Editorial TauZero #2

May 1, 2003 by rmundaca · Leave a Comment 

por Rodrigo Mundaca Contreras

El primer número de TauZero nos dejó satisfechos. El resultado de tanto esfuerzo, ya sea enviando frenéticos e-mails o llamando por teléfono para convencer a algún potencial escritor, funcionó.
Incluso se dio el caso que el editor, de vacaciones en Santiago de Chile, concertó una entrevista con un potencial colaborador. La persona en cuestión accedió y le indicó la dirección de su casa. Considerando que vuestro humilde servidor no conocía la capital, calculó mal la distancia a caminar y, en vez de ser los 200 metros estimados, resultaron varios kilómetros.

Finalmente llegué a la casa del estimado, con unos 40 minutos de retraso, bastante abochornado por la caminata y hasta un poco asustado pues ya comenzaba a hacerse tarde. El detalle es que llegué justo a la hora de la cena… ;-)

Como pueden apreciar, el trabajito que me impuse tiene un poco de peligros físicos… Por cierto, el ensayo que logré extraerle al amigo en aquella oportunidad será incluido en el próximo número.
Pero ahora estamos en el segundo número y es necesario comentar lo que se ofrece en esta oportunidad.

En primer lugar, está el largamente esperado aporte de Pablo Castro con un interesante relato de vida y muerte (¿o vida artificial?). Por otro lado, Gabriel Mérida, nos cuenta una historia un tanto deprimente en un sumergido Chile del Futuro.
Jorge Balej, un físico trasandino, quien se considera a sí mismo un escéptico constructivo, nos habla sobre lo que se sabe sobre parasicología y, como no, lo mezcla con ciencia ficción.

En la sección Opinión [Masa Crítica], Carolina Nishii, desde el país del Sol Naciente, nos habla del “Shock del Futuro” y de lo afortunados que somos los lectores de ciencia ficción, al estar relativamente inmunizados contra él.

Finalmente, el plato fuerte: En este número se comienza con la primera entrega de la novela “Ygdrasil” del chileno Jorge Baradit. Dado que su extensión es considerable, se decidió publicarla por partes.

Espero que el esfuerzo invertido en el proyecto TauZero sea del agrado de los jueces: los lectores. Para nosotros es fundamental el feedback que nos puedas transmitir, para ir mejorando. Por esta razón te invito a que nos envíes e-mails con tus sugerencias y comentarios, quejas y cualquier cosa que estime conveniente que debamos saber.

Por supuesto, si tienes material escrito (o ilustraciones inéditas para adornar la portada) y deseas publicarlo con nosotros, no esperes más y envíalo. Así, junto con ser el juez tendrás la oportunidad de ser juzgado. de este modo, no sólo estarás aportando al desarrollo de nuestro proyecto, sino que también al desarrollo y divulgación de los temas que aquí se transmiten.

Atentamente
El Editor. Mayo de 2003

Reflejos

May 1, 2003 by rmundaca · 1 Comment 

por Pablo Castro

Penétralo, y comprenderás mejor:
que la vida se nos muestra en un reflejo.
Pintado.

Anoche maté a mi hijo Mauro.

Bueno, no fui yo precisamente quién lo hizo. Sólo me limité a darle la orden al ejecutivo de V.I.P. para que terminaran de una vez con él. Por cierto que tampoco era mi hijo. Había vivido en nuestra casa durante varios años y supongo que eso era suficiente para sentirme atado a él. En realidad no lo tengo muy claro. Debí terminar con él desde el principio y si no lo hice fue porque lo había olvidado. ¿Significaba nada para mí? Y de ser así, ¿por qué me estremecía al verlo?

Lo tenían en una especie de sala de juegos, donde resaltaban colores infantiles y accesorios para construir o dibujar cosas. Mauro permanecía sentado en una esquina. Me acerqué muy despacio.

–Hola, hijo.

El niño levantó su cara y esbozó una sonrisa que semejaba cualquier cosa. Concentré mi mirada en él: cabeza pequeña y deforme. Frente alta y aplanada. Ojos rasgados hacia arriba. ¿Podía entender lo que era y dónde estaba en ese momento? ¿Podría yo mismo explicárselo? Bueno, digamos que estábamos ahí, los dos, como en los viejos tiempos, y tal vez era la única verdad plausible de entender. Me concentré en ese punto y obvié cualquier clase de sentimiento.

Mauro alzó sus brazos, tratando de alcanzarme con sus manos cortas y anchas. Quería que lo tocara o bien que extendiera mis propias extremidades hacia él. Sólo atiné a tragar saliva y a retroceder lentamente. El rostro de Mauro no varió, quedando congelado en su sonrisa estúpida e inalcanzable. No era mi hijo. Yo no era su padre. Pero me quería igual. Me querría siempre. Y eso era algo que se me hacía difícil de soportar.

Levanté mi mano derecha hacia la cabeza y toqué mi sien. El ambiente comenzó a disolverse y una tenue oscuridad cubrió todo alrededor. Cuando abrí los ojos me encontré en la consola de interacción pegada a mi cuerpo. Me quité los guantes y el casco, tratando de absorber de nuevo el paisaje real. A mi lado el ejecutivo de V.I.P. esperaba mi veredicto final. En su mano había una agenda holográfica esperando mi firma.

–Bórrenlo –ordené sin mirar a nadie.

* * *

Hubo una vez una familia.

Estaba el padre, su mujer y una hija llamada Ana María. Vivían en Santiago y durante muchos años fueron una familia muy unida y que se amaba mutuamente, hasta que de pronto las cosas comenzaron a desintegrarse y cada uno se convirtió en una extraño para el otro, a tal punto de ser nada más que reflejos de sí mismos, interactuando automáticamente: ese es el resumen burdo de nuestra historia.

Pero no era de la forma en que yo lo recordaba constantemente. Por las noches, cuando el sueño me abandonaba, la historia de mi familia llegaba en perspectivas de imágenes sin orden o sentido; sin estructura o razón. En pocos segundos podía revivir cada una de nuestras tragedias. Y en pocos minutos intentaba darle un sentido a cada momento vivido. ¿Qué era lo más significativo? Y sobre todo ¿quién era la persona de la cual todos dependíamos? ¿A quién más podía necesitar?

Todo sucedió en nuestra época de vacas gordas. Toda familia la tiene alguna vez. Por supuesto que sólo a mi esposa (previsora como siempre, como todas las madres) se le ocurrió la idea de reflejarnos, pensando que en algún momento “podía pasarnos algo, porque nunca se sabe”. En realidad, nadie a esas alturas pensaba en la muerte, sobre todo cuando hacíamos planes para viajes de hasta tres semanas por alguna playa de Mozambique o alguna visita a un resort orbital. Pero cuando a mi esposa la visitó un tumor, todos concordamos silenciosamente que era mejor estar preparados para un eventual deceso inesperado.

Así que ella fue la primera en reflejarse. Llegó un día a la casa con un par de catálogos sobre Vidas Interactivas Post-Mortem y nos preguntó cuál sistema sería el más apropiado. Ella lo tenía decidido, pero igual nos dimos el fastidio de revisar una que otra oferta. Había de todo: desde crear un programa virtual en base a datos diversos de la persona hasta la emulación digital completa de cada célula o neurona del cuerpo. Este último era el sistema más caro, pero garantizaba una interacción completa con la persona, y cuando digo completa me refiero a estar hablando y tocándose como si el fallecido estuviese vivo. Ese eligió mi esposa, para todos nosotros.

Pero como dije el asunto salía un disparate, a pesar de que era un monto totalmente justificado. Para entender lo que era una reflexión de ese tipo, hay que intentar imaginar un sistema capaz de copiar cada una de las moléculas de tu cuerpo en lenguaje digital y luego vaciar esa información en un universo recreado de la misma forma. No hablo de proyecciones virtuales ni máquinas de RV de esas malas películas del siglo pasado. Hablo de crear un ente totalmente nuevo, una copia exacta de la persona viviendo tal cual lo haría la misma persona si estuviera viva. Porque el paquete incluía no sólo la creación de los reflejos, sino también la del mundo en el cual vivirían, que no era más que una proyección de nuestra propia realidad. Es decir, si mi esposa pasaba quince horas de su vida moviéndose de la casa al trabajo, del trabajo a la ciudad y de vuelta a la casa, tal rutina era recreada por el sistema en hasta sus más mínimos detalles, cosa que el reflejo no tuviera la más mínima duda de que seguía sano y vivo. Y era así, porque sencillamente lo estaba.

Observando el desarrollo moral de la sociedad pasada cuesta entender a veces cómo fue posible que muchos estamentos permitieran la creación exacta de otras realidades, sin armar demasiado jaleo. Pero también es difícil imaginar que la gran mayoría de las personas no quisieran apoyar un sistema que les permitía recobrar a sus seres queridos luego de una muerte violenta o alguna enfermedad terminal. El mito de la resurrección funcionaba y si el mismo Jesús lo había ensayado alguna vez, bueno, los reflejos no le hacían mal a nadie. Después de un tiempo el mismo concepto de enterrar a alguien e ir a visitar sus restos se transformó para la sociedad en una práctica macabra y atrasada, sumado a la urgencia por recuperar terrenos que podían usarse de forma más beneficiosa.
Ese fue el comienzo de nuestro pasado al otro mundo (es una forma de decir). Había sobradas razones para que mi esposa se reflejara cuánto antes, más allá que su nuevo terminador se encargara de liquidar cualquier célula cancerígena. Pero Anita planteó una cuestión interesante: ¿la emulación de cada célula no incluiría el potencial genético del tumor? ¿No se enfermaría también el reflejo de la mamá?

Los de los de V.I.P. estaban preparados para tales contingencias.

–Es una buena pregunta. Fue algo que nos sucedió en la década pasada. Para evitarlo las nanocomps actuales que digitan las células se encargan de recombinar las proteínas del ADN, eliminando cualquier posibilidad de desarrollar alguna enfermedad de tipo genética. Esto produce ciertos cambios leves en la persona, pero no afectan demasiado la personalidad psicosomática.
Hubiese sido más práctico que la recombinación molecular fuese hecha mientras uno estaba vivo, pero aquello era aún imposible. Lo que sí entendí fue esto: de alguna forma los reflejos eran una copia purificada de nosotros mismos, lo que hacía el sistema más interesante aún.

En esa época y gracias a nuestra nueva situación económica mi mujer decidió ayudar al prójimo y adoptó a Mauro, como forma de agradecer a la vida por la desaparición momentánea de su tumor. Lo hizo sin avisarnos, como si traer un niño discapacitado a la casa fuese igual que comprar un perro. Me enfurecí, alegando de que ya estaba harto del derroche de plata, aunque en realidad mi enojo tenía más que ver con la confusión emocional que causaba tener a un niño que no entendía las cosas a través de su cauce normal. Mauro asimilaba cualquier cosa si detrás de ella había un cariño o una sonrisa y para mi hija y yo, aquello significa una erosión a nuestra propia y necesaria frialdad. En una familia donde el amor se había casi evaporado, la urgencia por expresar lo bueno que iba quedando en nosotros resultaba más bien una lenta y dolorosa asimilación de lo humano.

Sé que no lo podrían entender. Hasta el día de hoy me parece una imposibilidad de la razón. Pero lo cierto es que para esos años en que mi mujer se recuperaba de su enfermedad las cosas ya estaban lo suficientemente podridas, listas para su completa disolución. Todos esperaban. Menos mi esposa, supongo. Así que decidí ser yo quien diera el primer paso. Se lo comuniqué al resto, quien asintió de mala gana.

Había resuelto no reflejarme. Si fallecía no quedaría ningún rastro de mi existencia. Esa idea me fascinaba. Sentía una profunda necesidad de desaparecer y a los pocos meses abandoné la casa. Mi mujer se deprimió, Anita me odió profundamente y Mauro me echaba de menos. Bueno, eso fue lo que escuché.

* * *

Estaba sentada sobre la cama, inmóvil y silenciosa. Una suave cubrecamas tapaba su cuerpo hasta más arriba de la cintura, mientras a su alrededor un cúmulo de pequeñas máquinas y sistemas monitoreaban la metástasis producida por el tumor. Ya no buscaban detener la enfermedad. Sólo intentaban menguar sus efectos para evitar una muerte dolorosa, llena de padecimientos. Me acerqué lentamente.

–Hola, Graciela.

Sus ojos miraban la luz del sol atrapada en la ventana polarizada. Entonces me miró, e inmediatamente su rostro se afirmó a una sonrisa leve. Tragó con dificultad.

–Hola… –su voz sonó rara. Parecía que hablaba el tumor y no ella.
-¿Cómo te sientes?
–Bien… pero no me han dicho… –trató de incorporarse–… si me volvió el tumor o es uno nuevo.

Los parasoftwares le habían dado una serie de explicaciones, pero evitaron darle un diagnóstico claro y específico. Por supuesto que le había vuelto su antiguo tumor. En realidad siempre había estado ahí, esperando su oportunidad. Todo bajo mis claras instrucciones.

–¿No ha venido nadie a verme…? –preguntó casi ahogada.
–Han preguntado por ti, pero prefiero que no te vean.
–¿Pero Anita?… ¿Mauro?
–Bueno, ya tendrán tiempo. Ahora estoy yo aquí, así que voy a ser tu enfermero. ¿Qué te parece?

Lo normal era que hubiese protestado, pero su sonrisa fue más grande aún, como diciéndome que entendía perfectamente. Era lo que siempre había querido. Que estuviésemos juntos y que el resto se fuera al diablo. Me amaba. Quería que yo la amara. Estar los dos en esa habitación, solos, le deba forma a ese amor.

–¿Tienes hambre? –pregunté.

* * *

El ejecutivo de V.I.P. me esperaba en una oficina pequeña, muy apropiada para una sucursal de la empresa. Yo estaba viviendo en Santa María, una de las pequeñas ciudades surgidas después de los tsunamis que arrasaron el Norte Grande de Chile. El lugar semejaba la costa de Israel, con la diferencia que acá la reforestación si funcionó y ya teníamos unos bosques semejantes a los que se habían extinguido en el sur hacía décadas.

–Señor Saavedra, gracias por venir tan luego. Por favor, asiento–. El hombre se mantenía igual que hace siete años. Me pregunté cómo me vería yo para él.

–Gracias. Recibí su mensaje y la verdad es que no entiendo absolutamente nada– encendí un cigarro–. Me gustaría que me lo explicara personalmente.

–Bueno, supongo que para eso vino ¿verdad? Bien. El asunto es muy sencillo. De acuerdo a los registros, su esposa Ana María Escobar compró un paquete de cinco reflejos de Nivel 6, que corresponden a ella misma, usted, su hija Ana y un niño llamado Mauricio. El paquete incluía el servicio normal, esto es, la inclusión de los reflejos en su entorno habitual, más las extrapolaciones que fuesen necesarias dependiendo del comportamiento de cada una de ellas.

–Así es– respondí tranquilo.
–Una pregunta. ¿Usted no accedió al paquete, verdad?
–No, me mantuve al margen. Mi mujer pagó todo, de eso me acuerdo bien. Supuestamente los reflejos estaban financiados para unos diez años, más o menos.
–Bueno, eso es lo que firmó ella. El problema señor Saavedra es que el paquete comprado por su esposa no incluía los gastos de interacción.
–¿Los qué? A ver…
–Déjeme explicarle. Nuestra empresa otorga una serie de modalidades de pago como también varios ajustes en caso de no cancelarse una deuda. En el caso de su esposa, ella canceló el proceso de reflexión como también la simulación de los entornos virtuales. Al mismo tiempo pagó dos años de interacción, esto es, el servicio que prestamos para que el visitante pueda interactuar con sus seres queridos. Y eso tiene un costo.
–Eso se llama estafar –exclamé.
–Claro que no. Recuerde que los antiguos cementerios cobraban una tarifa para poder visitar una tumba. No me eche la culpa a mí del encarecimiento de la tierra en este país, culpe a los maremotos. Pero el uso de la consola de RV, como también el mantenimiento de los reflejos, tiene un costo. No es que sea demasiado, pero cuando usted y otros familiares siguieron interactuando con… espere, quiero ver…
–Mi mujer. Interactuaban con mi mujer. Ella fue la primera en morir.
–Exacto, su esposa. Bien, pasó el año y ninguno de ustedes canceló las visitas a su esposa. Por ende, nosotros…
–¿Qué?–interrumpí–. Pero si yo jamás me he metido con ninguno de ellos. ¿Que no lo entiende? Yo no he interactuado con mi mujer, ni con Anita ni con Mauro. ¿Por qué tengo que pagarles?
–No lo sabía. Pensé que usted había usado nuestro servicio. De cualquier forma, eso no cambia el asunto. Usted es la única persona que sigue con vida en su familia. Tiene que responder por ellos.
–Eso es imposible. Mi situación actual no me da para cancelar esos montos, independiente de las facilidades que me den. No puedo hacer nada.
–A ver, creo que podemos encontrar una solución. ¿Qué le parece si le explico cada una de sus posibilidades?
–Bien. Me parece bien –encendí otro cigarro y aproveché de ofrecerle uno. El hombre sonrió.
–Gracias, pero no puedo fumar de los suyos –dijo y entonces recordé que el ejecutivo frente a mí no era más que un holograma proyectado desde las oficinas centrales de V.I.P. Santiago.

* * *

–¿Papá, qué te parece?

Miré la holoescultura. Era una especie de rostro global alimentado por cientos de pequeñas caras. Aparte de lo obvio no noté ningún elemento que me llamara la atención, nada especial. Bien, podía simplificar las cosas y decir que era algo bonito o bien arriesgar un juicio estético que hablara de la armonía de las formas y toda esa parafernalia tan típica de los artistas. Dije la verdad:

–En realidad, no tengo idea Anita. No entiendo mucho tus cuadros.
–No son cuadros, son figuras – respondió. Y luego agregó – Tienen alma y contenido.
–Me imagino. ¿Dicen algo en especial?

Estábamos en su taller y cuando digo taller me refiero a una sala enorme con elevadas paredes sin techo que mi hija usaba para moldear y guardar sus obras. Llevaba casi dos horas dibujando en el aire una mezcla de rostros sin eje definido, todos increíblemente superpuestos. A mi hija le encantaban los rostros. Eran su especialidad. Supongo que representaban su búsqueda personal de una identidad, la misma que había sido esquiva con ella desde niña. Anita lo sabía y siempre trató de disimularlo, lo cual es imposible. Si no tienes identidad, entonces no tienes conciencia… ¿y cómo se puede disimular eso? Bastaba verla, completamente desnuda, moviendo sus manos en el aire, acariciando el vacío, mientras de sus dedos emergían pixeles magnéticos como si fuese una araña que bota el hilo invisible desde sus entrañas. Llevaba dentro de ella un sistema orgánico capaz de interpretar las señales que enviaba su cerebro para producir pixeles de diversos colores como así también de distintos tamaños. Los pixeles se unían para formar colores y trazos. El resto lo hacía su imaginación y la habilidad. Lo de estar desnuda era sólo parte de la excentricidad algo falsa de los artistas. O quizás porque hacía mucho calor.

–Papá, lo que pinto no dice nada –sentenció aburrida–. Sólo refleja nuestra sociedad. Eso es lo que hace el arte. Reflejar nuestro mundo y sociedad. La vida misma.
–Pero en tu caso sólo pintas rostros. ¿Por qué?
–Las caras representan el símbolo de lo humano. Lo que somos. Por eso me dedico a ellas. Como te dije, reflejan nuestro mundo. A nosotros mismos.

Entonces el arte era inútil, pensé. Sin embargo, permanecí callado mientras Anita comenzaba otro diseño. Y al cabo de unos minutos pude comprobar que no era muy distinto al anterior. ¿Eso era arte? ¿Una permanente imitación de lo ya hecho? No tenía sentido. Lo único claro para mí era entender por fin las razones que tuvo Anita para suicidarse. Era muy simple y al fin podía entenderlo: En algún momento tuvo curiosidad y pudo acceder a su vida de reflejo, cosa que estaba prohibida, pues sólo se podían ver los reflejos una vez que la persona en cuestión hubiese fallecido. Anita probablemente contempló las obras que en vida no había podido hacer y se convenció a sí misma de que jamás podría hacerlas creyendo que el talento pertenecía sólo a su reflejo y no a ella.
¿Le pertenecía de verdad? Claro que no. La única diferencia es que su reflejo no le hacía asco al trabajo guardando para sí mismo una gran voluntad. Ahí estaba la diferencia con la Anita original. Sin embargo, ambas proyectaban una concepción inútil del arte: la de creer que éste se constituye como tal por el sólo hecho de reflejar la realidad. Eso está también, pero sólo es un punto de partida. Todo arte que no sea capaz de proponer, de proyectar un mundo nuevo o algo que vaya más allá de reflejar la realidad es completamente inútil, tanto como lo fue mi hija, que a esas alturas era sólo cenizas, igual que el resto de mi familia.

–¿Anita?
–¿Mmm?
–Nada. Sólo quería despedirme.
–Ah. Oye, ¿vas a ir a la exposición? Es la próxima semana.
–Claro que sí.
Entonces dejó los colores y las formas sólo para acercarse y darme un extraño abrazo, como si de pronto algo dentro de ella le informara que ya no nos veríamos más. Caminé buscando la salida mientras algunos pixeles seguían adheridos a mí, como estrellas diminutas, brillando en la distante oscuridad.

Coloqué mi mano en la sien.

* * *

Costaba un mundo darle una cucharada de sopa. No era capaz de tragarla toda y se escurría por los lados manchando el cubrecamas. Por suerte la metástasis había infiltrado sólo los pulmones y no la cavidad estomacal, porque entonces tendría a Graciela vomitando por toda la habitación. Bien, esos sistemas hacían su trabajo, después de todo.

–¿Quedaste con hambre? –le pregunté mientras limpiaba su boca.
–No… está bien –hizo un esfuerzo otra vez tratando de buscar aire–, estaba rico.
–Me imagino.

En realidad me imaginaba muchas cosas, pero en ese momento lo que más buscaba era absorber cada detalle de su cuerpo, como si pudiese pintarlo por dentro. Podría haber traído una cámara adosada al nervio óptico, pero me parecía muy artificial y además podría darse cuenta. La idea era que no supiera que dentro de unas pocas horas iba a morir. O quizás sí lo sabía y no deseaba preocuparme.

–¿Te ha costado dormir en las noches?
–No… no tanto.
–¿Pero puedes dormir?
–No mucho.
–¿Cuál es el problema?

Se mantuvo en silencio durante unos minutos, tratando de disimular su evidente falta de aire. A esas alturas era muy poco lo que debía quedarle y en cualquier momento el sistema ingresaría morfina para calmar el dolor. Era eso lo que yo esperaba. Quería verla dormir y sentir al mismo tiempo que ese sueño era el fin de todas las cosas.

–Me agito mucho… –dijo moviendo una mano–. Me cuesta dormir.
–Sí, te entiendo. Te late mucho el corazón y no puedes estar tranquila –dije creyéndome parasoftware.

Sonrió, pero sus ojos se quedaron mudos. Era evidente que ya no tenía muchas fuerzas. Pensé: ¿debo tomarle la mano? ¿Debo acercarme a su oído y decirle que la quiero? Porque era eso lo que yo sentía. Era eso lo que mi corazón deseaba hacer. Sin embargo mantuve mi distancia. No hice ningún movimiento. Debía cumplir con mi extraña y absurda convicción.

* * *

No podía creer lo que estaba pasando. Hablé de mis desgracias. Pero el ejecutivo fue muy claro:

–Entonces, no nos queda más que borrar alguien de su familia.
–¿Cómo?
–Nuestra política es borrar los reflejos si el usuario es incapaz de cancelar su deuda. Sí, podemos hacerlo. Está dentro de la ley. Suena horrible, pero es una forma de que el deudor reaccione y se esfuerce por pagar. Pero en casos como el suyo la ley permite una modalidad especial. En vez de borrar todo el paquete, dejamos a un reflejo con vida. Tiene que elegir: o borra a su hijo, a su hija o a su ex-mujer.

Fue en ese momento que entendí lo irreversible de la situación. Los de V.I.P. iban a borrar a casi toda mi familia y no había forma de impedirlo. No existían alternativas o pataleos a la conciencia pública. En realidad mi caso no era el único. Todos los meses borraban de a cien a doscientos reflejos, de la misma forma como las estadísticas hablan de cientos de personas muertas por accidentes o suicidios. Recién lograba entender que la destrucción material de una familia era cosa diaria, fuesen reflejos o no. Y a nadie parecía importarle. Era sólo parte del paisaje. El reflejo de una difícil sociedad, en la cual la familia era supuestamente la base. ¿Cómo se entendía que el mismo sistema se encargara de destruir las bases de sí mismo?

Era todo demasiado lógico. Aquello me destruía mucho más que las circunstancias en las cuáles yo estaba. Todo tenía su solución, por más que ésta fuese cuestionable desde la moral o la ética. Y no es que el ejecutivo de V.I.P. fuese malvado o frío. El hombre sólo me ofrecía las posibilidades lógicas y razonables para resolver el problema. V.I.P. trabajaba con la vida y cuando se trabaja de esa forma sólo existe cabida para las soluciones y no para cuestionamientos valóricos o incluso religiosos. La sobrevivencia es la base de la sociedad, todos quieren vivir a como sea lugar y si para eso hay que matar o borrar a tu ser querido, la cuestión no es si hacerlo o no, sino cómo y cuándo. La justificación es la vida misma. Y en este caso la vida de los reflejos de mi familia. Pero ¿quiénes tenían que pagar el precio? ¿Cómo se decide a quién mantener con vida y a quién sacrificar? ¿Cómo se decide quién vive y quién muere?

Las noches se me hicieron gigantescas. Quería borrarme y olvidar por momentos lo que tenía que hacer pero eran muchos los puntos de la cuestión que revolvían mi mente. Había tantas consideraciones que ni siquiera podía establecer un curso de acción susceptible de ser discutido. Tenía que concentrar todas mis fuerzas en una razón que fuese lo suficientemente poderosa para evitar volverme loco en el futuro. Para aplacar la estúpida sensación de culpa. Necesitaba un motivo y una razón que pudiesen aplacar la idea de que ellos morirían por mi propia incapacidad. Si tenía que matarlos necesitaba una lógica fría y absoluta capaz de diluir cualquier sentimentalismo.

Dada mi situación era imposible imaginar que alguna vez tendría el dinero para volver a reflejarlos a todos. Los de V.I.P. me propusieron firmar un acta en la cual me comprometía a reflejar a mi familia si mi situación mejoraba. Ellos por su parte garantizaban hacer una copia de los reflejos actuales y mantenerlos en suspensión criodigital por un lapso indefinido, para luego reactivarlos, una vez iniciado el pago de las cuotas más un monto especial por la suspensión. Cuando vi los precios comprendí que no había ninguna posibilidad. Ya sé que cualquiera habría firmado de todos maneras, pero mi expediente urbano condensaba, por culpa de la edad, mi tendencia a la inactividad y al fracaso ocupacional, lo cual era una mancha muy difícil de cubrir para un puesto de trabajo. Los de V.I.P. sabían eso, y su ofrecimiento era más que nada para amarrarme a ellos, pues la ley estipulaba que en caso de incumplimiento de contrato la persona en cuestión pasaba a la categoría de “entidad”, lo que les daba cancha abierta para usarme como cárcel portátil para reflejos renegados o extracción de neuronas y experimentación virtual.

Así que sólo tendría un par de meses para decidir a quién borrar y sobre todo establecer por qué. Lo que me estremecía era que independiente del léxico utilizado yo iba a matar alguien de mi propia familia. No iba a liquidar programas semánticos. Iba a destruir a mi esposa, a mi hija, y a Mauro. No me preocupaba perderlos para siempre. Eso ya había ocurrido muchos años atrás, independiente que ya estuviesen cremados y esparcidos por el viento. Aquello era tan irreal como su condición actual, sólo que es más difícil lidiar con alguien vivo que con un muerto. Y ellos vivían. Tenían sus trabajos, sus esperanzas, sueños o sentimientos de una forma que el tiempo no podría repetir y menos poder emularse, por más que los de V.I.P. me garantizaban que una copia en suspensión volvería a ser igual después. Pero nada había sido igual. Se suponía que los reflejos no podrían ser mejores y distintos de sus modelos. Y sin embargo, en el mundo de V.I.P. mi esposa era una mujer sana y feliz. Anita, una pequeña artista en permanente afirmación. Mauro, camino a su rehabilitación…

–Mire, entiendo que usted no se haya enterado de los detalles de la compra del sistema, pero todo está en el contrato que firmó su esposa. Este especifica claramente que la interacción de los reflejos tiene un costo y que se cancela mensualmente.
–¿Y cuál es la gracia entonces del sistema? Si uno tiene que pagar de por vida para mantener a otro vivo, es casi lo mismo que cuando se está vivo…– ni yo sabía lo que estaba alegando. El hombre me miró con lástima.
–Los reflejos son seres vivos. La gente olvida ese detalle. Cree que son proyecciones de sí mismos que pueden olvidar mientras otros se encargan de sus vidas. Eso es lo que hacemos nosotros. Financiamos sus vidas, precisamente porque están vivos, más allá que en términos prácticos sean complejos sistemas orgánico-digitales. Pero no olvide que ellos piensan, sueñan e interactúan con el mundo que nosotros emulamos para ellos. Y alguien tiene que pagar por eso. No somos Dios.

Su discurso era claro y firme. Tuve la sensación de que lo había pulido con el tiempo, aplacando los alegatos de quizás cuántas otras personas envueltas en el mismo problema. No sólo carecía de dinero suficiente en ese momento. Seguía en categoría de no-empleo y aquello podía durar demasiado tiempo. Aquello significaba no poder disfrutar de un trabajo, ni tampoco poder acceder a uno. Cuando alguien no encontraba trabajo en un plazo determinado se le consideraba como no apto y tenía que abandonar la búsqueda para darle la oportunidad a otros que no estaban aún en esa categoría. Era una forma de controlar ordenadamente la tasa de cinco millones de desocupados que había siempre en el país, de la cual formaba parte ahora.

No me quedaba más que acatar lo inevitable.

–Hay algo que me gustaría saber. ¿Cómo borran ustedes a los reflejos?
–¿Cómo así?
–Es decir… ¿apagan el sistema y nada más? No sé, meten un virus…
–No, no. A ver, no es tan fácil. El reflejo tiene su propia actividad neural y ésta es capaz de resistirse al desmembramiento digital. No puedo darle los detalles técnicos de cómo se disuelve el reflejo, sólo le puedo decir que antes que ocurra le provocamos una reacción emocional que disminuye su resistencia al proceso de borrar.
–No entiendo. ¿Acaso le dicen al reflejo lo que le va a pasar?
–No exactamente. Lo que hacemos es manipular su entorno virtual de tal modo que su vida se vaya desmoronando para así provocarle una baja en sus patrones psicosomáticos.
–¿Patrones psicosomáticos?
–Claro. Su hija, por ejemplo era dentro del sistema una holoescultora con buenas críticas y ventas interesantes. Antes de borrarla insertamos dentro de su conciencia un programa que disminuyó su capacidad para evocar imágenes pictóricas. Su hermana se quedó, literalmente, sin capacidad ni fuerzas para delinear un rostro o un perro. A ello se le sumó el aumento artificial de críticas desfavorables y claro, las cuentas no se pagan solas.
–¿Qué pasó entonces?
–Bueno, lo mismo que en su vida real. Se suicidó.
No podía creerlo. Entonces, no borraban a los reflejos. Se dedicaban sólo a liquidarles sus vidas, empujándolos a la conclusión destructiva e inminente. Perdí la compostura. Hijos de…
–Cálmese. No todos siguen el mismo curso. Aplicamos eso con su hermana porque lo reflejamos de su vida real. Algo de eso también pasó con el niño. ¿No falleció de una afección cardiaca? Bueno, sólo aceleramos el proceso natural, eso es todo.

Aquello sí tenía sentido.

–Con su esposa podría pasar lo mismo. Podríamos reactivar su antiguo tumor y doparla con morfina par que muera en el sueño. Luego procederíamos a cremarla y esparcir sus cenizas, que en nuestra jerga significa disolver la información digital. Es más fácil borrar entidades microscópicas que un sistema humano entero. Pero insisto, es una posibilidad. Aunque debo decirle que en su reflexión ella ya generó un tumor. Eso me hace pensar que dicha enfermedad es algo que ella lleva consigo, irremediablemente. O bien, es producto de una situación emocional. Como usted debe saber los reflejos generan comportamientos y actitudes similares en sus ambientes digitales. Si su esposa tuvo un tumor en su vida real producto de una situación x, puede repetirlo siendo reflejo.
Me estremecí.

–¿Puedo ver una simulación de eso?
–Me parece que ya la vio morir ¿verdad?
–No, no la vi cuando estaba en agonía. Yo… no estuve ahí.
–Lo siento. Bueno, pero su situación puede cambiar… Como decimos aquí, un reflejo debe estar seguro de que todo termina alguna vez. Si no la vio morir en vida real, tiene la oportunidad de verla como reflejo. Es prácticamente lo mismo. Y si se esfuerza puede recordar ese momento como algo real que pasó.
Tenía toda la razón, como de costumbre. Volví a sentirme perplejo y derrotado, pero duró muy poco. De pronto sentí que lograba asimilarlo. Como que al fin lograba entender la finalidad última de cada muerte. Pensaba en los reflejos, en esas “vidas” digitadas pretendiendo significar algo. Como el falso amor, como el mundo de allá afuera, no podían ir hacia mí para convertirse en símbolos. No podían “vivir” si ya estaban muertos dentro de mí.

Sólo quedaba una cosa por hacer. Un último reflejo de la vida.

* * *

Las horas pasaron lentamente. Hacía rato que su cuerpo no era más que un desecho. Me acerqué todo lo que pude a ella y memoricé el hedor enfermizo de su carne pudriéndose en la habitación, esperando que la misma carne resucitara alguna vez, quizás en el eterno retorno de las experiencia humana. Su cuerpo seguía sobre la cama mientras el conjunto de máquinas y sistemas seguían monitoreando su lenta agonía. Sus brazos ya tenían manchas violetas y sus manos se cerraban en muñones, densamente oscuros. De tanto en tanto me gustaba levantar las sábanas y acariciarle sus piernas frías, completamente inmóviles. Y sólo habían pasado unas siete horas. ¿Cuánto más tardaría en morir? ¿Cuánto había tardado la primera vez?

Supe de la noticia gracias a la Anita, pero jamás llegué a la clínica. No tuve el valor para verla. Nunca supe por qué. Quizás porque sabía que ese tumor era una proyección maligna de mi propio ser. Nunca en realidad pude entender la razón para abandonarlos a todos, como si su mera existencia fuese una afrenta para mi propia vida. Es tan extraño. ¿En qué momento nos convertimos en reflejos de algo que fuimos? O bien, ¿cómo hacemos para volver a recuperarnos?

Tenía las respuestas. Una por una. Ya no me era difícil aceptar que de una forma u otra yo era el responsable de la muerte de todos. Así lo creí en su momento y así necesitaba creerlo ahora. Ahí estaba la lógica implacable para borrar los reflejos. Podía irme a casa con la certeza de que yo había destruido a toda la familia, y de que nadie más que yo podía soportar esa responsabilidad. Supongo que la necesitaba. Por eso debía borrar a todos. Debía sentir que su muerte era algo que sólo podía provenir de mí. Y mientras los ojos de Graciela, mi mujer, fallecían lentamente, mientras el aire que salía de su boca era la única señal de que aún estaba ahí, mi mente grababa cada detalle e imagen para revivirlas todo el tiempo posible, todo el tiempo necesario para sentirla en su hora final.
Cuando ocurrió sólo pude tocar mi sien y salir de ese universo de certera irrealidad. Volví a mi hogar, donde no me esperaba nadie, y donde tampoco habría alguien alguna vez. Y eso tampoco era algo distinto o inesperado. La sociedad decadente tiene su lógica absurda que contribuye a la normalidad. Lo normal era abandonar todo, incluyendo a mí mismo.

Así que este reflejo humano vuelve a su casa, cierra la puerta y espera con calma. Abre los ojos y los vuelve a cerrar. Duerme un poco, más tranquilo, pues algo es seguro:

Todo termina alguna vez. [FIN]

Los que no vuelven

May 1, 2003 by rmundaca · Leave a Comment 

por Gabriel Mérida

Esta mañana he visto desde cubierta las naves voladoras. Iban a proveer a otro de los barcos dispersos por el mar. Amanecía entre los picos azul oscuro de la Cordillera de los Andes. Todas sus altas laderas negras caían de lleno sobre el rojizo océano Pacífico. Las naves aparecieron por el sudeste, acercándose cada vez más, dejando una estela sonrosada entre las nubes. Cuando pasaron sobre nosotros moviéndose hacia otras ex-ciudades al norte, el sol les dio de pleno, encendiéndolas como veloces pájaros de fuego. Como un ave Fénix, habría pensado, si no fuera porque aquí no hay ni siquiera cenizas de las que algo pueda renacer.

Llegué al barco Santiago Centro justo para cumplir 40 años. Mientras celebraba solo, mis ex-compatriotas bajaban con sus trajes de buzo desechables a dar una vuelta por las calles sumergidas de la ex-capital. Ex-Santiago de Chile. Esa tarde, conocí a Lucía. “La vida comienza a los cuarenta” me dijo. Ella tenía dos años de vida y era la única persona sobre el barco de menos de 50 años, aparte de mí. Tenía el pelo negro liso y la chasquilla horizontal sobre su frente la hacía parecer algo menor que yo. Gran sonrisa y ojos melancólicos, todo a la vez.

Hoy he visto a otro de los que no vuelven del paseo submarino. Ha sido muy breve: el océano pintado de rojo, calmo como siempre, y de súbito un montón de burbujas agitando un punto lejos del barco. Quizás se ha tratado de alguien con quien he hablado en estos días. Es extraño que la muerte no dé más que esa señal: burbujas llevándose el último aliento y quizás las últimas palabras de alguien que ha decidido no volver a la superficie.

Los viejos se han tomado más de cien fotografías contra la cordillera. Es el encanto del absurdo. Hace veinte años, entre esas montañas y el mar había un delgado país con casi veinte millones de habitantes. La población actual es de unas quinientas personas, repartidas en veinte barcos a lo largo del ex-territorio, cada uno anclado sobre una ex-ciudad.

Esta fue la explicación que le di a Lucía: imagina que eres un niño de seis años, y al lado tuyo, en la playa, tu primo con el que no te llevas ni bien ni mal comienza a construir un castillo de arena. Pasan los minutos y se forman las torres y los muros, y las conchas marinas decoran el portal, y una caracola carmesí se sitúa sobre la cúpula más alta. Tu primo sonríe al terminar su hermoso castillo, alto y firme y aparentemente tan sólido. Mientras llama a tus tíos para que lo vean, en lo que menos piensa es en la ola que viene junto con la marea de la tarde para transformar todo en barro otra vez. Tu primo llora, sus papás lo levantan y lo consuelan. Como el castillo no es tuyo, tú no sientes nada.

El cataclismo fue entre mayo y agosto del 2009. Yo fui de los primeros en partir. A mis diecinueve años no me importaba mucho que un país se hundiera en tres meses si eso significaba la oportunidad de estudiar en Nueva York. ¿Qué era Chile? ¿A quién le importaba? Era impresionante, claro está, pero ya había ocurrido en Filipinas y Madagascar. Con la plata del subsidio dejé a mis padres bien instalados en Madrid, lejos de cualquier playa. Ahora que reabrieron hace un año el mar territorial, simplemente me di cuenta de que los pasajes no eran caros. Es decir, no eran tan caros. Haciendo un pequeño esfuerzo, podía pagarlos.

Esta mañana Lucía ha entrado a mi cabina, camarote o como se llame.
-¿No era anoche tu turno para bajar? -me ha preguntado.
-Me quedé dormido temprano.
Aunque no ha dicho nada, me he sentido como si tuviera que defender mi historia.
-No soy el único. Mucha gente pierde su turno. Me tocará de nuevo en tres días.
-Tú lo has perdido ya tres veces con ésta.
-Siempre ha ocurrido algo. Imprevisiones. ¿Cuántas veces has bajado tú?
-Unas cinco. Nunca llego muy abajo, eso sí. Le tengo miedo a la descompresión…
-¿Bajas y no llegas a la ciudad? Entonces, ¿por qué lo haces?
-Las ruinas no me interesan. Me interesa el lugar.
Como se ha acercado, he aprovechado para tomarle una mano.
-¿Aún no entiendes por qué estoy aquí, cierto? -me ha dicho, retirando la mano sin enojarse. Sin mirarme.
-Ni siquiera entiendo muy bien por qué estoy yo. ¿Hoy me vas a contar?
Ella ya ha llegado hasta la puerta y la ha abierto.
-Después. Te lo prometo.
De noche las sillas de playa emergen del piso de cubierta. Los androides nos sirven todos los tragos chilenos que pidamos. Es parte del paquete. Los viejos suben y comienzan a charlar. Lucía y yo les llamamos la atención al principio, por nuestra “juventud”. Cuando vieron que no recordábamos mucho del Chile del siglo XX, nos ignoraron amablemente.
-El 2010 era el bicentenario… -comienza a decir Menque mientras yo miro mi vaso. Es vino tinto, hecho con uvas del valle de Aconcagua. Sólo que esas viñas llevan veinte años hundidas; este vino es una cepa genética. ¿O se dice clonada? Como sea, es artificial. No entiendo nada de biología, pero el vino de todas maneras es bueno. Muy amargo.

Lucía alterna su mirada entre el océano y yo. Los viejos han elevado el tono de voz. Al parecer Ruiz, el autoflagelante, de nuevo está discutiendo contra la idea de país que defiende Menque, el auto-complaciente.

-…una ciudad abrumadora y opresiva, la más contaminada de Sudamérica y con la mayor cantidad de enfermedades mentales del hemisferio. Con razón todos los que podían viajar se iban y no volvían…

El capitán, un hindú alto y elegante, se une a la conversación para cambiar los ánimos. Le pregunta a Lucía algo que no escucho.

-Deberíamos haber hecho lo que los japoneses -responde ella. Los demás se calman.
-Nosotros no teníamos tanto dinero como para comprar una de las islas recién emergidas -le contesta Menque. A él, desde ese día, no lo he vuelto a ver.

* * *

-¿Escuchaste lo que decían anoche? -me pregunta Lucía mientras miramos el mar. Es alrededor de las tres de la tarde. Los viejos duermen la siesta, y la tripulación robot del barco está buscando en el agua señales de los desaparecidos en la mañana. Son dos, y ya encontraron la mascarilla de uno.
-No anoche. Pero la escuche después de llegar. Lo mismo de siempre, ¿no?
-Claro. Viva-Chile contra No-me-importa-Chile. Sólo que pensé… -duda un momento. El viento le desordena la chasquilla pero no altera su sonrisa suave ni sus ojos tristes-. Pensé que si los no-me-importa se quejan tanto… ¿Qué están haciendo acá?
-Yo también lo había pensado.
-Claro, pero lo más extraño es que los viva-Chile no lo piensan nunca. O por lo menos nunca le hacen esa pregunta a los no-me-importa.

Uno de los androides azulados encontró la otra mascarilla. Eso significa que los dos desaparecidos se han suicidado, y que ya pueden volver al barco. La gente viene acá a morir, y a los que siguen vivos no les importa. O si les importa, no lo dicen.

-Yo creo que sí lo piensan, Lucía. Pero no pueden usar ese argumento. Es como una palabra prohibida en el juego.
Cuando vuelven los androides y le dan el informe al capitán, alcanzo a escuchar el nombre de Menque.

* * *

Ruiz me ha hablado hoy día. Me ha preguntado sobre mi familia, sobre mi vida, sobre los veinte años que llevo fuera. Le he dicho que vivo en Nueva York. No le he querido contar mucho más, no sé por qué. Le he explicado amablemente que prefiero no decir mucho, y él me ha contado que con todos pasa lo mismo. Nadie habla mucho sobre su vida en el mundo. Todos los que tienen su edad (o sea, todos excepto Lucía y yo) prefieren recordar su vida en Chile.
Me he ido a la cama con la imagen de Ruiz. Su rostro arrugado, sus ojos azules y grandes, y su boca temblorosa preguntándome: “Pero tú tienes familia, hijos, una vida, ¿cierto?”

* * *

En la tarde refrescó un poco, pero la noche es calurosa y tranquila; todo el mundo está en el lado este del Santiago Centro, mirando la cordillera pintarse de negro, recortándose contra las estrellas. Lucía y yo, del lado oeste, hemos preferido mirar hacia el resto del Pacífico.

-Estás esperando que te cuente, ¿no?
-Me lo prometiste.
Ella espera que el androide le sirva su tinto (cepa genética original del valle del Maipo) antes de comenzar a hablar.
-Federico era mi novio en ese tiempo. Era una relación bastante feliz y perfecta. Tú sabes como son las cosas a los 21 años. Cuando los geólogos dijeron que en Chile también habría deslizamiento de placas, él supo que sus padres no partirían. Se quedó con ellos. Fue una de las 7.438 personas que se negaron a trasladarse. Yo viajé a Italia, me sentí muy triste por dos años, luego logré olvidarlo. Volví a vivir, me casé y formé una bella familia.

Comienza a dudar, como si lo anterior lo hubiera recitado miles de veces y lo que viniera ahora lo estuviera recién redactando.

-Cuando supe lo de la reapertura, bueno… me hizo mal. Tuve una pequeña, digamos, crisis. Lo hablé con todos, y fui a ver a una psiquiatra. Primera vez en mi vida. Ella me aplicó el nuevo test cerebral. Poder ver tus sueños. Yo nunca soñaba… eso creía, pero ella me mostró que sí lo hacía. Resultó que soñaba con burbujas. Burbujas que salían del mar. En el mar se estaba hundiendo Federico, y yo saltaba al agua para morir con él.
Las luces de los otros barcos, el Florida al sur y el Maipú al oeste, se reflejan en sus ojos negros, como las estrellas en el océano.
-Había soñado con eso durante veinte años.

* * *

Ruiz se puso hoy su traje de buzo. Le echó una mirada al capitán y a los otros que esperaban su turno. Yo vi sus ojos azules detrás de la mascarilla. Era extraño: sin el marco de las arrugas y los lunares, se veía que eran ojos de adolescente. Pero de adolescente con depresión. Eran ojos tristes. Luego se lanzó al agua y no volvió a subir. Nadie vio sus burbujas. Los androides no hallaron su mascarilla.

El capitán del barco es el único miembro humano de la tripulación, y eso a medias. He descubierto que su pierna izquierda es de metal y plástico verde. Los ex-chilenos viejos hablan con los ex-chilenos viejos. Como yo no sé ex-qué-diablos soy, y no he visto a Lucía, hablo con él.

-­Balance del día dieciocho de septiembre -me explica después de transmitir al La Serena y al Concepción-: bajan veinte, vuelven siete. Esta es una fecha especial, parece.
-Fiestas patrias -le explico-. Aniversario de la independencia.
-Por supuesto. A propósito, no se lo tome mal, pero… la dama joven que lo acompañaba no ha vuelto.
-­¿No? -Me siento extraño por un segundo. Recuerdo la sonrisa de Lucía. Siempre sonreía, pero siempre estaba triste. Recuerdo el castillo de mi primo. Como no es tuyo, no sientes nada­-. Algún día tenía que ocurrir, creo.
-Así es. Mire, para mí todo esto es… Ya he sido capitán en Japón, en Madagascar, en Filipinas… Es siempre lo mismo. La amargura, los viejos, los que bajan una y otra vez a ver la ciudad hasta que la tristeza los deja allá abajo. Los jóvenes como ustedes también se repiten.
-¿Sí? ¿Entonces por qué no me dice qué va a pasar ahora?
-Yo creo que usted lo sabe.

* * *

Las naves voladoras pasaron de nuevo esta noche, esta vez rumbo al sur. Lucía está muerta y nunca las vio, pienso. También pienso que en la oscuridad, sin el sol, no son tan bellas. Y pienso: aquí no hay ni siquiera cenizas de las que algo pueda renacer.

Esta mañana el capitán me ha dado el permiso. Antes de hundirme lo miro, y me pregunto si él ve en mis ojos lo que yo vi en los de Ruiz. ¿Quién habrá visto los ojos de Lucía?

No nado. Sólo dejo que los plomos me arrastren. Contemplo el paisaje. Los cardúmenes serpentean entre las avenidas. Los corales se juntan alrededor de los automóviles. Los grandes edificios están todos derrumbados y las algas asoman por sus ventanas. Una sinuosa línea verde a los lejos debe ser el río Mapocho, que cruzaba la ciudad. Todo esto se ve claro desde arriba, pero mientras desciendo la luz de la mañana se pierde.

Cuando por fin toco el suelo, me doy cuenta de que estoy en la Alameda. Con mi linterna algunos vidrios brillan, algunas casas me muestran sus interiores llenos de peces. Ruiz tenía razón. Ahora recuerdo lo plomiza y abrumadora que era esta ciudad. Sin embargo aquí estoy, pensando en qué palabras decir para que las burbujas se las lleven al cielo.

Mientras rompo el tubo de oxígeno, un destello en lo alto me llama la atención. Es el cerro San Cristóbal, casi el centro geográfico de la ciudad. En su cima, cercana a la superficie, la antigua Virgen brilla con los rayos del sol. Las burbujas tapan todo de repente, pero la lejana estatua blanca parece… parece un hermoso pájaro de fuego. [FIN]

Ygdrasil

May 1, 2003 by rmundaca · Leave a Comment 

por Jorge Baradit

Guiamos el desarrollo de la Web con sentido estético.
Planeamos el desarrollo de la Internet como una copia de la particular estructura neuronal de un santo.
Cada nodo incorporado diariamente es una letra del conjuro definitivo. Y cuando la última palabra sea agregada, el altísimo tocará esta obra de sacra artesanía con su dedo hirviente y se alzará viva, cantando una letanía electrónica en nota sol, levitando sobre las cabezas de los hombres.
Todas las mentes se sincronizarán a través del tono transmitido desde el cielo y serán infectados de amor a Dios. El alma de la humanidad emergerá y se hará carne y cable como gran insecto elevándose en una sola mente, cantando oraciones en código binario plenas de señales montadas en frecuencias standard, transmitiendo el infinito rostro de Dios directamente a la corteza cerebral.

-Transmisión pirata emitida a fines del siglo XX en la forma de un virus informático para usuarios. El contenido fue decodificado, por error, sesenta años después-

Es el atardecer de la segunda semana de febrero.
Como todos los días a esta hora la boca monstruosa de la Coatlicue devora los colores, la luz y el calor con su lengua helada de madre terrible.
La vida del planeta se escurre lentamente por el oriente.

* * *
Un nahuatl mira hacia el cielo con melancolía. La noche derrama sus negras lágrimas sobre el cielo de México y los engranajes del calendario celeste sólo le confirman, con su caligrafía congelada, lo que su estirpe sabe desde hace décadas: la matemática tropezó consigo misma, los números comenzaron a fallar, la realidad está muriendo.
A sólo unos kilómetros de ahí un hombre pintado de azul araña la tierra con sus gemidos, arrastrándose dolorosamente por el centro geométrico del desierto de Sonora.
Lloran todos los médiums en 800 kilómetros a la redonda. Hacia donde miran ven de frente el rostro del doliente que se arrastra. Pareciera ser el espíritu del desierto que muere, saliendo a jirones por la boca del desgraciado en la forma de cuchillos kirlian y frecuencias electrónicas desgarradoras. Los aullidos del hombre pulsan como una inflamación en los scanners. Son rítmicos a la manera de un código o una serie matemática, espasmos binarios de dolor digital. Estridencia astral que copa los receptores de microondas y que ha mantenido despierta a la unidad del ejército mexicano “Iztacuauhtli” toda la noche frente a los monitores.

1. RAMIREZ
-¡Quiero la ubicación de la fuente de las anomalías y la quiero ahora!- gritó el comandante Ramírez. Llevaban horas recibiendo reportes acerca del extraño comportamiento de la realidad en distintos Estados de la Federación Mexicana. Pronto el Ministerio del Interior comenzaría a hacer preguntas para las que no había respuestas. Además, todos conocían la difícil situación que atravesaba el militar. Los técnicos del Departamento de Estado habían descubierto que, en una de sus vidas pasadas, Pablo Ramírez Escobar había sido un asesino a sueldo. También habían conseguido rastrear hacia atrás un componente de su estructura psíquica hasta una mujer que había exigido a gritos la Crucifixión. La Iglesia, políticamente muy poderosa, vetaba secretamente ese tipo de nexos escandalosos y las instrucciones del gobierno eran claras al respecto desde hacía varios años, “Sólo almas nuevas o de probada pureza pueden acceder a los puestos de poder”.
Ramírez era un animal en extinción, desesperado por justificar su existencia en una sección perdida al fondo del escalafón militar mexicano. Lo que menos necesitaba eran problemas. Había trepado desde el fondo de la carrera militar con mucho esfuerzo, sin apoyo y a base de grandes sacrificios. Sumiso hasta la humillación con sus superiores, soñaba con las balas que reservaba para cada uno de ellos, guardadas en el fondo de su corazón como el veneno de una araña pequeña, acurrucada en un rincón esperando su momento.
-Si no tengo el informe en 5 minutos voy a comenzar a cortar cabezas - gruñó.
-El informe aún no está completo, señor… La zona está muy inestable y las comunicaciones se cortan con facilidad. P…pero podría leer el boletín preliminar… señor -dijo un operario, muy nervioso. Ramírez hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza y el subalterno comenzó a leer.
-El grupo 3 informa que, pasadas las 4 de la madrugada, hizo contacto con la fuente de las anomalías. “Nuestro grupo estaba compuesto por dos sargentos, una médium, dos niños y tres perros implantados para búsqueda. En las coordenadas adjuntas encontramos un fenómeno inesperado…” -el subalterno se detuvo y miró a Ramírez-. El detalle indica que hallaron algo que definieron como un “transpuesto”, señor. Una malformación difícil de explicar. Un hombre agónico con su alma “desplazada”. Su existencia se encontraba “traslapada” entre su propio cuerpo, un cactus, una roca y una rata. El resto trataba de “aferrarse desesperadamente a la realidad, siendo succionada a jirones por la nada”, dice textualmente. Los perros se pusieron histéricos y lo atacaron con furia. Los sargentos intentaron accionar sus limitadores pero los perros habían enloquecido y tuvieron que matarlos. Los niños no han vuelto a controlar sus esfínteres desde entonces y la médium… bueno, ella murió al cabo de unos minutos y un equipo trabaja para determinar a la brevedad el paradero de su personalidad original. Ella maneja información clasificada y determinar la identidad de su siguiente reencarnación nos es prioritario.
Ramírez mantuvo la vista en el suelo. La situación era un completo desastre. Si se administraba con astucia no había nada mejor que una crisis para trepar posiciones.
-¿Alguna información sobre la procedencia de esta anomalía? -preguntó distraídamente.
-No, señor. Excepto una marca en su tobillo izquierdo. “Sujeto de prueba Nº21”, señor.
Ramírez se mordió repetidamente el labio inferior.
“Pruebas extranjeras en suelo mexicano con tecnología desconocida. Una grave amenaza sobre suelo patrio”, pensó.
-Perfecto -murmuró, y no pudo evitar una sonrisa.

2. MARIANA
Ella.
Ella crucificada y toda la humanidad naciendo violentamente entre sus piernas, como una multitud buscando comida.
El parto sangriento de toda una especie.
Ella como mater dolorosa de miles de Cristos, arrojados al polvo aullando, envueltos en placenta, amarrados de pies y manos, sanguinolentos después de atravesar la matriz erizada de púas de la Reina de la Colmena.
Ella clavada a los meridianos y auscultada desde adentro por insectos electrónicos.

* * *
-¡Ayúdenme! -gritó Mariana cuando abrió los ojos.
Sudaba copiosamente.
Siempre era lo mismo, soñar horrores y despertar asustada. Temblando, aferrada a imágenes horribles que retrocedían demasiado lento de su memoria cuando reingresaba a la realidad. Infierno personal. La muerte diaria cocinada en el óxido de la droga.
Siempre cansada de constatar que seguía viva, que tendría nuevamente que luchar para levantar su cuerpo adolorido de miembros hinchados, de olores avinagrados. Hediondez de resurrección.
Pero esta vez las cosas eran bastante distintas. Para su sorpresa, no despertó en su horrible cuartucho de las afueras de Puebla, esa celda de tres por dos metros contigua a otras de igual tamaño, habitadas por despojos humanos tan patéticos como ella misma y administrada por un matón que cobraba dos monedas por día a estos animales que noche a noche llegaban arrastrándose hasta su puerta. Celdas llenas de cucarachas y pulgas, hediondas a mierda porque casi todos eran adictos al “maíz”, droga que relaja los esfínteres y te deja tan agotado que después no tienes fuerzas para limpiar la inmundicia.
Esta vez despertó en una pulcra cabina de sueño, bastante lujosa, de esas instaladas bajo las aceras en el centro de ciudad de México. No se había orinado y estaba recién bañada. Miró en torno a ella los blancos cojinetes de espuma, las gavetas llenas de objetos olorosos. Sonrió, entre feliz y sorprendida. Entonces comenzó a recordar poco a poco.
Estaba en un callejón vigilando al tipo que le habían encargado liquidar. Era un traficante de “maíz” que se había metido en el territorio del “guajolote”, un mafioso que controlaba su imperio desde una enorme tina de baño llena de agua de mar. Había pedido que fuera Mariana, específicamente, la que se encargara del entrometido. No podía dar una mala señal a su competencia y la “chilena” era famosa por su crueldad en el arte de matar. Sería una buena advertencia para todos.
Llevaba dos días siguiéndole los pasos al traficante y había decidido que esa sería la noche del sacrificio.
Los efectos de las anfetaminas habían comenzado a agudizar los ángulos de su visión de gato y las manos se crispaban sobre sus cuchillos. La adrenalina subía a medida que el traficante se acercaba al callejón sin advertir al terrible animal agazapado que, erizado de garras metálicas, esperaba ansioso abrirle las carnes.
De pronto, Mariana sintió un dolor agudo en el cuello. Instintivamente se llevó la mano al lugar y recogió una aguja, un mareo la invadió y al minuto siguiente observaba a 3 metros de altura lo que le ocurría a su cuerpo abajo en el callejón. Había sido “dividida” químicamente.
Tres furgones militares sin marcas llegaron velozmente al lugar. Un equipo de enfermeros descendió de ellos, la desnudaron y fue sacada rápidamente de ahí casi sin ruido.
A partir de allí su memoria se convertía en retazos nebulosos de eventos inconexos: Un hombre bajo, de rasgos nahuatl, muy agresivo, de apellido Ramírez. Algo sobre un “transpuesto”; un encargo, el gobierno muy preocupado, amenazas… muchas amenazas. Ella vomitando, un golpe seco en la cara, un grito que le partió la cabeza; pero sobre todo la luz. Había demasiada luz.
Intentó recordar algo más pero le resultó imposible. Miró a su alrededor buscando la puerta de la cabina. Se palpó los costados y descubrió que le habían quitado sus cuchillos. Abrió las gavetas buscando algo que pudiera usar como arma, pero sólo encontró cremas y polvos cosméticos. Se sentó con las piernas cruzadas intentando pensar, sacudió su cabellera negra cortada a tijeretazos, como queriendo limpiarla de estática, suspiró y se decidió a salir.
La precaución con que abandonó la cabina era mecánica. Años de vivir tanteando el suelo y oliendo el aire de la jungla urbana, siempre cazador y siempre presa. Aunque esta vez se sentía más tranquila, sabía que si la hubieran querido juzgar ya estaría tras los barrotes de la cárcel de Oaxaca, y si la hubieran querido matar ya sería polvo disperso en algún suburbio de esta enorme costra metálica, ingobernable y llena de laberintos.
Subió la escalinata metálica que conducía hacia la calle con aparente relajo. El sol la encandiló suspendido ahí a medio camino de su muerte contra el horizonte de edificios. Reconoció el pasaje Motolínia, a sólo unos metros del Zócalo y en pleno centro histórico de Ciudad de México, corazón de la enorme megápolis que se extendía a kilómetros a la redonda sobre el antiguo lecho de un lago, el Anáhuac de los aborígenes. Ahora no era más que otra mala copia hipertrofiada de las megápolis europeas de antaño, un quiste extraño en el costado del continente.
México City, la “costra” le decían con desprecio. Desde el cielo se ve como una monstruosa ameba metálica engarfiada a la tierra como un parásito gris, emanando calor y mucho ruido electrónico. Las carreteras que se entierran en sus costados no cesan de inyectarle vegetales, trozos de animales, madera y combustibles que la ciudad devora y degrada generando más y más calor. Una reina monstruosa y obesa, incapaz de moverse, voraz e insaciable, sudando y defecando sin parar.
Entre los racimos de millones de seres humanos que se mueven en esa caldera, que mancha como un punto rojo sangre los mapas termales de los satélites, estaba Mariana, mirando a su alrededor la incesante actividad de la media tarde en Ciudad de México. Intentando entender todo lo que estaba ocurriéndole.
No podía recordar casi nada.
-Puta la huevá rara -murmuró rascándose la cabeza, sólo para descubrir pequeñas marcas de sutura en la zona de su parietal derecho, “¿implantes?”, pensó con horror.
-Debes ponerte en camino, la operación comenzará dentro de unos minutos- sonó la voz imperativa de Ramírez dentro de su propia cabeza, como un cuchillo hundiéndose en su masa encefálica.
-¡¡¿Quién los autorizó a implantarme, hijos de la chingada?!! -gritó la mujer tomándose la cabeza con las dos manos. El dolor entraba como un clavo a través de su cráneo.
-Tranquilízate. Somos el gobierno de México. Busca nuestras instrucciones entre tus recuerdos recientes.
-¡Pero si no soy nadie! -interrumpió. No entendía por qué el gobierno podía interesarse en ella. El gobierno prefería matar a la gente como ella en espectaculares purgas transmitidas en directo por la televisión.
No era más que una asesina de barrio miserable, el último depredador de la escala alimenticia. Mariana, la “cortapicos”, la “cuchillo”, la “chilena”. Evitaban verla cuando cruzaba la calle como un espectro doloroso y la mirada extraviada, a veces aún manchada con la sangre y el hedor de su último trabajo.
-Revisen la intensidad de la frecuencia… -escuchaba a lo lejos la voz de Ramírez hablando con sus técnicos. Qué tenía que ver el gobierno con ella, si era sólo un animal salvaje que mataba para drogarse, mientras esperaba desaparecer cualquier día, en cualquier esquina de esta Babilonia monstruosa tejida estrato sobre estrato con metal, fibra óptica y huesos humanos.
Ella, la “cortapicos”. Mataba sólo hombres en un ritual que ya era leyenda. Lloraba mientras despedazaba a sus presas.
-A unos metros te espera un automóvil blanco, ¿lo ves? Ahí encontrarás todo lo necesario para infiltrarte en tu objetivo. Deberás interceptar las cifras del Banco de México y analizarlas antes de la medianoche -la voz le reventaba los globos oculares, sentía claramente las uniones de su cráneo como cordones de fuego-. No debes fallar o morirás -cada palabra le producía el mismo efecto que golpes directos al mentón. Y la náusea.
Se sentó en el borde de la acera. No entendía nada.
-Están equivocados. Yo soy nadie… me duele tanto -murmuraba con los ojos apretados y llorosos, confundida por las voces y el dolor de su cerebro inflamado-. ¡Déjenme ir! -gritó.
-Cálmate, al parecer hay un problema en tus implantes de comunicaciones. No entres en pánico.
Mariana se puso bruscamente de pie -¡Déjenme en paz!-, gritó e intentó caminar, pero cayó de bruces, desmayada contra el concreto de la calle. La gente sólo esquivó ese bulto en su camino, nadie intentó socorrerla, nadie prestó atención tampoco a los vehículos que llegaron y a los soldados que se la llevaron. No era anormal un espectáculo de ese tipo en las calles de México.

Ella.
Ella dentro de ella, luchando por no ahogarse en oscuridad líquida. Enredada en sus intestinos, atrapada dentro de su cráneo.
Cuarenta Marianas amarradas dentro de un saco que cuelga de su propia columna vertebral.

Despertó muy confundida dentro de un vehículo de seguridad. Miró a su alrededor y sólo vio el interior de una cabina blanca que vibraba y se inclinaba mientras avanzaban hacia un destino desconocido.
Se sentía mucho mejor, es decir, demasiado bien para una junkie de 36 años que acababa de desmayarse de dolor.
-Espero que hayas notado el cambio -dijo Ramírez.
-¿A qué te refieres? -respondió con el pensamiento, sin articular palabra.
-Que bien. Aprendes rápido, chamaca -bromeó el militar-. Tuvimos que ajustar un par de cosas en tu cabeza. Disculpa si no puedes recordar tu vida entre los 20 y 22 años, debimos eliminar experiencias incompatibles con el software de comunicaciones. Tampoco recordarás lo que significa la palabra “semilla”, ni la sensación de tocar la corteza de un tronco de pino, pero no creo que te importe demasiado.
Mariana se sentía demasiado bien. La lenta caída en el pozo de la droga-maíz termina por hacerte olvidar el significado de “estar bien” física y mentalmente. Al final te conviertes en un organismo semiinconsciente, acosado por el frío y la necesidad; con la vista nublada y todos los sentidos abiertos a la paranoia y al único objetivo reconocible entre tanta estática: conseguir más.
“Quizás me limpiaron de la adicción”, pensaba. “Quizás me inyectaron alegría química”.
-Oye, Ramírez. Creo que cometieron un error. Yo no se nada de infiltraciones o espionaje, creo que….
-Silencio -la interrumpió el militar-. Lo que tú creas no importa.
-Ándate a la mierda. No tengo ninguna intención de trabajar para el gobierno, cabrones de la puta. Ahora mismo…-no terminó la frase, algo le ocurría a su cabeza. Fue violentamente inundada con vértigo sintético, las paredes se alejaron y todo comenzó a dar vueltas; un sonido agudo se clavó de lado a lado entre sus oídos. Vomitó, las venas le estallaban, pánico, sudor helado.
-Vas a trabajar para nosotros te guste o no. Además, no es necesario que seas experta en nada, tienes la cabeza llena de chips “recipientes” capaces de alojar a los espíritus de decenas de colaboradores muertos: médicos, asesinos, ingenieros, etc. Tenemos “oficinas en el más allá”, querida. Nuestros “contactados” reclutan a cientos de espíritus, todos gustosos de cooperar a cambio de volver a sentir el mundo, aunque sea a través de una marioneta como tú. No te preocupes, ellos harán el trabajo por ti.
El vehículo zumbaba meciendo su estructura y meciendo los órganos de la mujer que, acurrucada en una esquina, luchaba por fijar la mirada en un punto y recuperar la estabilidad.
-El grupo que escogimos para ti es particularmente eficiente. Si tu cooperación finalmente nos satisface, serás liberada, exorcizada por expertos y tu cuenta corriente sufrirá un repentino abultamiento. Con papeles nuevos y dinero podrás comenzar una nueva vida en cualquier lugar del mundo… excepto en México, por supuesto.
-La vida no es para mí -murmuró mientras se limpiaba la boca y recuperaba la calma-. Creo que dios se equivocó al mandarme para acá. Quizás soy un ángel que quería tener experiencias fuertes -sonrió con dificultad.
-Si no cooperas -agregó Ramírez, tomando un tono sombrío- será peor que morir, te lo aseguro. Terminarás tus días como una prostituta-esclava en algún suburbio inmundo de Colombia -Mariana palideció-, Mutilada, sin brazos, sin piernas, incapaz de moverte; violada 8 a 10 veces al día por vagabundos y drogadictos durante algunos años. Seis, tal vez cuatro, con suerte -Ramírez sabía que había tocado un punto sensible, la mujer estaba paralizada-. Te venderemos como a una “perra”, igual que tu madre -algo brotó frío y áspero desde su corazón para recorrer toda su piel-. Si nos ayudas, tendrás una vida de verdad. Sabemos que quieres salir de la inmundicia, además, tendrías el agradecimiento eterno del pueblo de México y de todo el mundo libre -concluyó, sarcástico.
Mariana miró hacia la oscuridad de la única ventana en el vehículo. Afuera no se veía nada, afuera no había nada. Apretó las mandíbulas e intentó controlar su angustia.
-Díganme qué tengo que hacer.
Así, mientras los técnicos le transmitían las instrucciones en código mnemónico por debajo de su conciencia, Mariana se perdía en un recuerdo al fondo de un reflejo en la moldura plástica cromada del vehículo. Ejercitaba el viejo juego de perderse en un detalle de la pared para evitar el dolor, el mandala que abría para huir de su cuerpo cuando era niña y su padre no era su padre. Los detalles juguetones en los reflejos de sus pupilas llameantes en esas noches de terror de su infancia. Puertas a través de las que entraba para encerrarse en la dolorosa fortaleza donde se congelaba de soledad.
El ruido del vehículo.
Las luces de los postes de alumbrado, pasando por la ventana como la gráfica cardiovascular de un muerto. Su corazón abandonado en un rincón, la mirada perdida, el zumbido de la información entrando en su memoria.

3. ALVARADO
Pedro Alvarado era el joven representante del pueblo para el Estado de Yucatán y celoso supervisor gubernamental de la operación que se llevaba a cabo. El y Ramírez se entendían a la perfección. Los dos eran animales medianos en la escala de poder y se ayudaban mutuamente con entusiasmo, mientras llegaba el momento de clavarse un puñal en la espalda. Hasta entonces su confianza era completa y mantenían ese puñal siempre a la vista.

Alvarado estaba cómodamente sentado en el sillón de Ramírez cuando se desplegaron los monitores que seguirían los movimientos de Mariana. Con él presente la operación se ponía en marcha oficialmente.
Su impecable imagen combinaba perfectamente con su estudiada forma de sentarse. Pierna cruzada mostrando relajo, cuerpo recostado hacia atrás para comunicar seguridad, cabeza erguida y mentón retraído mostrando dignidad. Todo orientado hacia el centro vacío de la sala para hacer sentir su poder.
-Y dime, Ramírez, ¿cómo va el entrenamiento de Mariana? -la voz era fuerte, por sobre el volumen usual de conversación e hizo que todas las cabezas giraran hacia el militar.
-No muy bien -gruñó. Siempre se sentía incómodo ante esos manejos sicológicos, esas destrezas comunicacionales tan finas que lo sacaban de quicio. Lo de él era el grito o el comentario lacónico; la política y sus rincones lo descolocaban-. Ya hemos perdido tres días ajustando las “posesiones” del equipo. Su mente es todo un caso, aún no entiendo por qué la escogiste a ella.
-Eso no importa -murmuró- quiero saber qué le dijiste sobre nuestro “problema” -interrogó sin molestarse en mirarlo.
Ramírez miró de reojo a sus subalternos que, al igual que él, sabían que esa pregunta era humillante. Todos estaban al tanto de la información transmitida a Mariana, hacer que Ramírez la repitiera era tratarlo como a un escolar. Era decirle que no estaba seguro de su capacidad.
El militar decidió jugar este ajedrez y caminó dos pasos hacia la ventana, dándole la espalda con medida indiferencia, sabía que su gente lo miraba y no quería perder autoridad. Entonces contestó con voz fuerte.
-Ella sabe lo que el gobierno decidió que debía saber -insistiendo en la palabra “gobierno” para recordarle que los dos tenían al mismo jefe-. Pero, por si no lo recuerdas, te lo voy a repetir. Ella sabe que descubrimos un sujeto de prueba en el desierto, sometido a quién sabe qué tipo de experimento. Sabe que es una tecnología absolutamente nueva, limpia, altamente destructiva, con alcances militares insospechados que vulneran nuestro sentido de la seguridad nacional.
>>Sabe también que el “transpuesto” liberó egos de vidas pasadas y se contaminó con esencias insostenibles, como recordar haber sido una roca y acoger esa memoria infinita. Recordar haber estado enterrado a 500 kilómetros de profundidad durante 18 millones de años no es algo que la mente humana pueda resistir sin dañarse.
>>También fue informada que la internación de esa tecnología fue hecha a espaldas de nuestro gobierno y que nuestra misión consiste en infiltrarnos en el Banco de México para seguir la única pista que tenemos: unos movimientos bancarios inusuales en torno a la importación de aparatos médicos, alrededor de la fecha en que se desataron los hechos de Sonora.
Alvarado hizo un silencio para mirar de reojo a los técnicos que aún no terminaban de conectar los racimos de aparatos que controlarían la evolución del operativo.
-¿Ella sospecha por qué la escogimos?.
-No -recalcó Ramírez con energía- y a decir verdad, yo tampoco. Todavía no entiendo por qué te decidiste por ese espantapájaros drogadicto para una operación tan relevante. Si me hubieran preguntado…
-Pero nadie lo hizo -interrumpió con suavidad-. El gobierno considera este operativo como “estratégico”. No pensarías que iban a dejar las decisiones importantes en manos de militares -sonrió-. No lo tomes a mal…tú me entiendes.
No, Ramírez no entendía y lo tomaba muy mal. Pero calló.
-De acuerdo a mis planes -dijo Alvarado marcando sutilmente la palabra “mis”- Mariana es la mejor elección que podríamos haber hecho.
Ramírez suspiró. Ya tenía 48 años y la fila de culos aún por lamer se perdía en el horizonte de su estancada carrera, estancada como un bocado amargo en mitad de su garganta.
Suspiró y se acercó a los primeros monitores que se encendían. Pidió que le muestren el perfil digital de Mariana en la Red y casi se le salieron los ojos del rostro. La mujer aparecía llena de lazos, vasos comunicantes, infecciones digitales, seguimientos policiales y todo un gran karma electrónico muy ruidoso. Ramírez casi entró en pánico.
-¿¡Quieres decirme que “ésto” es tu mejor elección!? -gritó perdiendo la compostura por primera vez-. ¿¡Medio México la busca y tú la usas como espía!? -Alvarado lo miraba sin mover un músculo-. Esa mujer, ese esperpento deja un rastro tan notorio como un animal herido en la nieve. Debemos cancelar de inmediato y voy a dar instrucciones de entregarle la responsabilidad a una unidad de nuestra confianza….
-¡Basta! -lo interrumpió el político-. ¿Es que no entiendes nada? Mariana es sólo una carnada. Es un trozo de carne para atraer a los tiburones ¿O tú crees que íbamos a enviar personal clasificado a realizar la infiltración? -sonrió sarcástico-. Es una empresa privada, ¡por dios! Si descubren a un agente oficial infiltrándose en sus instalaciones el escándalo podría derrocar a todo el gobierno -Ramírez miraba sintiéndose estúpido-. Ella será la vara con la que probaremos si el alto voltaje de su reja funciona. Ella es un mensaje que sin duda leerán, “los estamos vigilando, sabemos lo que están haciendo.”
-Pero ellos la destruirán….
-Por supuesto. Pero no te preocupes, leerán el mensaje y eso es todo lo que nos interesa por el momento. Ella no es una agente del Estado así que no podrán sacarle cosas importantes de sus neuronas; excepto lo que nosotros queremos que sepan, por supuesto.
Ramírez estaba furioso, había sido humillado en presencia de sus subalternos sin ninguna misericordia. Gritó un par de órdenes a los técnicos para que finalizaran las instalaciones y salió de la sala con el enojo vivo bajo la piel. Alvarado lo miró retirarse con una sonrisa, “indígena con charreteras”, pensó.

4. EL BANCO DE MEXICO
Las redes de comunicaciones se habían convertido en carreteras blindadas por donde la información viajaba segura, encapsulada en encriptados imposibles. La única posibilidad de robar información era el viejo sistema de forzar la cerradura y entrar como un ladrón en la noche, evadir la seguridad y salir corriendo antes que sonaran las alarmas y las mandíbulas de acero se cerraran sobre la carne del intruso.
Mariana llevaba ocho horas inmóvil dentro de un ducto de evacuación de desechos orgánicos, colgando de un garfio y respirando por una mascarilla. Cada quince minutos el edificio del Banco de México “orinaba” a través del ducto y Mariana podía avanzar unos centímetros sin ser detectada. El esfuerzo de avanzar contra la corriente de desechos era enorme y los brazos le dolían. “Qué mierda estoy haciendo aquí”, era la pregunta que se hacía durante todo el tiempo que permanecía colgada, como una pupa, de las paredes interiores de la “uretra” del edificio.
Al cabo de catorce horas había alcanzado por fin penetrar el casco de la construcción, a la altura del piso 40 bajo tierra. Desde allí sólo le tomó una hora más llegar hasta el centro de la estructura, de forma tubular, donde se albergaba la médula espinal del edificio. De ocho metros de diámetro, la médula se extendía a lo alto de toda la construcción conectando los pisos y coordinando todas las funciones biológicas y administrativas de la empresa. Era el sistema neurovegetativo de una nueva generación de edificios “vivos”, monstruosas neuronas de exoesqueleto metálico llamadas “colmenas”.
Mariana enganchó el seguro de su cinturón a un tubo que se insertaba en la médula para abrir con comodidad su traje elástico de seguridad. Metió una mano entre sus piernas y extrajo de su ano un pequeño tubo metálico que insertó en su nariz. El tubo desplegó unas pequeñas garras que lo aseguraron a las paredes de la cavidad nasal, Mariana palideció; luego extendió lentamente una aguja hasta la base del cerebro y se “conectó” a la corteza de la mujer. Del otro extremo sacó un line-in, delgado como un cabello, que insertó directamente en una de las arterias que se hundían en la médula del Banco de México.
Por sencilla osmosis, la fibra interventora era capaz de oír y discriminar la transmisión de datos, por vía química, que circulaba a través de sus fibras de mielina. El tubo metálico en la nariz de Mariana modulaba la información y la codificaba, en la forma de imágenes y patrones aleatorios perdidos en la vorágine de recuerdos de infancia del recipiente.
Sintió un sabor acre en la boca, entonces supo que estaba transmitiendo los datos hacia la central.
Mientras sentía un cosquilleo en un lugar indefinido sobre el paladar, estiró un poco los miembros y se relajó, respiró muy hondo y sonrió feliz por el éxito de una operación que, sólo unas horas antes, le habría parecido imposible debido a su avanzado estado de dependencia a las drogas. Su mente comenzó a volar entre pensamientos variados. “Estoy divagando”, se dijo a sí misma, sorprendida. El maíz era una droga esclavizante y la adicción no daba tiempo a pensar en otra cosa que no fuera conseguir más. Te mantenía todo el día hambriento, como un lobo famélico que sólo se saciaba mientras devoraba a dentelladas los gramos siempre escasos, para quedar nuevamente vacío, ansioso y sediento. La sensación de calma que envolvía a Mariana la embargó de emoción, se sentía viva. Era una extraña paz abrazándola ahí, en la oscuridad, a cien metros bajo tierra. De pronto se vio a sí misma despierta, humana de nuevo, lúcida. La revelación repentina agrietó su pared y una gota se filtró por sus ojos para caer rodando lentamente por su mejilla. Por fin estaba consciente de la muerte en vida por la que se había arrastrado durante tantos años.
Fue una larga noche donde lloró por todo lo que no había llorado jamás. Lloró por su madre, por su padre, por sus víctimas; por la pesadilla que aterrorizó a la niña y de la que acababa de despertar con pesados 36 años sobre sus hombros, en un cuerpo de mujer medio seco por la falta de afecto.
Era un llanto de nacimiento ahí, en la oscuridad, a cien metros bajo tierra.
En la sala de control, Ramírez y sus subalternos se miraban sin comprender nada. Evaluaban los datos, sudaban nerviosos, revisaban las gráficas buscando anomalías. No entendían ese llanto largo y desgarrado que llegaba por sus comunicadores desde las entrañas del Banco de México. Qué ocurría… ¿incompatibilidad química?

* * *
A las 8 de la mañana apareció Alvarado con una taza de café en la mano. Los tacos de sus zapatos resonaban en las baldosas aislantes que cubrían el suelo de los pasillos. La noche había sido larga y el sueño corto, así que el café tendría un par de polizones disolviéndose clandestinamente al fondo de la taza. Nada anormal, sólo el rito diario de la clase ejecutiva incapaz de renunciar a la ayuda de los químicos, a esas alturas, imprescindibles para sostener el ritmo endemoniado que exigían las responsabilidades laborales. Todos en el gobierno apoyaban la lucha contra las drogas, pero todos también sabían que sin ellas el sistema se derrumbaría, agotado e imposibilitado de contener el stress y la exigencia de forma natural. Los destinos del país eran dirigidos por una banda de drogadictos obsesos, necesariamente relacionados y chantajeados por hermandades del comercio ilegal.
-¿Cuánto falta? -preguntó en medio de un bostezo. Ramírez no despegó la vista del monitor y murmuró-. Estamos en itinerario. Esta niña resultó ser bastante buena y nos está transmitiendo más información de la que pensábamos.
-Bien por ti -dijo estirando los brazos- recuerda que tus galones dependen de tu eficiencia en esta operación -el militar tragó saliva y se negó a contestar, era demasiado temprano para responder a las provocaciones. Además, Alvarado era un político joven enviado aquí seguramente para medirle su desenvolvimiento. Esta misión no era precisamente un premio, de modo que sus situaciones eran bastante similares.
-¿Qué vas a hacer si los del Banco no la descubren pronto? Supongo que tienes un plan de contingencia…
-¡Shht! -interrumpió muy concentrado -en diez segundos va a comenzar la fiesta- el político volvió a bostezar sonoramente, sólo para burlarse de la expectación de Ramírez.
-¡Ahora! -dos monitores se apagaron y una pantalla apareció flotando en el centro de la sala, llena de fibras luminosas haciendo veloces recorridos en torno a un punto violeta. Poco a poco las fibras se conectaban al punto hasta que toda la gráfica quedó inmóvil, pulsando ingrávida. Letras salieron de la nada indicando vectores y gráficas se derramaron hasta el suelo. Un reloj contó cinco segundos hacia atrás y toda la sala quedó a oscuras.
Mariana no notó nada anormal al principio, sólo el cese del cosquilleo en el paladar. Luego notó que el zumbido también había cesado y supo que algo andaba mal. Ramírez la había abandonado
Quiso moverse, pero estaba paralizada. Las luces de seguridad que cargaba se apagaron y se encontró de pronto sola, a cien metros bajo tierra, presa del pánico pero incapaz de gritar; paralizada por quién sabe qué químico, atrapada entre los intestinos de un monstruo que la había identificado como a un cuerpo extraño y que en cualquier momento comenzaría algo muy parecido a una digestión.
-Ahora, cuéntame qué fue lo que hiciste -preguntó Alvarado café en mano. En su rostro había trazos de preocupación que Ramírez, demasiado entusiasmado con su éxito, sólo interpretaba como irritación mal escondida ante la genialidad de su maniobra.
-Mariana -dijo en voz alta, imitando la actitud del profesor que comienza una lección- resultó más eficiente de lo que pensábamos. Los imbéciles del departamento de seguridad del Banco de México, no estaban pudiendo detectarla.
Entonces di un giro al operativo -continuó lleno de autosatisfacción, “bastante patética”, pensaba Alvarado-. Me comuniqué directamente con ellos y les dije que estaban siendo infiltrados. Su sorpresa fue mayúscula. Antes que pudieran decir nada los amenacé con informar a la prensa de la situación si no cooperaban. Les aseguré que el descrédito y la fuga de capitales serían inevitables, que la ofuscación de sus superiores sería tal, que no daba ni una moneda por sus vidas -Alvarado veía en torno suyo los rostros embobados de los subalternos de Ramírez con una mezcla de asco y rabia. La táctica descrita era tosca, grosera, carente de toda sutileza. No era una estrategia fina, era una simple amenaza de gorila.
-Les exigí de inmediato la información completa sobre los movimientos bancarios que necesitábamos. De esa manera nos ahorramos un par de semanas de investigación, por lo menos -sonrió buscando aprobación en los ojos de su gente.
“Qué espectáculo”, pensó Alvarado -Y, ¿qué te pidieron a cambio? -preguntó con calculada indiferencia, haciendo girar el café dentro de la taza.
-La ubicación de Mariana,…por supuesto.
-Por supuesto -murmuró Alvarado, apretando las mandíbulas en un gesto de preocupación que esa vez no pasó desapercibido para Ramírez.

5. NIGREDO

Ella.
Ella embarazada, con el estómago lleno de cuervos.
Una muchedumbre grita y se remueve, virulenta, bajo la tierra, entre sus válvulas y pasadizos.
(Del cielo llueven ojos izquierdos).
Ella arrastrando sus 40 úteros infectados bajo la tormenta. Maúlla lastimosamente, se rasca los parásitos que florecen alrededor de su boca, mientras arrastra su prole no nata por el único camino. Con el alma cayéndosele a pedazos, deja un rastro.
El Vía Crucis tiene la forma del circuito impreso grabado en su paladar, y es un nombre.

Despertó ahogada en un grito, pero no pudo moverse. El cuadro le encogió el corazón.
Estaba desnuda, de alguna manera fijada a la superficie de una mesa de madera negra. La larga mesa ocupaba casi toda la superficie de una especie de sala de reuniones de color blanco. En torno a ella, unos doce hombres de edad heterogénea, vestidos formalmente, permanecían sentados mirándola. Sobre la puerta, una placa metálica con el logo iridiscente del Banco de México.
Pasaron un par de horas, durante las cuales Mariana intentó inútilmente comunicarse con ellos. Les pidió, les exigió, les gritó. Los amenazó, les rogó, sin obtener respuesta alguna.
Cuando la mujer agotó incluso las lágrimas, uno de ellos se puso de pie y extrajo de su bolsillo un punzón. Le dibujó hermosos kanjis sobre la piel del torso que, a pesar de la sangre, dejaban leer perfectamente los pasajes luminosos del “sutra del loto”. Le atravesaron los pezones con clavos de cobre finamente tallados, le cortaron los párpados con una tijera antiquísima de acero templado y de orejas talladas en madera de nogal. Uno de los hombres, de rasgos asiáticos, le hundió un bisturí con mango de bronce a la altura del chakra “anahata” y practicó un corte longitudinal hasta llegar al pubis y dividir el clítoris a la mitad. Nadie le tocó la vagina.
Otro personaje, de origen indefinido, se acercó lentamente con un martillo en las manos. Entre la semiinconsciencia y el ahogo del dolor la mujer alcanzó a gemir con angustia, aunque sin ninguna esperanza - No, por favor-.
vEntonces, la crucificaron a la mesa.
Le arrancaron dientes y algunas uñas. Le extrajeron costillas y dedos. Alinearon todo cuidadosamente en torno a ella como un gran mandala de restos humanos, mientras murmuraban y repetían la palabra “perfecto” acentuando cada final de frase.
La mujer desorbitaba lo