista divergente, apoyando algunos puntos específicos de la teoría de conspiración respecto a la ausencia de estrellas en las fotos tomadas en la Luna. Al tener una formación científica similar, me parecía increíble que ella viera un misterio donde yo no veía ninguno, y donde en general la comunidad astronómica profesional no veía nada por lo cual inquietarse. ¿Dispondría ella de alguna información que otr@s astrónom@s no? Su nombre, con que ya me había topado en decenas de sitios a favor de la teoría de conspiración, apareció una vez más frente a mí el 2003 en un libro de divulgación de misterios contemporáneos recientemente publicado por un periodista español. Esto ya no admitía más espera, así que decidí escribirle. Mi primera sorpresa fue que Maria Blyzinsky, la supuesta astrónoma de Greenwich, no es astrónoma sino una persona con formación en museología. Efectivamente trabaja en Greenwich, pero en el Museo Marítimo. Como ella misma señala en su respuesta a mi mensaje, su rol más cercano a la astronomía ha sido el de curadora de la colección de astrolabios, relojes de sol, etc. que el museo mantiene, de modo que en ningún caso podría opinar con autoridad profesional sobre este tema. ¿Bueno, entonces por qué lo había hecho? El caso es que no lo había hecho y no tiene la menor idea de cómo partió ese rumor. ¿Pero ninguna de todas las personas que habían mencionado su nombre en su sitio web, o l@s periodistas que la citaban en recuentos del tema la habían contactado para confirmar su opinión? No. Yo era la primera persona en todos estos años que se había tomado la molestia de preguntarle si ella efectivamente pensaba aquello que se le atribuía. Aunque al comienzo intentó contener la proliferación de esta información errónea que la concernía, fue inútil. Más tenaces que sus esfuerzos fueron los de decenas, quizás cientos de diseñador@s web y articulistas poco riguros@s que reproducían y publicaban sin introducir ningún control de calidad en sus contenidos.

Ojalá esta aclaración que ahora hago en favor de Maria Blyzinsky sea leída y difundida tanto como ha sido la infamante cita que se le adscribe. Pero lo dudo. Es aburrido, así que nadie lo va a recordar y si lo recuerda no lo va a repetir a nadie más. Más probable es que este incidente pase y nada más quede una serie de textos web apócrifos que en unos años más den base a una generación crédula a decir que “algo tiene que haber en esto de Maria Blyzinsky; si no, no estaría mencionada en tantas partes”.

¿Todas las teorías de conspiración son patrañas?

Ya que mencioné las teorías de conspiración para criticarlas por cómo suelen construirse, quizás he dado la impresión de que adhiero a esa otra banda de maleantes del pensamiento que considera que el mundo está resuelto, que no ofrece ningún misterio (en el sentido de cosa secreta, de trama), y que por tanto cualquier cuestionamiento o modelo alternativo que explique la evidencia que recogemos es una tontería que no merece consideración. No tan rápido, por favor. La esfera social es bastante más sutil que la esfera natural, y queda bastante más espacio a interpretaciones. Lo único que no es negociable es la necesidad de evidencia para soportar una aserción. En mi artículo sobre falsacionismo publicado en TauZero #4 explicaba por qué la astrología no es intrínsecamente pseudocientífica. Lo que la hace pseudocientífica es su metodología, y más específicamente la carencia de una pregunta de investigación vulnerable a experimentos. Con las teorías de conspiración pasa lo mismo. Tener diferentes modelos para explicar el mundo es estimulante para el pensamiento y tal vez hasta un signo de inteligencia. Estos modelos, no obstante, deben incluir la posibilidad de ser refutados por alguna investigación. Si tal investigación no es concebible, entonces el modelo es defectuoso para explicar la realidad, y puede aspirar como máximo a ser una interesante ficción.

Decía al comienzo del artículo que la confusión entre conocimiento científico y otras formas de conocimiento podía alcanzar una variante muy sombría justificando a los ojos de la opinión pública grandes niveles de muerte y destrucción. Por supuesto no quiero decir que en USA, Israel, la Alemania nazi o la España de Franco las decisiones militares se estén tomando o hayan tomado balanceando péndulos en la palma de la mano u observando el vuelo de los pájaros (9). No obstante, la fundamentación de las acciones de esas potencias es en ocasiones abiertamente pseudocientífica y sin embargo genera expectativas del tipo que sólo el conocimiento científico ha sido hasta hoy capaz de cumplir. El enorme gasto militar durante el gobierno de Reagan se justificó por el supuesto poderío militar de la Unión Soviética a fines de los ’70. Pero había un problema: no existía evidencia alguna de tal poderío. Consideremos sólo el caso de la marina. Los radares estadounidenses hacía tiempo no detectaban actividad de submarinos soviéticos, y ni siquiera las nuevas técnicas de detección satelital eran capaces de revelar que un número importante de submarinos soviéticos existiera en operación. Científicamente la explicación era sencilla: la flota soviética estaba en decadencia, reflejando los problemas económicos del bloque socialista. El gobierno de Reagan optó por una explicación más original: la flota soviética debía ser tan avanzada que habían desarrollado sistemas de hacerse indetectables a los instrumentos estadounidenses. Mientras menos detectable era el peligro, mayor era entonces el riesgo. Esta salida pseudocientífica se vio replicada casi en los mismos términos al invadir Irak durante el gobierno de George Bush hijo.

Pero veamos un caso todavía más reciente: luego de los atentados en Nueva York durante septiembre del 2001, muchos asaltos a las libertades civiles por parte del gobierno británico, que se consideró posible escenario de un segundo atentado, han tenido como justificación el riesgo que supone para la población la posibilidad de que un grupo terrorista construya una bomba de desechos radiactivos, una “bomba sucia”. Esta posibilidad sería tan alarmante y su control tan urgente que justificaría detenciones sin cargo o juicio inmediato, intervención de las comunicaciones y allanamientos de propiedad, entre otras medidas. Sin embargo l@s científic@s han clamado como voces en el desierto lo ridículo de tal justificación. En el documental de la BBC “El poder de las pesadillas”, estrenado recién este año, se entrevista a un experto en el tema de radiación nuclear. Él deja en claro que aunque una bomba sucia fuera construida, la radiación no mataría a nadie por el hecho de ser radiactiva. Una persona podría estar en riesgo, claro, pero si se quedara inmóvil en el lugar de la explosión por un año. Esto recuerda a Maria Blyzinsky. ¿Por qué antes de este documental el gran público no se había tomado la molestia de confirmar las afirmaciones del gobierno británico? Sencillamente porque no acostumbramos hacerlo. Observamos deficientemente, recordamos peor y aquello que capta nuestra atención lo seleccionamos según conforme a nuestros deseos o temores. En síntesis, no somos escéptic@s.

Una teoría de conspiración bien construida puede, entonces, ser portal de entrada del escepticismo científico a planos de la vida en que su falta de aplicación puede tener dramáticas consecuencias. Algunas teorías serán basura para nuestro papelero mental, en otras habrá algo que valga la pena refinar, otras habrán dado en el clavo. De esta actividad plural, que se podría comparar a separar las pepitas de oro de la arena del río, deviene una riqueza que no siempre es material sino, más importante aún, valórica.
Un ejemplo que ilustra bien lo que quiero decir es el de la intervención estadounidense en la política chilena de comienzos de la década de 1970. Esto fue sistemáticamente negado por el gobierno encabezado por Augusto Pinochet durante casi dos décadas, señalando a las versiones que sugerían la ocurrencia de tal intervención como a infundadas teorías de conspiración. Sin embargo el gobierno de Pinochet terminó y, una vez fuera de él, pudimos ver que lo que antes era una teoría de conspiración era ahora la historia oficial. La intervención de la CIA en Chile era hecho tenido como cierto en el resto del mundo, y pude comprobar que como tal se enseñaba ya en los manuales de historia contemporánea de comienzos de 1980 en Inglaterra. Para completar esta especie de travesía iniciática, a mediados de la década de 1990 USA hizo entrega oficial a Chile de varios legajos de documentos desclasificados en que se podían leer, ahora incluso con alto grado de detalle, varios aspectos de esa intervención. El punto clave de este ejemplo es el que destaqué en cursiva unas líneas más arriba. Pudimos presenciar este vuelco de la historia una vez que, en cierta forma, tuvimos la oportunidad de salir de un paradigma histórico antes de ingresar a otro. Esto fue como abrir los ojos en uno de los cubículos de la Matrix por un breve momento antes de seguir durmiendo. Carlos Castaneda, autor del cual hay que separar mucha arena de río para quedarse con unas exiguas pepitas de oro, quizás diría que por un momento en la historia fuimos capaces de ver. ¿Mantenemos esa capacidad ahora que estamos de nuevo dentro de la historia? Lo dudo mucho, pero soy ciertamente reacio a desechar una teoría de conspiración sólo por el hecho de serlo.

En defensa de los ekekos

Bueno, y ya que pienso todo esto ¿sigo usando hoy las cintas brasileñas y saltando sobre braseros? La verdad no, aunque hago otras cosas de aire igualmente mágico, como las pruebas de San Juan o de Año Nuevo.

¿Inconsistencia? No. La cultura tiene para mí un valor en sí misma. Una práctica cultural que se olvide es como un idioma que se queda sin hablantes o como una especie animal que se extingue (10). Las pruebas de Año Nuevo excitan mi imaginación, me conectan con mis memorias, con otras personas vivas y muertas, son mi pequeña contribución a una corriente de alegría que sacude el ambiente en esas fechas. No creo que determinan cómo va a ser mi año, pero las hago porque son entretenidas. Si ocasionalmente se da una coincidencia con lo que luego vivo, observo esa coincidencia con la sensación de belleza con que observo a veces las manchas de humedad, la forma de las nubes o cualquier otro patrón en el caos.

Creo que teniendo las cosas claras, permitirse el juego y la fantasía en la vida no sólo no daña a nadie sino que nos hace crecer en direcciones inesperadas. Esto añade a la vida el condimento de la aventura, que hace emerger todo su sabor.

por Eduardo Unda Sanzana

Créditos y copyright
Algunas ideas para este artículo surgieron en conversaciones con Samuel Maldonado, Soledad Martínez-Labrín y Rodrigo Mundaca Contreras. Este artículo es ofrecido al dominio público de acuerdo a la Licencia Creative Commons.

Notas

(1) Algo hay con la iconografía hindú que la gente de Chile asocia con el poder de atraer dinero, lo cual es curioso considerando la general pobreza de la India.

(2) Aunque en el caso de los tres elefantes no parece haber un interés de lucro de ninguna tercera parte (¡salvo quizás de las empresas que fabrican elefantes de cerámica!) con similar técnica se vende todo un catálogo de artículos en diarios, revistas y canales de avisos, desde la cruz de Caravaca hasta la pulsera que popularizó Iván Zamorano.

(3) Afirmación que no es falsable, y de mucha fecundidad para una pseudociencia. Véase el artículo Karl Popper y el Falsacionismo.

(4) La práctica eclesiástica de pedir un número de (creo que tres) milagros comprobados antes de una canonización es tan ingenua que es casi cómica. Si la genuineidad de los milagros realmente importa entonces igualmente debiera importar la genuineidad de todos aquellos casos, mayores en cantidades aplastantes, y de autenticidad mucho más fácilmente demostrable, en que los milagros no tienen lugar no importa cuánto se haya rezado. Las supuestas “comprobaciones científicas” que tienen lugar en los casos de milagros aceptados por la Iglesia Católica, alcanzan a caber, en ese orden de cifras, perfectamente dentro del rango de error observable en cualquier observación.

(5) Un caso típico lo conforma la persona que dice que es capaz de predecir el futuro pero aclara que no funciona si intenta hacerlo para su propio beneficio, con lo que explica no haberse enriquecido a pesar de tener el poder de adivinar los números de la siguiente lotería cuando lo desee. Es interesante observar que esta afirmación también podría ser sujeta a prueba: bastaría que la persona firmara un compromiso legal de donar todo el dinero que gane al hacer por una única vez tal ejercicio. Incluso podría prestarse al experimento de manera anónima, para privarse del beneficio indirecto de la fama que tal éxito le acarrearía. No obstante su simplicidad, esta experiencia no ha tenido lugar.

(6) A pesar de que las palabras “energía” y “vibraciones” son numerosamente usadas en todo orden de literatura, los escritos pseudocientíficos suelen hacerse patentes porque en ninguna parte dejan claro qué es aquello que supuestamente vibra, y de qué tipo es (y por tanto con qué aparato se mide) aquella energía que se transmite.

(7) Hay un documental producido por Fox que resume todo esto. Hasta el momento no he visto ningún documental producido por Fox que justifique el gasto en película, y éste no fue la excepción. En una hora de razonamientos mal hilados no hacen el menor intento por mostrar las explicaciones científicas sencillas que echan luz sobre fenómenos extraños para quienes no hemos salido del planeta. A pesar de existir excelente material visual y escrito producido tanto por NASA como por personas de ciencia sin afiliación a NASA aclarando punto por punto todas las preguntas planteadas por l@s proponentes de la teoría, y que puede ser encontrado tras una rápida búsqueda en la Internet, Fox prefirió presentar este tema hipotetizando que nadie había dado una respuesta satisfactoria hasta ahora.

(8) Explicar tales respuestas daría para otro artículo completo. La persona interesada puede encontrar excelente material en la Internet. Recomiendo con especial énfasis el sitio http://www.badastronomy.com

(9) Aunque, a veces, sí. Es famoso el hecho de que gobernantes estadounidenses han contado dentro de su equipo asesor a algún astrólogo oficial. En las acciones militares y decisiones políticas de la Alemania nazi también existió un fuerte trasfondo esotérico.

(10) Mi preocupación aquí es el olvido, pues su práctica la veo mediada por la ética. Me basta con saber que en mi legado cultural se incluye que en el pasado matamos animales por diversión, como en las plazas de toros o en los rodeos a la chilena, pero no tengo el menor interés en que eso siga teniendo lugar.

2 thoughts on “Que salga el mal, que entre el bien. Larga vida al escepticismo

  1. «Queridos niños, un día averiguaréis toda la verdad sobre Santa Claus.
    Ese día, recordad todo lo que los adultos os han dicho sobre Jesús.»

    Una de esas frases robadas a internet.

  2. El problema es que muchos han tomado el “escepticismo” como valor contagiados por otros mentores o personas inspirados por la forma de pensar de estos, en realidad más por algo de actitud que de razón y, Cuando se defiende una actitud en vez de un razonamiento estamos mal.
    Crecí viendo como a los que les iba bien en el colegio nunca tuvieron sed de saber, ni de conocer la verdad(la que siempre se tiñe bajo puntos de vista y animalidad humana), vi como ellos son los que querían cumplir y se alzaron con valores de arribismo necesarios para la “sociedad” no para la “realidad” como debería ser y, motivados por sus familias, sin sed de saber , ni de conocer, más bien cumplían y querían buenas notas, para tener cuando grandes buenos empleos, haciendo lo que la gente les decía(sus padres) sin pensarlo, son los mismos humanos sin imaginación que hoy día son abogados, ingenieros, médicos , etc.
    Einstein no llego a esas conclusiones por hacer las cosas con disciplina, nunca hablo fuerte y con carácter si no era necesario, porque el carácter fuerte se ocupa para defender algo o, decir algo importante, no en vano, ni para auto-ponerse muros. La percepción, las lógicas, las conclusiones son muy débiles, requieren de un conocimiento específico para ser entendidas, requieren de un “punto de vista” sobre lo “concreto” y mentir es fácil, seguir actitudes también.
    Cuando vemos a científicos e investigadores tratando de comportarse con mucho carácter y una antipatía que no deja espacio para interrogantes, observamos a alguien que no es escéptico, mas bien, pone su fe en otras cosas, cree en la ciencia de su conocimiento y en la gente a la cual le ha creído, a sus mentores y valores familiares.
    Crecí en un barrio pobre y me di cuenta que la gente pobre ES CULTA, mi padre es ingeniero eléctrico amante de la física y no pudo estudiarla porque no tenía el dinero, estudio y llego a ser hoy día gerente general de una empresa, en mi familia tenemos buena situación. Mi madre es profesora de castellano, amante de la biología y, no estudiar medicina también por el tema del dinero, ella tiene muchos conocimientos en todos esos mitos y temas de tipo esotérico, paranormales, etc.., crecí viendo los dos lados del pensamiento, el estructural y “cuantificable”(la más grande mentira de la historia) y, el abstracto y conceptual .

    Mi padre es un capitalista neoliberal, mi madre comunista, en la mesa de mi casa se podía conversar de comunismo y capitalismo, fui a un colegio abc1 de valores cristianos, sin embargo en un periodo también no creí en dios porque mi familia me daba esa libertad y , ahora soy agnóstico, además también se de forma concreta que el amor existe y es tan real como el número uno, porque son lógicas y conceptos, pero reales, lo que no quiere decir que este se pueda acabar. Todos estos factores hicieron que hoy en día pueda conversar con un delincuente de descendencia indígena con mal habla de igual manera que con un hombre de dinero de los barrios altos rubio con origen alemán de habla exacerbada. Puedo entender a alguien que se equivoca y a alguien que no sigue al resto para seguir la verdad o por la conveniencia.

    Los físicos hoy día se dieron cuenta a través de la física cuántica hay factores que no pueden determinar y las teorías no puede ser llevadas a la experiencia por qué no tomaron en cuenta el factor “mente e idea”. Platón siempre supo y determino de forma objetiva lo que se llama el substrato, idea y forma con uno y no pueden estar separados, ya sea en el cuerpo humano para subsistir y procrear, en una silla para sentarse o una piedra que tomo su forma al secarse después ser lava.
    Eh visto fantasmas al mismo tiempo con más gente y, he conversado con gente de la fuerza aérea que trabaja con físicos y con ovnis, no es un asunto de estados unidos en todas partes pasa esto, una cosa es que se demuestre que un hecho ocurre, otra cosa es explicarlo y, otra es el efecto que este tiene en las masas, en las decisiones y la vida común de la gente corriente, lo que plantea las interrogantes de sobre si ¿es debido entregar cierto conocimiento o no?.
    Cuando escucho a hombres de ciencia (aunque en realidad es más recurrente en hombres de empleos comunes como abogados e ingenieros que se desempeñan para hacer negocios) hablar con una actitud escéptica hacia creencias ya sea… científicas aceptadas con fundamentos (muchas veces no hay experiencia)o sobre creencias sobre conocimientos no aceptados solo veo mentira y ramificaciones equivocas creadas por la imaginación.
    “ Si los conocimientos que hacen la base de tu escepticismo son sacados de las enciclopedias, los profesores del colegio o la televisión estas asquerosamente inserto en la ignorancia ya que la historia no existe, soy un comunicador y se lo fácil que es mentir y “engañar con hechos”, la clave del conocimiento es la “humildad”, ya que la humildad no agranda los conocimientos que “crees tienes” ni la llena de actitudes, más bien solo la rebaja a información, la humildad te permite dejar prejuicios y escuchar las lógicas que sacas a las cuales no quieres llegar.

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