La sangre del sistrian

El hijo de la soledad y la decisión del caminante  El caminante estaba cansado y sediento. Había transitado millas y millas de tierras áridas y escarpadas, y surcado en su eterno deambular bosques tupidos y verdes. Había descendido a las grietas del abismo y ascendido a las cimas de las montañas más altas. Había espoleado su mirada desde el risco más escarpado de los Montes de la Eternidad, allá en el norte, perdiendo la mirada entre las altas olas del mar del Olvido, para retornar al plácido sur, y rozar con las yemas de sus dedos las verdes hojas de las enredaderas que crecían entre los altos árboles de Alamba, o simplemente, apoyarse contra el tronco de un joven roble, y contagiarse con su pesada y rasposa respiración. Amaba los árboles y la naturaleza, los hijos de la hermana Arankadas todavía eran jóvenes, pero el caminante era consciente que conforme aquel mundo fuera creciendo, aquellos vástagos de rugosa piel, enormes raíces y tupidas coronas, irían amasando un conocimiento que jamás llegarían a imaginar siquiera los mortales que muy pronto poblarían aquel mundo. Los hijos de

La Dama Blanca nacían con el don de la paciencia y la larga vida. Alumbrados por el haz de luna que desprendía la mano de Arankadas, Alamba, Kathur, y el resto de los bosques que sembraban la árida estepa de Argos, estaban destinados a guardar en lo más profundo de su sabia elemental, kilates y kilates de información, que en los siglos venideros se convertiría en la ilustre letra que hablaría de la grandiosidad de un mundo todavía demasiado joven. Por suerte, hoy todos aquellos fresnos, hayas, castaños y robles conservaban la inocencia del primer rayo de sol. Sus raíces todavía no habían escarbado demasiado profundo, y sus ojos seguían firmemente cerrados. Mil años no era tiempo suficiente para que despertaran y estirasen sus obturados miembros. Todavía tendrían que dormir muchas eras más, almacenando en su memoria los anodinos eventos, a veces placenteros, otras veces funestos y oscuros, que tendrían que acontecer a su alrededor; pero ese era su destino y con tal don habían sido creados. Seres durmientes llamados a gobernar en el caos y a vigilar el devenir de las épocas. Ni tan siquiera sentían curiosidad por sus hermanos menores: los animales, criaturas creadas en el génesis por la propia señora Arankadas y cuyas especies estaban poblando rápidamente el nuevo mundo. Los árboles seguían durmiendo, y el ronquido de sus pétreas gargantas retumbaba por las entrañas de la tierra como un murmullo inapreciable para la mayoría de los seres vivos. Tampoco los grandes colosos alados, creados por el propio caminante y sus dos hermanos homónimos, llegaban a comprender del todo el intrincado pensamiento de los hijos de Arankadas.      El caminante, apoyándose en el suelo y sintiendo el frescor de la hierba en sus nalgas, cerró los ojos, y entrando en consonancia con su nuevo compañero, el joven roble sobre el que se hallaba vencido, comenzó a hablar con voz armoniosa. Los ecos del caminante se perdieron a través de las sendas, claros y valles que recorrían Alamba.       –Transitaba yo la estepa de Morenea, entre las montañas de Greenglom y la cordillera Opáscara, cuando me asaltó la noche. Estaba solo en aquel tórrido desierto, pero no sentía sed, pues sabía que muy pronto saciaría mi afán con las salvajes aguas de El Grande. Siempre ha sido un placer sentarme en la orilla de El Grande y contemplar su magnificencia… siempre buscando el este, para desembocar en el Océano Virgen y hallar por fin la paz a su tumultuoso trasiego. Aquel crepúsculo sabía que muy pronto surcaría sus aguas caminando y cuando me encontrase en su cénit, agacharía la cabeza y podría contemplar a las enormes carpas oscilando en su lecho. Aquello me hacía sentir inmensamente feliz… 

      “Me hallaba en aquel valle, solo y aburrido, cuando encontré a un viejo castaño reseco. Me apiadé de él de inmediato, pues no tendría más de cuatrocientos o quinientos años de vida, pero ya se hallaba en un estado de duermevela que sin duda le conduciría a una muerte prematura. Comprendí que el destino le había jugado una mala pasada: nacer en aquel desierto apartado y siniestro, lejos de sus semejantes, avasallado por el sol de medio día y vilipendiado por los huracanes gélidos que surcan la noche. Me pregunté por qué Arankadas, la madre de aquella humilde criatura, había permitido semejante aberración; por desgracia ella no estaba presente y no pude preguntarle. Lo cierto era que el pequeño castaño dormía en silencio, solo y abandonado, en mitad de una tierra árida que languidecía entre enormes montañas. Como la noche ya había caído decidí postrarme junto a él, y hacerle compañía en su delirio. No dijo nada, supongo que mi adhesión no era grata, sin embargo me aceptó, y aunque guardó silencio en todo momento, podía sentir la honda preocupación que hollaba su malogrado humor. Esa noche me sentí muy solo. Miraba al frente y atrás, divisaba las planicies y perdía mis ojos por los valles y cañadas que surcaban la estepa: nunca llegaba a divisar nada… absolutamente nada. De pronto comprendí porqué mi amigo se sentía tan abatido, allí no había nadie a quien espiar o simplemente contemplar en las aburridas e interminables horas del día. Los animales no suponían un foco de atención para el moribundo árbol y los matorrales y cardos eran demasiado ladinos para entablar conversación alguna. Así pues, apiadándome de aquel decrépito y marchito ser, opté por procurarle una última distracción en su malogrado tormento. Cerrando los ojos, hice que mi voz sonara más allá de los límites del desierto. No tardaron mucho en escuchar mi llamada, y un gran dragón, de escamas grisáceas y hermosa cresta, acudió de inmediato en mi auxilio. No era uno de mis siervos, pero sí era hijo del hermano Gibbon Suth, así que a pesar de su desconfianza, pronto pude acaparar su atención. Le conté la desdichada historia del árbol y traté de que se apiadara de él. Bujjho, aquel era el nombre del dragón, complaciente, remontó el vuelo y estuvo surcando el cielo sobre nuestras cabezas durante toda la noche, balanceándose arriba y abajo como un enorme péndulo llevado por un eterno vaivén. Yo bailé y reí alrededor de las raíces del decrépito árbol durante toda la vigilia, contemplando desde tierra el majestuoso vientre del dragón y sus dos turgentes alas que rasgaban la noche a cada batida. Traté contagiar mi alegría al castaño, pero éste seguía triste y amargado. Al amanecer, el dragón, cansado de volar alrededor de nosotros, remontó el vuelo y regresó a sus tierras, y yo, apesadumbrado, pues no había logrado hacer mella en la tristeza del árbol, me arrodillé entre sus enormes raíces y traté de hablarle con tremenda ternura: “¿Qué te sucede, mi buen amigo? ¿Por qué no disfrutas de esta última noche de placer?” Contra todo pronóstico, el árbol despertó de su letargo, y su voz, alta y grave se perdió en lo más profundo de mi cabeza: “Mi buen señor… agradezco su gesto de amabilidad, pero comprenda que de poco me sirve una última noche de alegría cuando la muerte me espera a la vuelta de la esquina.” Comprendía su postura pero no su temor, pues al fin y al cabo, nosotros, los seres infinitos no llegamos de discernir el miedo a la muerte y al olvido. El castaño, ajeno a mi desvelo, continuó hablando: “Aun así debo agradecerle su gesto, mi señor, pues nadie transita los caminos y desde mi posición se me hace muy difícil llegar a ver los lomos de los grandes señores del cielo.” De pronto comprendí la desdicha de aquel ser terrenal y me sentí avasallado por un funesto presentimiento: habíamos creado un paraíso, el más bello de los jardines jamás imaginado por ningún inmortal, pero sus habitantes moraban los cielos, y aunque podían tomar forma humanoide, semejantes a nosotros, preferían volar en libertad bajo su identidad originaria a languidecer en los caminos. Con aquel pensamiento en la cabeza, me dirigí de nuevo hacia el árbol y le hablé con franqueza: “Tienes mucha razón, pequeño sistrian, pues a partir de hoy ese va a ser tu nombre. Comprendo tu sentimiento de soledad y tristeza, pues los caminos están despoblados y ningún ser transita los valles y montañas. El mundo hoy se halla habitado en los cielos y la soledad corre a sus anchas por la tierra de Argos. Eso debe de cambiar… con el tiempo cambiará, pues quizás en un futuro no muy lejano, otros seres que no sean los dragones y los grandes dragones habitarán este mundo. Hoy no, mi pequeño sistrian, hoy no. Sin embargo, mi muy querido hijo de la soledad y el silencio, me apiado de ti y deseo que no sea tu sino morir en este triste valle… Deseo que vengas conmigo y te conviertas en uno de mis vástagos. Deseo que me acompañes a Alamba y veas a tus hermanos. Tu soledad acaba hoy, pequeño sistrian. Ven junto a mí y disfruta de una nueva vida en el jardín más bello jamás creado por Arankadas.” Y radiante de felicidad, pues comprendía que había cometido un acto de buena fe al liberar del tormento a aquella criatura, invoqué a la magia e hice que el pequeño árbol rejuveneciera hasta convertirse en una simple semilla. Posando mi mano sobre ella, susurré un nuevo deseo que se convirtió en un hálito mágico que fertilizó al pequeño sistrian: “Tú, hijo mío, serás el nuevo heredero del caminante. Al igual que en su día engendré a Hummad, el Gran Blanco, hoy te engendro a ti, pequeño sistrian. Cuando nazcas en el corazón de Alamba, perderás tu estirpe para convertirte en una nueva raza de ser destinado a gobernar entre árboles y plantas. Ese es mi deseo, pequeño sistrian… ese es mi más profundo deseo. Que por tus venas corra vida y tus raíces engendren nueva existencia. Así lo mando yo… creador supremo de este nuevo mundo.” Y tras aquel pensamiento, metí la semilla del sistrian en mi bolsillo y reanudé mi viaje hacia el sur, dejando atrás el agujero donde había arraigado la pequeña semillita que ahora llevo conmigo.      “Al día siguiente atravesé las montañas de Greenglon y me adentré en las ciénagas de Colodril. Finalmente, al atardecer llegué a orillas de El Grande y allí me encontré con Arankadas.

La Dama Blanca, siempre bella y majestuosa, se hallaba aguardándome en la rivera, así que dedicándole mi más tierna sonrisa, me encaré con ella y pronto comprendí que no se hallaba de muy buen humor. “¿Por qué osas interferir entre los míos, señor de la creación? ¿Quién te ha dado permiso para mancillar a uno de mis habitantes?” Sabiendo que aquella señora era mujer celosa de su propio orgullo, opté por guardar las apariencias y hacerme el despistado. “No sé de qué hablas, mi señora. Simplemente ando por nuestro reino y contemplo las maravillas que nosotros mismos hemos erigido.” Arankadas, furiosa por mi insubordinación, y provocando que el encrespado oleaje de El Grande arremetiera con más bravía contra la orilla opuesta del río, volvió a contraatacar: “Miles Der Vand, no te hagas el tonto conmigo. Sé lo que le has hecho al pequeño castaño y no me parece justo. Hicimos un pacto de no interferencia con los mortales, y tú, gran señor omnisciente, campas por este mundo al libre albedrío, hablando a capricho con los dragones e interfiriendo en la vida de mis vástagos. Si yo debo guardar silencio y no dejarme ver… ¿Por qué tú, aquél que debe dar ejemplo, haces todo lo contrario continuamente?” Estuve en un tris de replicarle que lo hacía porque mi poder y mi naturaleza inquieta así me lo permitían, pero como discerní mucha hostilidad en sus ojos, preferí actuar de modo contemplativo a desatar mi furia divina. “Mi señora, está en lo cierto y convertí al joven castaño moribundo en el pequeño sistrian, mi nuevo compañero de viaje. ¿Acaso un viejo dios debe de sentirse ajeno a un sentimiento tan hondo como pueda ser la piedad? No lo creo… no sería justo, mi señora Arankadas. Ahora mi deseo es plantarlo en el corazón de Alamba y hacer que germine fuerte y majestuoso…” Los ojos de la dama, hermosas perlas de iris terrenales y celestes, se abrieron de par en par, y me contemplaron desorbitadamente. “¿En Alamba? ¿En mi jardín?” Respondí con un cabeceo y mi sonrisa se hizo tentadora, lo cual provocó la ira de mi hermana. “Ni hablar, Miles Der Vand, no permitiré que el más preciado de mis jardines se vea mancillado por ti. Plántalo en el bosque que quieras, pero Kathur y Alamba deben de permanecer vírgenes hasta el fin de sus días. Así lo mando yo, su creadora.” Aquella frase me molestó profundamente. ¿Por qué tanto celo con esos dos paraísos? ¿Acaso no habíamos creado aquel mundo para disfrutar y gozar de él? ¿Por qué prohibir la entrada en el seno de tan bellos lugares a otras criaturas terrenales? ¿Por qué mantener vírgenes los claros luminosos de Alamba o los oscuros caminos de Kathur? No tenía respuesta para aquellas preguntas, pero lo cierto era que la obstinación enfermiza de Arankadas por salvaguardar sus jardines de árboles y flores me soliviantaba cada vez más. “No pienso discutir más esta cuestión, Arankadas. El sistrian crecerá en el corazón de Alamba y nada ni nadie podrá evitarlo, ni tan siquiera tu, mi muy querida hermana. Yo creé este mundo, y mi palabra debe respetarse como ley.” Dicho esto, crucé mis brazos estoicamente, y aunque pude distinguir un atisbo de insubordinación en los ojos de la dama, comprendí que Arankadas no replicaría a mis palabras. Con aire melancólico, la mujer se apartó de mi camino y señaló el señaló el sendero que conducía hasta el gran río y señaló más allá del afluente. “Muy bien, mi señor, en tal caso seguid hacia el sur y recorred los caminos prohibidos de Alamba. Su voluntad es ley desde el inicio de los tiempos y yo nada haré por agraviar su deseo. Tened buen viaje.” Y sin más,

La Dama Blanca desapareció y mi camino se vio libre de todo obstáculo. Complacido retomé el rumbo y mi eterno deambular por la tierra de Argos continuó hacia el sur… hasta las tierras que hoy se hallan bajo mis pies cansados.

      Con aquella frase, el caminante terminó de relatar su historia al roble, y tras escuchar el susurro de complacencia pronunciado por el árbol, estiró todo su cuerpo y sintió como el embate del sueño comenzaba a subyugarlo. Llevando la mano al bolsillo de su desgastado abrigo, acarició la pequeña semilla de sistrian y se sintió complacido consigo mismo. Todavía le quedaba medio día de viaje para llegar al corazón de Alamba; para agilizar su marcha podía llamar a un dragón y volar en libertad sobre su lomo, pero el viejo dios deseaba caminar en paz, y deleitarse con los bellos paisajes del gran hijo de Arankadas. El bosque de Alamba no dejaba de seducirle por su belleza divina y natural. Pronto el caminante quedó profundamente dormido, y todo a su alrededor quedó en paz.      Pero Arankadas, orgullosa y sagaz, no había quedado conforme con la discusión entablada con el viejo señor de los dioses en la ribera de El Grande, y maltrecho su orgullo, obró con arrogancia y extremo desdén. Antes de que Miles Der Vand pudiera despertar de su apacible sueño, rompió el sello que prohibía a cualquier ser maligno entrar en los límites de Alamba o Kathur. Se sentía tan ofuscada por la decisión autoritaria de su señor, que comprendiendo que su paraíso mimado iba a ser violado por las manos de otro inmortal, poco podía importarle ya que conservara la belleza originaria con la que había sido creado. Tomada esa decisión, la diosa llegó a los límites de Alamba y cantó durante gran parte de la noche: 

Rojo y sangriento amanecer, negro crespón oculta la noche cerrada, gris oscuro de cielo encapotado… libera la inerte barrera que rodea al jardín sagrado, desvanece los latidos que engendran protección y salvaguarda, rompe el sello milenario que protege el destino de todos lo habitantes de este lugar. Inunda la noche con tus ojos rojos y sacude la tierra virgen que ningún mortal ha pisado jamás, lame con tu negra lengua las agujas de pino caídas y las vetustas raíces que emergen del asfalto como retorcidos miembros. Tu mano deja hoy de velar por la protección de este paraíso y todo aquel que fue rechazado en el pasado hoy será acogido sin temor o preocupación alguna. 

Una vez que el viajero ha traspasado las fronteras del sendero velado, nada ni nadie deberá estar sujeto a restricción alguna, ya sea su corazón oscuro o luminoso. Oh, Alamba…oh, alamba, hijo mío… yo te libero… a ti y a todos mis hijos. Tus senderos y caminos ya son libres. A partir de hoy caminarás en solitario… deseo que la suerte te acompañe para toda la eternidad. Adiós, Alamba, mi buen hijo…      Tras estas palabras, Arankadas se convirtió en una sombra difusa y observó como la noche se volvía más negra sobre las copas de los árboles. Pronto comenzó a percibir el latido lejano y siniestro del impío corazón. Estaba aproximándose… lentamente, pero estaba llegando… En cuanto el sello de protección, que ella misma había instaurado sobre Alamba en los albores de la creación, había caído, él, el olvidado, el desterrado, el repudiado, había abandonado su oscuro cubil y había cernido sus garras sobre uno de los últimos paraísos de Argos que todavía no se hallaban mancillados por su pérfida lengua. Arankadas, cercada por el horror, se sintió terriblemente ofuscada, y percibiendo como su pecho latía descontroladamente, pues era consciente de la llegada del perverso, comenzó a retroceder en la noche. De pronto se preguntaba si había obrado correctamente o en cambio, se había dejado llevar por un impulso demasiado precipitado. Sintió temor al comprender que había traicionado a su propio hijo… a aquél al que había moldeado y germinado con la propia sabia de sus genes. Horrorizada, y sintiendo como la negra sombra se materializaba por encima de su cabeza, comenzó a correr hacia el norte, perdiéndose en la oscuridad de la noche. Durante mucho tiempo sus sollozos de dolor, por el mal que ella misma había desatado sobre Alamba, continuaron latiendo en el ambiente, y ni tan siquiera, la imponente presencia que había arribado desde muy lejos, pudo sofocar aquel lamento imperecedero… 

     Amanecía, y un turgente rayo de sol se filtraba entre las altas copas de los árboles, alumbrando directamente el rostro del caminante, cuando éste comenzó a estirarse entre las raíces del roble y el sueño se desvaneció rápidamente de su cabeza. Miles Der Vand, abandonó el mundo onírico de los durmientes y lentamente abrió los ojos legañosos… de inmediato un gran sobresalto hizo que sus párpados se abrieran de par en par y sus cuencas oculares se dispararan hasta casi salir de sus órbitas. Ante él, acuclillado y apoyando los brazos sobre las rodillas, se erigía una negra sombra que reconoció de inmediato, a pesar de los muchos siglos acontecidos sin que sus caminos se hubieran entrelazado. Era un individuo estirado, de rostro gris y facciones inhumanas.  Sus ojos saltones se abrían sin pestañas ni párpados, y sus iris, dotados de una profundidad eterna, mostraban tanta sabiduría como la que pudiera ocultar el propio caminante. En cuanto el durmiente despertó, el recién llegado exhibió en sus ladinos labios una maliciosa sonrisa que acentuó sus facciones agudas y siniestras. No era un semblante desagradable, aunque si su propietario lo deseaba, sí que podría llegar a serlo. Miles Der Vand ya había presenciado otras muchas veces lo fúnebre y terrible que podía llegar a ser ese rostro. Sin embargo, aquella mañana, tan extraño invitado mostraba una cara sonriente y descarada, algo que perturbó profundamente a su sorprendido hermano.      –Yeresath…–murmuró el caminante en un susurro. 

     El señor de los demonios, agachó la cabeza en un gesto de asentimiento, y su sonrisa se ensanchó aun más.      –Miles Der Vand… –respondió con una voz profunda y atractiva– …hacía mucho tiempo… mi muy querido hermano. 

     Perturbado por aquella presencia, el caminante se incorporó de un brinco y el diablo hizo lo propio. Los dos dioses, cuya esencia representaba la antítesis más opuesta del Universo, se observaron el uno al otro y de inmediato emergieron las viejas rencillas.      –Pensé que habías rehusado a pisar jamás esta tierra –inquirió Miles Der Vand loco de furia. 

     –Mi voto fue tan plausible como pudo ser el tuyo, viejo amigo –respondió Yeresath–. Yo he mantenido mis zarpas lejos de Argos, en cambio tú sigues transitándolo en compañía de esos patéticos y débiles diosecillos que languidecen bajo tu mandato.       –Retorna a la oscura dimensión a la que fuiste desterrado después de imprintar tu huella en este inocente mundo y no te atrevas a poner un solo pié aquí jamás.      Yeresath negó con la cabeza y sus ojos se clavaron en el bolsillo del caminante. Inmediatamente Miles Der Vand cerró su mano con más fuerza sobre la semilla del sistrian y se dispuso a protegerla con todas sus energías. No permitiría que las abyectas manos del Dios de la Locura cayeran sobre su nuevo compañero.      –Este mundo es tan mío como tuyo, mi querido hermano –siseó Yeresath–. Nada ni nadie me puede impedir transitar por él…      –Pero este lugar… Alamba, está vetado para ti –replicó una vez más el caminante–. Ni la oscuridad, ni la maldad pueden atravesar sus fronteras. El halo de

La Dama Blanca protege este bosque y tus zarpas deben mantenerse bien lejos de las raíces de todos estos árboles.

      El diablo se cruzó de hombros y su sonrisa se volvió aun más pagana.      –Pues heme aquí, querido hermano, ante tus propios ojos, y nada ni nadie ha osado interrumpir mi camino. La oscuridad, por fin, tiene cabida en este bosque. Ya iba siendo hora, ¿no crees? 

     Miles Der Van, ofuscado, no supo que responder. La presencia de Yeresath solo podía significar una cosa: la traición de Arankadas. Loco de furia, el caminante se dispuso a desatar toda su cólera sobre el diablo, pero antes de que el dios supremo de lo justo y la bondad pudiera alzar la voz, el dedo garrudo de Yeresath señaló el bolsillo de su enemigo y habló con voz tentadora.      –¿Qué llevas ahí, querido hermano? –preguntó con voz susurrante, como una serpiente traicionera. 

     El caminante, ofuscado ante aquella pregunta, quedó inmóvil y su frente se llenó de arrugas.      –Nada que pueda interesarte, rufián sin sentimientos. 

     Yeresath, percibiendo una nota de duda en la voz del dios, dio un brinco hacia delante y comenzó a bailotear alrededor de su hermano.      –Supongo que no llevarás en ese bolsillo a un nuevo ser consagrado con tus dones –insistió riendo una y otra vez–. Supongo que no pretenderás crear en Argos una nueva raza. ¿No es así, mi querido amigo? 

     Miles Der Vand lanzó un gruñido, y comprendiendo que para salvaguardar el orden de las cosas debía mentir al diablo, habló con voz cavernosa.      –Aquí llevo la semilla de un simple árbol –repuso evitando mostrar cualquier sentimiento–, uno de los hijos de Arankadas que rescaté de la estepa de Morenea. No es más que un árbol, quizás de una familia diferente a todos los que crecen en este bosque, pero con las mismas peculiaridades. 

     –Déjame verlo –inquirió Yeresath con un brillo indolente en los ojos.      –¿Desde cuando te interesan los árboles, demonio mentiroso? 

     –Déjame ver esa semilla –repitió Yeresath con voz furibunda.      Miles Der Vand, que no deseaba entrar en conflicto con el diablo por miedo a que el pequeño sistrian pudiera sufrir algún daño, se rascó el bolsillo y sacó de él la pequeña semilla. Mostrándola entre sus dedos, sintió como los inmundos ojos del demonio trataban de discernir algún sentimiento en aquella pequeña larva, pero el sistrian todavía era un ser inerme y sin sentido, demasiado inocente para llegar a mostrar algún signo de vida, así que el diablo tuvo que tragarse todas sus sospechas y desatar su rabia en una sarta de amenazas. 

     –Sabes tan bien como yo que no puedes dar vida a un nuevo ser o a una nueva raza. El Orden del Universo así lo impone: no existe bien sin mal y mal sin bien. Quizás ese gordinflón de Gibbon Suth, heredero de la neutralidad, pierda su valioso tiempo embriagándose con placeres mundanos más propios de los mortales que de los dioses, pero yo no, mi querido Miles Der Vand. Yo sigo al acecho desde el Abismo, y no permitiré que desafíes a las leyes de la naturaleza y del Universo impunemente y como tan a menudo acostumbras hacer. Nuestras manos se unieron una vez para dar vida a las estirpes de los grandes dragones y de los dragones menores… después los tres grandes dioses hicimos la promesa de no crear más seres vivos sobre la faz de Argos sin la autorización de nuestros opuestos. La balanza entre bien, mal y neutralidad no puede ser mancillada, ni roto su equilibrio.      –Lo sé perfectamente, Yeresath, no necesito que vengas a decirme lo que debo y no debo hacer –replicó el caminante–. Ahora te pediría que abandonaras este apacible lugar y retornaras a la inmunda cueva a la que fuiste exiliado. 

     El diablo, mostrando su desconfianza con un gesto pícaro y rufián, se aproximó a su hermano, y rodeando sus hombros con un brazo, lo estrechó con fuerza contra su seno, de inmediato una fuerte repulsión hizo que Miles Der Vand tratara de zafarse de aquella presa, pero el demonio apretaba demasiado para lograr separarse de él.      –En ese caso, mi muy querido hermano, nada tienes que esconderme. Si los menesteres que te traen por estos bosques son tan loables y distinguidos, como en ti suele ser habitual, permitirás a este viejo y cansado dios acompañar tu camino. En los acantilados del Abismo se pasa mucho tiempo solo, rodeado de bestias xenófobas y estúpidas; hace décadas…. qué digo, siglos…. que no hablo con otros dioses, y me gustaría platicar contigo mientras paseamos tranquilamente bajo las verdes copas de estos árboles. 

     El caminante, que en ningún momento se dejó engañar por las zalameras palabras de aquel mentiroso insaciable, lo observó con recelo. Yeresath no dejaba de mostrar su sonrisa aviesa y a la vez cautivadora. Estaba urdiendo una estratagema, de eso Miles Der Vand no tenía la menor duda. Un plan que lo llevase hasta el emplazamiento donde la pequeña semilla fuera plantada y germinada. Al principio sintió temor por lo que el diablo pudiese hacer en contra del árbol, pero conforme iba recapacitando, comprendió que Yeresath no haría nada que pudiese dañar al sistrian, al menos sin un motivo de peso. Aquel ser siniestro y opaco no era amigo de actuar premeditadamente, ni ganarse la antipatía de los otros dioses sin esgrimir motivos de peso. Miles Der Vand plantaría la semilla en el corazón de Alamba y permitiría que el sistrian germinase y extendiera sus primeras raíces buscando el sustento del suelo. Yeresath poco podría hacer en contra del árbol, pues durante los primeros cien años, el nuevo ser se dedicaría a crecer libremente. Yeresath pronto perdería su escasa paciencia por un simple árbol, y no tardaría mucho en desviar su mirada hacia otros asuntos más importantes sin sospechar que bajo la dura corteza del sistrian latía vida y sentimientos que lo diferenciaban de los demás árboles. Ese era el pensamiento del dios supremo de la bondad, pero Yeresath, criatura astuta y maliciosa donde las haya, tenía unos planes muy diferentes, y desde el momento en que puso sus aviesos ojos en la redonda semilla que escondía su antítesis, comprendió que en su seno se ocultaba un gran secreto.      –Bien… –respondió por fin el caminante, dispuesto a aceptar las exigencias del diablo con tal de que le permitiera seguir su senda sin que llegara a levantar las sospechas de tan ladino individuo–. Permitiré que vengas conmigo, de esa manera comprobarás con tus propios ojos que no deseo más que satisfacer el pequeño deseo de salvaguardar la vida de un simple árbol. 

     –Así sea, viejo amigo.       Y los dos dioses siguieron adelante sendero abajo, juntos pero manteniendo una distancia prudencial. En contra de lo previsto, en ningún momento cruzaron palabra, y durante el resto de la jornada caminaron en silencio, observándose en todo momento con resquemor y desconfianza. Tan solo los árboles, mudos y silenciosos guardias de Alamba, fueron testigos de la tensa caminata que compartieron tan encarnizados enemigos.      Pasado el medio día, y cuando el sol lucía más alto en el firmamento, dorando las copas de los árboles y creando hermosos tapices de colores entre la hojarasca y las agujas resecas que formaban la tupida alfombra que cubría los suelos del bosque, los dos dioses llegaron al mismísimo corazón de Alamba. A pesar de la infausta compañía que seguía sus pasos, Miles Der Vand se sintió feliz y en paz consigo mismo. Percibía como la magia y la nostalgia impregnaban aquel lugar; era como si un canto dulce, pero a la vez demasiado amargo, inundara el ambiente que predominaba en las proximidades y fuera capaz de cautivar el corazón de todo ser viviente que paseara por las proximidades. Aquella melodía era una llamada nostálgica que brotaba de las raíces más profundas de los árboles y se perdía más allá de las copas los viejos abedules y los robles más sabios. Rememoraba la magia, el agua, la luz, el sol, el cielo, y el más intenso deseo de saciar la vida natural que impregnaba cada rincón de Alamba. Miles Der Vand sintió ganas de bailar desnudo entre las enormes raíces de los robles y castaños, y elevar la mirada hacia el cielo para contemplar la elaborada maraña de enredaderas y hiedras que conformaban una densa e intrincada bóveda. Respiró hondo y dejó que el aire fresco y húmedo que impregnaba aquel lugar inundara sus pulmones. Sin duda, salvando quizás la acogedora oscuridad de Kathur, aquel era el más bello paraje creado por

La Dama Blanca. Allí los árboles crecían más fuertes y sabios, su sueño sempiterno era menos profundo, y prestando un poco de atención, podía escucharse perfectamente el murmullo de los árboles al hablar entre sí. Era un ronroneo que flotaba en el ambiente y acariciaba las mejillas, dejándolas húmedas y resbaladizas, como si una gota de lluvia floreciese en la cara y se convirtiera en gélido rocío al despuntar la aurora.

      –Bellos son los sueños profundos de Arankadas… –susurró Miles Der Vand incapaz de apartar la mirada de tan voluptuoso paraíso–… y más bellos aún son los paisajes que surgen de su mente y cobran vida ante nuestros ojos.      Pero Yeresath nada dijo al respecto. Permaneció al lado del caminante, con la boca sellada y los ojos oscurecidos por una siniestra sombra. Miles Der Vand pensó que aquel ser negro y zafio jamás tendría el don de llegar a apreciar la gracia con la que había sido consagrado aquel maravilloso paisaje; sus oídos nunca podrían captar la voz tumultuosa de los árboles, el regocijo de los animales en su continuo deambular o el susurro de los manantiales subterráneos que surcaban las entrañas de Alamba y cuya agua, fresca y limpia, procuraba que el verde y el marrón de las plantas lucieran más vivos y brillantes que en ninguno de los bosques de Argos. Durante unos instantes sintió pena y lástima por él, pero consciente de que Yeresath únicamente velaba por sí mismo y sus indescifrables intereses, prefirió omitir toda clase de comentarios, y perder la mirada entre los árboles. 

     –Supongo que no pretenderás pasar aquí el resto del día –inquirió el demonio enfurruñado.      –Podría pasar aquí décadas, siglos y eras, Yeresath –replicó el caminante–. Todo cuanto vislumbran mis ojos es digno de admiración y deseo. La vida late con más fuerza en esta parte del bosque, y todo parece germinado por la mano ociosa de Arankadas. 

     El oscuro, molesto por el retraso en la misión, se sentó en el suelo y cruzó brazos y piernas en un gesto de impaciencia, lo cual provocó una sonrisa maliciosa en el rostro del dios de la bondad.      –Nadie te obliga a estar aquí, Yeresath. Si te aburres regresa al Abismo y déjame en paz… a mí y al pequeño sistrian. 

     Pero Yeresath nada dijo al respecto, sino que acabó tumbándose en la hierba y cerrando los ojos, escuchó las pisadas de su forzoso compañero al bailotear entre las raíces de los árboles y el susurro de sus labios al entonar hermosos versos: Hemos encontrado un hogar… hemos encontrado un hogar…… un hogar para el pequeño sistrian… un hogar donde no llorará más…… pequeño sistrian podrá crecer y crecer hasta que su  copa rompa las ramas de otros árboles… 

… pequeño sistrian no sufrirá ni pasará más sed…… hemos encontrado un hogar… hemos encontrado un hogar…      Y durante muchas horas de la tarde el dios se regocijó de la buena suerte que acompañaba a la pequeña semilla del castaño convertida en el renacido sistrian, y sintió como una punzada de esperanza brotaba desde lo más hondo de su bolsillo, pues el nuevo ser se sentía inmensamente feliz y había olvidado las desdichas de su anterior vida, antes de alcanzar la reencarnación. Finalmente, cuando el sol se ponía en el horizonte, y las sombras de los árboles se volvían más angulosas, el dios se aproximó justo al centro del bosque, y allá donde se abría un enorme claro y donde no brotaba espiga alguna, se arrodilló en el suelo y posó sus manos sobre el frío terrenal. Yeresath, que se había quedado adormilado, se incorporó rápidamente, y clavó sus ojos en el postrado caminante. 

     –Aquí será… –murmuró Miles Der Vand–… este es el sitio donde debe germinar. Justo donde no falta el alimento ni el agua, donde la magia se arremolina con más fuerza y el batir del tiempo se vuelve majestuoso y tormentoso. Aquí debe de ser, pequeño sistrian.      Y sin más, el dios hizo un agujero en el suelo con un dedo, y sintiendo en todo momento la mirada interesada de Yeresath, echó mano a su bolsillo y sacó de él la pequeña semillita. 

     –Ha llegado el momento de separarnos, mi bueno amigo. Crece alto y fuerte… –Y sin más, Miles Der Vand arrojó al sistrian al interior de la oquedad y la cerró sepultándola bajo un manojo de tierra húmeda. Después se volvió hacia el claro y observó de reojo a Yeresath. El diablo seguía pendiente de él, atento a cualquier movimiento que pudiera levantar sus sospechas. Pero el caminante no podía permitir que aquella criatura inmunda amenazara la vida del nuevo ser que hoy había visto la luz de una nueva existencia, así que colocándose a cuatro patas, aproximó sus labios al suelo y habló con voz melodiosa–. Antes de abandonarte, mi muy querido amigo, voy a suplicarte un último sacrificio… una restricción necesaria para que tu existencia se perpetúe durante muchas eras. Crece y álzate cuan ancho y alto creas conveniente… sé el más hermoso de los árboles, pues ese don te acompaña, pero una cosa debes tener en cuanta: oscuros ojos contemplan tu existencia y en cuanto hallen en lo más profundo de tu corteza un mínimo brote de luz o sentimiento, tu vida se verá amenazada y yo nada podré hacer por defenderte. Por tanto te suplico que guardes silencio, tanto de garganta como de corazón. No muestres durante quinientos o mil años ni una mínima parte del gran milagro con el que has sido consagrado. Te mostrarás ante el resto de los seres vivos, ya sean animales o bestias inteligentes, como un simple árbol. Si logras superar esta prueba de dolor, tú serás el nuevo ser vivo que pueble la tierra de Argos, si en cambio fallas ante los ojos de Yeresath… nada podré hacer por auxiliarte y tu destino será el mismo que pudiste haber encontrado allá en las tórridas tierras de Morenea. Ahora elige tu destino, pequeño sistrian, y empieza a vivir.      Un soplo de vida brotó de los labios del caminante y removió la tierra que se alzaba allá donde había sido plantada la semilla, de inmediato un destello de energía brotó del suelo con la misma fuerza que la sabia emerge de las entrañas de un árbol cuando se hiere su corteza, después el viejo dios se incorporó con gestos cansados y se dirigió hacia su rival. 

     –Hecho está, Yeresath. El árbol ha sido plantado y ahora observaré desde la lejanía su crecimiento. No oses atacarlo, pues mi furia no tendrá límites. Compórtate con justicia y no derrames tus negras garras contra los pequeños brotes que hoy son sus raíces.  Si algún día llego a saber que has causado algún mal al pequeño sistrian, lanzaré mis hordas contra el Abismo y no descansaré hasta colgar tu sucio pellejo en la puerta de mi hogar.      Yeresath, indiferente a las amenazas de su encarnizado enemigo, se incorporó de un brinco y acudió a la vera del caminante. Sus impíos ojos se clavaron en el terrenal en donde la semilla había sido plantada. Durante unos instantes Miles Der Vand temió que Yeresath pudiera captar el latido de vida que imperceptible brotaba desde lo más profundo del suelo, sin embargo el demonio se mantuvo en silencio y sus ojos se convirtieron en profundos pozos zainos. 

     –Si respetas el pacto de concordia y las leyes fundamentales del Universo, nada debes de temer, Miles Der Vand. Tu estúpido árbol crecerá en paz y yo me mantendré alejado de su sombra… –De pronto el demonio se volvió hacia el caminante y sus ojos, enardecidos, despidieron chispas de pura maldad. El rostro de aquel ser emergido de la tormenta y la oscuridad era una máscara de pura crueldad capaz de helar la sangre al dragón más poderoso de Argos–. En cambio, hermano mío, si encuentro el más leve signo de traición y huelo tus artimañas en la génesis de esta criatura, nada podrás hacer por contener mi mano. Desataré Desataré toda mi rabia sobre tu patético vástago y no descansaré hasta que su tronco se convierta en una pira funeraria.      Esta vez Miles Der Vand, temeroso de la amenaza proferida por el diablo, optó por no responder, en cambio retrocedió cuatro pasos y observó por última vez el suelo donde había sido enterrada la semilla. En apenas unos segundos, un delgado brote había surgido de la tierra, y su tallo, verdemar y reluciente como una esmeralda, se había convertido en la más hermosa joya de todo el jardín de Alamba. El dios pudo sentir como el resto de los árboles murmuraban entre sí movidos por la curiosidad que aquel nuevo ser despertaba en ellos, sin embargo el sistriano seguía allí, infinitamente diminuto al resto de los  habitantes de Alamba pero ansioso por encumbrarse hasta lo más alto. 

     Miles Der Vand, satisfecho, agachó el rostro y se mesó la larga cabellera blanca. Se sentía orgulloso por el nuevo ser que había engendrado, pero al mismo tiempo temía la posible represalia llevada a cabo por Yeresath si en algún momento salía a relucir la verdad sobre el origen del sistrian y su impronunciable secreto. El señor del mal podía apelar a las leyes de las tres grandes dotes del universo: bien, mal y neutralidad, y crear una nueva raza portadora de sus genes, pero en cambio, la naturaleza impía del diablo le instigaría a destruir lo creado, antes de engendrar nueva vida. Ese era el mayor anhelo de Yeresath… destruir y sumergir el mundo en tinieblas; y sus vástagos, herederos de su sangre, eran los lacayos de su terrible y ominosa apología. Así pues, el dios de la bondad ocultando sus temores, y el diablo consumido por la duda, optaron por separarse y seguir por sendas diferentes su camino, dejando en paz al pequeño árbol.       El caminante siguió su rumbo hacia el sur, buscando la costa más meridional de la península oriental de Argos; en cambio, el dios de las tinieblas partió hacia el hacia el norte, huyendo de los bellos y luminosos parajes de Alamba y tratando de alcanzar la oscuridad de Kathur. El demonio era consciente de que con la llegada de la mañana, Arankadas, movida por su orgullo, también habría diluido el segundo sello de protección que guardaba la virginidad del bosque, permitiendo la llegada de todos los seres que pululaban por aquel bello mundo. Yeresath estaba seguro de que en Kathur, a diferencia que en Alamba, podría desatar su obra, pues sus caminos eran tenebrosos y las copas de los viejos árboles encorvados y resinosos, eran tan tupidas, que formaban una espesa maraña de ramas y hojarasca que impedía la irrupción de los rayos del sol en sus tétricos caminos. Aquel bosque, que en el futuro recibiría el apelativo del Bosque de

la Sombra y sería temido tanto por humanos, como por elfos y dragones, estaba a su merced, y antes de que el despistado caminante reparase en el error cometido por la vanidosa Arankadas, Yeresath invocaría una maldición sobre él y desataría tal infierno en su seno, que todos aquellos que osaran poner un pié en sus límites quedarían condenados por el resto de sus vidas. Pero esto es una historia que quizás deba de ser contada otro día. En cambio, lo que nos ocupa hoy era la suerte que iba a correr el pequeño sistrian, así pues, mientras el demonio marchaba hacia el norte y cruzaba las fronteras de Alamba en forma de oscuras nubes de tormenta, su mente retorcida comenzaba a dilucidar extraños planes que implicarían al vástago de Miles Der Vand. Era consciente que pese a todo el odio que aquel ser le deparaba, no podía hacer nada en su contra. El sistrian no era más que un árbol, un simple árbol… uno de los muchos que sembraban el gran reducto de Alamba. Si osaba atacarlo, despertaría la ira del dios de la bondad, sin embargo había algo que Yeresath no llegaba a discernir con claridad, algo que implicaba a Miles Der Vand y sus odiosas artimañas. Inevitablemente las sospechas del diablo se volvieron insoportables, hasta tal punto, que antes de abandonar Alamba, hizo un alto en el camino y descendió de nuevo a las entrañas del tupido bosque, allí invocó del Abismo a uno de sus más fieles lacayos, un demonio menor llamado Bushu, y en la lengua prohibida de la oscuridad, expuso todo cuanto había sucedido en el bosque y sus sospechas sobre los tejemanejes del caminante.

     –Plantó el árbol en lo más profundo de Alamba, allí donde el sol pega más fuerte y el clima es templado y apacible. Me prometió una y otra vez que ese árbol no tiene vida en su seno… lo juró y lo perjuró, sin embargo presiento que miente, y el tal sistrian no es un árbol, sino que en lo más profundo de su corteza late un enorme corazón. Mi deseo es que permanezcas junto a él día y  noche, que no te separes de su sombra y estés al acecho durante el tiempo que sea necesario. Vigila al árbol hasta que yo te lo ordene y descifra su pensamiento y sus anhelos…       El demonio, horrorizado al escuchar aquellos mandamientos, retorció su encorvado cuerpo en una mueca de súplica, y sus ojos, deformados en meras rendijas, buscaron la piedad de su amo. 

     –¿Y mi hogar, mi señor? He dejado mi hogar en el Abismo…      –Desde hoy este será tu hogar –respondió Yeresath despiadado. 

     Bushu, incapaz de dejar de temblar, miró los árboles, las verdes plantas, el sol que no dejaba de brillar sobre su deformada cabeza, y el frescor que corría entre la hierba. Un escalofrío recorrió su zafio cuerpo y horrorizado se arrojó a los pies del dios de las tinieblas.      –Señor… tenga piedad de este humilde vasallo… este lugar es inhóspito e inadecuado para mi. Aquí no hay oscuridad ni podredumbre. Un destierro así es insoportable… 

     Pero Yeresath no mostró piedad alguna, es más, su cólera fue en aumento al escuchar los lloriqueos del diablo.      –No hay nada más que decir –inquirió zafándose de las retorcidas manos que no dejaban de suplicar a sus pies–. Esa es mi decisión. Permanecerás aquí hasta que yo lo mande. Nada tendrás que temer de este bosque, pues el sello mágico que lo protege fue roto por Arankadas y ahora todos los seres, ya sean benignos u oscuros, son bienvenidos a sus caminos.  Vigila al árbol día y noche, no apartes tu mirada de él hasta que yo ordene tu regreso o halles en su interior algún signo de sentimiento que lo diferencie del resto de los árboles. Si tal es el caso avísame sin más demora, y  yo acudiré presto con una espada, dispuesto a atravesar el corazón del árbol y poner fin a tu destierro. Ese es mi mandato, Bushu, y no oses contradecirlo o desatenderlo, pues pagarás las consecuencias con tu vida. 

     Dicho eso, y sin esperar a escuchar más lamentos de la bestia desterrada, Yeresath se desvaneció en una sombra y se elevó en forma de oscura borrasca, hasta convertirse en una nube remota que marchaba hacia el norte. Bushu quedó entonces solo, en mitad del bosque, confinado a una misión que sin duda se prolongaría eras y eras. Temeroso de las repercusiones de su amo si osaba desafiar la ley promulgada por sus amoratados labios, agachó la cabeza y arrastrando los pies se adentró en el camino que conducía a lo más profundo de Alamba, en busca de aquel que iba a ser su nuevo e inseparable compañero por mucho… mucho tiempo. El crecimiento del sistrian y el nacimiento del ívoles 

     Durante doscientos años el sistrian creció alto y fuerte, convirtiéndose en el más ostentoso arbusto que jamás nació en la tierra de Argos y sobrepasando su su copa más alta a los demás árboles que arraigaban en Alamba. Su tronco era un coloso leñoso y retorcido, que más se asemejaba a un castaño de diez mil años, que a un joven árbol cuya edad apenas superaba los dos siglos. La sabia fluía abundante por los retorcidos nervios que surcaban todo su tallo, un enorme cuerpo que superaba los cien metros de diámetro y se erigía hacia cielo raso otros tantos. La sangre del sistrian, tan espesa que parecía resina, acumulaba tal inteligencia y sabiduría que haría enmudecer a todos los seres vivos de la tierra… ya fueran viejos dragones o rapaces jóvenes. Densas marañas de lianas y enredaderas caían desde el cielo, surgiendo desde las copas más altas, un espeso y nutrido núcleo de verdes hojas alargadas y ramas enmarañadas, y llegaba hasta rozar el suelo, formando una salvaje cortina habitada por todo tipo de insectos y arañas tejedoras. Las raíces del sistrian se alzaban desde el suelo y se erigían metros y metros en el aire, algunas eran tan altas que formaban extraños puentes duros y romos, otras cobijaban en su seno madrigueras de zorros o pequeños nidos donde criaban las musarañas y los furtivos ratones.       Uno no podía dejar de pasar ante el sistrian y no sentirse subyugado por la exótica belleza que desprendía tan inusual árbol. Tal era la magnificencia del sistrian, que muy pronto Arankadas olvidó la desconfianza que le deparaba, y cantó a su alrededor, bendiciéndole y otorgándole la gracia que ya tenían sus otros herederos. La magia de

La Dama Blanca fluyó por sus venas, y el sistrian, ya en sus orígenes, se vio versado en los dones y la fuerza de la diosa naturaleza, un poder muy diferente a la magia que nacía en los engranajes del telar de Gibbon Suth. Sin embargo, el joven árbol debía seguir en silencio a perpetuidad, pues Yeresath todavía no había retirado a su esbirro de las estribaciones, y Bushu seguía vigilándolo día y noche, deslizándose entre los árboles vecinos como una serpiente traicionera o simplemente tendiéndose a sus pies, y acomodando su cornuda cabeza entre los brazos, observando atentamente su negro y hollado tronco. A lo largo de todo ese tiempo, el demonio había comenzado a sospechar algo. Cierto era que el sistrian permanecía siempre callado, y que en ningún momento había logrado hallar en  lo más profundo  de  su tronco un  corazón palpitante que pudiera resguardar vida.  Ni  tan  siquiera  había podido atisbar una pizca de sentimiento. Sin embargo Bushu, a menudo, paseaba entre las enormes raíces del sistrian y percibía un lejano estremecimiento. No era más que un eco vago y remoto, pero era tan melancólico y triste, que el demonio tenía que contener la marcha y alzar la mirada hacia las altas copas para tratar de discernir de dónde venía aquella extraña sensación. Pero el sistrian siempre permanecía callado. En cuanto los ojos ladinos del sirviente de Yeresath lo escrutaban, el sistrian recordaba las advertencias de su creador y guardaba silencio, acallando todo el dolor que pudiera sentir ante tan atípico encierro.

      Y así pasaban las semanas, los meses, los años, las décadas… y los siglos; el vigilante acechando día y noche, tal como le había encomendado su señor, y el durmiente encerrado en un sueño forzoso y demasiado doloroso. Únicamente el sistrian se veía liberado del acecho del demonio cuando el caminante regresaba a Alamba y paraba ante su sombra para reposar sus piernas cansadas. Pero ni tan siquiera entonces podía despertar del todo, pues Miles Der Vand era consciente de la presencia de Bushu, e incluso en esos momentos instigaba a su hijo a guardar silencio y mantener su alegría bien disimulada. Aquella situación angustiaba más y más al joven sistrian, que a pesar de tener vida, a pesar de haber burlado a la muerte, se veía forzado a permanecer encerrado en una tumba de madera. Sus sentimientos se veían sofocados una y otra vez, y sus ansias de vivir fueron sepultadas por una desgraciada depresión. Miles Der Vand trataba de animarlo con canciones y relatos: Historias de tierras lejanas, de batallas entre los grandes dragones blancos, comandados por el noble Hummad, y los siniestros dragones negros sobre las colinas de Punk–A Toe, mucho más al oeste, más allá del Mar de Azag. Le habló del perverso Seméfoles, quinto vástago de Kunna el Negro, cuyas tiránicas ambiciones habían llevado la guerra entre las diferentes estirpes de dragones. Pero todas aquellas proezas y grandes gestas parecían traer sin cuidado al silencioso sistrian, que yacía abandonado a una intensa melancolía. Habitualmente, al ver que era incapaz de mellar en el dolor de su hijo, Miles Der Vand lloraba amargamente y se compadecía de aquella triste criatura, después tenía que partir sin remedio, pues su marcha no podía demorarse, por muy grande que fuera la angustia de tener que dejar abandonado al sistrian a merced, una vez más, de la continua vigilancia de Bushu.       Con el tiempo los conflictos y las disputas en el Jardín de Grandia provocaron que las grandes deidades abandonaran Argos y optaran  por no pisar jamás la tierra, liberando de su yugo a las criaturas mortales que ellos mismos habían moldeado. Así pues el pequeño sistrian quedó olvidado y solo, viéndose privado de las visitas ocasionales del caprichoso caminante y de la Dama Arankadas. Sin embargo, el rencoroso Yeresath, cuya memoria era más fina y maliciosa que la de su opuesto, no olvidó jamás al joven árbol y en ningún momento desvió su atención de los bosques de Alamba, confinando a Bushu a un eterno destierro.      Por primera vez en eras de existencia, los días se volvieron oscuros y salvajes sobre Argos, y durante mucho tiempo reinaron épocas infaustas sobre la faz del joven mundo. Sin el amparo de los dioses, el caos calló sobre la tierra. Los grandes dragones alzaron sus ejércitos y sobre los cielos borrascosos corrió un viento de lamentos y lágrimas. Fueron años de azufre y fuego, de carne desgarrada y cuellos cuellos rotos. Los dragones combatieron en el norte y en el sur, las jaurías aladas tomaron el firmamento, y la estirpe de Hummad, el blanco, combatió al nuevo señor de los dragones negros: Seméfoles el asesino. Emergieron de la sombra Kerín, el gran patriarca  de los dragones verdes y Dueros, señor de los dragones amarillos. Pero un nuevo coloso adalid del mal surgió de una terrorífica pesadilla y se unió a las huestes de Seméfoles: era Budgía, el Gran Rojo, líder de la estirpe de la sangre, el más grande de todos los dragones que jamás han pisado la tierra de Argos. Los dragones se enfrascaron en grandes guerras a lo largo y ancho de todo el continente, y el resplandor del fuego convirtió en día la noche, y en infierno el amanecer. Fueron días tenebrosos en el nuevo mundo, sin embargo en Alamba todo seguía siendo tranquilidad y sosiego, pues la guerra todavía no había llegado al este y los dragones, tanto sirvientes de la luz, como los vasallos de la noche, no osaban derramar su aliento sobre las altas copas de los árboles del gran bosque.       El sistrian, allá en Alamba, sentía el lejano resplandor de la guerra. Era un lánguido eco que llegaba del norte y el oeste, tan funesto y tenebroso que estremecía sus ramas y se adhería como escarcha a su rugosa corteza. El resto de los árboles también podían sentirlo, pero el sistrian era diferente y no solo sentía, sino que también padecía el tormento de la espera y el ahogado nudo de la desesperación. Sin embargo debía permanecer en silencio… siempre en silencio, lo cual provocaba que el dolor que le afligía se volviera más agudo y desproporcionado. En más de una ocasión se había preguntado si  no hubiese sido preferible poner fin a su agonía en las tórridas tierras de Morenea a tener que seguir padeciendo semejante calvario por más tiempo, pero las ansias de vivir y el deseo de percibir el mundo que lo rodeaba eran tan intensos, que una y otra vez acababa alzándose a la desesperación, y continuaba su eterna vigilia. Y así transcurría la vida para el sistrian: lenta y aburrida… demasiado aburrida; pero hubo un día en que todo cambió, y el continuo flujo de los acontecimientos deparó que el durmiente despertara de su obligado letargo y desatara toda su ira. Los engranajes para semejante hecho fueron acuciados por el propio Bushu, que a diferencia del propio sistrian, ya estaba harto de habitar aquel mundo. Doscientos años de exilio habían provocado que el demonio perdiera la cabeza, e instigado por la nostalgia al hogar y la aprehensión que le deparaban aquellos parajes luminosos y bellos, desató toda su ira contra los inocentes habitantes de Alamba. 

     La locura aconteció una mañana de invierno, poco después de la salida del sol, cuando las tinieblas todavía eran acuciantes. Bushu se incorporó sobresaltado y durante mucho tiempo paseó entre las raíces del sistrian como una fiera enjaulada, dando círculos y temblando por las ansias y la desesperación. Todo su cuerpo era presa de intensas convulsiones y su rostro, más espantoso de lo habitual, mostraba una gran impaciencia. Finalmente, cansado y sudoroso, con la cara retorcida y los ojos encendidos por la furia, el demonio se plantó ante el sistrian y comenzó a chillar como un animal cuando es llevado al matadero:      –¡Estoy harto! ¡Harto de ti y de la luz! Harto de ver el sol sobre mi cabeza y encontrar tan solo la paz en la noche. Estoy cansado de escuchar la alegría a mi alrededor y vigilar como un idiota a un ser estúpido incapaz de pronunciar una sola palabra. El aire de este bosque quema mis pulmones, la brisa nocturna hace que mi piel arda. No lo soporto más, patética criatura… no lo soporto más. Quiero que aúlles y grites, que me hables con esa voz ronca que tienes, o que cuanto menos hagas algún gesto para que yo vea que existe vida bajo esa tosca corteza. 

     El sistrian observó en silencio al pequeño demonio, una diminuta figura que se alzaba entre sus gigantescas raíces. Tan insignificante parecía que un simple bufido hubiera bastado para derribarlo. Sin embargo el demonio seguía plantado ante él, desafiándolo con la mirada y señalándolo con sus garrudos dedos. El sistrian no pudo hacer otra cosa mas que callar. Después de doscientos años no iba a rendirse ante una simple pataleta de su verdugo. Así pues, al ver que el dormido seguía guardando silencio, el demonio perdió la poca paciencia que le quedaba, y rugiendo como un animal, se lanzó sobre la raíz más próxima del sistrian. El durmiente sintió como la bestia descargaba todo su peso sobre la cepa e hincaba sus uñas y dientes en la delicada corteza. De inmediato un agudo dolor recorrió todo su cuerpo, y su tallo estuvo a punto de estremecerse a causa de una gran convulsión. Pero el aullido que pugnó por brotar de su corazón, escondido en lo más profundo de su tronco, quedó acallado y el silencio continuó preponderando en los bosques de Alamba. El demonio, loco de furia, alzó la mirada hacia la copa del árbol, y sin soltar la raíz, rugió con todas sus fuerzas, retándole a que le dijera algo. Cuando obtuvo como respuesta el silencio, hundió más aun sus uñas en la raíz, y sus colmillos, duros como el acero, desgarraron la fina corteza, bañándose con la sangre de su presa. Pero el sistrian seguía en silencio, y a pesar de todo el dolor que sentía, ocultaba sus sentimientos al jorobado demonio.      –¿Por qué guardas silencio, estúpido ser? ¿Por qué a pesar del dolor te obstinas en seguir callado? –bramó Bushu con la boca manchada de sangre y las garras todavía hundidas en la piel del sistrian–. ¡Sé que estás vivo! ¡Sé que estás vivo! ¡Habla! ¡Muévete! ¡Hazlo de una vez, patética criatura! 

     Pero el sistrian sentía tal apego a la vida, y las palabras de advertencia del caminante seguían tan vívidas en su memoria, que no hubo fuerza humana en la tierra que le hiciera abrir la boca. Ya podía el diablo descargar toda su furia sobre él, o causarle todo el daño del mundo, que su corazón seguiría cerrado y estancado. Pero la crueldad de Bushu no tenía límites, y enloquecida su mente, estaba dispuesto a no cesar en su empeño hasta que aquel estúpido árbol se rindiera. Ahora más que nunca estaba seguro de que el durmiente estaba vivo, su amo tenía razón, una voz interior, un instinto primario e ineludible, así se lo decía, consumiendo su mente y desatando su impaciencia. De un brinco se apartó de su presa, y volvió a caminar en círculos alrededor del árbol. Sus manos se retorcían ansiosas a su espalda, y sus  ojos, consumidos por la locura y el delirio, se desviaban una y otra vez hacia el árbol. Esta vez el joven sistrian sintió temor ante lo que pudiera estar planeando el demonio, pero a pasar de la angustia que sentía, una vez más guardó silencio y permaneció atento a las reacciones de su despiadado guardián.      De pronto Bushu se hartó de seguir caminando alrededor del árbol, y esgrimiendo una tétrica sonrisa que ensombrecía aun más su enloquecido rostro, se apartó del durmiente y dejó entrever en sus rasgos una maléfica expresión que atemorizó aun más al sistrian. Sin mostrar piedad o advertencia, el diablo se arrojó contra un pequeño olmo que crecía junto a las raíces del sistrian. Era un pequeño árbol que no tendría más de cincuenta años. El sistrian lo había visto nacer y crecer, sus ojos habían sido testigos de como el pequeño arbusto germinaba en las ricas tierras de Alamba, y se desarrollaba a su lado, amparándole con su compañía y resguardándole de la soledad.  La indignación hizo mella en el corazón del sistrian cuando las uñas del diablo se clavaron en la fina piel del olmo, y con un simple zarpazo, arrancó su corteza de cuajo, desgarrando un gran trozo del tronco y desfigurando su orgullosa silueta. Un temblor agitó la tierra, y durante breves segundos las raíces del gran árbol se removieron entre espasmos de dolor e indignación. Pero aquella rabieta tan solo duró unos segundos; un instante de conmoción que el diablo, imbuido por sus instintos lascivos y despiadados, ni tan siquiera llegó a captar. Bushu mutiló al olmo sin mostrar piedad, después ciego por la rabia y por la ira, se arrojó contra otro árbol, un viejo castaño, y volvió a atacar esgrimiendo sus puntiagudas garras. 

     El sistrian, horrorizado, vio como el diablo iniciaba una despiadada carnicería entre los viejos e inocentes árboles de Alamba. Los atacaba mostrando una gran crueldad: rasgaba con sus uñas las cortezas, se encaramaba a sus copas como un hurón montaraz y arrancaba sus miembros a zarpazos. Rasgaba las ramas más altas y deshojaba los hermosos y verdes crespones. Rompía a patadas las raíces, mordía los nervios cargados de savia vital, manando a sus pies auténticas riadas de sangre y dolor; doblaba los troncos más finos y tiraba con todas sus fuerzas de los ramales más bajos, partiéndolos de cuajo y abandonándolos en el suelo con total impunidad. La tierra se llenó de astillas y leñosas extremidades amputadas, las hojas desgarradas y arrugadas se acumularon en enormes piras funerarias, y las raíces desarraigadas surgieron de las entrañas de la tierra como enormes miembros que tan solo clamaban la piedad del tirano. Pero éste no se detenía, y conforme más torturaba a aquellos inocentes seres que nada habían hecho en su contra, mayores eran las ansias asesinas que movían sus actos. El sistrian, conmocionado ante semejante villanía, sintió como el horror se apoderaba de todos sus instintos. Todos aquellos seres que hoy eran torturados y mutilados, habían sido compañeros en su vigilia. Los había visto crecer y desarrollarse, y había escuchado sus silenciosas voces a lo largo de años y años de perpetuo silencio. Hoy en cambio todo eran gritos y lamentos. Quizás el demonio no llegara a escucharlos, pero el sistrian podía oír perfectamente sus aullidos de dolor, provocando una gran conmoción en su corazón. Todo Alamba clamaba agonizante, pues por primera vez desde su nacimiento, el bosque era atacado y humillado por una criatura mortal.      Enardecido e iracundo, y dejando atrás un coro de lamentos desgarradores, Bushu se situó ante un pino y llevó sus garras hasta el tronco de la pequeña criatura. Haciendo acopio de todas sus fuerzas, el demonio comenzó a empujar, tirando una y otra vez de la endeble figura. El sistrian escuchó el grito agudo y aterrorizado del pino, y una vez más su corteza tembló a causa de la ira. Pero el demonio mostró la misma piedad que había exhibido hasta entonces, y continuó empujando con todas sus fuerzas. De pronto el lánguido chillido del pino quedó desgarrado por un chasquido estremecedor… después la voz del joven árbol murió para siempre y un silencio ominoso y expectante se alzó en el ambiente. Pasados unos agónicos segundos, el tronco se partió en dos, despidiendo una nube de astillas y madera desgarrada, y el árbol se vino abajo con gran estruendo, golpeando la tierra y provocando que los cimientos de Alamba se estremecieran ante tan tremenda sacudida. Bushu saltó hacia atrás y contempló al árbol muerto con una sonrisa lasciva. Ahora todo el bosque guardaba luto, y el silencio era tenso y ominoso. Los árboles, horrorizados ante la muerte del indefenso pino, permanecían expectantes; el terror irracional se acumulaba en todos rincones como espeso y denso vaho, y el ambiente, cargado de tensión, se llenó de una quietud inescrutable. 

     Bushu miró a un lado y a otro, expectante a todo cuanto le rodeaba o atento a lo que pudiera suceder. Todo permanecía en calma a su alrededor. De pronto un escalofrío recorrió su cuerpo y su piel, erizada y puntiaguda, comenzó a temblar presa de un intenso paroxismo. El bosque le tenía miedo, el bosque guardaba silencio a sus pies… él era el dueño de aquel abominable lugar. Todo cuanto lo rodeaba, por muy mágico o ancestral que pudiera parecer, languidecía indefenso a su merced. Una carcajada histérica brotó de lo más profundo de su garganta y estalló en el bosque, rasgando la quietud. Durante un buen rato el diablo rió a mandíbula batiente, burlándose de todos los habitantes de Alamba y alimentándose con el dolor y la indignación, que como una brisa gélida, emanaba de todos aquellos borregos indefensos. Su escarnio perduró durante muchos minutos e hirió profundamente a los árboles y a las plantas, pero conforme la burla iba en aumento y la desesperación de los indefensos arbustos crecía y crecía, una nueva sensación se alzó en la quietud del claro y atenazó a todos sus habitantes. Todo comenzó como una leve neblina, pero pronto se extendió en el valle como un denso manto de bruma turgente e imparable. El diablo dejó de reír y sus ojos se convirtieron en meras rendijas. De pronto captaba algo, un destello inaccesible, una sensación que no sabía muy bien como definir; se asemejaba a una espeluznante vibración, cargada de electricidad, que provenía de su espalda y erizaba el vello de su nuca. Un funesto presentimiento se hizo paso en su subconsciente y de inmediato la burla y el escarnio quedaron acallados por una intensa sensación de horror. Un miedo irracional se apoderó de todo su ser, pues comprendió que el ser que expelía semejante conmoción, era tan poderoso que podría acallar el rugido del dragón más fornido de Argos.      Conforme fue girando sobre sí mismo, encarando a su inminente e ineludible destino, el demonio comprendió a lo que se enfrentaba. Por fin había logrado alcanzar su objetivo. La espera concluía y el destierro llegaba a su fin. El sistrian      Bushu miró a un lado y a otro, expectante a todo cuanto le rodeaba o atento a lo que pudiera suceder. Todo permanecía en calma a su alrededor. De pronto un escalofrío recorrió su cuerpo y su piel, erizada y puntiaguda, comenzó a temblar presa de un intenso paroxismo. El bosque le tenía miedo, el bosque guardaba silencio a sus pies… él era el dueño de aquel abominable lugar. Todo cuanto lo rodeaba, por muy mágico o ancestral que pudiera parecer, languidecía indefenso a su merced. Una carcajada histérica brotó de lo más profundo de su garganta y estalló en el bosque, rasgando la quietud. Durante un buen rato el diablo rió a mandíbula batiente, burlándose de todos los habitantes de Alamba y alimentándose con el dolor y la indignación, que como una brisa gélida, emanaba de todos aquellos borregos indefensos. Su escarnio perduró durante muchos minutos e hirió profundamente a los árboles y a las plantas, pero conforme la burla iba en aumento y la desesperación de los indefensos arbustos crecía y crecía, una nueva sensación se alzó en la quietud del claro y atenazó a todos sus habitantes. Todo comenzó como una leve neblina, pero pronto se extendió en el valle como un denso manto de bruma turgente e imparable. El diablo dejó de reír y sus ojos se convirtieron en meras rendijas. De pronto captaba algo, un destello inaccesible, una sensación que no sabía muy bien como definir; se asemejaba a una espeluznante vibración, cargada de electricidad, que provenía de su espalda y erizaba el vello de su nuca. Un funesto presentimiento se hizo paso en su subconsciente y de inmediato la burla y el escarnio quedaron acallados por una intensa sensación de horror. Un miedo irracional se apoderó de todo su ser, pues comprendió que el ser que expelía semejante conmoción, era tan poderoso que podría acallar el rugido del dragón más fornido de Argos. 

     Conforme fue girando sobre sí mismo, encarando a su inminente e ineludible destino, el demonio comprendió a lo que se enfrentaba. Por fin había logrado alcanzar su objetivo. La espera concluía y el destierro llegaba a su fin. El sistrian había despertado. El suelo tembló, y las gigantescas raíces comenzaron a agitarse alrededor de la pequeña criatura como enormes tentáculos dotados de vida. Los cimientos del bosque rugieron como insaciables pozos de lava incandescente, y profundas grietas rompieron con virulencia el accidentado terreno. Bushu sintió como los árboles comenzaban a ulular y a gemir. Sus ramas, enardecidas por el repentino destello de vida que había surgido del durmiente, se agitaban arriba y abajo, creando una gélida brisa que caló en los huesos del despiadado demonio. De pronto todo el bosque parecía haber cobrado vida a su alrededor y un murmullo aterrador, formado por miles y miles de voces susurrantes, ahogó el negro corazón del tirano. Todos clamaban contra él… todos clamaban contra sus crímenes, y al frente de todas aquellas voces, al frente de aquel horror sin igual, se alzaba lleno de vida el colosal sistrian.       Bushu trató de escapar de aquel infierno, pero a sus espaldas se alzaron enormes raíces que se convirtieron en una barrera infranqueable. El demonio calló de rodillas, y perdiendo la razón a causa del terror que embargaba todo su ser, se arrojó a los pies del árbol y gimió como un animal asustado. Pero el sistrian estaba loco de furia, y después de dos siglos de silencio y esclavitud, no iba a mostrar piedad alguna ante aquella miserable bestia. Su voz, un trueno desgarrador que se escuchó en todos los rincones de Alamba, emanó del corazón del árbol y rompió los llantos de la patética criatura. 

     –Durante doscientos años he soportado tu asedio. Durante doscientos años he guardado silencio, y los únicos compañeros que han acompañado mi soledad han sido todos estos árboles… –La voz ronca del sistrian se vio coreada por el susurro ululante de los árboles. Juntos crearon un coro fantasmagórico que enloqueció aun más al sirviente de Yeresath–. Soportaré todas las heridas y las injurias que quieras levantar en mi contra, pero jamás… ¿Me oyes, bien, patética criatura?… ¡Jamás!… permitiré que alces una sola mano en contra de mis inocentes amigos. Ahora paga por tus crímenes y acepta tu castigo.      Bushu rompió a gritar desesperado, pero antes de que pudiera hacer algún movimiento, las enormes raíces del sistrian cayeron sobre él, y devoraron su cuerpo como una enorme ola que viaja perdida en mitad de un huracán, cerrándose en un prieto puño. Un crujido de huesos rotos y carne desgarrada se escuchó en todo el valle, después los enormes tentáculos del sistrian volvieron a sumergirse bajo tierra y desaparecieron en las entrañas de Alamba, llevándose consigo al desmembrado demonio. Lentamente el ulular de los árboles fue decreciendo y el silencio volvió a predominar en la zona. El sistrian, satisfecho, respiró hondo y su aliento llenó de tranquilidad a Alamba. El bosque había obtenido su venganza y la paz volvía a reinar entre sus fronteras. 

     Durante mucho tiempo el sistrian lloró desconsolado. Era consciente de que había roto su promesa con el caminante. Había violado su vigilia para responder a la mísera reacción del verdugo, aquello sin duda le acarrearía problemas, pero su bondad y su benevolencia eran tan grandes que no permitiría que ninguno de aquellos seres pacíficos sufriera mal alguno ante sus ojos. Los árboles habían sido sus únicos compañeros durante doscientos años. Conocía sus nombres y sus vidas, y en muchos de los casos, había sido testigo de su nacimiento y su posterior desarrollo. La caída del pequeño pino, la muerte prematura de aquella criatura, había desatado toda la rebeldía acumulada en las entrañas del sistrian, lo cual le había llevado a sublevarse contra su destino y poner fin a las villanías del demonio. Ahora, retornada la calma, el sistrian era consciente de que había actuado en contra de sus propios intereses y que la muerte acechaba muy cerca. Durante horas inacabables lloró y lloró desconsoladamente, pues no deseaba encontrarse una vez más con el negro rostro de la parca. Todavía guardaba en la memoria, en lo más profundo de su cabeza, el agónico final que años atrás aguardara a su anterior reencarnación, también recordaba la milagrosa intervención del caminante cuando su suplicio era más desesperado. Sus enormes raíces se estremecieron bajo tierra y de las grietas de su tronco manó savia entremezclada con lágrimas. El tormento se volvió agónico y las horas se convirtieron en una tensa espera, como la del reo que espera la muerte en el calabozo. Por fin, al anochecer, y cuando la desesperación del sistrian era más acuciante, el cielo se llenó de nubes negras y una voz cruel surgió de las tinieblas.      –Existe vida en lo más profundo de ese duro y romo cascarón –la voz ostentosa y rugiente de Yeresath rompió la noche y se desató por todos los rincones de Alamba. El sistrian, incapaz de ocultar su miedo, retorció todo su cuerpo, y sus altas ramas se postraron en una mueca desesperada, como si quisiera resguardarse de aquella voz maligna que llegaba desde el infierno y a la vez suplicar angustiado por su vida–. El caminante mintió en su día, y no solo eso, sino también desafió a las leyes elementales del Universo.  No existe bien sin mal, y mal sin bien. Estoy en mi derecho a reclamar derecho de ofrenda por el agravio cometido por Miles Der Vand. Podría crear una nueva estirpe que caminara sobre Argos y al igual que mis vasallos oscuros, ostentaran la marca del caos y las tinieblas, pero no es ese mi deseo. Mi interés es el de acabar con la vida del pequeño usurpador. Es mi deseo dar muerte a tu patética creación, Miles Der Vand. Acabar con él ante tus patéticos ojos y observar desde mi trono en el Abismo como lloras impotente su muerte. 

     Yeresath guardó silencio y durante unos instantes todos en Alamba esperaron la respuesta del gran dios de la creación y la benevolencia. El sistrian, horrorizado, rezó porque la voz del caminante acudiera una vez más en su auxilio, y a su oración se sumó el susurro de todas las plantas y los árboles que crecían en el bosque. Pero esta vez el silencio fue la única respuesta a la amenaza de Yeresath y el sistrian comprendió que estaba solo ante el inquisidor.      –Así sea pues –respondió la voz de Yeresath–. No puedo retornar a Argos en mi forma mortal pues el pacto de no intervención así me lo impide. Pero el agravio cometido contra las leyes elementales de la creación me otorgan la potestad de obrar en consecuencia. De esta manera, yo Yeresath, señor del Abismo, condeno al sistrian a una muerte inmediata y al olvido eterno de su estirpe. 

     Un grito horrorizado surgió del corazón del condenado, y como un eco incontenible descendió por su tronco y se expandió por las entrañas del bosque, conmocionando y desatando el horror entre todos los habitantes de Alamba. Pero ninguno de los allí presente podía hacer nada por salvaguardar la vida del gran pastor, y antes de que su grito se extinguiera, las nubes retumbaron en el cielo y un enorme rayo descendió desde la bóveda celeste, partiendo en dos la noche y llenando de reflejos eléctricos  y cegadores las negras nubes que cubrían todo Alamba. El sistrian se estremeció por última vez, y antes de que pudiera resguardarse, la lengua del rallo pulverizó su mullido crespón de hojas, y como una espada turgente partió el enorme y colosal tronco en dos, desgarrando la corteza, quemando las temblorosas ramas y dividiendo el enorme corazón. Las raíces emergieron del suelo y se estiraron en un último y desesperado estertor, la voz del sistrian se extinguió y un crujido desgarrador retumbó en todo el valle y se extendió por el bosque, afligiendo los corazones de todos aquellos que pudieron escucharlo. Se alzó una blanca polvareda en los alrededores, y cuando ésta se disipó, quedaron al descubierto los restos del sistrian. El gran árbol todavía permanecía en pié, pero su tronco se abría en dos, como una enorme uve deformada y marchita. Sus ramas caían mortecinas y sus raíces, perdido el último suspiro de vida, se desplomaban en el suelo desgarradas y baldías.  Un enorme torrente de sangre manaba de las entrañas desgarradas del sistrian, manando de su corazón partido y sembrando el suelo de enormes afluentes de líquido dorado y cárdeno. El sistrian había dejado de sufrir y su silencio, antaño forzoso, hoy se convertía en una mortaja que desgarró dolorosamente a todos los habitantes de Alamba. El bosque, ensombrecido por la oscuridad desatada por Yeresath, lloró enlutado la muerte del joven sistrian. Mientras tanto, el regocijo del dios de la oscuridad ensombreció aun más el ánimo de los árboles y las plantas de la región. Todo había acabado demasiado rápido y de forma trágica, y la imagen del sistrian sería recordada durante mucho tiempo en Alamba.      Eufórico, Yeresath retrocedió en la noche, y las negras nubes se disiparon lentamente. La presencia del oscuro se volvió menos ominosa, y finalmente, tan de repente como había irrumpido, desapareció sin dejar el menor rastro, provocando que todos los seres vivos, ya fueran árboles o animales, respiraran aliviados. La luna volvió a brillar en el cielo, y un haz argento recayó sobre el cuerpo mutilado del sistrian. La sangre del caído se volvió plata y el tronco oscuro se tornó tan pálido que pareció haber perdido de repente todo el color que una vez bañó su semblante. El silencioso ulular de los árboles volvió a desatarse por todo el bosque y Alamba se convirtió en un coro de lamentos que cantaban la muerte del joven sistrian… 

     Miles Der Vand, abatido sobre su trono del Palacio Dorado de Casalthûrr, en los Jardines de Grandia, lloró amargamente la muerte del pequeño sistrian. Había tenido que asistir impotente a su extinción. Nada había podido hacer por salvarlo, pues como ya había dicho en su día, quizás si fuese responsable de su nacimiento, pero no de su posterior desarrollo. Ya había roto una vez el precario equilibrio del Universo, así que no podía desafiar de nuevo las leyes elementales que regían la vida y la muerte. Incluso él tenía responsabilidades que cumplir y normas a las que atenerse. Tampoco podía permitir que el Caos Absoluto cayera en el mundo de los mortales a causa de sus caprichos; era Dios Supremo y su cargo le impedía actuar al libre albedrío. Sin embargo la ternura que el pequeño sistrian había despertado en su corazón era tan grande, que lloró durante mucho tiempo su muerte y su recuerdo le llenó de un vacío demasiado doloroso. Fue entonces cuando una voz firme interrumpió su desvelo.      –Al final tus caprichos han deparado la tragedia. 

     Miles Der Vand, furioso ante tan atrevida interrupción, se volvió bruscamente y se encontró cara a cara con Arankadas. El primer sentimiento que cruzó por la mente del Dios Supremo fue un rencor desgarrador ante aquella criatura que había permitido la irrupción del mal en el seno de su creación. Sus palabras influenciadas por el dolor y el odio fueron en ese sentido.      –¡Cómo osas hablarme así, precisamente tú que has permitido la llegada del mal y la oscuridad a los Bosques de Alamba y de Kathur! ¡Cómo osas hablar con tanta ligereza! Guárdate tu lengua impía, y no me perturbes con ella. 

     Pero Arankadas, lejos de dejarse amedrentar por el señor de los dioses, continuó hablando con la misma rigidez.      –Yo cometí un pecado en su día y hoy también pago las consecuencias –de pronto el melodioso susurro de Arankadas se vio teñido de un tinte melancólico y triste–. Al principio, cuando plantaste la simiente del sistrian en mis bosques, me sentí tan agraviada que inevitablemente me dejé llevar por el orgullo. No podía permitir que alguien ajeno a mí pudiera mancillar la obra que tanto esfuerzo me había costado crear. Con tan ladino pensamiento, actué de forma brusca e impropia de una madre que ama a sus hijos, y rompí el sello que protegía a mis bosques, permitiendo la entrada de la oscuridad en su seno. Sin embargo, cuando el sistrian comenzó a crecer y se convirtió en el corazón de Alamba, comprendí que su presencia no era inocua, y que en cambio si que engalanaba, aun más, la belleza de mi propia creación. El sistrian ha muerto por proteger a mis hijos: los árboles. Rompió su silencio y faltó a su palabra no por orgullo ni rencor, sino por piedad. El sistrian era conocido entre los árboles como el Pastor de Alamba, y su recuerdo será eternamente perpetrado entre los de su especie. 

     –Todas estas palabras no te salvan de haber sido la causa de la muerte del sistrian –replicó Miles Der Vand furioso–. Si no hubieras roto el sello de protección que ahuyentaba a la oscuridad de Alamba, Yeresath jamás hubiera sabido de la existencia del sistrian.      Arankadas afirmó con un cabeceo, pero su rostro continuó mostrando rigidez y hermetismo. 

     –Quizás yo sea responsable de eso, pero no me hagas culpable de tus actos banales y extravagantes. Yo no he desafiado a las leyes elementales por un simple capricho o por pura altanería. Tú en cambio sí lo hiciste. Creaste al sistrian sabiendo a lo que te exponías. Le infundiste vida sabiendo que desafiabas a una ley ancestral que debe de regir en la tierra. Quizás lo salvaras de una muerte prematura, pero por un simple capricho, lo condenaste a una vida de austeridad y y de silencio. El sistrian nunca fue libre, pues tú mismo le ajustaste una mordaza alrededor de su cuello. Ningún ser vivo puede ser feliz privado de libertad… privado de exponer sus sentimientos en público y obligado a permanecer en un silencio imperecedero y fortuito. El sistrian fue infeliz en vida, y tú, omnisciente señor, fuiste causante de ello. Así pues, no me hagas responsable de su desdicha ni de su muerte, pues tú, y únicamente tú, eres el causante de ello.       Miles Der Vand, sombrío ante las palabras de la diosa, buscó algún argumento que esgrimir en su defensa, pero se quedó sin palabras al comprender que ella tenía razón. De pronto toda la rabia que sentía hacia Arankadas y el odio que habitaba en su corazón hacia el pérfido Yeresath, se convirtieron en un dolor inconmensurable que le afligió el corazón de tal manera, que sus ojos estallaron en un torrente de lágrimas que cayeron sobre la enorme Pila Sagrada. El agua bendita en ese momento reflejaba los despojos en que se había convertido el sistrian y las lágrimas del dios cruzaron irremediablemente el nexo que unía el mundo de los infinitos con el de los mortales, convirtiéndose en una espesa llovizna que se derramó por toda Alamba.      Arankadas contempló en silencio el dolor de su señor, y conmocionada, observó la imagen desoladora que reflejaba la Pila. El sistrian yacía abandonado y muerto, convertido en un despojo humeante que ahora era bañado por la lluvia en mitad de la noche. Sintió demasiada angustia al recordarlo majestuosamente bello; luciendo su augusta corona de ramas y hojas por encima de las copas de los árboles, y alumbrando con su cálida presencia todo el bosque de Alamba. Percibió como una oleada de piedad acongojaba su maltrecho corazón al rememorar la manera en que, actuando por salvaguardar la vida de los árboles –sus propios hijos– el  sistrian  había  sacrificado  su vida. De pronto se reveló ante aquella situación, y comprendiendo que aunque no ostentaba el cargo de dios supremo, estaba en sus manos el don de conceder nueva vida, acarició con las yemas de sus dedos las mejillas del caminante y dejó que un soplo de poder se entremezclara con las lágrimas que manaban de los ojos de Miles Der Vand. Aquel hálito mágico de la dama Arankadas estaba impregnado con la misma gracia que había infundido vida a los animales y a las plantas, que unido a las lágrimas de dolor que derramaba el caminante, se convirtieron en un nuevo flujo portador de savia y magia ancestral que calló en forma de lluvia sobre la tierra de Argos, recalando en los despojos del sistrian.      La sangre del sistrian se entremezcló con aquella lluvia dorada y humedeció las raíces del caído, filtrándose en su gruesa corteza. De pronto todo el sentimiento y la pena que habían muerto junto al sistrian, se convirtieron en un turgente torrente de savia que volvió a latir por las venas moribundas del árbol, trayendo nueva vida, y provocando que los recuerdos del ser extinto resurgieran con más fuerza que nunca. Miles de corazones, impregnados con la benevolencia que ostentara en el pasado el piadoso corazón del sistrian, comenzaron a latir al unísono en la oscuridad del viejo tronco.      En los Jardines de Grandia los dioses quedaron maravillados ante aquel inesperado milagro, y Arankadas, sonriente, comprendió que una vez más había sido madre de una nueva estirpe que poco a poco despertaba en las entrañas del sistrian. Miles Der Vand, extasiado, se apoyó contra la pila y clavó sus ojos en el tronco de su vástago, que de repente había comenzado a latir espasmódicamente, como si una criatura nueva y primigenia pugnara por abandonar su encierro de aquel útero sin vida. Pero no era una, sino miles, las criaturas que anhelaban encontrar la libertad y emerger al nuevo mundo. De pronto la raíz más ancha del sistrian se desgarró con un sonido de madera resquebrajada y de ella brotó un ser cuyo aspecto era semejante al de los propios dioses o a la forma humanoide que los grandes dragones podían adoptar a voluntad. Estaba desnudo, y la sabia del sistrian todavía chorreaba por toda su piel. Pero aquel ser era mucho más hermoso que cualquier criatura que pisara entonces

la Tierra de Argos, pues la bendición de Arankadas latía en lo más profundo de su pecho. La mente del recién nacido estaba encadenada a los dones de la bondad y la honestidad, pues era heredero de la gracia con que Miles Der Vand había bendecido al sistrian, pero a su vez toda la magia ancestral y la belleza de la que hacía gala

La Dama Blanca, inundaban su joven espíritu. El ívoles, o el primero, contempló la luz del día, y el primer rayo de sol de la mañana, dorado y templado, caldeó su piel desnuda y temblorosa. En el acto toda la sabiduría acaparada por el sistrian a lo largo de años y años de existencia, se almacenó en su memoria, y el primer zeth de aquella nueva raza fue el más sabio y poderoso. Mientras el recién nacido contemplaba Alamba, el bosque que sería su hogar a lo largo de eras y eras de existencia, a sus espaldas, la corteza del árbol fue rasgándose, como una placenta lista para ser abandonada, y otros muchos seres semejantes al ívoles surgieron de las entrañas del árbol y vieron la luz del sol. Era un nuevo pueblo: la raza de los sistrianos; herederos de

la Sangre de Sistrian y portadores de la llama de Alamba. En el futuro serían llamados elfos por la lengua de los humanos, pero hoy, en su génesis remota y ancestral, eran simplemente los sistrianos, hijos de la pequeña semilla rescatada de los llanos de Morenea, y engendrados por la magia de la dama Arankadas y el amor incondicional del Dios Supremo de

la Bondad.

      En su oscuro cubil, Yeresath se revolvió furioso y asqueado ante aquella nueva afrenta contra su voluntad. Pero aquellos nuevos seres estaban fuera de su alcance, pues su vida no había nacido de la gracia de su opuesto, sino de la mano de dos dioses, y en cierto modo aquello los salvaba de las reglas que regían la balanza entre las diferentes dotes del Universo. Sin embargo mil maldiciones surgieron de sus negros labios. El demonio habló de orgullo, el mismo orgullo que

La Dama Blanca, madre de los sistrianos, había mostrado al romper el sello mágico que protegía a los bosques del asedio de la oscuridad; habló de disgregación y ruptura; habló de tragedias y penas que tendrían que soportar aquellos hijos de la luz y la naturaleza… pero sus palabras no eran más que presagios que inevitablemente se perdieron en el devenir del tiempo y en el ocaso de la vida. Hoy la siniestra garra de Yeresath se hallaba muy lejos de aquel pueblo recién nacido y nada podría hacer en su contra… al menos él directamente. Recapacitando en su trono del Abismo, el demonio guardó silencio y comenzó a perpetrar nuevos planes en contra de aquellos que osaban desafiar su mandato y su indiscutible deseo de oscuridad perpetua sobre

la Tierra de Argos. Yeresath guardó silencio y su pensamiento se diluyó en los funestos paisajes del negro Abismo en el que se hallaba encerrado.

      En la tierra de los mortales, mientras los grandes dragones combatían en los cielos, y los caprichosos dioses desviaban su atención hacia otros menesteres más placenteros, el pueblo de los elfos comenzó a caminar por Alamba, dejando atrás al padre caído y siguiendo los pasos del ívoles, que inevitablemente los arrastraba hacia un glorioso futuro que el pequeño, y hoy fenecido sistrian, tan sólo había llegado a imaginar en sus sueños más profundos y placenteros. 

© 2004, David Mateo. 

Sobre el autor: David Mateo Escudero nació en 1976 en la ciudad de Valencia, España. Actualmente cursa estudios empresariales Y ha escrito cuatro libros, entre los que cabe destacar Nicho de Reyes, que actualmente se está publicando en comicvia.net, aurorabitzine.com y en el fanzine castellonés

La Filoxera. David, además, ha escrito gran cantidad de relatos (terror, fantasía, ciencia ficción…), la mayoría de ellos encuadrados en el mundo de Argos (lugar donde se desarrolla Cubil abyecto). David actualmente está a la espera de la posible publicación de Nicho de Reyes mientras compagina la redacción de relatos con su nuevo libro infantil Las aventuras de Tobías Grumm y el zorro Sid y la segunda parte de Nicho de Reyes titulada El último dragón. A la hora de señalar algún autor que le haya sido de influencia David nos proporciona los nombres de George R.R. Martin y Andrezej Sapkowski.

 

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